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020108 -
Monde
Diplomatique - Ante un presidente impopular y
terminando su mandato
Los servicios de inteligencia estadounidenses acaban de dar a
conocer su “casi certeza” de que Irán interrumpió su programa de
armas nucleares en 2003. La noticia se opone a las intenciones
bélicas de la Casa Blanca. Desde su elección hace un año, el
Congreso de mayoría demócrata no ha hecho nada, a pesar de su
compromiso, para interrumpir la guerra de Irak.
Las elecciones legislativas estadounidenses de noviembre de 2006
se tradujeron, o por lo menos algunos lo pensaban así, en el
envío de un mensaje claro: al votar contra los republicanos (que
perdieron más del 5% de los votos y una treintena de escaños en
la Cámara de Representantes), una mayoría de estadounidenses
mostraba su voluntad de cambiar la política exterior del país.
Y, más precisamente, la de salir del atolladero iraquí. Por eso
la elección de una nueva mayoría demócrata, tanto en el Senado
como en la Cámara de Representantes. Pero transcurrido más de un
año y con más de 160.000 soldados estadounidenses desplegados en
Irak, resulta que los parlamentarios demócratas no han cambiado
en nada el despliegue estadounidense. De hecho, apenas habían
conquistado la mayoría en las dos cámaras del Congreso cuando el
presidente George W. Bush decidió aumentar la cantidad de tropas
en Irak enviando 21.500 soldados adicionales. La política
militar de Bush y la reafirmación de sus prerrogativas en este
ámbito ilustran el poder que tiene el jefe del ejecutivo
estadounidense (y comandante de las fuerzas armadas) en tiempos
de guerra. Implícitamente, muestran la importancia del desafío
que enfrenta el Congreso cuando piensa en modificar, en ese tema
preciso, la estrategia de la Casa Blanca.
Desde la Segunda Guerra Mundial y hasta la presidencia de
William Clinton, cada vez que se planteó la cuestión de los
poderes constitucionales estadounidenses relativos a la guerra,
el Congreso se desdibujó ante el “comandante en jefe”. Todos los
presidentes, o casi todos, han reafirmado su poder. Sólo en
1973-1975, en el contexto de una Casa Blanca debilitada por el
escándalo de Watergate, los movimientos pacifistas y los
desastrosos resultados de la generalización de la guerra de
Vietnam al conjunto de Indochina, el Congreso pudo imponer el
final del conflicto, al negarse a financiar su prosecución y la
intensificación de las operaciones armadas. Esta jurisprudencia
permite dimensionar mejor las dificultades de algunos
representantes en el Congreso cuando pretenden refrenar al
comandante en jefe.
Poderes de guerra
En su origen, la Constitución fue redactada para instaurar un
sistema de control y de equilibrio (checks and balances) entre
las tres ramas del gobierno nacional de Estados Unidos,
incluyendo al poder judicial. En lo que se refiere a la guerra y
al uso de la fuerza militar en el exterior, los padres
fundadores de la Constitución fueron claros: ningún presidente
puede comprometer las fuerzas armadas sin el apoyo explícito del
Congreso, salvo en la hipótesis de que Estados Unidos deba
“rechazar ataques repentinos”. Le corresponde al Congreso la
tarea de “declarar la guerra”, “reclutar y mantener ejércitos”,
“crear y mantener una marina de guerra”, y “proveer a la defensa
común”, entre otras prerrogativas militares (1). Aunque se
confiere la función de “comandante en jefe” al presidente, el
Congreso tiene una autoridad considerable en materia de poderes
militares, tal como lo precisa el análisis histórico de los
debates que tuvieron lugar en ocasión de la ratificación de la
Constitución. El Congreso, en caso de que decida usarlos,
dispone también de diferentes medios para limitar las acciones
del Presidente en tiempos de guerra. El más importante es el
poder de controlar –y, dado el caso, de interrumpir– el
financiamiento de las operaciones militares (2).
