USA Al día
El huracán Katrina y la hiperrealidad de la imagen

Jorge Majfud
jmajfud@hotmail.com

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Señal de Alerta por Herbert Mujica Rojas

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905 - En el siglo XVI, fray Bartolomé de
las Casas escribió una apasionada
crónica sobre la brutal conquista del
Imperio Español en el nuevo
mundo. La denuncia de este cristiano
converso (es decir, "de sangre
impura") a favor de un humanismo
universal, provocó las Juntas de
Valladolid (1550) en la cual se enfrentó,
ante el público y ante el rey, a Ginés de Sepúlveda. Usando una cita bíblica tomada de Proverbios, Juan Ginés de Sepúlveda y sus partidarios defendieron el derecho del Imperio a esclavizar a los indios, no sólo porque lo hacían en nombre de la "verdadera fe" sino, sobre todo, porque la Biblia decía que el hombre inteligente debía someter al tonto.
No vamos a explicar quiénes eran los hombres inteligentes. Importa ahora
saber que a lo largo de los siglos, se produjo un debate entre
"cronistas" (el único género literario permitido por la Inquisición
española  en América). Como siempre, sólo una minoría promovía una
nueva ética basada en "principios" éticos. En este caso los humanistas
y defensores del "derecho natural" de los indígenas. Se debió esperar
hasta el siglo XIX para que estos "principios" se convirtieran en
realidad por la fuerza de la "necesidad". Es decir, la Revolución
Industrial necesitaba asalariados, no mano de obra gratuita que
competía con la producción estandarizada y que, además, no tenía poder
de consumo. A partir de ahí, como siempre, la "necesidad" universalizó
los "principios" rápidamente hasta que hoy todos nos consideramos
"antiesclavistas", según "principios" éticos y no por necesidad . Esto
ya lo desarrollé en otro lado, pero lo que me importa ahora es
analizar brevemente el poder del texto escrito y, más aún, el poder
del análisis dialéctico (y a veces sofístico).

Basándose en las denuncias del padre Bartolomé de las Casas, un
imperio naciente (el británico) rápidamente encontró escritores que
crearon una "leyenda negra" de España. Entonces, como todo nuevo
imperio, presumía de una moral elevada: se presentó como el campeón de
la lucha antiesclavista (que sólo se hizo realidad cuando sus
industrias se desarrollaron en el siglo XIX, vaya casualidad) y
pretendió dar clases de moral sin la autoridad necesaria que le negaba
una historia de brutales opresiones, tan brutales como la del viejo
imperio español.
 
Poco después de la controversia de De las Casas-Sepúlveda y de la
aprobación de las nuevas leyes como consecuencia (papel mojado),
Guamán Poma Ayala denunció una historia semejante de violaciones,
torturas y matanzas. Pero lo hizo, además, con una colección de
dibujos, que entonces eran una forma de crónica, tan válida como la
escrita. Estos dibujos podemos estudiarlos en detalle hoy en día, pero
podríamos decir que su impacto e interés fue mínimo en su época, a
pesar de la crudeza de las imágenes. Por entonces, al igual que en los
tiempos de la Edad Media, las imágenes tenían una gran utilidad porque
la mayoría de la población no sabía leer. No obstante, y por ello
mismo, se puede explicar por qué no tuvo consecuencias de gran
importancia: porque la "masa", la población, no contaba como agente de
cambios. O simplemente no contaba. La rebeldía podía encabezarla un
cacique, como Túpac Amaru, pero la población no era protagonista de su
propia historia.

Ahora a lo que voy: este proceso se ha revertido hoy en día. La "masa"
ya no es "masa" y comienza a contar: citando a Ortega y Gasset,
podríamos decir que tuvimos una "rebelión de las masas" pero ahora ya
no podemos hablar de "masa" sino de una población compuesta de
individuos que comienzan a cuestionar, a reclamar y a rebelarse. No
obstante, la lucha radica en este frente: como la masa (ahora sujetos
de rebeldía) cuenta en la generación de la historia, aquellos que aun
pertenecen al viejo orden buscan dominarla con su propio lenguaje: la
imagen. Y muchas veces lo logran a la perfección. Veamos.

