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Original English
200109 - Compatriotas:
Me encuentro hoy aquí con humildad ante la tarea que
enfrentamos, agradecido por la confianza que me ha sido otorgada,
consciente de los sacrificios de nuestros antepasados. Agradezco al
presidente Bush su servicio a nuestra nación, así como la generosidad y
cooperación que ha demostrado a lo largo de esta transición.
Ya son cuarenta y cuatro los norteamericanos que han
hecho el juramento presidencial. Estas palabras han sido pronunciadas
durante mareas de prosperidad y aguas tranquilas de la paz. Y, sin
embargo, a veces el juramento se hace en medio de nubarrones y furiosas
tormentas. En estos momentos, Estados Unidos se ha mantenido no sólo por
la pericia o visión de los altos cargos, sino porque nosotros, el
pueblo, hemos permanecido fieles a los ideales de nuestros antecesores y
a nuestros documentos fundacionales.
Así ha sido. Y así debe ser con esta generación de
norteamericanos.
Que estamos en medio de una crisis es algo muy asumido.
Nuestra nación está en guerra frente a una red de gran alcance de
violencia y odio. Nuestra economía está gravemente debilitada, como
consecuencia de la codicia y la irresponsabilidad de algunos, pero
también por el fracaso colectivo a la hora de elegir opciones difíciles
y de preparar a la nación para una nueva era.
Se han perdido casas y empleos y se han cerrado
empresas. Nuestro sistema de salud es caro; nuestras escuelas han
fallado a demasiados; y cada día aporta nuevas pruebas de que la manera
en que utilizamos la energía refuerzan a nuestros adversarios y amenazan
a nuestro planeta.
Estos son los indicadores de una crisis, según los datos
y las estadísticas. Menos tangible pero no menos profunda es la pérdida
de confianza en nuestro país - un temor persistente de que el declive de
Estados Unidos es inevitable y de que la próxima generación debe reducir
sus expectativas.
Hoy os digo que los desafíos a los que nos enfrentamos
son reales. Son graves y son muchos. No los enfrentaremos fácilmente o
en un corto periodo de tiempo. Pero Estados Unidos debe saber que les
haremos frente.
Hoy nos reunimos porque hemos elegido la esperanza sobre
el temor, la unidad de propósitos sobre el conflicto y la discordia. Hoy
hemos venido a proclamar el fin de las quejas mezquinas y las falsas
promesas, de las recriminaciones y los dogmas caducos que durante
demasiado tiempo han estrangulado a nuestra política.
Seguimos siendo una nación joven, pero, según las
palabras de las Escrituras, ha llegado el momento de dejar de lado los
infantilismos. Ha llegado el momento de reafirmar nuestro espíritu de
firmeza: de elegir nuestra mejor historia; de llevar hacia adelante ese
valioso don, esa noble idea que ha pasado de generación en generación:
la promesa divina de que todos son iguales, todos son libres y todos
merecen la oportunidad de alcanzar la felicidad plena.
Al reafirmar la grandeza de nuestra nación, somos
conscientes de que la grandeza nunca es un regalo. Debe ganarse. Nuestro
camino nunca ha sido de atajos o de conformarse con menos. No ha sido un
camino para los pusilánimes, para los que prefieren el ocio al trabajo o
buscan sólo los placeres de la riqueza y la fama. Más bien, han sido los
que han asumido riesgos, los que actúan, los que hacen cosas -algunos de
ellos reconocidos, pero más a menudo hombres y mujeres desconocidos en
su labor, los que nos han llevado hacia adelante por el largo, escarpado
camino hacia la prosperidad y la libertad.
Por nosotros se llevaron sus pocas posesiones materiales
y viajaron a través de los océanos en busca de una nueva vida.
Por nosotros trabajaron en condiciones infrahumanas y se
establecieron en el oeste; soportaron el látigo y araron la dura tierra.
Por nosotros lucharon y murieron en lugares como Concord
y Gettysburg, Normandía y Khe Sahn.