Durante el primer siglo y medio de existencia de la república
estadounidense, el Congreso logró proteger sus poderes
constitucionales de guerra contra la codicia del presidente (3).
Pero desde la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de la Guerra
Fría, los congresistas estadounidenses dudan en usar esos medios
de control. Cuando, en la presidencia de Richard Nixon
(1969-1974), el Congreso descubrió que el ministerio de Defensa
había ordenado operaciones clandestinas de bombardeo en Camboya,
durante la guerra de Vietnam, se mostró poco diligente para
imponer al comandante en jefe límites estrictos destinados a
impedir que se reprodujeran acciones similares (4).
En 1973, el Congreso, pasando por alto el veto del presidente
Nixon, votó la ley sobre los poderes de guerra (War Powers Act)
que obliga al presidente a “consultar” al Congreso antes y
durante las operaciones militares (5). Esta ley estipula también
que las operaciones exteriores no pueden proseguirse más allá de
sesenta días sin que el Congreso las apruebe. Pero tal
disposición, destinada a frenar la acción de la Casa Blanca, se
reveló ineficaz, porque los diferentes presidentes la han
interpretado en su propio beneficio: en lugar de “consultar” al
Congreso, en general se han limitado a “informar” a algunos
congresistas de peso, poco antes de lanzar una operación
militar.
El presidente George H. W. Bush (1989-1993), por ejemplo, sólo
comunicó al Congreso en 1989 su decisión de invadir Panamá cinco
horas antes del comienzo de los combates. En 1986, el presidente
Ronald Reagan (1981-1989) sólo reveló a un pequeño grupo de
congresistas importantes el proyecto de bombardeo contra Libia
tres horas antes de su inicio. En el caso de la invasión
estadounidense a la isla de Granada en 1983, no se hizo ninguna
consulta. De manera parecida, cuando en 1980 el presidente
demócrata James Carter (1977-1981) lanzó la operación para
recuperar a los rehenes estadounidenses detenidos en Irán –en la
cual hizo intervenir a las fuerzas para operaciones especiales y
que terminó en un fracaso vergonzoso– ignoró la opinión de los
miembros de su propio partido y no se preocupó por la opinión
del Congreso (donde sus amigos demócratas eran mayoría) (6).
La ley sobre los poderes de guerra fue casi sistemáticamente
abusada por el comandante en jefe, así fuera republicano o
demócrata; y el Congreso mostró su disposición a tolerar la
prosecución de misiones militares, una vez que habían sido
iniciadas (7). Cuanto más se reforzaba el poder y la influencia
del ejecutivo, a medida que se atenuaba el recuerdo de los
abusos de poder del Watergate, más el Congreso renunciaba a sus
prerrogativas militares constitucionales (8). Esta situación
también caracterizó a los ocho años que precedieron a la actual
administración Bush.
La administración Clinton
Bajo la presidencia de William Clinton (1993-2001), los altos
responsables de la Casa Blanca continuaron sosteniendo que el
comandante en jefe estaba habilitado para utilizar la fuerza sin
consentimiento previo del Congreso. Tanto si se trataba de los
bombardeos contra Irak ordenados por el presidente Clinton en
varias ocasiones, o de su decisión de desplegar 10.000 soldados
estadounidenses en Haití en 1994, como de lanzar misiles contra
las guaridas de Osama Ben Laden en 1998, esa manera de proceder
se volvió rutinaria (9).
Pero hay dos casos de intervención militar que merecen una
atención especial: Bosnia en 1995 y Kosovo en 1999. Cuando
Estados Unidos usó la fuerza en Bosnia, el Consejo de Seguridad
de las Naciones Unidas y la Organización del Tratado del
Atlántico Norte (OTAN) aprobaron explícitamente esta decisión.
