051208 -
El mal llamado “narcotráfico”, que no es más que la comercialización
de drogas catalogadas de ilegales por las leyes —la comercialización y
venta de alcohol y tabaco también es narcotráfico—, es uno de los temas
recurrentes en el discurso del poder; le da legitimidad al Estado como
entidad que monopoliza la administración de la violencia. Usando otras
drogas —la televisión, etc.—, nos vende la idea de una guerra contra
esta actividad y de esa forma justifica el atiborramiento de las calles
con militares y policías. Con la nota roja como única fuente de
información, logra instalar el miedo suficiente en la población como
para que sea casi imposible vislumbrar los alcances de tan conspicuo
negocio. Por eso, el artículo de Hernán Carrera es tan interesante; el
tráfico de drogas ilegales es antes que nada, una de las más lucrativas
empresas capitalistas del último siglo y del que empieza. Su capacidad
de generar riqueza va mucho más allá de lo que en general suele
pensarse. Superando la tantas veces citada frase de
Carlos Marx en la que
identificaba la religión como "el
opio del pueblo", el poder de arriba ejerce la libertad de
empresa para administrarle al pueblo el opio de manera directa y sin
metáforas.
051208 - Hernán Carrera
Opio, cocaína, marihuana y anfetaminas movilizan mundialmente cada
año un presupuesto que puede doblar el de un país petrolero como
Venezuela. Debidamente ¿lavadas? y llevadas a honorables bolsas de
comercio, las ganancias anuales del narcotráfico llegan a representar
¿en acciones perfectamente legales? más de 300 billones de dólares: una
cifra que torna ridícula la pretendida especie de que es este un negocio
manejado por capos tercermundistas que se esconden en algún búnker de
Colombia o
Afganistán.
Un campesino boliviano –Julio Quispe, pongamos, por inventar un nombre–
que evada el monopolio estatal de la coca, recibirá 1.375 dólares por
los 275 kilos de hojas que hacen falta para producir un kilo de pasta o
base de cocaína. Un narco colombiano –Alvaro Jaramillo, digamos– podrá
procesar ese kilo de pasta y vendérsela a cualquier congénere por unos $
5.000, o transformarla en clorhidrato y revenderla en Cartagena o Bogotá
por $ 15.000. En Harlem, o en Broadway, o en Harvard, un Tom Smith o
Jimmy Johnson cualquiera podrá optar entre ofrecer el polvo puro, a unos
$ 30.000 el kilo, o adulterarlo hasta obtener por cada gramo de piedra o
crack entre 40 y 80 dólares. Los 1.375 dólares de Julio Quispe son
ahora, en promedio, 60.000.
Un negocio sencillo, se dirá: no requiere más que unas hojas que crecen
casi silvestres, algo de kerosén, un poco de ácido sulfúrico y acetona,
una narco-mula o una pista o un peñero siquiera. Y, claro, un tanto de
mala conciencia y otro de osadía para mover de un sitio a otro esos mil
gramos.
Pero no es un kilo: son 992.000, que eso fue, según la Oficina de las
Naciones Unidas para las Drogas y el Crimen (Unodc, por sus siglas en
inglés), la producción mundial de cocaína en un año tan cualquiera como
2007. Y no es sólo coca: también hay, igual de lucrativos o más,
8.870.000 kilos de opio. Y 41.400.000 kilos de marihuana. Y 494.000 de
anfetaminas varias. Y pare usted de contar alucinógenos y otras
especies.
Hablamos, entonces, de movilizar por todo el mundo, desde las selvas más
apartadas hasta los colegios y universidades y bares y oficinas de
cualquier pueblito primermundista, algo más de 50 millones de kilos de
sustancias ilícitas, que son objeto de persecución feroz y de guerra a
muerte. Hablamos, además, de mover también por el mundo entero otra cosa
aún mucho más difícil de hacer pasar inadvertida: los 500.000 millones
de dólares que como mínimo, al decir de los expertos (de la ONU, del
Fondo Monetario Internacional, de la Drug Enforcement Administration o
DEA), reportan en ganancia anual esas sustancias. A precios de 2006.
Eso es el narcotráfico. Y es apenas el comienzo.
COSAS QUE PUEDES SABER CON SÓLO MIRARLAS
Al comienzo de la larga cadena del narcotráfico no todo son eslabones
perdidos: se conocen perfectamente los grandes centros de producción. Y
las grandes rutas de distribución también.
