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Papeleras sobre el Uruguay -
Entre Ríos (Argentina)
1005 - La instalación
en la ribera del río Uruguay de las plantas de celulosa (por comodidad, mal
llamadas "papeleras") no debería ser un conflicto sino una oportunidad para
discutir en serio el desarrollo y la sustentabilidad de la región. Para eso,
es preciso despejar cierta confusión y ese aire a clásico río platense que
amenaza con cobrar el tema, particularmente en la República Oriental.
Dice el ministro José Mujica en un interesante reportaje publicado por el
diario El Argentino, de Gualeguaychú, que "terminamos embromados por los
estúpidos orgullos nacionales" y sugiere que la campaña electoral en la
Argentina entorpece una adecuada evaluación del problema. Se equivoca. O
habla de Montevideo y Buenos Aires. Tal vez de Paraná.
No hay un pelo de "orgullo nacional" en la exigencia del pueblo de
Gualeguaychú de que no se contamine su aire, su agua y su tierra. Es la
razonable alarma de quien teme que se le esté construyendo un basurero en la
puerta de su casa y ve, azorado, cómo le mean la maceta de la azalea.
Tampoco hay especulación electoral. Si bien montevideanos y porteños parecen
haberse caído del catre hace una semana, el reclamo viene de largo, de
cuando el estado uruguayo comenzó las conversaciones con las empresas
europeas.
En ese sentido, la posición del pueblo de Gualeguaychú debería ponderarse
con mayor justicia, y su opinión tomada en cuenta muy seriamente, al menos
por ser, de todos los eventuales perjudicados, el primero en avivarse.
Dice bien el ministro Mujica: "heredamos una ley de promoción de la
forestación, que habría que llamarla del monocultivo del eucalipto para
producir pulpa de celulosas". Y se quedó corto: el gobierno del Frente
Amplio también heredó un contrato leonino para producir pulpa de celulosa
libre de impuestos internos y exportarla sin gravámenes ni beneficios para
el Uruguay, más allá de unos pocos empleos. Y heredó algo todavía peor: una
cláusula que lo obliga a indemnizar de acuerdo a la ganancia potencial -nada
menos- cualquier alteración a las condiciones de producción vigentes al
momento de la firma del convenio. Por ejemplo, una nueva ley de forestación
más adecuada a nuestra realidad y necesidades, que promueva un desarrollo
más diversificado y beneficioso que cualquier monocultivo. A olvidarse de
eso.
Lejos de desalentar el mamarracho forestal y el latifundismo derivado de los
monocultivos, la misma existencia de esas plantas, con su constante demanda
de materia prima, lo fomentará. Y a ambas márgenes del río.
Y a ambas márgenes del río pasan otras cosas, también semejantes.
Por ejemplo, a no más de unos centenares de metros al oeste de Fray Bentos
empieza a regir una ley de minería, también "heredada", equivalente a la de
forestación de Uruguay, y tan infamante que su sola vigencia debería
abochornar a las autoridades y legisladores nacionales argentinas, tanto
como el convenio con Botnia y ENCE debería poner rojos de vergüenza a los
gobernantes y legisladores orientales.
Unos y otros se podrán hacer los distraídos, pero, mal que les pese, ese es
el punto central de discusión. Y si, con su indignación, los vecinos de
Gualeguaychú se los recuerdan, bienvenidos sean y bienvenida sea esa
indignación.
Tabaré hace como que toma decisiones soberanas. ¿Soberanas respecto de qué?
¿Del reclamo de los vecinos de Gualeguaychú de tener posibilidades de
control y decisión en un proyecto que los afectará? Sí, claro, contra un
pueblito cualquiera es taura, pero ese proyecto, ese emprendimiento, ese
convenio y sus perjuicios sociales, económicos y ambientales, que Tabaré
sigue impulsando -y convengamos que con inusual arrogancia- está como modelo
en el capítulo uno del Manual del Coloniaje.