Fueron militares estadounidenses los que efectuaron la mayoría
de los 3.500 bombardeos de la OTAN contra las fuerzas de Bosnia
y Serbia. Para justificar esta acción ante los parlamentarios
estadounidenses, el presidente Clinton afirmó que sus poderes de
comandante en jefe autorizaban tales bombardeos, sin requerir un
aval legislativo (10). El Congreso, que en ese momento tenía
mayoría republicana, no se pronunció sobre la constitucionalidad
de esta decisión, esperando evaluar sus consecuencias políticas.
Cuando, más adelante, la administración Clinton envió miles de
soldados estadounidenses para integrar las filas de las fuerzas
de paz de la OTAN en Bosnia, los parlamentarios republicanos se
pronunciaron a favor de un “apoyo a las tropas pero no a la
política” (11). En suma, trataban de evitar cargar con la
responsabilidad constitucional de la misión, pero haciendo al
mismo tiempo una demostración simbólica de su patriotismo y de
su “apoyo a las tropas”.
La misma ambigüedad (o el mismo doble juego) se manifestó del
lado de la Casa Blanca. Antes de los bombardeos aéreos de la
OTAN a Kosovo (marzo-mayo de 1999), Clinton deseaba que la
intervención estadounidense obtuviera el aval del Congreso. Sin
embargo, hizo prevalecer al mismo tiempo su poder de actuar,
dado el caso, independientemente de la voluntad de los
congresistas. De esa manera el presidente estadounidense contaba
con una garantía, sin querer asumir el riesgo de crear un
precedente que cuestionara los poderes militares del jefe del
Poder Ejecutivo (12). En ese caso, la Cámara de Representantes
prefirió no tomar posición, contentándose con dejar hacer al
presidente.
Una vez comenzados los bombardeos, el diputado republicano de
California (y ex profesor de Derecho) Thomas Campbell, un
francotirador en su propio partido, trató de probar los poderes
de guerra del Congreso pidiendo, durante una primera votación,
el retiro de todas las fuerzas estadounidenses de la zona del
conflicto. Luego, en ocasión de una segunda votación, reclamó
que el Congreso declarara la guerra a Serbia. Con esto, Campbell
esperaba que fueran los tribunales los que tuvieran que decidir
(y, llegado el caso, la Corte Suprema) la conformidad de la
política yugoslava de Clinton con sus poderes constitucionales.
Sin apoyo en la dirección de su partido, y tampoco en las filas
demócratas, sólo pudo constatar el fracaso sucesivo de sus dos
propuestas de ley. Los diputados demócratas propusieron, por su
lado, una moción de apoyo a la participación militar de Estados
Unidos. Pero tampoco consiguieron los suficientes votos
republicanos como para que fuera aprobada (13).
En resumen, el Congreso de mayoría republicana no cuestionaba la
constitucionalidad de la acción del presidente demócrata, pero
tampoco le otorgaba su apoyo… Numerosos representantes
demócratas, y el presidente del grupo, Richard Gephardt,
declararon que a ellos les parecía inoportuno que el Congreso
emitiera una opinión sobre la constitucionalidad de los
bombardeos en momentos en que los combates se llevaban a cabo
(14).
Este esquema de un Congreso con espíritu partidario, que otorga
su aval al presidente, caracteriza la interacción entre el poder
ejecutivo y el poder legislativo en materia de poderes de
guerra. Y permite comprender mejor el caso actual de Irak.
Porque ese mismo espíritu partidario se manifiesta ahora, pero
esta vez los amigos son los parlamentarios republicanos que
pretenden que el Congreso (de mayoría demócrata) no disponga de
autoridad constitucional para oponerse a la voluntad del jefe de
los ejércitos, a pesar del claro principio constitucional de
check and balances. También muchos representantes demócratas se
opusieron al senador Edward Kennedy, miembro eminente de su
partido, cuando condicionó el reciente aumento de los efectivos
militares estadounidenses en Irak al voto de los congresistas.
Varios dirigentes demócratas cuestionaron entonces la
constitucionalidad de tal propuesta, lo que afianzó el propósito
de la Casa Blanca (15).
