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Elecciones 2009: Pepe Mujica, un candidato entre los chanchos y la ciencia

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José Pepe Mujica

201009 - Tomás Abraham - El filósofo Tomás Abraham reflexiona sobre la candidatura a la presidencia uruguaya de José “Pepe” Mujica, el ex jefe Tupamaro y ex ministro de Agricultura que ganó notoriedad en nuestro país por la crudeza de sus opiniones sobre los argentinos. Abraham traza el perfil de un hombre apasionado por la antropología y la ganadería y que admira el empuje de China y de India; una persona de izquierda que ya no cree en la utopía de Cuba y se define como socialdemócrata; un candidato que considera que los uruguayos deben unirse por una “idealidad” común y no por compromisos ideológicos.

Coloquios, de reciente aparición, el libro de entrevistas que le hace a José Mujica el periodista Alfredo García nos da una idea abarcativa y detallada de lo que piensa el candidato del Frente Amplio a la presidencia del Uruguay. Lo que está en cuestión es el presente y el futuro de su país.

El entrevistador cumple un rol llamativo ya que no pregunta nada, no hace más que darle el pie a su entrevistado para que prosiga su monólogo, le manifiesta su aprobación a todo lo que dice y lo estimula a rematar taxativamente sus afirmaciones.

Nos asombra que Mujica prefiera ser presidente de su país en lugar de irse del mismo hacia otros horizontes como ya lo han hecho millones de sus compatriotas diseminados por varios continentes. Da una imagen del Uruguay tan negativa y desesperanzada que no se ve el motivo por el cual el candidato insiste en cumplir nuevas funciones en la política, y menos que desee presidir el ejecutivo por un eterno período. Tiene más de setenta años y el bosquejo que ofrece de la situación de sus connacionales presenta un cuadro en el que la profundidad de los problemas es tal que no se ve otra alternativa que un cambio poblacional o un milagro divino.

Luego de darnos una hermosa definición de lo que es el Uruguay: “Una esquina importante en un sistema de grandes ríos”, propone traer a su país a unos cientos de miles de ecuatorianos para que trabajen la tierra y pastoreen ganado ovino en el norte ya que los uruguayos no sólo no quieren trabajar en el campo sino que, en realidad, asegura, hace décadas que no quieren trabajar en nada.

El lector puede suponer que este libro no es un hecho casual ya que al publicarse en plena campaña electoral, tiene la finalidad de alejar los miedos que en sectores de la clase media uruguaya puede provocar la inquietante noticia de que asume la presidencia un ex jefe tupamaro. Quizás por esta razón, en las diez entrevistas, Mujica no habla de otra cosa que de ciencia, creatividad, empuje capitalista y productividad. Incluso llega a confesar al lector y al periodista que ya ha asumido la “cobardía” de convertirse en un socialdemócrata.

Hoy Mujica ya no sueña con Cuba, su utopía se ha enfriado, no se aclimata entre las palmeras del Caribe al son de Guantanamera, rumbeó para el Norte y se aposentó en las tierras de Hamlet y en las cercanías de las melodías de Mamma Mía del grupo Abba. Sueña un futuro danés para el Uruguay, el de un país pequeño e inventivo que conoce sus limitaciones y aprovecha al máximo cada una de las oportunidades que se le presentan.

El sueño personal de Mujica es menos problemático que el político aunque deba postergarlo por el momento. A pesar de su insistencia en las virtudes del sistema capitalista que si bien explota también innova, se muestra contrario a la sociedad de consumo, a la vida que gira alrededor de los shoppings. Se identifica con la tribu de los Kung San, conocida como la de los bosquimanos, que “laburan dos horas por día y el resto joda y chusmerío”.

Los doce años de detención en un calabozo le sirvieron a Mujica para pensar en ciertas cuestiones que van más allá de la política. Es un estudioso de la antropología y cree que hay rasgos atávicos que pueden llegar a determinar conductas no sólo individuales sino colectivas. Sostiene que no pertenecemos como especie a la raza de los independientes felinos sino a una de las cuatro ramas de los monos sin cola. Por eso considera que el hombre es un ser gregario que ha padecido el poder de un sistema que ha dispersado la sociabilidad. Se refiere a lo que llama el mundo de la mercadería, un mundo que nos ha hecho creer en una individualidad convertida en aislamiento por las reglas de una economía despiadada.

A pesar de esta idea congénita de rebaño, su sueño personal tiene que ver con la libertad, con un uso del tiempo diferente al que exigen las reglas del sistema. Trabajar para comprar no es según su entender un modo de vida, le gusta pescar, jugar al futbol y sentarse bajo la sombra de un árbol.

Bella imagen, que me retrotrae a un pequeño cuadro que me regaló mi amigo el pintor Jorge Carbajal de la ciudad de Colonia, por un pedido surgido de una inspiración oriental que tuve uno de esos días de la eterna siesta coloniense, una pintura de un Buda sentado tomando mate. En ese momento, no sabía que don Pepe encarnaría –o reencarnaría– este particular deseo de Nirvana con termo.