El gobernador Busti y el canciller Bielsa hacen como que reclaman al Banco
Mundial para que suspenda los créditos. ¿Pero dónde ha estado viviendo esta
gente? ¿En un submarino? Ese proyecto ES el negocio del Banco Mundial. ¿O
acaso creen que sirve para otra cosa que para financiar el empobrecimiento,
la subordinación y el subdesarrollo de nuestros países? Será que están en
campaña electoral, nomás, como apunta Mujica.
¿En qué clase de campaña estará Tabaré? ¿Y el
Frente?
Los dirigentes y gran parte de los militantes del Frente Amplio fingen
demencia: esto debe ser asunto de cuatro tarambanas de Gualeguaychú, un
recurso electoral o una pérfida maniobra de los argentinos, que además de
sacarnos a Gardel, Julio Sosa y La cumparsita, pretenden ahora privarnos de
las papeleras.
También el gobernador Busti finge demencia. Después de haber eliminado de un
plumazo, casi en su primer acto de gobierno, un decreto que prohibía la
taladel bosque natural, de golpe devino en El Primer Ecologista.
A partir de esa derogación, cientos de hectáreas se desmontan por día en
Entre Ríos sin límite ni control. Ñandubays, espinillos, talas, quebrachos,
virarós, se queman en el campo, nomás volteados, en enloquecido Despilfarro
de recursos, de energía, industria, fijación de suelos. Los ecologistas -y
quien les habla- lamentarán la desaparición de la increíble variedad de
pájaros de la región, pero las consecuencias sociales y económicas son aun
peores, si cabe, que las ecológicas: ahí también el resultado de la
destrucción de la diversidad natural es el monocultivo. En este caso, de
soja.
En descargo de la Argentina, digamos que, a diferencia de la futura Celulosa
oriental, la exportación de soja al menos está sujeta a importantes
gravámenes, pero la siembra a destiempo, en suelos magros y poco aptos, es
posible gracias a ciertas innovaciones tecnológicas: las semillas
transgénicas, que, para prosperar, requieren de abundantes Agroquímicos
(fertilizantes y desmalezadores). Es casi una paradoja: al eliminar
microorganismos y bacterias, los fertilizantes químicos... desfertilizan,
impiden la refertilización natural. En suma, empobrecen la tierra que, de
por sí suelta, en una geografía de cuchillas y ya sin árboles, pierde el
humus, arrastrado por las lluvias y llevado por el viento.
Cabe mencionar en cuanto a impacto ambiental que esos agroquímicos acaban
contaminando las napas freáticas, las lagunas y los arroyos, que desembocan
en los ríos. El río Uruguay, por ejemplo.
En base a las semillas transgénicas y a los agroquímicos también la
Argentina va evolucionando hacia el monocultivo y el latifundio, lo que
implica decir: hacia el empobrecimiento del pueblo y la dependencia
nacional. Respecto de los mercados internacionales de granos y las
trasnacionales productoras de semillas y agroquímicos, cuyo uso, por las
consecuencias que acarrea, torna a ser endémico.
El presidente Kirchner finge demencia cuando se enoja por el alza del precio
de la carne. La carne sube porque no hay vacas: se las comió la soja.
Es una gran oportunidad la que, por obra de tanta demencia fingida, estamos
desaprovechando: la de discutir un modelo adecuado de desarrollo regional.
Esa clase de discusión es posible y fructífera cuando existen diversidad de
intereses, algunos contrapuestos, y mejor cuánto más amplia sea, cuantos más
sean los interesados.
Sin el reclamo de Gualeguaychú tal vez los orientales no lleguen nunca a
discutir un proyecto que los condena al monocultivo y la dependencia. Con
suerte, si acaso consiguen librarse de los prejuicios inducidos por medios
de comunicación y dirigentes de todo pelaje, su ejemplo sea seguido por Fray
Bentos, Mercedes, Palmira o Paysandú, porque será gracias a ese esperabl
reclamo uruguayo que los vecinos de Gualeguaychú puedan discutir por qué el
Gualeyán -un arroyo afluente del río Gualeguaychú, de no más de una cuarta
de largo- está contaminado. Y ponerle remedio.