En resumen, en el período reciente, casi cada vez que un
presidente estadounidense envió tropas al extranjero, el
Congreso abdicó de sus prerrogativas constitucionales. En
general se limitó a emitir protestas simbólicas o a votar
resoluciones –no obligatorias– que criticaban la acción del
Presidente. Lo mismo ocurre en este momento. Esa es la causa de
los obstáculos que enfrentan ahora los demócratas realmente
deseosos de poner fin a la guerra en Irak. En cambio, podría
haber una oposición ante el desencadenamiento de una operación
militar contra Irán, por la creciente duda que ahora provoca
cualquier revelación de la Casa Blanca de que una amenaza
inminente pesa sobre la seguridad del mundo.
1 James Madison, Notes of Debates in the Federal Convention of
1787 (1966; reedición W.W. Norton, Nueva York, 1987).
Constitución de Estados Unidos, artículo 1, sección 8.
2 Charles A. Lofgren, “War-Making under the Constitution: The
Original Understanding”, Yale Law Journal, nº 81, 1972, pp.
672-702.
3 Francis D. Wormuth y Edwin B. Firmage, To Chain The Dog of War:
The War Powers of Congress in History and Law, 2ª edición,
University of Illinois Press, Urbana, 1989.
4 John Hart Ely, War and Responsability: Constitutional Lessons
of Vietnam an Its Aftermath, Princeton University Press,
Princeton, 1993.
5 El Congreso puede desconocer el veto presidencial si obtiene
una mayoría de dos tercios en ambas cámaras.
6 Robert A. Katzman, “War Powers: Toward a New Accommodation”,
en Thomas E. Mann (dir.), A Question of Balance: The President,
the Congress, and Foreign Policy, Brookings Institution,
Washington, DC, 1990.
7 En cambio, en el caso de la guerra del Golfo (1991) el
Congreso aprobó la iniciación de las operaciones militares,
porque varios demócratas apoyaban al presidente George H. W.
Bush.
8 Sobre esta noción más amplia de ejecutivo imperial, véase
Arthur M. Schlesinger, J. The Imperial Presidency, Houghton
Mifflin, Boston, 1989.
9 Ryan C. Hendrickson, The Clinton Wars: The Constitution,
Congress and War Powers, Vanderbilt University Press, Nashville,
Tennessee, 2002.
10 Bill Clinton “Letter to Congressional Leaders Reporting on
the Deployment of United States Aircraft to Bosnia-Herzegovina”,
Public Papers of the Presidents, 1-9-1995, pp. 1279-1280.
11 Congressional Record, 13-12-1995, H 14849.
12 Bill Clinton, “Letter to Congressional Leaders Reporting on
Airstrikes Against Serbian Targets in the Federal Republic of
Yugoslavia (Serbia and Montenegro)”, Public papers of the
Presidents, 26-3-1999, pp. 459-460.
13 Hendrickson, ibid., pp. 130-133.
14 Jon Sawyer, “Congress Faces the Unpleasant Task of Going on
Record about War in the Balkans”, St Louis Dispatch, 25-4-1999,
p. A12.
15 Jon Ward, “Kennedy Proposal Uncovers Party Rift, Leave Irak
Now vs. slow Retreat”, The Washington Times, 10-1-07, p. A1.
Traducción: Lucía Vera
Ryan C. Hendrickson (rchendrickson@eiu.edu)
es Profesor de Ciencia Política en Eastern Illinois University.
Education:
Ph.D., University of Nebraska
Areas of Expertise
International relations, American foreign policy,
international organizations and American government
Biography
Dr. Hendrickson (Ph.D. Nebraska) teaches courses in
international relations, American foreign policy, international
organizations and American government. His research interests include US
uses of force abroad and post-Cold War politics of NATO.
Dr. Hendrickson is a Faculty Affiliate of ACDIS and is
currently a visiting scholar in residence with the program.
Homepage(s):
http://www.eiu.edu/~polisci/faculty/hendrickson.php
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