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0905
- Más elementos que aportan dudas sobre la existencia de Al-Qaeda
Zaman, diario de Estambul y quinto en importancia de Turquía, afirmaba
hace un par de semanas “la posibilidad de que Al Qaida no sea,
estrictamente hablando, una organización, sino elemento operativo de un
servicio de inteligencia. Especialistas turcos en materia de inteligencia
coinciden en que la organización Al Qaida no existe. Más bien es el nombre
de una operación de los servicios secretos. El concepto ‘lucha contra el
terrorismo’ es el sustento de la ‘guerra de baja intensidad’ que tiene
lugar en el orden mundial unipolar. El sujeto de esta estrategia de
tensión es denominado ‘Al Qaida’” (kutnimno.com/blog/?p=908, 15-8-05).
Como gritaba un personaje de Shakespeare corriendo hace unos siglos por el
tablado del teatro El Globo, son noticias viejas.
La Casa Blanca acusó inmediatamente a Osama bin Laden y Al Qaida de los
atentados del 11/9, pero en vez de destinar a su captura el enorme aparato
militar y de espionaje con que cuenta, intervino en Afganistán, invadió
Irak y se prepara a desatar la guerra contra Irán. Algo inexplicable si no
fuera porque Asia central es un objetivo estratégico para EE.UU. y no sólo
por sus enormes reservas de petróleo: en sus territorios se produce el 75
por ciento del opio mundial, cuyo contante y sonante beneficia tanto a
monopolios e instituciones financieras como a la CIA y al crimen
organizado. De modo que Bin Laden, a quien W. Bush quería “vivo o muerto”,
desapareció del discurso oficial. Hechos recientes lo han devuelto a los
medios norteamericanos.
El lunes 16 de agosto pasado, el teniente coronel Anthony Shaffer, ex
oficial de inteligencia del ejército de EE.UU., declaraba a The New York
Times y a Fox News que más de un año antes del 11/9 el Pentágono conocía
la identidad y actividades de Mohamed Atta, piloto del primer avión que se
estrelló contra las Torres Gemelas, y de otros tres participantes en el
atentado (The Washington Post, 19-8-05). Shaffer fungía como enlace entre
el equipo Able Danger –unidad de inteligencia creada para combatir
específicamente a Al Qaida– y el departamento de inteligencia del
Pentágono y está convencido de que había elementos suficientes para
conocer con antelación e impedir luego los ominosos atentados. El
representante republicano Curt Weldon piensa y dice exactamente lo mismo.
Para Thomas Kean y Lee Hamilton, presidente y vice de la comisión que
investigó el ataque, son alegaciones sin fundamento. En su largo informe
final, la Comisión había postulado rotundamente que ningún servicio de
inteligencia norteamericano había identificado como terrorista a Mohamed
Atta antes del 11/9.
Shaffer declaró que en el 2000 intentó vanamente reunirse con el FBI para
advertirle que una célula terrorista estaba activa en territorio de EE.UU.:
el Comando de Operaciones Estratégicas del Pentágono, instancia a cargo de
toda la labor antiterrorista, se lo prohibió tres veces. En octubre de
2003 repitió su testimonio ante varios miembros de la comisión en un
encuentro que tuvo lugar en Afganistán, adonde había sido destinado como
oficial de las fuerzas especiales. Entre quienes lo oyeron se encontraba
Philip Zelikow, director ejecutivo de la comisión entonces, hoy asesor
principal de la secretaria de Estado, Condoleezza Rice. La denuncia de
Shaffer salpica niveles altos de la Casa Blanca y desnuda la versión
oficial de los hechos: los futuros secuestradores de aviones fueron
detectados antes del 11/9 por organismos del gobierno, incluidas la CIA y
la inteligencia militar, y nada se hizo para arrestarlos o poner fin a sus
actividades. ¿Por qué habrá sido, eh?
El periodista Patrick Martin acuñó una respuesta: “Hay una sola
explicación política seria de este hecho hoy indiscutible: sectores
poderosos del complejo militar y de inteligencia de EE.UU. querían un
incidente terrorista en suelo norteamericano a fin de crear el
imprescindible vuelco de la opinión pública necesario para emprender una
campaña, largamente planeada, de intervención militar en Asia central y el
Medio Oriente”, (www.wsws.org, 19-8-05). Las filas neoconservadoras
alimentan y cobijan ese programa desde hace mucho tiempo: en el 2000, el
think-tank de William Kristol lo formuló claramente en su imperial
proyecto para el nuevo siglo estadounidense. Shaffer convalida las
conclusiones que habían redondeado ya varios investigadores y periodistas
independientes.
El ex militar norteamericano Mike Ruppert señala en su libro Crossing the
Rubicon (New Society Publishers, Canadá, 2004): “The Washington Post
sugirió expresamente que la verdadera relación entre el gobierno de EE.UU.
y Osama bin Laden podría ser exactamente inversa a su apariencia. ‘En
marzo de 1996 –cita–, el gobierno de Sudán ofreció extraditar a Bin Laden
a EE.UU. Los funcionarios estadounidenses rechazaron el ofrecimiento, tal
vez preferían usarlo como ‘combatiente en una guerra clandestina’. Si esto
significa –agrega Ruppert– que Osama bin Laden está para ‘ser usado como
combatiente’ del lado del gobierno norteamericano, surge con fuerza la
inferencia de que participa voluntariamente en ese esfuerzo y que sigue
adscripto a la CIA desde la guerra de los mujaidines de los años ’80. Si
la misma frase significa que Osama bin Laden está para ser ‘usado’ como
combatiente del lado terrorista y contra el gobierno norteamericano en la
presunta guerra contra el terrorismo, surge con fuerza la inferencia de
que el gobierno de EE.UU. está empeñado en la tarea de proporcionarse
enemigos. Esa práctica se llama ‘operativo bandera falsa’ y el 11/9 es su
mayor ejemplo en la historia”. Dicho de otra manera: el atentado contra
las Torres Gemelas no se produjo porque los servicios de inteligencia
estadounidenses fracasaron. Parece que fue al revés |
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