Una y otra vez estos hombres y mujeres lucharon y se
sacrificaron y trabajaron hasta tener llagas en las manos para que
pudiéramos tener una vida mejor. Veían a Estados Unidos más grande que
la suma de nuestras ambiciones individuales, más grande que todas las
diferencias de origen, riqueza o facción.
Este es el viaje que continuamos hoy. Seguimos siendo la
nación más próspera y poderosa de la Tierra. Nuestros trabajadores no
son menos productivos que cuando empezó esta crisis. Nuestras mentes no
son menos inventivas, nuestros bienes y servicios no son menos
necesarios que la semana pasada, el mes pasado o el año pasado. Nuestra
capacidad no ha disminuido. Pero el tiempo del inmovilismo, de la
protección de intereses limitados y de aplazar las decisiones
desagradables, ese tiempo seguramente ha pasado. A partir de hoy,
debemos levantarnos, sacudirnos el polvo y volver a empezar la tarea de
rehacer Estados Unidos.
Porque allí donde miremos, hay trabajo que hacer. El
estado de la economía requiere una acción audaz y rápida y actuaremos no
sólo para crear nuevos empleos sino para levantar nuevos cimientos para
el crecimiento. Construiremos carreteras y puentes, las redes eléctricas
y las líneas digitales que alimentan nuestro comercio y nos mantienen
unidos. Pondremos a la ciencia en el lugar donde se merece y
aprovecharemos las maravillas de la tecnología para aumentar la calidad
de la sanidad y reducir su coste. Utilizaremos el sol, el viento y la
tierra para alimentar a nuestros automóviles y hacer funcionar nuestras
fábricas. Y transformaremos nuestras escuelas y universidades para hacer
frente a las necesidades de una nueva era.
Todo esto podemos hacerlo. Y todo esto lo haremos.
Algunos cuestionan la amplitud de nuestras ambiciones y
sugieren que nuestro sistema no puede tolerar demasiados grandes planes.
Sus memorias son cortas. Porque han olvidado lo que este país ya ha
hecho; lo que hombres y mujeres libres pueden lograr cuando la
imaginación se une al interés común y la necesidad a la valentía.
Lo que no entienden los cínicos es que el terreno que
pisan ha cambiado y que los argumentos políticos estériles que nos han
consumido durante demasiado tiempo ya no sirven.
La pregunta que nos hacemos hoy no es si nuestro
gobierno es demasiado grande o pequeño, sino si funciona -ya sea para
ayudar a las familias a encontrar trabajos con un sueldo decente,
cuidados que pueden pagar y una jubilación digna. Allí donde la
respuesta es sí, seguiremos avanzando y allí donde la respuesta es no,
pondremos fin a los programas. Y a los que manejamos el dinero público
se nos pedirán cuentas para gastar con sabiduría, cambiar los malos
hábitos y hacer nuestro trabajo a la luz del día, porque sólo entonces
podremos restablecer la confianza vital entre un pueblo y su gobierno.
La cuestión para nosotros tampoco es si el mercado es
una fuerza del bien o del mal. Su poder para generar riqueza y expandir
la libertad no tiene rival, pero esta crisis nos ha recordado a todos
que sin vigilancia, el mercado puede descontrolarse y que una nación no
puede prosperar durante mucho tiempo si favorece sólo a los ricos. El
éxito de nuestra economía siempre ha dependido no sólo del tamaño de
nuestro Producto Nacional Bruto, sino del alcance de nuestra
prosperidad, de nuestra habilidad de ofrecer oportunidades a todos los
que lo deseen, no por caridad sino porque es la vía más segura hacia el
bien común.
En cuanto a nuestra defensa común, rechazamos como falsa
la elección entre nuestra seguridad y nuestros ideales. Nuestros padres
fundadores, enfrentados a peligros que apenas podemos imaginar,
redactaron una carta para garantizar el imperio de la ley y los derechos
humanos, una carta que se ha expandido con la sangre de generaciones.