Su imagen del mundo recorre una variedad de parámetros. Desde su lugar de pertenencia, una chacra a menos de media hora de Montevideo, usa metáforas agrícolas para pintar el mundo de hoy. Algo así como veía las cosas el personaje del escritor Jerzy Kozinski, Chance Gardener, interpretado por Peter Sellers en la película Desde el jardín.

Sigamos con el pensamiento oriental, me refiero a la India, país que Mujica admira desde la perspectiva que le abren dos de sus fuentes informativas preferidas: la antropología y la ganadería. La India tiene doscientos cincuenta millones de vacas, y el tabú de la vaca sagrada es una prohibición de una suprema inteligencia –exclama con veneración– para bañar en leche a cientos de millones de habitantes. A razón de cuatro litros por vaca por día –calcula el ex ministro de ganadería, agricultura y pesca– la cantidad de proteínas suministradas bien valen una interdicción ancestral al cuidado del dios Kirshna o de cualquier otra divinidad del panteón de los dioses hindúes, más aún cuando a las vacas viejas y secas las pueden hacer bife.

Mujica admira esta genialidad cultural del Oriente lejano. También elogia a la China aunque sostiene que a su país le conviene trabar lazos con países más pequeños como Corea. Ha viajado al Imperio del Sol Naciente y pudo apreciar la razón por la que los chinos han revolucionado su sociedad para poner en marcha al mundo globalizado. Vio que los niños, desde muy pequeños, antes de aprender a leer y escribir, ya saben matemáticas. También observó que en las plazas, calles y lugares públicos existe una vocación masiva por la gimnasia. De este fenómeno concluye que hasta que en el Uruguay no se implemente una política educativa centrada en las matemáticas y la gimnasia, el país no tiene destino.

Seguramente, su contrincante político, Julio María Sanguinetti, el dos veces presidente colorado y hombre de renombrada biblioteca, le recordaría que esta aspiración pedagógica ya la habían tenido los griegos en los tiempos de Platón.

El candidato del Frente Amplio nos dice que Dinamarca inventó el chancho. Se refiere a la raza Landrace que tiene una manta de tocino más larga de lo normal. Por su parte, los chinos tienen el chancho taihu que tiene el hocico arrugado con una capacidad de parir hasta veinticuatro cochinillos por chancha con lo que duplica el promedio de la especie.

No es ninguna nimiedad ocuparse de los porcinos. Toda una población y su nivel de vida pueden llegar a depender del mejoramiento de las especies ganaderas comestibles. Para Mujica, una de las funciones primordiales de los embajadores es la de no sólo promover los bienes que se producen en el país que representa sino el de buscar nuevas posibilidades en las tierras por las que les toca viajar. Fue lo que hizo el embajador norteamericano en tiempos en que el escritor y diplomático Juan Zorrilla de San Martín promocionaba su poema épico Tabaré mientras su colega del norte descubría en tierras ibéricas el cochino Duroc Jersey.

Pepe Mujica es un hombre práctico. Ya no son tiempos en que los militantes revolucionarios deben agruparse para elaborar un programa de transformación radical de la sociedad uruguaya con el fin de crear una comunidad igualitaria y solidaria. Esos sueños se han convertido en una pesadilla. Mujica repite con fruencia que él no es un “Pol Pot”, en referencia a un carnicero político que mandó a matar a millones en Camboya en su afán de construir un comunismo sádico. Su idea de sociedad es otra. Admite que debe haber competencia, es decir un mercado en el que compitan emprendedores de diferente naturaleza. Se ha dado cuenta de que los hombres no son iguales y que las diferencias pueden ser auspiciosas para que los de atrás emulen a los de adelante.

Considera que las corporaciones multinacionales pueden aportar innovaciones tecnológicas e impulsar el desarrollo del país a la vez que insertarlo en el mercado mundial. Suscribe a la idea de que es necesario aumentar la “tasa de genialidad” de las naciones. La sociedad de conocimiento así lo exige. Quiere que el Uruguay se convierta en un país “agro-inteligente”. Lo imagina como una sofisticada cabaña del sur del mundo.

Ya no existen las fábricas, nos dice, hoy las empresas son laboratorios. Es necesario que en su pequeño país de tres millones de habitantes se promueva una revolución pedagógica por la que los jóvenes uruguayos se instruyan en las ciencias biológicas. Si por él fuera, las nuevas camadas de estudiantes deberían formarse en las ciencias de la vida para combinar las matemáticas con la biología. Especializarse en biometría.

Para eso hay que terminar con la universidad uruguaya que engendra miles de abogados como si la meta educativa fuera formar una ciudadanía de pleiteros. Tampoco le interesa distribuir esa especie de barniz cultural que forma a los típicos cogotudos “lustrados”, setentistas panfletarios y preparadores de informes para ONG’s.