Con 193.000 hectáreas sembradas de adormidera, Afganistán concentra 92%
de la producción mundial de opio. Pura, o transformada en morfina o
heroína, la droga afgana fluye hacia Europa a través de
Pakistán, de las
ex repúblicas soviéticas de Turkmenistán y Uzbekistán, del largo
corredor kurdo, de Georgia, de Chechenia, los Balcanes. De lejos,
Myanmar compite con sus 27.000 hectáreas de amapola. Colombia es dueña
de 55% del cultivo mundial de hojas de coca: 99.000 hectáreas. Le siguen
Perú, con cerca de la mitad de eso, y
Bolivia, con 28.900 hectáreas casi
enteramente dedicadas al procesamiento y comercio legal. El clorhidrato
de cocaína tiene por destino principal los Estados Unidos. Sube por el
Pacífico, vía Panamá, o por el Caribe colombiano, o atraviesa Venezuela
para hacer escala en las antillas. Otra parte, más pequeña, cruza el
Atlántico y toca África antes de entrar a Europa.
El Asia oriental y tecnologizado representa el 55% del mercado mundial
de anfetaminas (éxtasis y otros estimulantes), y se encarga por sí misma
de producir y consumir sus tabletas. Lo mismo hacen sus otros dos
grandes competidores: la culta Europa y el Estados Unidos de la
implacable DEA.
De esos mismos supervigilados predios de la DEA –el territorio
estadounidense– se sabe con certeza que acaparan la mayor porción de la
torta en el mercado mundial de producción y consumo de marihuana,
gracias a las técnicas del cultivo hidropónico en interiores e incluso
en subsuelos. Aunque más democrático en su irrigación por el globo –el
cannabis se siembra en 172 países–, América concentra 55% de la
producción y tiene en su lado Norte una de las más altas tasas de
prevalencia mundial: 10,5% de los norteamericanos entre 15 y 64 años son
consumidores. En Europa, con tres millones de adictos (consumo diario),
encabeza esta hierba las estadísticas del Observatorio Europeo de las
Drogas y Toxicomanías.
Con apenas estos pocos datos, algunas cosas comienzan ya a llamar la
atención en el oscuro mundo del narcotráfico. Cosas, digamos, que no
terminan de parecer casuales.
Por ejemplo, que Afganistán, el cuasi monopólico centro mundial de
producción de opiáceos, esté literalmente cruzado de tropas invasoras y
misiles y tanques y muertos, y sin embargo.
Que de Pakistán y las ex repúblicas soviéticas del sur, amistosamente
occidentales, no se hable. Que Georgia y Chechenia, y el corredor kurdo
(Irán, Irak, Turquía), y la puerta trasera de Europa (Albania, los
Balcanes), sean tan crudamente escenario de guerras, de intervenciones,
de vigilancia extrema por la mal llamada “comunidad internacional”, y
sin embargo.
Que Myanmar esté en la lista de “Estados fallidos”, y sin embargo. Que
Colombia acumule nueve años de Plan Colombia, y de balas, y desplazados
y muertes otra vez, y sin embargo.
Que el Caribe sea tan decididamente mare nostrum de los gringos, tan
erizado de patrullas, y de satélites, y sin embargo.
O, por ejemplo, que la marihuana, por largo rato el rubro de mayor peso
en el narcotráfico mundial –80%, en términos de tonelaje–, y el que más
alarmas de consumo enciende en los países altamente desarrollados, y el
que allí mismo se produce –igual que las anfetaminas–, sea justamente la
droga menos perseguida. Pero claro: no se imagina uno un “Plan Holanda”,
un bombardeo incendiario de laboratorios sembrados en Borgoña, una
invasión aliada contra Londres, unas autodefensas que desplacen y
aniquilen a los pobladores de Harlem o de Queens. Aunque sean negros,
aunque sean boricuas. Allí el narcotráfico sirve para otra cosa.
PEONES, CAPATACES, BUHONEROS
Un simple cálculo matemático establece que si las 50.000 toneladas de
producción mundial de drogas se transportaran en contenedores de uso
corriente, se necesitarían 1.250 gandolas para cargarlos. Otros, más
ociosamente, han calculado que las ganancias respectivas, apiladas en
billetes de cien dólares uno sobre otro, formarían una torre de mil
metros de altura: cuatro torres del Parque Central de Caracas, una
encima de la otra.
