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290611 - Raúl Fernández, Daniel Whitesell y Gilbert González - Nodo50/CEPRID - Raúl Fernández y Gilbert Gonzáles son profesores de la Universidad de California, Daniel Whitsell lo es de la Universidad Comunitaria de California.

La economía norteamericana enfrenta graves dificultades para salir de la llamada Gran Recesión, independientemente de lo que digan las estadísticas oficiales. Según dichas estadísticas, la economía viene creciendo durante los últimos seis meses. Pero la tasa de crecimiento ha sido mínima y el nivel de desempleo, que se encuentra por encima del 9%, se ha mantenido por el más largo periodo en varias décadas.
 

Hay algunas mejoras en aspectos del sector vivienda y construcción, pero los espasmos en la explosión de la burbuja en ese sector no llegan a su término; continúa alto el número de propietarios que pierden sus casas por morosidad en los pagos y la industria de la construcción crece a cuentagotas. Enero también representó el undécimo mes consecutivo en que los embargos de hipoteca pasaron de 300.000. Los últimos datos indican que el porcentaje de hipotecas morosas ha venido cayendo, lo que sugiere que la tasa de pérdidas de viviendas por esa razón está disminuyendo y la crisis tocando fondo.

Como resultado, los precios promedio de las viviendas en venta han declinado, lo que ha llevado a un incremento en la compra de casas. Sin embargo, la construcción de nuevas casas no despega: se encuentra a un nivel menor que a principios de 2010 y apenas llega a una tercera parte de lo que había a principios de 2007.

(Ver: No es Grecia. Es el capitalismo, ¡estúpido!)

“Free Trade” como salida de la crisis económica

El crecimiento, paralelo a un gran desempleo, está relacionado con la práctica de las grandes corporaciones de trasladar sus operaciones a otros países en busca de los salarios y costos de producción más baratos que se puedan conseguir.

Recientemente las exportaciones de Estados Unidos han subido, pero han aumentado más las importaciones como consecuencia del desplazamiento de la producción de manufacturas hacia países con condiciones laborales precarias. La “carrera hacia el fondo” sigue siendo la principal característica de las inversiones de las multinacionales, lo que impacta negativamente el empleo doméstico.

Un ejemplo de la correlación negativa entre empleo doméstico/actividades de las multinacionales es el efecto que puede tener el TLC con Corea sobre el empleo en Estados Unidos. La Comisión Internacional de Comercio del gobierno de Estados Unidos estima que el tratado resultaría en la creación, debido a las exportaciones, de unos 70.000 empleos. Claro que algunos de esos empleos ya existen; el tratado simplemente desviaría el destino final de las exportaciones. Cuando la misma agencia del gobierno americano estima el resultado global de dicho tratado, llega a la conclusión de que significará un aumento en el déficit comercial de Estados Unidos. Esto se traducirá, según cálculos del Instituto de Política Económica, en una pérdida de 159.000 empleos estadounidenses en los próximos siete años. La misma agencia oficial establece que el empleo y los sectores más afectados serán los de mayor remuneración, los de alta tecnología y los de autopartes.

La meta que se ha propuesto Barack Obama de promover el crecimiento económico mediante la promoción de las exportaciones se contradice con lo expuesto anteriormente. Los tratados de libre comercio han perdido popularidad en el electorado de Estados Unidos. El gobierno de Barack Obama se encuentra entre la espada y la pared. El ala más liberal de los Demócratas y las derechas de los Republicanos, o sea el Tea Party, están decididamente en contra de dichos tratados, los cuales perciben como contraproducentes con respecto al nivel de empleo y/o un asalto a la soberanía nacional. Resultados de encuestas publicadas hacia finales de 2010 indican que un 69% de los ciudadanos piensan que los tratados de libre comercio han significado pérdidas de empleos.

