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Original English
220109 -
ZSpace
- Michael Parenti
- Traducido del inglés para Rebelión
por Germán Leyens
Después del derrocamiento de los gobiernos comunistas en Europa
Oriental, ponderaron al capitalismo como el sistema indomable que lleva
la prosperidad y la democracia, el sistema que prevalecería hasta el fin
de la historia.
La actual crisis económica, sin embargo, ha convencido hasta a algunos
destacados libre-mercadistas de que algo anda muy mal. La verdad sea
dicha: el capitalismo todavía tiene que arrostrar diversas fuerzas
históricas que le causan interminables problemas: la democracia, la
prosperidad, y el propio capitalismo, las mismas entidades que los
gobernantes capitalistas afirman que están fomentando.
Plutocracia contra democracia
Consideremos primero la democracia. En
Estados Unidos
se nos dice que el capitalismo está casado con la democracia, de ahí la
frase: “democracias capitalistas.” De hecho, a través de nuestra
historia ha habido una relación fuertemente antagónica entre la
democracia y la concentración de capital. Hace unos ochenta años el juez
de la Corte Suprema, Louis Brandeis, comentó: “Podemos tener democracia
en este país, o podemos tener mucha riqueza concentrada en las manos de
unos pocos, pero no podemos tener las dos cosas.” Los intereses de los
acaudalados han sido enemigos, no defensores, de la democracia.
La propia Constitución fue hecha por señores adinerados que se
reunieron en Filadelfia en 1787 para advertir repetidamente contra los
efectos niveladores perniciosos y peligrosos de la democracia. El
documento que amañaron estaba lejos de ser democrático, aherrojado por
controles, vetos, y requerimiento de súper mayorías artificiales, un
sistema diseñado para embotar el impacto de las demandas populares.
En los primeros días de la República, los ricos y bien nacidos
impusieron cualificaciones de propiedad para votar y ocupar puestos
públicos. Se opusieron a la elección directa de candidatos (nota: su
Colegio Electoral sigue entre nosotros). Y durante décadas se opusieron
a extender el derecho a voto a grupos menos favorecidos como ser los
trabajadores sin propiedades, inmigrantes, minorías raciales, y mujeres.
Las fuerzas conservadoras de la actualidad siguen rechazando
características electorales más equitativas como ser la representación
proporcional, segundas vueltas inmediatas, y campañas con financiamiento
público. Siguen creando barreras a la votación. Sea mediante
requerimientos exageradamente severos para el registro, purgas de los
registros electorales, instalaciones inadecuadas para votar, y máquinas
electrónicas de votación que “fallan” regularmente, en beneficio de los
candidatos más conservadores.
A veces los intereses dominantes han suprimido publicaciones radicales y
manifestaciones públicas, recurriendo a redadas policiales, arrestos, y
encarcelamientos – aplicados más recientemente con toda su fuerza contra
manifestantes en St. Paul, Minnesota, durante la Convención Nacional
Republicana de 2008.
La plutocracia conservadora también quiere hacer retroceder las
conquistas sociales de la democracia, como ser educación pública,
vivienda asequible, atención sanitaria, negociación colectiva, salario
mínimo, condiciones seguras de trabajo, un entorno sostenible no-tóxico,
el derecho a la privacidad, la separación de la iglesia y el Estado, la
libertad del embarazo obligatorio, y el derecho a casarse con cualquier
adulto que consienta y uno elija.
Hace cerca de un siglo, el dirigente sindical estadounidense Eugene
Victor Debs fue encarcelado durante una huelga. Sentado en su celda no
pudo escapar a la conclusión de que en disputas entre dos intereses
privados, el capital y la mano de obra, el Estado no es un árbitro
neutral. La fuerza del Estado, con su policía, milicia, tribunales y
leyes, está inequívocamente de parte de los mandamases de las compañías.
De ahí, Debs concluyó que el capitalismo no es sólo un sistema económico
sino todo un orden social, que manipula las reglas de la democracia a
favor de los ricachones.