No es fácil esconder un alijo así. Según diversos informes
internacionales que ratifica el ex presidente brasileño Fernando
Henrique Cardoso, los presupuestos del combate mundial contra el
narcotráfico equivalen “casi al mismo valor generado por el comercio de
drogas” (http://colombiadrogas.wordpress.com/). Tan solo el Plan
Colombia, para el momento de su aprobación por Bill Clinton, contempló
para ese fin un monto de 1,3 billones de dólares. Un total de 87
oficinas de la DEA se reparten en 63 países –aparte de las 227
existentes en territorio estadounidense– para recordarle al mundo que
esa lucha es exigencia de la mayor de las potencias económicas,
militares y policiales. Y sin embargo: en todo 2007, esa misma DEA tuvo
que jactarse como logro mayor de una incautación de 19.434 kilos de
cocaína en un barco de bandera panameña: 1,9% de la producción mundial.
Los supuestos “grandes capos” de la droga que terminan apresados o
muertos guardan proporción con estas últimas cifras. Carlos Lehder,
cofundador del Cartel de Medellín, era al ser capturado “dueño de dos
hoteles, dos aviones, siete fincas en Quindío y otros departamentos,
lanchas y al menos 1,8 millones dólares en efectivo” (www.pabloescobargaviria.info/index).
Al ultra-famoso y finado Pablo Escobar Gaviria se le atribuyó una
fortuna (nunca auditada, jamás comprobada) de entre 5.000 y 10.000
millones de dólares: 1% o 2% de lo que produce “el negocio” en 12 meses
apenas.
Esos “grandes zares” nunca fueron más que pequeños intermediarios. Hoy,
cuando ya no están, cuando ya no es posible ser a un mismo tiempo
capataz de finca productora y presidente de un banco o una universidad,
sus sucesores son miles y miles de peones que sólo se alzan un escalón o
dos por sobre esa buhonería del narcotráfico del tal Jaramillo o el Tom
Smith o Jimmy Johnson.
Dijo una vez el ex presidente venezolano Carlos Andrés Pérez, conocedor
de oficio: “Hay dos cosas imposibles de ocultar: la tos y la riqueza”.
LA GRAN LAVADORA
¿Cómo se hace para esconder cuatro torres de Parque Central hechas de
billetes de cien dólares? ¿Cómo se borra un presupuesto que duplica casi
el de un país petroleramente boyante como Venezuela? ¿Cómo pueden pasar
desapercibidos 500.000 millones de dólares por año? Porque, obviamente,
la finalidad del narcotráfico no estriba en enterrar morocotas bajo el
piso.
Antes de llegar al extremo superior de la cadena, el negocio de las
drogas tiene –como es sabido– un eslabón fundamental en el lavado de
dinero. De cumplir esa función en los niveles de la buhonería e
intermedios se encargan sistemas artesanales: desde el individuo que
abre 10 o 20 cuentas en otros tantos bancos hasta esos centros
vacacionales que repentinamente, sin motivo aparente, se ponen de moda y
se llenan de lujosos edificios y centros comerciales que luego quedan
abandonados o nunca se concluyen.
No obstante, como toda gran industria en un mundo de acérrimo
capitalismo y libre mercado, también ésta es altamente concentracionaria
y monopólica. Quien tenga, pues, un modesto 10% de esa torta, deberá
lavar cada año 50.000 millones de dólares. Vale decir, la misma cifra
que desde el año 2000 e inútilmente viene pidiendo reunir la ONU para
poder cumplir su gran Objetivo del Milenio: la reducción de la pobreza.
Para solventar problemas de este tipo –el blanqueamiento de dinero sucio
de cualquier especie–, el sistema financiero internacional permite –y
apadrina– un no-sistema: un espacio de extraterritorialidad, ajeno del
todo a leyes nacionales, a superintendencias bancarias, a regulaciones,
a convenios internacionales: ajeno a todo cuanto no sea el dinero y su
intrínseca tendencia a la ganancia y la acumulación. Ese espacio es el
de los así llamados paraísos fiscales y la banca offshore, cuyas
interioridades han sido exhaustivamente develadas por el periodista y
escritor argentino Julio Sevares en estudio titulado “El dinero sucio,
sangre del sistema económico y el poder” (disponible en
www.argentina.attac.org/).
Para el año 2004 existían en el mundo 72 de esos paraísos, en los que
funcionaban por entonces un millón de sociedades amparadas por el
anonimato: empresas –virtuales o reales– a las que nada ni nadie obliga
a presentar balances, establecer su composición accionaria o, incluso,
tener capital alguno. No obstante, a ellas se sumaban más de 4.000
bancos offshore con depósitos conjuntos que superaban los cinco billones
de dólares.