Desde su primer discurso al Congreso en enero de 2010, Barack Obama se ha comprometido con duplicar el volumen de exportaciones en los próximos cinco años. Con ese fin inauguró en marzo de 2010 la National Export Initiative para coordinar los esfuerzos del gobierno federal en la promoción de exportaciones. La National Export Initiative se constituyó como una subagencia dentro de la International Trade Administration (ITA), organismo que emplea 2.500 funcionarios activos en 78 países y que están dedicados a eliminar “barreras comerciales”. Las de otros países, se sobreentiende. En 2011 la ITA empleará 300 nuevos “expertos” que se dedicarán a impulsar las exportaciones, a través de tratados de “libre comercio”, si es conveniente, o como sea.

El mismo Barack Obama anda con pies de plomo en el sentido de no apoyar tanto dichos tratados, a menos que sean claramente efectivos en aumentar exportaciones, que dificulten o no permitan acceso al mercado de Estados Unidos y también porque teme perder el apoyo de sindicatos, apoyo que necesitaría para sobrevivir las elecciones de 2012.

Una tendencia hacia el proteccionismo se hace fuerte en la medida que los gobiernos tratan de resolver la crisis económica protegiendo a sus productores locales, lo que conlleva que el modelo “free trade” de los TLC pierda su lustre.

A pesar de declaraciones de rigor a favor del libre comercio, la Ronda de Doha se encuentra efectivamente congelada sin que el gobierno estadounidense diga ni pío sobre la continuación de dicha ronda.

Por el contrario el gobierno de Barack Obama, luego que Washington consiguió varios tratados bilaterales con América Latina –después del fracaso en lograr el ALCA a nivel continental–, busca ahora un bloque comercial en la cuenca del Pacífico, el Transpacific, al que se refieren como un “Doha Plus” y “una nueva modalidad de tratados”. Supuestamente este bloque no sólo le ayudaría a desarrollar sus exportaciones, sino geopolíticamente para detener el avance comercial de China en la cuenca del Pacífico. Mientras tanto, la OMC ni siquiera es mencionada por el gobierno de Barack Obama.

(Ver: ¿Crisis terminal del capitalismo?)

“Guerra” de divisas e inestabilidad global

El debate continúa con respecto a las divisas entre los países con superávit comercial y aquellos que tienen déficit, o sea entre China, Alemania y Estados Unidos. La reunión del G-20 en febrero terminó con un rotundo fracaso. Supuestamente se reunían para ponerse de acuerdo en una serie de indicadores que debían controlarse para así evitar una recaída en la crisis económica global.

El meollo de toda la discusión era el intento por parte de Estados Unidos de imponer un techo numérico a los superávits, tras lo cual el país responsable (léase China) debía adecuar su tasa de cambio para disminuir el superávit. China bloqueó dicha propuesta, señal de la impotencia gringa para imponer su voluntad en ese grupo de países. Terminaron con un acuerdo completamente superficial, con indicadores que no significan nada (como niveles de ahorro y deuda interna, o niveles de comercio internacional de cuenta corriente donde no entran en consideración pagos de intereses a la deuda), a los que no se les asignó un valor numérico que demuestre si son o no indicadores de alguna falla, y mucho menos mecanismos de regulación y control. Más que un grupo de países que sirven como dirigentes de la economía mundial, el G-20 es un grupo donde se están poniendo de acuerdo para estar en desacuerdo, y donde el papel de Estados Unidos dista mucho de ser hegemónico. El gran déficit comercial estadounidense pone en peligro la permanencia del dólar como divisa global y amenaza con desencadenar una verdadera “guerra” de divisas. Aquí también entra en juego la competencia por utilizar las exportaciones como vía para resolver la crisis.

La lenta recuperación económica global se caracteriza también por una gran inestabilidad. El anémico crecimiento está en peligro debido al alza en los precios de combustibles, materias primas y alimentos, en particular granos como el trigo y el maíz, lo que puede detener el crecimiento económico y generar situaciones sociales explosivas en diversos países, tal como sucediera hace pocos años. El precio de cereales básicos como el trigo, el maíz y el arroz subió 26% entre junio y noviembre, casi alcanzando los niveles existentes en el momento de la crisis alimentaria global de 2008. En la India se están llevando a cabo protestas contra un aumento del 18% en el precio de la comida en el último año. La crisis en el Medio Oriente ha disparado los precios del petróleo ya a más de 100 dólares el barril; y el ligero crecimiento del sector de manufacturas a nivel global ha disparado igualmente los precios del cobre, insumo de muchos usos en procesos industriales.