Esos ideales aún alumbran el mundo y
no renunciaremos a ellos por conveniencia. Y a los otros
pueblos y gobiernos que nos observan hoy, desde las grandes capitales al
pequeño pueblo donde nació mi padre: sabed que América es la amiga de
cada nación y cada hombre, mujer y niño que persigue un futuro de paz y
dignidad y de que estamos listos a asumir el liderazgo una vez más.
Recordad que generaciones anteriores se enfrentaron al
fascismo y al comunismo no sólo con misiles y tanques, sino con sólidas
alianzas y firmes convicciones. Comprendieron que nuestro poder solo no
puede protegernos ni nos da derecho a hacer lo que nos place. Sabían por
contra que nuestro poder crece a través de su uso prudente, de que la
seguridad emana de la justicia de nuestra causa, la fuerza de nuestro
ejemplo y las cualidades de la templanza, la humildad y la contención.
Somos los guardianes de este patrimonio. Guiados de
nuevo por estos principios, podemos hacer frente a esas nuevas amenazas
que exigen aún mayor esfuerzo - incluso mayor cooperación y
entendimiento entre las naciones. Comenzaremos a dejar Irak, de manera
responsable, a su pueblo, y forjar una paz ganada con dificultad en
Afganistán.
Con viejos amigos y antiguos contrincantes, trabajaremos
sin descanso para reducir la amenaza nuclear y hacer retroceder el
fantasma de un planeta que se calienta. No vamos a pedir perdón por
nuestro estilo de vida, ni vamos a vacilar en su defensa, y para
aquellos que pretenden lograr su fines mediante el fomento del terror y
de las matanzas de inocentes, les decimos desde ahora que nuestro
espíritu es más fuerte y no se lo puede romper; no podéis perdurar más
que nosotros, y os venceremos.
Porque sabemos que nuestra herencia multiétnica es una
fortaleza, no una debilidad. Somos una nación de cristianos y
musulmanes, judíos y e hindúes - y de no creyentes. Estamos formados por
todas las lenguas y culturas, procedentes de cada rincón de esta Tierra;
debido a que hemos probado el mal trago de la guerra civil y la
segregación, y resurgido más fuertes y más unidos de ese negro capítulo,
no podemos evitar creer que los viejos odios se
desvanecerán algún día, que las líneas divisorias entre tribus pronto se
disolverán; que mientras el mundo se empequeñece, nuestra humanidad
común se revelará; y América tiene que desempeñar su papel en el
alumbramiento de una nueva era de paz.
Al mundo musulmán, buscamos un nuevo camino adelante,
basado en el interés mutuo y el respeto mutuo. A aquellos líderes en
distintas partes del mundo que pretenden sembrar el conflicto, o culpar
a Occidente de los males de sus sociedades - sepáis que vuestros pueblos
os juzgarán por lo que que podéis construir, no por lo que destruyáis.
A aquellos que se aferran al poder mediante la
corrupción y el engaño y la represión de la disidencia, tenéis que saber
que estáis en el lado equivocado de la Historia; pero os tenderemos la
mano si estáis dispuestos a abrir el puño.
A los pueblos de las naciones más pobres, nos
comprometemos a colaborar con vosotros para que vuestras granjas
florezcan y dejar que fluyan aguas limpias; dar de comer a los cuerpos
desnutridos y alimentar las mentes hambrientas. Y a aquellas naciones
que, como la nuestra, gozan de relativa abundancia, les decimos que no
nos podemos permitir más la indiferencia ante el sufrimiento fuera de
nuestras fronteras, ni podemos consumir los recursos del mundo sin tomar
en cuenta las consecuencias. Porque el mundo ha cambiado, y nosotros
tenemos que cambiar con él.
