061108
-
La Jornada - Ángel
Guerra Cabrera
Aupado por una gran ola popular contra el bushismo, Barak Obama se
alzó arrolladoramente con la presidencia de Estados Unidos. Votado por
casi todo el electorado negro, más del 70 por ciento del hispano, cerca
de la mitad del blanco -en algunos estados más- y jóvenes y adultos
alejados hasta ahora de la política, destrozó el mito de que un
afrodescendiente no podía llegar al encumbrado cargo.
Varios factores lo hicieron posible. El salario real viene cayendo desde
el gobierno de Ronald Reagan, millones vieron sus fábricas emigrar y han
debido conformarse con trabajos precarios, la educación pública está en
ruinas, una parte importante de la población carece de asistencia médica
total o parcialmente, muchos afroestadunidenses sufren pobreza y
exclusión y todavía esperan por los beneficios del fin de la segregación
racial. A los hispanos pobres no les va mejor y si son inmigrantes
ilegales carecen de derechos, están sujetos a maltratos, redadas y la
amenaza permanente de deportación por más que la economía no pueda
prescindir de su fuerza de trabajo. Todo esto se agravó en los 8 años de
Bush, que ha gobernado para enriquecer escandalosamente a una minúscula
minoría y unido a las dispendiosas e interminables guerras coloniales en
Afganistán e Irak han dejado en bancarrota a la nación. Aunque no se
debe únicamente a aquel, su política ultraliberal acrecentó el fraude,
la codicia corporativa y la ausencia de regulación, contribuyendo
decisivamente a precipitar la megacrisis financiera mundial, que ha
pulverizado el poder adquisitivo y lanzado al desempleo o a la perdida
de la vivienda a millones de estadounidenses. Este hecho, sumado a la
impopularidad de las guerras, la legalización de la tortura y el
desmantelamiento de las libertades, arrastró al sótano la aceptación en
casa del actual inquilino de la Casa Blanca y del Partido Republicano y
produjo una sensible disminución del prestigio, el poder y la influencia
internacional de Washington.
Mientras, se hacía evidente la emergencia de nuevos y ascendentes polos
de poder en China, India, Rusia y la gestación de un bloque
latinoamericano que se resiste al tradicional control de Estados Unidos
y comienza a hablar con voz propia al socaire de una rebelión de sus
pueblos.
Obama, que inició su aspiración presidencial a contracorriente del
aparato de su partido, favorable a Hillary Clinton, se fue convirtiendo
en un fenómeno político insólito en la historia de la gran potencia. Su
facilidad para comunicarse con los estadunidenses de todos los orígenes
étnicos y edades, su carisma, dotes de orador, condición diferente a los
presidenciables típicos del establishment por ser negro, de origen pobre
y haber iniciado su carrera como activista comunitario terminó
imponiéndolo como candidato demócrata a la presidencia, impulsado por un
movimiento de voluntarios mayoritariamente jóvenes que se convirtió
gradualmente en una gigantesca bola de nieve. El rechazo a Bush y a la
política al uso de amplios sectores de la población coincidió con la
comprensión de los círculos realistas de la elite yanqui sobre la
necesidad de un replanteo de la política interna y exterior del imperio
que le permitiera recomponerse y salir del atolladero en que ha caído.
De esta forma, Obama, del que desconfían pero al que creen poder
domesticar, apareció como una fórmula aceptable y mucho más funcional a
ese propósito que el impresentable dúo McCain/Palin. Ello explica que la
mayoría de los grandes periódicos del sistema endosaran en los últimos
meses su candidatura y las grandes sumas de dinero corporativo recibidas
por su campaña. Pero la conquista de la Casa Blanca por el
afroestadunidese es sin duda un hecho de gran trascendencia política
pues se forjó desde las bases, reunió a una coalición inédita de fuerzas
populares que incluye a segmentos muy progresistas y desalojará del
Ejecutivo a una peligrosísima pandilla guerrerista y fascistoide, que,
por cierto, aún puede hacer mucho daño.
Sin embargo, desmantelar la herencia de Bush y remontar la crisis es
tarea titánica, que únicamente sería posible si quienes votaron por
Obama se organizan y luchan por una agenda progresista, aunque sólo
fuera por lograr un régimen más democrático, incluyente y menos
arrogante ante el mundo.