Paraísos fiscales célebres son los de Las Bahamas y las Islas Caimán, en
el Caribe, pero los hay por todo el mundo: funcionan profusamente en el
centro de Londres, en Mónaco, en Tokio, en el diminuto estado de
Delaware, a pocos minutos de Nueva York y de Wall Street. Y los hay
incluso tan curiosos como el Principado de Sealand, que funciona en una
antigua plataforma petrolera del Mar del Norte, o el Dominio de
Melchizedek, situado sobre un desértico atolón vecino a las Islas
Marshal, que a través de la página web www.Melchizedek.com ofrece
ciudadanía y pasaporte y facilidades para toda clase de negocios. Sin un
solo edificio a la vista, tiene en sus bancos 25.000 millones de
dólares.
En el libro Capitalismo criminal: ensayos críticos (Bogotá: Universidad
Nacional de Colombia, 2008), Tom Blickman precisa la magnitud y el modus
operandi de estas eficientes lavadoras: “La Organización para la
Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que agrupa a los 30
países más ricos del mundo, estima que el volumen del comercio mundial
que pasa por los paraísos fiscales de manera documentada creció durante
este período [desde comienzos de los 70 hasta 2004] en cerca de un 50%,
pese a que estos lugares representan apenas un 3% del producto bruto
mundial. Esta extraordinaria discrepancia es una indicación del grado en
que la mayoría de las principales corporaciones aprovechan la movilidad
transnacional de sus capitales para lavar sus ganancias a través de
paraísos fiscales y regímenes de impuestos bajos”.
Y añade de seguidas: “Dichas corporaciones utilizan una variedad de
mecanismos, como la refacturación y los precios de transferencia –bienes
comerciados entre compañías con un dueño común a precios arbitrarios,
independientes del mercado, y que permiten bajar impuestos declarando
costos altos y precios de venta bajos en los lugares de mayor
tributación de las ganancias–, o como las transacciones realizadas hacia
compañías de papel y hacia fondos fiduciarios secretos
extraterritoriales. Medios tales como las ‘cuentas fiduciarias móviles’,
que se trasladan automáticamente a otra jurisdicción en cuanto se
realizan averiguaciones, o solicitudes de asistencia mutua judicial,
facilitan claramente el delito”.
Como la inmensa mayoría de las empresas asentadas en tales
“territorios”, buena parte de los bancos offshore no mostrarán nunca al
cliente ni oficinas ni empleados: son, en realidad, instituciones
virtuales, conocidas en el argot como “corresponsales”, que para
funcionar sólo requieren de una cuenta abierta en una institución
bancaria físicamente establecida en ese u otro “paraíso”. Si se quiere o
necesita aún mayor seguridad en el borramiento de toda pista que vincule
a depositario y depósito, se recurre al nesting o ennidado: una cuenta
en un banco que a su vez tenga cuenta en otro banco que tenga cuenta en
un offshore.
Quien tenga dudas –inmerecidas, hay que decirlo– sobre la seriedad de
esa banca virtual, puede así perfectamente depositar su confianza en el
respaldo que le proporcionan principalísimos bancos de Suiza,
Inglaterra, Alemania, Japón, Estados Unidos y muchos más. Julio Sevares
recoge información de la revista The Economist, en su edición del 14 de
abril de 2001, que permite en tal sentido disipar las aprehensiones del
más desconfiado de los narcotraficantes: “Tres cuartos de los grandes
bancos investigados por el Senado estadounidense tienen, cada uno, más
de 1.000 cuentas de bancos corresponsales. Los dos bancos más grandes de
la lista, que no son estadounidenses, tienen 12.000 y 7.500 cuentas cada
uno. A mediados de 1999 los cinco principales bancos estadounidenses con
cuentas de corresponsales tenían 17.000 millones de dólares en esas
cuentas. Los 75 mayores bancos tenían depositados en ellas 35.000
millones de dólares”.
Ese es el no-sistema. En un informe de 1999 (“Mercados internacionales
de capital”), el Fondo Monetario Internacional (FMI) citaba a Alan
Greenspan, por entonces presidente de la Reserva Federal en Estados
Unidos: “Nosotros no entendemos completamente la dinámica del nuevo
sistema”.
Pero no interesa entenderlo. Funciona. Y cómo lava.
EL ÚLTIMO ESLABÓN DE LA CADENA
Si nunca ha habido ni habrá un “Plan Holanda”, tampoco se ha pensado
jamás en una mera “Operación Melchizedek”. Al final de la larga cadena
del narcotráfico no hay razzias, ni allanamientos, ni alcabalas, ni
fotos de frente y perfil con número abajo. Obvio.
