240509
- Alfredo Toro Hardy - El derecho
al libre porte de armas de fuego constituye unos de los hechos más
curiosos de la cultura y del ordenamiento legal norteamericanos. El
mismo emana de su sistema constitucional y de su mitología nacional. Lo
primero es consecuencia directa de una prerrogativa ciudadana
garantizada por la Segunda Enmienda de la Constitución, mientras que lo
mítico se inserta dentro del llamado “espíritu de frontera”.
La Segunda Enmienda es expresión de la “milicia armada” que se enfrentó
a las fuerzas británicas y que le dio su libertad a los
Estados Unidos y que aún
pervive como un anacronismo histórico y legal que identifica a sus
ciudadanos como los defensores naturales frente a cualquier agresor
externo. Así las cosas, en la época de los misiles nucleares el
ciudadano armado de una pistola o de un fusil sigue siendo visto como el
protector emblemático de la seguridad y de la independencia del país. El
carácter inmanente de este derecho quedó plasmado y refrendado en una
sentencia histórica dictada por la Corte Suprema de Justicia de los
Estados Unidos el pasado
mes de junio. En ella, el Tribunal Supremo declaraba la improcedencia de
una ley estadal que se atrevía a prohibir el libre porte de armas.
Remontándose al año de 1791, fecha de la Enmienda, reconoció el derecho
de todo ciudadano a poseer y llevar consigo armas de fuego.
El llamado "espíritu de frontera" se nos presenta, por su parte, como un
componente fundamental de esa mitología patria a la que adhiere un
sector mayoritario de su población. Al igual que el denominado
“excepcionalismo”, éste responde a la creencia de que los habitantes de
los
Estados Unidos
constituyen un pueblo especial que se ha forjado a sí mismo enfrentando
retos, amenazas y peligros muy particulares. En su esencia esta noción,
tan etérea como omnipresente, simboliza el temor ante la hostilidad
circundante. El mismo temor que experimentaron los colonos originarios
ante un nuevo mundo y los conquistadores del Oeste en su expansión hacia
horizontes cargados de riesgo e incertidumbre.
De acuerdo a Ziauddin Sardar y Merryl Wyn Davies: “La frontera del Oeste
no es historia, es la expresión de ideas acerca del significado de la
historia, un genuino espacio mítico. Es atemporal... La frontera del
miedo, al igual que ocurrió con la frontera del Oeste, está siempre en
continuo movimiento” (American Dream, Global Nightmare, London, Icon
Books, 2004, pp. 47 y 48). El “espíritu de frontera” se expresa
fundamentalmente en la necesidad de estar armados, lo cual se proyecta a
escala individual y como nación. Pero también se expresa en la
convicción de que no importa cuan armado se esté, pues el riesgo estará
siempre presente. La paranoia extrema resultante del 11 de septiembre,
se inscribe dentro de una tradición que abarca desde las brujas de Salem
hasta el mccarthismo. Es la tradición del enemigo que acecha.
El derecho constitucional pasa así a imbricarse con el espacio mítico
que alimenta su identidad de pueblo, para brindar a los estadounidenses
un particular apego a la posesión de armas de fuego. Como siempre ocurre
cuando el derecho y la cultura se unen, la forja resultante se torna
extremadamente difícil de romper. Poco importa que el principio
constitucional invocado resulte tan arcaico como desligado de todo
sentido plausible de realidad o que el mito no resista el escrutinio del
sentido común. ¿Cómo hacer comprender a los estadounidenses que lo que
para ellos luce evidente resulta manifiestamente absurdo para los demás?
¿Cómo hacerles entender que el resto del mundo asiste atónito al
espectáculo de armas de fuego -de cualquier calibre, sofisticación o
capacidad mortífera- vendidas con la misma facilidad con la que se vende
un televisor o un refrigerador?
La consecuencia de lo anterior no es otra que la de haber convertido a
los
Estados Unidos en uno de
los lugares más violentos del planeta. De acuerdo a The Economist de
fecha 21 de abril del 2007, 240 millones de armas se encuentran en
manos de la población de ese país. Es decir, más armas que adultos.
El resultado inevitable de ello son las matanzas periódicas al estilo
Columbine o Virginia Tech, en donde decenas de seres humanos son
asesinados gratuita y absurdamente ante el fácil acceso a las armas por
parte de desequilibrados mentales.
Sin embargo, no son sólo sus ciudadanos quienes deben soportar los
costos de tan tremenda irracionalidad. El Estado mexicano, lanzado a una
lucha frontal contra el narcotráfico, debe presenciar impotente como las
bandas que confronta se equipan con las armas más modernas y potentes al
otro lado de la frontera. Es la misma impotencia que siente la Casa
Blanca de
Barak Obama
que, sometida a los dictados de su ordenamiento
legal, no puede hacer nada para evitar que los narcotraficantes accedan
a un arsenal de libre venta que luego utilizaran contra las fuerzas del
orden mexicanas. Así las cosas, se llega al mayor de los absurdos que
quepa imaginar: México asumiendo el
costo en vidas de una lucha, cuyo principal beneficiario es el mismo
país que provee abierta y descaradamente las armas que matan a sus
soldados y policías.
Comprender a los
Estados Unidos
resulta siempre una tarea difícil, pero en este caso concreto la
dificultad se eleva a nivel exponencial. -
Rebelión