Los gobernantes capitalistas siguen posando como progenitores de la
democracia a pesar de que la subvierten, no sólo en
Estados Unidos, sino
en toda Latinoamérica, África, Asia y Oriente Próximo. Cualquier nación
que no es “favorable a las inversiones extranjeras,” que intenta
utilizar su tierra, su mano de obra, capital, recursos naturales, y
mercados de un modo auto-desarrollador, fuera del dominio de la
hegemonía corporativa transnacional, corre el riesgo de ser satanizada y
atacada como “amenaza para la seguridad nacional de
Estados Unidos”
La democracia se convierte en un problema para
Estados Unidos
corporativo, no cuando deja de funcionar sino cuando funciona demasiado
bien al ayudar a las masas a progresar hacia un orden social más
equitativo y más soportable, cerrando la brecha, por poco que sea, entre
los súper-ricos y el resto de nosotros. De modo que hay que diluir y
subvertir la democracia, sofocarla con desinformación, bombo mediático,
y montañas de costos electorales; con contiendas electorales amañadas y
públicos parcialmente privados de derechos, produciendo falsas victorias
para candidatos de grandes partidos más o menos políticamente seguros.
Capitalismo contra prosperidad
Los capitalistas corporativos no fomentan más la prosperidad que lo que
propagan la democracia. La mayor parte del mundo es capitalista, y la
mayor parte del mundo no es ni próspera ni particularmente democrática.
Basta con pensar en Nigeria capitalista, Indonesia capitalista,
Tailandia capitalista, Haití capitalista,
Colombia capitalista,
Pakistán capitalista, Sudáfrica
capitalista, Letonia capitalista, y varios otros miembros del Mundo
Libre – para ser más exactos, el Mundo del Libre Mercado.
Una población próspera, educada políticamente, con altas expectativas
respecto a su nivel de vida y un sentido agudo de sus derechos, que
presiona por un mejoramiento continuo de las condiciones sociales, no es
la noción plutocrática de una fuerza laboral ideal y de una forma de
gobierno adecuadamente maleable. Los inversionistas corporativos
prefieren poblaciones pobres. Mientras más pobre seas, más trabajarás
por menos. Mientras más pobre seas, menos equipado estás para defenderte
contra los abusos de la riqueza.
En el mundo corporativo de “libre comercio,” la cantidad de
multimillonarios aumenta más rápido que nunca mientras la cantidad de
gente que vive en la pobreza crece a una tasa más rápida que la
población. La pobreza se propaga mientras la riqueza se acumula.
Consideremos
Estados Unidos
Sólo en los últimos ocho años, mientras grandes fortunas aumentaron a
tasas récord, otros seis millones de estadounidenses cayeron bajo el
nivel de la pobreza; el ingreso familiar medio disminuyó en más de 2.000
dólares; la deuda del consumidor se más que duplicó; más de siete
millones de estadounidenses perdieron su seguro de salud, y más de
cuatro millones perdieron sus pensiones; mientras la cantidad de
personas sin hogar aumentó y las ejecuciones hipotecarias llegaron a
niveles pandémicos.
Sólo en los países en los que el capitalismo ha sido frenado en cierto
grado por la socialdemocracia la gente ha podido asegurarse una cierta
prosperidad; vienen a la mente naciones del norte europeo como Suecia,
Noruega, Finlandia y Dinamarca. Pero
incluso en esas socialdemocracias las mejoras populares corren siempre
riesgo de ser revertidas.
Es irónico dar crédito al capitalismo por poseer el genio de prosperidad
económica cuando la clase capitalista se ha resistido vehementemente y a
veces violentamente a la mayor parte de los intentos de mejora material.
La historia de las luchas sindicales provee una ilustración sin fin de
estos intentos.
El que la vida sea soportable bajo el actual orden económico de
Estados Unidos, se
debe a que millones de personas han librado duras luchas de clase para
mejorar sus estándares de vida y sus derechos como ciudadanos,
incorporando una cierta medida de humanidad a un orden
político-económico que de otro modo es despiadado.
