Ahora que el enfermo es
Estados Unidos la receta es muy distinta. No es
país para corralitos. “Está muy bien decir ‘dejen que el sistema
financiero siga, que consiga su equilibrio’ (…) pero cuando se
enfrentan ataques especulativos, los precios se pulverizan y parece
que las grandes corporaciones van a colapsar, es natural que el
gobierno intervenga y diga ‘no podemos dejar que esto
suceda”, argumenta ahora Raghuram Rajan, ex economista jefe del FMI.
Y así, como lo más natural del mundo, el país donde supuestamente
mejor funciona el mercado descubre que la mano incorrupta y
milagrosa de Adam Smith, de tan invisible, ni está ni se la espera.
“La intervención del Gobierno era esencial, dado el precario estado
de los mercados”, explica
George Bush, presidente de los Estados
Socialistas de América.
Lea:
Día a día de
la crisis económica y financiera en Estados Unidos. USA.
Cronología
Entre los 700.000 millones de dólares de este último empujón y lo
que ya llevan gastado en los demás ‘rescates’, la factura ya ronda
los dos billones de dólares; cerca del 15% del PIB anual
estadounidense. Es probable que esta losa –un nuevo éxito para los
libros de historia de la era neocon de Bush– agudice aún más otro
proceso que ya está en marcha: la decadencia del imperio americano,
el fin de la hegemonía unilateral de la que disfruta
Estados Unidos desde la
caída del muro de Berlín. ¿Será también el fin del capitalismo tal y
como lo conocemos? ¿Aprenderá el mundo de sus errores? ¿Nacerá de
estas cenizas un nuevo modelo económico donde el libre mercado sea
un método y no un fin? Por desgracia, la respuesta es no.
Lea:
Cae al
abismo con el Libre Mercado la economía en EEUU
Hay una viñeta de Tintín que describe muy bien qué ha sucedido en
los mercados financieros durante los últimos años. Es uno de los
gags de “Aterrizaje en la Luna”. Tintín avisa a la tripulación, que
flota ingrávida, de que en pocos segundos el cohete entrará dentro
del campo de gravedad de la Tierra. “Sujetaos a algo”, grita Tintín.
Y los inefables detectives Hernández y Fernández obedecen. Hernández
se agarra a Fernández. Fernández se aferra a Hernández. Y, cuando la
gravedad regresa, ambos se van al suelo.
La explosión de la burbuja inmobiliaria ha recordado al mercado la
manzana de Newton: que lo que sube tiene que bajar. “Hemos llevado
al capitalismo a su perfección, hemos acabado con el riesgo”,
presumía hace unos años un bróker de la City londinense. El invento,
sobre el papel, parecía bueno. El riesgo también se puede vender, y
sobre eso se desarrolló el capitalismo abstracto sobre el que se
levantaba el castillo de naipes que ahora se ha desmoronado. Doy
hipotecas a los que no las pueden pagar, al tiempo que emito un bono
(con una rentabilidad menor que el tipo de interés que cobro al
hipotecado) que me permita recuperar el dinero lo antes posible y
así volverlo a prestar otra vez. Esos bonos de cobro dudoso, los de
las hipotecas de los pobres, quedan en teoría compensados por otros
más seguros, los de las hipotecas de la clase media. Se mezcla el
chóped con el jamón y así el riesgo desaparece; la banca siempre
gana y los pisos nunca bajan de precio. Con esa misma fórmula,
repetida mil veces, el riesgo se coló en la máquina y ascendió más y
más hasta el corazón de las finanzas. Por el camino, una serie de
vigilantes privados a sueldo del vigilado (que alguien pruebe ese
mismo método en las cárceles, a ver qué tal) certifican que el
enfermo goza de buena salud. Todo va bien mientras gira el carrusel.
Todo va bien hasta que vuelve la ley de la gravedad –los hipotecados
dejan de pagar, primero los pobres pero después también la clase
media– y la banca se estrella contra el suelo mientras se pregunta
qué paso, si no había riesgo posible. Si AIG Hernández sujetaba a
Lehman Brothers Fernández. Y viceversa.
Lea:
Plan de rescate en marcha. ¿Funcionará?
En realidad, ni siquiera es un invento nuevo. Ya pasó otra vez hace
poco más de 20 años, en el crash de 1987. En aquella ocasión, los
bonos basura –que era como se llamaba a esos bonos de alto riesgo-
fueron también una de las causas que llevaron a Wall Street a su
lunes negro, el 19 de octubre de 1987: la mayor caída de la bolsa
desde
1929. En aquel momento, igual que ahora, se habló de nuevos
controles más estrictos para evitar los excesos del capitalismo
abstracto. Entonces, igual que ahora, se decía que el mercado había
aprendido la lección, que el crash serviría de vacuna para la
siguiente fiebre. Es obvio decir que de poco valió.
Lea:
La Gran
Depresión del 29 puede repetirse
El capitalismo no es malo, lo han dibujado así. Es el peor sistema
económico posible, a excepción de todos los demás. Sí, el mercado
libre es la fuerza más poderosa de la galaxia, la búsqueda egoísta
de la rentabilidad mueve el mundo, para lo bueno y para lo malo.
Pero su voracidad es tan grande que siempre encuentra el camino para
sortear –o desmantelar, a través de esa subespecie del poder
económico llamada poder político– las regulaciones con las que sus
víctimas intentan defenderse de sus excesos. Cada dos o tres
décadas, más o menos, el mercado se olvida de que también es mortal,
el cielo financiero se desploma sobre nuestras cabezas y hay que
ceder al chantaje y pagar con los impuestos los errores de los
bancos porque la alternativa es aún peor. Cada dos o tres décadas,
la intervención del Estado demuestra ser la única vacuna para salvar
al capitalismo de su avaricia caníbal. Cada dos o tres décadas, el
libre mercado recuerda, por las malas, que hasta los deportes más
agresivos necesitan un árbitro. Y entonces todo cambia para que todo
siga igual.