Nuestra cultura popular occidental está basada (y a veces atrapada) en
códigos visuales y en una sensibilidad visual. Sabemos que la cultura
de las clases dirigentes (dominantes) se sigue basando en las
complejidades del texto escrito. Incluso los expertos en imágenes
basan sus estudios y teorías en la letra. Si en América Latina la
opinión y la sensibilidad están fuertemente condicionadas por una
tradición ideológica (formada desde tiempos de la conquista, en el
siglo XVI, y explotada por antagónicos grupos políticos en el siglo
XX), aquí, en Estados Unidos, la relación con el pasado es menos
conflictiva, por lo que la desmemoria puede, en casos, facilitar el
trabajo de los proselitistas. No entraremos ahora en esta
problemática. Basta con decir que Estados Unidos es un país complejo y
contradictorio, por lo cual cualquier juicio sobre "lo americano" es
tan arbitrario e injusto como hablar de "lo latinoamericano" sin
reconocer la gran diversidad que existe en esa construcción
mitológica. No debemos olvidar que toda ideología (de izquierda o de
derecha, liberal o conservadora) se sostiene por una simplificación
estratégica de la realidad que está analizando o creando.

Entiendo que estos factores deben ser tenidos en cuanta cuando
queremos comprender por qué la imagen es un "texto" básico para las
sociedades capitalistas: su "consumo" es rápido, desechable, y por lo
tanto es "confortable". El problema surge cuando esta imagen (el
signo, el texto) deja de ser confortable y complaciente. En este
momento el público reacciona, toma conciencia. Es decir, el
entendimiento, la conciencia, entra por los ojos: una fotografía de
una niña huyendo de las bombas de napalm en Viet Nam, por ejemplo. Por
la misma razón se "recomendó" no mostrar al público las imágenes sobre
la guerra de Irak donde aparecían niños destrozados por las bombas
(ver diarios del resto del mundo de año 2003), los féretros de los
soldados americanos regresando al país, etc. Por el contrario, el caso
Terri Schiavo ocupó el tiempo y la preocupación del público americano
durante muchas semanas, día a día, hora a hora; el presidente y el
gobernador Bush de Florida firmaron "excepciones" que fueron
rechazadas por la justicia, hasta que esta pobre mujer se murió para
descansar en paz de tanta imagen obscena de las cuales fue víctima
inconsciente e involuntaria. Sin embargo, durante esas mismas semanas
continuaron muriendo cientos de iraquíes e, incluso, de soldados
americanos y ni siquiera fueron noticia, más allá de las estadísticas
diarias que se publican. ¿Por qué? Porque no son personas, son números
para una sensibilidad que sólo se conmueve por las imágenes. Y esto
quedó demostrado con las fotografías de Abú Graib y con un video que
mostraba a un soldado americano disparando contra un herido. Esos
fueron los dos únicos momentos en que el público americano reaccionó
indignado. Pero debemos preguntarnos, ¿alguien piensa que en la guerra
no pasan esas cosas? ¿Alguien cree todavía en ese cuento posmoderno de las guerras higiénicas, donde existen "efectos especiales" pero no
sangre, muerte y dolor? Sí. Muchos. Lamentablemente, una mayoría. Y no
es por falta de inteligencia sino de interés.