Quien quiera, pues, nombres y rostros, deberá atender al buen olfato o
la mala lengua de los periodistas. O confiar en su propia suspicacia.
Recordar, por ejemplo, que Lucio Gelli, gran capo de la Logia P-2, tuvo
por socio principal en el Banco Ambrosiano al Vaticano, allá por los 70.
Que en el escándalo del Bank of Credit and Commerce International (BBCI),
séptima institución bancaria en el ranking mundial, salieron a relucir
en 1991 asuntos tales como financiamiento del terrorismo y lavado de
dinero, y las cuentas personales de Manuel Noriega, Saddam Hussein,
Ferdinando Marcos, y depósitos de la Organización para la Liberación de
Palestina (OLP) y el servicio secreto israelí (Mossad) y la contra
nicaragüense. Y que con el banco se vino abajo la gigantesca
transnacional de auditorías (¡auditorías!) Price Waterhouse. Y que en
los juicios subsiguientes, del lado de la defensa de uno de los grandes
socios del BBCI, intervino cierto bufete entre cuyos abogados estaba
cierta Hillary Rodham, más tarde conocida –a pesar de lo Lewinsky– como
Hillary Clinton.
Que el serísimo Citibank dejó de serlo por las continuas investigaciones
y denuncias que lo han vinculado a la práctica del lavado, con directas
referencias a regímenes altamente corruptos como el del mexicano Carlos
Salinas de Gortari, el peruano Alberto Fujimori y el filipino Joseph
Estrada. No casualmente, jefes de Estado en países productores de
drogas.
Que al primer ministro italiano Silvio Berlusconi se le descubrió en su
vasto conglomerado mediático una contabilidad paralela para 64 empresas
fantasmas: suerte de súper lavadora para uso personal. Que, en fin, la
KBR, gigantesca transnacional de la ingeniería y la construcción, se ha
hecho en estos últimos años de milmillonarios contratos en todos esos
grandes centros de producción de drogas aquí citados, y en los
corredores que van de Pakistán a Bosnia y de Colombia a México. Y que
socios claves de esa empresa son la familia Bush y su segundo al mando,
el vicepresidente Dick Cheney.
¿POR QUÉ O PARA QUÉ?
No tiene entonces mucho sentido preguntarse por qué, si los gobiernos
que rigen el destino del planeta dedican tanta energía al tema del
narcotráfico, no apuntan sus armas contra los cuarteles generales de esa
industria. Cabría más preguntarse el porqué han puesto tan aparentemente
al mundo en pie de guerra contra ella.
Catherine Austin Fitts, una ex funcionaria del gobierno de Bush padre y
actualmente directora de un fondo de inversiones en Wall Street, apunta
un motivo que ayuda a comprender las razones de esa supuesta
contradicción: cada dólar que se apunta en el renglón ganancias de una
transnacional –General Motors, Toyota, British Petroleum, pongamos por
caso–, representa automáticamente, por esa extraña lógica del
libremercadismo, un incremento de seis dólares en el valor de sus
acciones.
No es poca cosa, si se multiplican por seis los 500.000 millones del
narcotráfico. Cedidos en préstamo a bajo interés, o incluso en canje
simple por acciones, son 300 billones de dólares. Perfectamente legales,
cambiables, usables. A mutuo beneficio. Un monto que no conviene dejar
al alcance de potenciales competidores. Ha dicho el renombrado
periodista francés Christian de Brie: “El abandono de las soberanías
nacionales y la mundialización liberal –que permite a los capitales
circular sin control de un lado al otro del planeta– han posibilitado el
crecimiento explosivo de un mercado financiero fuera de la ley, motor de
la expansión capitalista lubrificado por las ganancias del gran crimen”
(“Crimen, la mayor empresa libre del mundo”, en http://mondediplo.com/2000/04/05debrie).
Así, mientras las ganancias del narcotráfico hacen de motor del selecto
grupo de empresas que realmente domina el planeta, y mientras las
guerras les permiten apoderarse –para ese u otros negocios– de países
enteros, el menudeo de la droga sirve de carne de cañón. Allá lejos,
Julio Quispe, Alvaro Jaramillo, los Tom Smith o Jimmy Johnson cuentan
felices su pírrica ganancia sin saber que son a la vez víctimas y
propulsores necesarísimos del neoliberalismo salvaje. Una droga como
cualquier otra.