Una bestia que se devora a sí misma
El Estado capitalista tiene dos papeles que los pensadores han
reconocido hace tiempo. Primero, como todo Estado también debe proveer
servicios que no pueden ser desarrollados de un modo fiable por medios
privados, como ser la seguridad pública y un tráfico ordenado. Segundo,
el Estado capitalista protege a los poseedores contra los que nada
tienen, asegurando el proceso de acumulación de capital para beneficiar
a los intereses acaudalados, mientras circunscribe fuertemente las
demandas de la masa trabajadora, como Debs observó desde su celda en la
prisión.
Existe una tercera función del Estado capitalista que es mencionada
pocas veces. Consiste en impedir que el sistema capitalista se devore a
sí mismo. Consideremos la contradicción central señalada por
Karl Marx: la tendencia a la sobreproducción y a la crisis del
mercado. Una economía dedicada a las aceleraciones del ritmo de trabajo
y a los recortes de salarios, a hacer que los trabajadores produzcan más
y más por menos y menos, siempre arriesga la quiebra. Para maximizar los
beneficios, los salarios deben ser mantenidos a bajo nivel. Pero alguien
tiene que comprar los bienes y servicios que son producidos. Para eso,
hay que mantener altos los salarios. Hay una tendencia crónica – como
estamos viendo hoy en día – hacia la sobreproducción de bienes y
servicios del sector privado y un infra-consumo de necesidades de la
población trabajadora.
Además, existe la autodestrucción frecuentemente pasada por alto, creada
por los propios protagonistas acaudalados. Si se la deja totalmente sin
supervisión el componente de comando más activo del sistema financiero
comienza a devorar fuentes menos organizadas de riqueza.
En lugar de tratar de ganar dinero a través de la ardua tarea de
producir y vender bienes y servicios, los depredadores sangran
directamente los flujos de dinero de la economía en sí. Durante los años
noventa presenciamos el colapso de toda una economía en Argentina cuando
libre-mercaderes descontrolados despojaron a las empresas, se embolsaron
sumas inmensas, y dejaron la capacidad productiva del país en el caos.
El Estado argentino, engullido por una dieta pesada de ideología de
libre mercado, vaciló en su función de salvar al capitalismo de los
capitalistas.
Algunos años después, en
Estados Unidos, vino
el saqueo multimillonario perpetrado por conspiradores corporativos en
Enron, WorldCom, Harkin, Adelphia, y una docena de otras importantes
compañías. Abusadores de información privilegiada como Ken Lay
convirtieron exitosas empresas corporativas en ruinas totales,
eliminando los puestos de trabajo y los ahorros de toda la vida de miles
de empleados para embolsarse miles de millones de dólares.
Esos ladrones fueron atrapados y condenados. ¿No demuestra eso la
capacidad de autocorrección del capitalismo? En realidad no es así. El
enjuiciamiento de fechorías semejantes – que en todo caso llegó
demasiado tarde – fue producto del rendimiento de cuentas y la
transparencia en la democracia, no del capitalismo. El mercado libre es
de por sí un sistema amoral, sin constricciones fuera de la advertencia
de suspensión [frase legalista definida en un diccionario como
‘advertencia que rechaza la responsabilidad por la desilusión del
comprador’, N. del T.]
En la catástrofe de
2008-2009 el creciente excedente financiero creó un problema para la
clase acaudalada: no había suficientes oportunidades para invertir. Con
más dinero del que sabían cómo emplear, los grandes inversionistas
vertieron inmensas sumas en mercados inexistentes de la vivienda y en
otras operaciones problemáticas, un juego de manos de hedge funds,
derivados, elevado apalancamiento, credit default swaps, préstamos
depredadores, y lo que sea.
Entre las víctimas hubo otros capitalistas, pequeños inversionistas, y
los numerosos trabajadores que perdieron miles de millones de dólares en
ahorros y pensiones. Tal vez Bernard
Madoff haya sido el bandido estrella. Descrito como “líder de larga
trayectoria en la industria de los servicios financieros,”
Madoff dirigió un fondo
fraudulento que se embolsó 50.000 millones de dólares de inversionistas
adinerados, y les pagó “con dinero que no existía,” como el mismo lo
dijo. La plutocracia devora a sus propios hijos.
En medio de la catástrofe, en una audiencia en el Congreso en octubre de
2008, el ex presidente de la Reserva Federal y ortodoxo devoto del libre
mercado,
Alan Greenspan, confesó que se había equivocado al esperar
que intereses adinerados – gimiendo bajo una inmensa acumulación de
capital que había que invertir en alguna parte – ejercieran
repentinamente autocontrol.