La cultura es otra cosa para Mujica. Tiene un fin práctico. Debe despertar a su país del letargo y la mediocridad trasmitidas por los partidos tradicionales durante el siglo pasado. Entre los años treinta y cuarenta del siglo veinte, fue forjado el uruguayo medio, común y corriente. Fue en esa época que la sociedad uruguaya se acostumbró a no desear otra cosa que formar parte de la burocracia estatal. Ser funcionario fue el sueño de la seguridad y de la permanencia. Ambición mediocre y perenne que no cambia con la llegada al poder de gobiernos populares. Por el contrario, ser un funcionario de izquierda es una de las mejores opciones que se aprecian en el vecino país y una gran teta izquierda llamada Estado se encarga de la nutrición generalizada.

Mujica dice que hay que cambiar ciento ochenta grados la visión que tienen los uruguayos de sí mismos. No puede ser, admite, que quienes trabajan en la esfera privada les den de comer a los zánganos públicos.

El mismo Frente Amplio ha sido incapaz de modificar el estado de las cosas. Mujica está convencido de que hasta que en su país no se lleve a cabo una reforma del Estado, Uruguay no cambiará nunca. El socialismo proclamado por su partido se convirtió en “sociolismo”, una corporación de protegidos en su pereza.

Considera necesario que cada nuevo empleado que ingresa a la esfera pública debe suscribirse a una ley de prescindibilidad y someterse a un sistema de premios y castigos. El castigo, opina, es uno de los principios de un sistema educativo. Propone cambiar la estructura salarial y la jerarquía de funciones del Estado uruguayo en el que quien trabaja y el que no lo hace obtienen los mismos beneficios. La solución es formar equipos con un sueldo básico y bonus o premios por productividad y rendimiento distribuidos por los mismos integrantes de los grupos. Es el único sistema que puede crear una organización del trabajo responsable.

El problema es que ni la Universidad ni quienes hoy ocupan el Estado aceptarían estos cambios. Jamás lo harían. Respecto de la Universidad decide no enfrentarla, estima que es inútil intentarlo y piensa abocarse a rediseñar la Universidad Tecnológica Nacional para que cumpla sus nuevas funciones de investigación y docencia científica. Confía en que el resto del aparato educativo saldrá luego de su morosidad y seguirá la marcha de los innovadores.

Respecto de los otros sectores del Estado en el que dominan los sindicatos pertenecientes al Partido Comunista y aliados, el cambio llevaría a una guerra civil o una confrontación interminable. No entienden, dice Mujica, que el Estado no es sólo el botín de una clase dominante, sino el ámbito a que acude la gente para que se le vean solucionadas cuestiones vitales de su existencia. Y que la quietud de la burocracia, su desidia, es casi un asunto criminal.

Hay muchas cosas que cambiar en el Uruguay, desde esa píldora de los derechos humanos, así la llama, que sirve para justificar la impotencia de las fuerzas de seguridad, y de la sociedad toda, ante el drama de las drogas, los crímenes salvajes y las mafias que ya se han infiltrado en la sociedad, hasta el boicot de los organismos públicos que impiden toda renovación en nombre de esos derechos.

El lector no uruguayo a medida que recorre las desgrabaciones de estas entrevistas no sabe a qué atenerse cada vez que Mujica invoca el entorpecimiento de quienes pertenecen a entidades nombradas con siglas. Tenemos la suerte de que en las dos últimas páginas se aclaran a qué funciones pertenecen entes como ADEOM, AFAP, AMBEV, ANV, ARU, CO-CO (pacto sindical entre el Partido Comunista y el Partido Colorado), CASMU, COFE, INAC, JUNAE, y otras cuarenta más.

Mujica se siente frente a un Leviatán oriental ungido desde tiempos inmemoriales. Está lejos de añorar aquella Suiza de América como lo hace Julio María Sanguinetti en su libro La agonía de una democracia. Para Mujica ésa era una sociedad mediocre en la que primaba la tarjetita y el acomodo.

Mientras el dirigente colorado escribe su libro para reseñar los infaustos hechos de la década de ’63 a ’73, en los que considera que los dirigentes del Frente Amplio y de los sindicatos afines pactaban con los militares para derrumbar la democracia republicana del vecino país, Mujica se desmarca de esta diatriba e imagina un porvenir con este nuevo Uruguay improbable.

Para compartir este deseo cree que los uruguayos deben unirse por una “idealidad” común y no por compromisos ideológicos. Con este propósito dice cosas que pocos se disponen a escuchar. Pone sobre la mesa problemas que casi todos quieren descartar. Demuele el conformismo de una izquierda a la que perteneció toda la vida. Mientras Sanguinetti nunca se cansa de citar a Cicerón y Montesquieu, Mujica nos habla de los chanchos y de la ciencia. Dos versiones de un mismo y hermoso país - Perfil

 


 

 

 

 

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