Y los entrerrianos preguntarle a su gobernador por qué diablos eliminó ese
decreto de prohibición de tala indiscriminada, tal vez lo único trascendente
de la errática administración de su predecesor. Y ponerle remedio.
Si el gobernador Busti cree favorecer al pueblo de su provincia al actuar
como representante de los cerealeros, se equivoca. Tanto como el presidente
Vázquez, cuando obra representando los intereses de los latifundios
forestales y las empresas extranjeras, creyendo que así beneficia a su
pueblo y a su patria.
El conflicto de intereses derivados de la instalación de las plantas
europeas no debería ser visto como factor de perturbación ni utilizado para
fomentar el prejuicio y los estúpidos orgullos nacionales, como bien los
llama Mujica. Es motivo, espacio y oportunidad de unión. Los entrerrianos le
están haciendo un enorme favor a los uruguayos al cuestionar lo que ellos no
cuestionan. Y los uruguayos le harán un enorme favor a los entrerrianos al
poner sobre la mesa el modelo de monocultivo sojero y la contaminación de
ríos y arroyos por esa y otras causas.
Una de las consecuencias de esa adecuada discusión quizá pueda ser la de que
las autoridades nacionales de ambos países entiendan de una buena vez que es
una tontería limitar y entorpecer el libre tránsito de personas a través de
la frontera. Los gendarmes tienen mejores cosas que hacer que llenar
formularios y los cuatro papanatas que sellan papelitos conseguirán mejores
empleos si ese paso sin demoras y trámites permite complementar, entre otras
cosas, el desarrollo turístico a ambas márgenes del río.
La denuncia de un contrato leonino, perjudicial y sin beneficio alguno (si
hay que pagar los costos de la contaminación, el latifundio y el
monocultivo, que ¡por lo menos! el papel se fabrique en Uruguay y no en
Finlandia) será de gran ayuda para despertar a las autoridades y
legisladores argentinos e inspirarles el irrefrenable deseo de derogar la
abyecta ley de minería que, en muchas localidades cordilleranas, está
provocando similares estragos que los que en Gualeguaychú se teme de las
papeleras". Y sin ningún beneficio para nadie, excepción hecha de las
empresas mineras que, para el caso, son norteamericanas y canadienses en vez
de finlandesas y españolas.
Para eso hay que ponerse los pantalones largos, de lo que ya va siendo hora:
estamos grandes y tenemos las piernas llenas de pelos, lo que nos hace ver
un tanto ridículos.
O -entre nosotros- no es ridícula la pomposidad con que Busti, Bielsa,
Tabaré, tiran la pelota afuera y miran para otro lado, haciéndose los
distraídos?
Hablan de soberanías y convenios internacionales, medioambientes y
ecologías, y nos estamos condenando al subdesarrollo, al monocultivo, a
agarrar cualquier porquería que nos tiren en vez de desarrollarnos desde
nosotros, desde lo que somos, tenemos y sabemos hacer, en armonía y
equilibrio, con la naturaleza, sí, pero también en la sociedad.
Tiene razón el ministro Mujica en casi todo lo que dice en el mencionado
reportaje, pero tal vez habría que recordarle unas palabras atribuidas a
Lázaro Cárdenas, en su caso, en referencia a los norteamericanos:
Déjelos entrar como amigos y trate después de echarlos como enemigos".
Es así nomás, Mujica. Una vez que se meten en casa, estos cosos no se van
más. Y si se van, es cuando ya no queda lana que esquilar ni más agua para
el mate. Apenas si un poco de yerba de ayer, secándose al sol. Eso es todo
lo que nos dejarán
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