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180308 - Estados
Unidos ha representado siempre el ejemplo más obvio de
democracia capitalista, un sistema en el que el poder político
está condicionado por el poder económico. Ello se prueba
especialmente en los momentos electorales cuando se hacen
públicas las donaciones a los candidatos y se comprueba que, sin
esas donaciones, nadie puede entrar en una carrera electoral
importante.
A varios meses de Noviembre, el escrutinio público tiene ya
las listas de las contribuciones de las grandes empresas a los
candidatos y en eso no hay diferencias entre republicanos y
demócratas. Todos reciben dinero de las grandes corporaciones,
un dinero que tiene exenciones fiscales y que los ejecutivos
empresariales invierten con la esperanza de recuperarlo en forma
de favores políticos.
El “lobby”, los grupos que las empresas organizan para presionar
al Gobierno y al Parlamento, constituyen una institución tan
aceptada que su carácter intrínsecamente inmoral apenas es
aludido. El “lobby” pretende que las decisiones gubernamentales
y parlamentarias beneficien a las empresas que los mantienen y
lo consiguen, en unos casos más, en otros menos y a veces
apoteósicamente, dependiendo de la debilidad y accesibilidad del
gobierno de turno. Washington está plagado de edificios donde
tiene su domicilio los “lobbies”. Hay “lobbies” de empresas
nacionales y extranjeras, de gobiernos extranjeros, de
instituciones sociales, de Universidades y hasta de Iglesias,
todos buscando la cercanía y el favor del país más poderoso de
la tierra. Con el paso del tiempo se ha ido modificando la
misión de los “lobbies”. Al principio eran oficinas para
presionar, para corromper a los políticos, a los funcionarios
con dádivas, viajes, etc. Después fueron convirtiéndose en sus
asesores legales al dedicarse los políticos a las campañas y a
conseguir dinero para ellas, sin tener tiempo ni equipos
suficientes para trabajar en sus tareas propias. Hoy los
“lobbies” tienen personal técnico que prepara, por ejemplo, los
proyectos de ley para que los legisladores no tengan que hacerlo
y de paso, tratan de que el proyecto recoja los intereses de sus
empresas patrocinadoras.
Los principales
lobbies son los de la industria bélica, la
petrolífera y la farmacéutica.
La industria del armamento es sumamente potente en un país que
no ha dejado de organizar o participar en guerras desde la
segunda mundial y, pese a la advertencia del presidente
Eisenhower contra los peligros para la democracia del complejo
militar industrial, está a la cabeza de la investigación y la
exportación de armas. Los acontecimientos del 11 de Septiembre
reavivaron los planes de los creadores del “Proyecto del nuevo
siglo americano”, una coalición de intereses que aspira a
controlar las vías mundiales de acceso a las mercancías básicas,
como el petróleo, y postula una hegemonía internacional
americana basada en la guerra preventiva que implica el
desprecio formal a la ONU como se vio claramente con motivo de
la invasión de Irak.
Pero la prepotencia americana fuera de sus fronteras, con
violaciones constantes de los derechos de presuntos sospechosos,
conducidos ilegalmente a una red internacional de prisiones
secretas que mantiene la CIA en connivencia con la mayoría de
los aliados occidentales, ha tenido una versión interna con la
promulgación de la Ley patriótica, que cercena gravemente los
derechos de los americanos, favoreciendo el espionaje, las
detenciones sin permiso judicial e instalando un clima no
democrático en las instituciones de lo que escasamente protestan
los medios informativos convencionales. Es moneda corriente el
espionaje de los correos electrónicos en las Universidades
públicas instigado, con otras medidas parecidas, por el nuevo
Departamento de Seguridad Nacional cuyos funcionarios actúan
casi impunemente.
Este modo de proceder irrita a sus ambientes intelectuales,
ilustrados que ven retroceder la democracia americana aunque la
Casa Blanca tiene a su favor el apoyo de una población asustada
por los supuestos peligros y favorecedora de la aminoración de
las garantías constitucionales en aras de un patriotismo
acomodaticio. Ello está produciendo una división en la
ciudadanía cuya versión electoral empieza a ser apreciable.
Pero el conservadurismo nacional sigue vigente en temas básicos
y los candidatos, ni siquiera el senador Obama, se pronuncian
enérgicamente contra la pena de muerte o el uso de las armas de
fuego, pese a presenciar esas matanzas indiscriminadas a las que
se va acostumbrando el pueblo americano.
Y es que como dice un observador de la escena, América sería un
país pacífico si legalizara la droga y prohibiera la pistolas
pero eso no está en el inmediato horizonte y, mientras tanto, el
Gobierno americano endurece la represión con el resultado de
tener la mayor población carcelaria del mundo, uno de cada cien
americanos está en prisiones cada vez más administradas por la
empresa privada, otro negocio boyante creado a partir de la
represión.
En ambientes universitarios se está produciendo una irritación
notable cuando colegas de otros países les reprochamos el record
ominoso de su gobierno en materia de derechos humanos. Este año
se celebra el sesenta aniversario de la Declaración Universal de
Derechos Humanos de 1948, complementada por la Declaración de
Viena de 1993 y con cualquier índice se puede documentar la
posición negativa americana al respecto. (Véase, al respecto,
por ejemplo, el libro“Human Rights and the US Constitution”, de
Judith Blau, y Alberto Moncada, Editorial Rowman, Littlefield,
2005).
No es solo que su Constitución y las sucesivas enmiendas apenas
recogen lo que es hoy una lista universalmente aceptada de ellos
sino que el Gobierno americano no ha ratificado prácticamente
ninguno de los muchos convenios y tratados internacionales
existentes sobre la materia y en algún caso, como su negativa a
aceptar la competencia de Tribunales internacionales cuando se
trata de sus nacionales, bordea el tercermundismo democrático en
el que se encuentra en compañía de algunos países asiáticos y
árabes con los que comparte también la aplicación de la pena
capital.
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