La teoría clásica del laissez-faire es aún más disparatada que como la
describió
Alan Greenspan. De hecho, la teoría pretende que cada cual debiera
seguir sus propios intereses egoístas sin limitación. Esa competencia
irrestricta producirá supuestamente máximos beneficios para todos,
porque el libre mercado es gobernado por una “mano invisible”
milagrosamente benigna, que optimiza los resultados colectivos. (“La
codicia es buena.”)
¿Es causada la crisis de 2008-2009 por una tendencia crónica hacia la
sobreproducción y la híper-acumulación financiera, como diría
Marx? ¿O es el resultado de la avaricia personal de gente
como Bernard Madoff?
En otras palabras ¿el problema es sistémico o individual? En los hechos,
las dos cosas no se excluyen mutuamente. El capitalismo engendra los
perpetradores venales, y recompensa a los más inescrupulosos entre
ellos. Los crímenes y las crisis no son desviaciones irracionales de un
sistema racional, sino todo lo contrario: son los resultados racionales
de un sistema básicamente irracional y amoral.
Peor todavía, los resultantes rescates multimillonarios de los gobiernos
son convertidos ellos mismos en una oportunidad para el pillaje. No sólo
el Estado no regula, se convierte en sí en una fuente de saqueo, sacando
vastas sumas de la máquina federal del dinero, dejando que sean los
contribuyentes los que se desangren.
Los que nos fustigan por “correr hacia el gobierno para que reparta
dádivas” corren hacia el gobierno para conseguirlas.
Estados Unidos
corporativo ha gozado siempre de subvenciones mediante ayuda, garantías
de préstamos, y otras subvenciones estatales y federales. Pero la
“operación de rescate” de 2008 y 2009 ofreció un pienso récord en el
abrevadero público. Más de 350.000 millones de dólares fueron repartidos
a diestro y siniestro por un Secretario del Tesoro derechista que
terminaba su mandato a los mayores bancos y firmas financieras sin
supervisión – para no hablar de los más de 4 billones de dólares que han
provenido de la Reserva Federal. La mayoría de los bancos, incluidos
JPMorgan Chase y Bank of New York Mellon, declararon que no tenían la
menor intención de informar a quien sea sobre dónde iba el dinero.
Los grandes banqueros utilizaron parte del rescate, como sabemos, para
comprar bancos más pequeños y fortalecer bancos en el extranjero.
Directores ejecutivos y otros altos ejecutivos bancarios están gastando
fondos del rescate en fabulosas bonificaciones y espléndidos retiros
corporativos en spas. Mientras tanto, grandes beneficiarios del rescate
como Citigroup y Bank of America despidieron a decenas de miles de
empleados, provocando la pregunta: ¿para qué recibieron todo ese dinero
para comenzar?
Mientras cientos de miles de millones de dólares eran repartidos a la
misma gente que había causado la catástrofe, el mercado inmobiliario se
mantuvo débil, el crédito siguió paralizado, el desempleo empeoró, y los
gastos de los consumidores bajaron a niveles abismales.
Resumiendo, el capitalismo corporativo de libre mercado es por su
naturaleza un desastre a la espera de suceder. Su esencia es la
transformación de la naturaleza viva en montañas de mercancías y las
mercancías en montones de capital muerto. Cuando se le deja hacer lo que
quiera, el capitalismo endosa sus deseconomías y su toxicidad al público
en general y al entorno natural – y termina por devorarse a sí mismo.
La inmensa desigualdad en el poder económico que existe en nuestra
sociedad capitalista se traduce en una formidable desigualdad del poder
político, que hace que sea tanto más difícil imponer regulaciones
democráticas.
Si los paladines de
Estados Unidos
Corporativo quieren saber lo que amenaza realmente “nuestro modo de
vida,” es su propio modo de vida, su modo ilimitado de robar a su propio
sistema, destruyendo el fundamento mismo sobre el que se encuentran, la
comunidad misma de la cual se alimentan tan fastuosamente.
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