Lo mismo podemos analizar sobre el problema reciente de Nueva Orleáns.
La catástrofe no fue comprendida mientras los meteorólogos advirtieron
de la escala de la tragedia, varios días antes. Tampoco se tomó
conciencia del problema cuando los reportes hablaban de decenas de
muertos. Hoy, cuatro días después, sabemos que los muertos pueden
ascender a centenares. Probablemente miles, si consideramos aquellos
que morirán por falta de diálisis, por falta de insulina y otras
medicinas de emergencia. Pero la televisión no ha mostrado ningún
muerto. Cualquiera podrá recorrer las páginas de los principales
diarios de Estados Unidos y nunca encontrarán una imagen "ofensiva",
una de esas fotografías que podemos ver en diarios de otras partes del
mundo: cuerpos flotando, niños muriendo "como en África", violencia,
violaciones, etc. Porque si algo no faltan son las cámaras digitales;
pero sobra "pudor". No soy partidario del morbo gratuito, ni de
mostrar sangre repetidas veces y sin necesidad: soy partidario de
mostrarlo todo. Como dijo un norteamericano, refiriéndose a la guerra,
"si fuimos capaces de hacerlo debemos ser capaces de verlo".
 
Una tragedia natural como ésta (como el tsumani en Asia) es una
desgracia de la cual no podemos responsabilizar a nadie. (Dejemos de
lado, por un momento, la cuota de responsabilidad que tienen las
sociedades en el calentamiento global de los mares.) Sin embargo, la
tragedia de Nueva Orleáns está demostrando que una superpotencia como Estados Unidos puede movilizar decenas de miles de soldados, la más alta tecnología del mundo, la máquina más efectiva de ataque conocida hasta ahora en la historia de la humanidad para quitar a un presidente (o dictador) extranjero, pero no ha podido acceder hasta donde están miles de víctimas del huracán Katrina, en una ciudad que está dentro de su propio país.
En Nueva Orleáns, en este momento, se están produciendo actos de vandalismo, violencia, violaciones y caos general mientras las víctimas se quejan que ni siquiera han visto un policía o un soldado que los ayudase, en un área que se encuentra bajo la ley marcial. Este reclamo lo hacen delante de las cámaras, por lo cual podemos pensar que al menos los periodistas sí pudieron acceder a esos lugares.
Unos saquean por oportunistas, otros por desesperación, ya
que comienzan a experimentar una situación de lucha por la
sobrevivencia que no es conocida en el país más poderoso del mundo.
Ayer el presidente G. W. Bush apeló a la ayuda privada y esta mañana
ha dicho que no es suficiente. Falta de recursos no hay, claro (la
guerra de Irak costó más de trescientos mil millones de dólares,  diez
veces más de todos los destrozos producido por el huracán en esta
tragedia); el parlamento ha votado una ayuda económica de diez mil
millones de dólares para las víctimas. Pero éstas siguen muriendo,
atrapados en estadios, en los puentes, viviendo a la intemperie, dando
una imagen que no se corresponde con un país cuyos pobres sufren
problemas de sobrealimentación, donde a los mendigos se los multa con
mil dólares por pedir lo que no necesitan (ya que el Estado les provee
de todo lo necesario para sobrevivir sin desesperación en caso de que
no puedan hacerlo por sus propios medios). Una tragedia doble la
sufren los hispanos indocumentados: no son objetos de compensaciones
como sus vecinos, pero pierdan cuidado que serán ellos los primeros
que pongan mano a la reconstrucción. ¿Quién más si no? ¿Qué otro grupo
social de este país tiene la resistencia física, moral y espiritual
para trabajar bajo límites de sobrevivencia y desesperanza? ¿O todavía
creemos en los cuentos de hadas?.
 
El pueblo norteamericano tomará conciencia de los objetivos y
prioridades de este gobierno cuando compare la eficiencia o
ineficiencia en diferentes lugares y momentos. Pero para ello debe
"verlo" en sus televisores, en los medios de prensa de Internet
escritos en inglés, a los cuales suelen acudir por costumbre. Porque
de nada o de poco sirve que lo lean en los textos escritos, como no
sirven los críticos análisis del New York Times que, con un gran
número de brillantes analistas anotaron uno por una las
contradicciones de este gobierno y, en vano, tomaron partido público
en contra de la reelección de G. W. Bush. Ahora, cuando se produce un
"cansancio" en la opinión pública, la mayoría de los habitantes de
este país entiende que la intervención en Irak fue un error. Claro,
como decía mi abuelo, tarde piaste.