Al contemplar la ruta que se despliega ante nosotros,
recordamos con humilde agradecimiento aquellos estadounidenses valientes
quienes, en este mismo momento, patrullan desiertos lejanos y montañas
distantes. Tienen algo que decirnos, al igual que los héroes caídos que
yacen en (el cementerio nacional de) Arlington susurran desde los
tiempos lejanos. Les rendimos homenaje no sólo porque son los guardianes
de nuestra libertad, sino también porque encarnan el espíritu de
servicio; la voluntad de encontrar sentido en algo más grande que ellos
mismos. Sin embargo, en este momento -un momento que definirá una
generación- es precisamente este espíritu el que tiene que instalarse en
todos nosotros.
Por mucho que el gobierno pueda y deba hacer, en última
instancia esta nación depende de la fe y la decisión del pueblo
estadounidense. Es la bondad de acoger a un extraño cuando se rompen los
diques, la abnegación de los trabajadores que prefieren recortar sus
horarios antes que ver a un amigo perder su puesto de trabajo, lo que
nos hace superar nuestros momentos más oscuros. Es la valentía del
bombero al subir una escalera llena de humo, pero también la voluntad
del progenitor de cuidar a un niño, lo que al final decide nuestra
suerte.
Nuestros desafíos podrían ser nuevos. Las herramientas
con que los hacemos frente podrían ser nuevas. Pero esos valores sobre
los que depende nuestro éxito - el trabajo duro y la honestidad, la
valentía y el juego limpio, la tolerancia y la curiosidad, la lealtad y
el patriotismo - esas cosas son viejas. Esas cosas son verdaderas. Han
sido la fuerza silenciosa detrás de nuestro progreso durante toda
nuestra historia. Lo que se exige, por tanto, es el regreso a esas
verdades. Lo que se nos pide ahora es una nueva era de responsabilidad -
un reconocimiento, por parte de cada estadounidense, de que tenemos
deberes para con nosotros, nuestra nación, y el mundo, deberes que no
admitimos a regañadientes, sino que acogemos con alegría, firmes en el
conocimiento de que no hay nada tan gratificante para el espíritu, tan
representativo de nuestro carácter que entregarlo todo en una tarea
difícil.
Este es el precio y la promesa de la ciudadanía.
Esta es la fuente de nuestra confianza - el saber que
Dios nos llama a dar forma a un destino incierto.
Este es el significado de nuestra libertad y de nuestro
credo - por lo que hombres y mujeres y niños de todas las razas y de
todas las fe pueden unirse en una celebración a lo largo y ancho de esta
magnífica explanada, por lo que un
hombre cuyo padre, hace menos de 60 años, no habría sido
servido en un restaurante ahora está ante vosotros para prestar el
juramento más sagrado.
Así que, señalemos este día haciendo memoria de quiénes
somos y de lo largo que ha sido el camino recorrido. En el año del
nacimiento de América, en uno de los más fríos meses, una reducida banda
de patriotas se juntaba ante las menguantes fogatas en las orillas de un
río helado. La capital se había abandonado. El enemigo avanzaba. La
nieve estaba manchada de sangre. En un momento en que el desenlace de
nuestra revolución estaba más en duda, el padre de nuestra nación mandó
que se leyeran al pueblo estas palabras:
"Que se cuente al mundo del futuro que en las
profundidades del invierno, cuando nada salvo la esperanza y la virtud
podían sobrevivir ... la urbe y el país, alarmados ante un peligro
común, salieron a su paso."
América. Ante nuestros peligros comunes, en este
invierno de nuestras privaciones, recordemos esas palabras eternas. Con
esperanza y virtud, sorteemos nuevamente las corrientes heladas, y
aguantemos las tormentas que nos caigan encima. Que los hijos de
nuestros hijos digan que cuando fuimos puestos a prueba nos negamos que
permitir que este viaje terminase, no dimos la vuelta para retroceder, y
con la vista puesta en el horizonte y la gracia de Dios encima de
nosotros, llevamos aquel gran regalo de la libertad y lo entregamos a
salvo a las generaciones venideras.
Gracias, que Dios os bendiga, que Dios bendiga a
América.
TRADUCCIÓN DE LA AGENCIA
EFE