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170910 - Samuel - JavierOrtiz - Quilombo - El primer ministro turco Recep Tayyip Erdoğan ha reactivado la política exterior de su país. Actualmente de gira por varios países árabes, en las últimas semanas Erdoğan había elevado el tono contra su antiguo aliado Israel, a propósito del bloqueo de la Franja de Gaza y el ataque al buque turco Mavi Marmara el año pasado. Tras la publicación del Informe Palmer/Uribe, muy complaciente con la política israelí, Turquía expulsó al embajador de Israel y suspendió la cooperación militar. De esta manera parece haber terminado con el doble juego que siguió al ataque contra la primera flotilla de la libertad, en el que una retórica inflamada no impedía la preservación de canales soterrados de cooperación.

(Ver: Barbarie Sionista: Esto es el Estado de Israel)

Pero durante el primer semestre de 2011 el terremoto árabe que se produjo en sus inmediaciones cambió las tornas. El Estado turco decidió ocupar con carácter preferencial el vacío político que Estados Unidos en el Medio Oriente, y la Unión Europea en el Mediterráneo, están dejando, especialmente tras la caída de piezas clave como Ben Ali y sobre todo de Hosni Mubarak. "El Mediterráneo no es un lugar desconocido para nosotros. A partir de ahora se verán continuamente nuestros barcos (militares)", advirtió Erdoğan a Israel (y, por extensión, a la Unión Europea y a Estados Unidos) hace una semana, en una especie de versión local de la doctrina Monroe. También llamó a capítulo al gobierno sirio de Bashar el Assad, a quien exigió que detuviera la represión de las revueltas que están provocando un éxodo de refugiados hacia Turquía. No es el único Estado hiperactivo. Qatar hace uso de su "poder blando" mediático y financiero y juega un papel muy destacado en un lugar relativamente alejado como es Libia, en cuya guerra Turquía también terminó por hacer acto de presencia. Y Arabia Saudí todavía trata de apagar los fuegos de su periferia (Baréin, Yemen) por la vía militar. Pero es Turquía, país miembro de la OTAN/NATO, la que ha ido más lejos en su exploración de una vía autónoma, al enfrentarse abiertamente con ese "niño mimado" (Erdoğan dixit) que es Israel. Al mostrar músculo, el primer ministro consigue además poner prietas las filas de un ejército cuya cúpula había dimitido en bloque a finales de julio, ganando el largo pulso que enfrentaba al partido islamista gobernante y el ejército que se autoproclamaba garante de la herencia de Atatürk.

(Ver: El ataque israelí contra la Flotilla de la Libertad a Gaza forma parte de una agenda militar más amplia)

El subidón turco es también económico. Mientras la Unión Europea se hace el hara kiri económico, Turquía se convierte en la economía europea -o euroasiática, si lo prefieren- que más crece (10, 2 % en los seis primeros meses de 2011), impulsada principalmente por la inversión privada y el consumo interno. En lo que va de año, más que China. Pero a diferencia de ésta, Turquía tiene el talón de aquiles de un elevado déficit en la balanza por cuenta corriente (9,5 % del PIB) y una burbuja inmobiliaria recalentada en parte por capitales que huyeron de otros lados y que podrían volver a desplazarse. A su vez, empresas turcas invierten en sus vecinos Grecia y Rumanía, gravemente afectados por la crisis financiera. Los conglomerados empresariales turcos incrementaron en los últimos años sus inversiones en el extranjero: los flujos anuales de inversión pasaron de mil millones de dólares en 2005 a 2.6 mil millones en 2008, para luego descender en 2009 con la crisis financiera.

(Ver: En las Naciones Unidas el funeral por la solución de dos Estados)

El actual liderazgo turco está dispuesto a seguir un camino similiar al que emprendió Brasil en Sudamérica. De ahí que visite precisamente los países árabes más afectados por las revueltas de 2011: Egipto, Túnez y Libia. El gobierno de Erdoğan trata de influir y exportar su versión del islamismo. Pero a diferencia de Brasil, Turquía no promueve una estructura como Unasur (mantiene sus aspiraciones europeas), no dispone de un arma económica como Petrobras, y el AKP tampoco es el Partido de los Trabajadores. Pero geopolíticamente no es lo mismo verse como un país periférico europeo, ninguneado y que negocia un capítulo tras otro sin saber si el languideciente eje franco-alemán le dará algún día el plácet, que como el centro de una región que conecta con varios mundos por vía fluvial y marítima (la versión inglesa del diario Hürriyet contiene una sección dedicada a los países de su entorno y lo divide así: Éufrates, Amu Derya, Danubio, Volga, Kura-Aras). En el exaltado discurso que pronunció tras su aplastante victoria en las elecciones de junio, Erdoğan declaró

"Créanme, Sarajevo hoy ganó tanto como Estambul, Beirut ganó tanto como Izmir, Damasco ganó tanto como Ankara, Ramallah, Nablús, Jenín, Cisjordania, Jerusalén ganaron tanto como Diyarbakir."

Que haya comparado las ciudades palestinas ocupadas con una ciudad de mayoría kurda, "libre", no es inocente. Y debería invitar a la prudencia a los palestinos que valoran positivamente el progresivo aislamiento israelí. El ejército turco prosigue su guerra contra el PKK kurdo, dentro y fuera del país, y la cuestión kurda dista de haberse resuelto. Turquía no es el primer Estado que enarbola la causa palestina en función de sus propios intereses estratégicos. Pero no es menos cierto que de momento ha abierto, al menos, una vía de escape donde antes solo había callejones sin salida.


 

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