La "opinión pública" norteamericana tomará conciencia de lo que está
ocurriendo en Nueva Orleáns (y del por qué está ocurriendo, más allá
del fenómeno natural) cuando puedan ver imágenes; una parte de aquello
que están viendo las víctimas y narrando oralmente para un público que
escucha pero no se conmueve por la narración oral, como no se conmueve por un análisis dialéctico que no apela a imágenes o a metáforas bíblicas. Se darán real cuenta de lo que está sucediendo cuando vean las imágenes "crudas", siempre y cuando no confundan esas imágenes con el caos en algún país subdesarrollado.
 
El genial educador brasileño, Paulo Freire, expulsado por la dictadura
de su país "por ignorante", publicó en 1971 Pedagogía del oprimido en
una editorial de Montevideo. Allí mencionó una experiencia pedagógica
de una colega. La profesora mostró a un alumno un callejón de Nueva
York lleno de basura y le preguntó qué veía. El muchacho dijo que veía
una calle de África o de América Latina. "¿Y por qué no una calle de
Nueva York?", observó la profesora. Poco antes, en los años '50,
Roland Barthes había hecho un interesante análisis de una fotografía
en la cual un soldado negro saludaba "patrióticamente" la bandera del
imperio que oprimía a África (el imperio francés), y de ahí concluyó,
entre otras cosas, que la imagen estaba condicionada por el texto
(escrito) que la acompaña y es éste el que le confiere un significado
(ideológico). Podemos pensar que el problema semántico (semiótico) es
algo más complejo que esto, y depende de otros "textos" que no son
escritos, que son otras imágenes, otros discursos (hegemónicos), etc.
Pero la imagen "cruda" también tiene su función reveladora o, al
menos, crítica. ¿Qué significa esto de "crudo"?  Son, precisamente,
aquellas imágenes que el discurso hegemónico ha censurado (o
reprimido, para usar un término psicoanalítico). Razón por la cual
aquellos que usamos la dialéctica y el análisis relacionado
históricamente con el pensamiento y con el lenguaje, debemos
reconocer, al mismo tiempo, el poder de aquellos otros que manejan el
lenguaje visual. Para dominar o para liberar, para ocultar o para
revelar.

Una vez, en una aldea de África, un macúa me contó cómo una hechicera
había transformado un saco de arena en un saco de azúcar y cómo otro
hechicero había bajado volando del cielo. Le pregunté si recordaba un
sueño extraño de los últimos tiempos. El macúa me dijo que había
soñado que veía su aldea desde un avión. "Ha viajado alguna vez en un
avión", pregunté. Obviamente, no. Ni siquiera había estado cerca de
alguno de estos aparatos. "Sin embargo usted dice que lo vio",
observé. "Sí, pero era un sueño", me dijo. Los espíritus en cuerpos de
leones, los hombres voladores, la arena convertida en azúcar no eran
sueños. Historias como éstas podemos leerlas en las crónicas de los
españoles que conquistaron América Latina en el siglo XVI. También
podemos verlas hoy en día en muchas regiones como América Central. Mi
respuesta a mi amigo macúa entonces fue la misma que les daría a los
"evolucionados" norteamericanos: tengamos siempre presente que no es
verdad todo lo que se ve ni se ve todo lo que es verdad.

Abu Musab al-Zarkaui (Zarqawi), el superhéroe del Mal - John Bolton detesta a la ONU - Bush ordenó el ataque a las torres - 35 millones de pobres en EEUU - Irak Crimen y Petróleo - Perfiles guerreros - Recuerdos de Hiroshima y Nagasaki

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