(Ver: La OTAN y el modelo de guerra global)

Crisis política en el Medio Oriente

En las discusiones políticas en Washington, los sucesos actuales en el Medio Oriente han tomado relevancia sobre otros asuntos como los TLC. Dicha región es fundamental para mantener el control hegemónico del planeta que persigue Estados Unidos. Allí se encuentra el petróleo del que se nutren las grandes “hermanas” petroleras gringas, importante fuente energética de Japón, de países de Europa y del mismo Estados Unidos. Igualmente allí se ubican todo tipo de bases militares de aire, mar y tierra que controlan regiones enteras y vías marítimas estratégicas. De ponerse en peligro los suministros de petróleo de esa zona, Estados Unidos tendría que ocuparse más de sus relaciones con productores de petróleo más cercanos como Venezuela y Ecuador, con los cuales ha mantenido relaciones hostiles.

La situación en el Medio Oriente no es fácilmente controlable y bien puede convertirse en debacle externa para las elecciones en Estados Unidos de 2012. Estamos en presencia de un movimiento de masas en contra de regímenes títeres de Estados Unidos como Túnez, Egipto y Bahrein. Libia le sirve un poco de coartada a la Casa Blanca dado su antiguo antagonismo con el líder libio, permitiéndole ocultar el generalizado sentimiento antinorteamericano en la región y la actuación de gobiernos salvajemente despóticos como el de Bahrein. Pero nuevamente pone al desnudo el cinismo de los imperios, teniendo en cuenta las buenas relaciones económicas que establecieron con Muamar Gaddafi en los últimos años. El caso libio es diciente en otro sentido, puesto que Estados Unidos –la supuesta superpotencia– se ha visto obligada a observar la crisis desde un segundo plano, dejando la iniciativa a países europeos como Italia, Inglaterra y España, que dependen sustancialmente del petróleo libio y de sus jugosas inversiones en ese país.

El gobierno de Barack Obama apaga fuegos por doquier, al tiempo que trata de encender sus propios fuegos en países no afines como Irán y que se esfuerza por convencer a la opinión pública norteamericana que la situación del Medio Oriente es un movimiento muy amplio, y no principalmente una explosión contra los corruptos y dictatoriales gobiernos apuntalados por Estados Unidos, que han impuesto el modelo neoliberal del Consenso de Washington en sus países, llevando a sus poblaciones hacia la extrema pobreza al tiempo que reprimían movimientos laborales y sociales. Las declaraciones públicas del gobierno de Israel son las que mejor revelan el significado de este gran movimiento social en el Medio Oriente. Estados Unidos, y sus aliados, se enfrentan a una amenaza directa y fatal contra su posición económica y estratégica en el mundo. Manipular una “transición democrática” no puede ser más que una táctica superficial, o sea garantizar algunas que otras elecciones más o menos controladas, que no satisfarán las demandas de amplias masas en la región; pero sí lograrán que se empeore la imagen de Estados Unidos y su poder de coacción. Igual de probable entonces es que una hecatombe internacional en el Medio Oriente, una obvia debilitación del imperio, se compagine con el desastre interno de los Demócratas, llegadas las elecciones de Estados Unidos en noviembre de 2012.

Los líderes Republicanos en su mayoría han apoyado la conducta del gobierno hacia las manifestaciones en países de esa región, hablando “con una sola voz”, la voz del imperio. En épocas pasadas un llamado a recurrir a una “mano dura”, a una salida militar, se hubiese esperado por parte de los Republicanos. Pero dado el hecho que Estados Unidos se encuentra comprometido en dos guerras poco populares y al parecer sin fin en Irak y Afganistán, resultaría muy impolítico proponer otra guerra en este momento. Lo que muestra que los Republicanos no tienen una propuesta alternativa, señal de que Estados Unidos se ve con las manos atadas ante la situación.

(Ver: Los nueve términos propagandísticos orwellianos que definen el Estado de Guerra de EE.UU.)

Elecciones 2012, economía interna y geopolítica

Frente a los desafíos internos y externos las posibilidades de una reelección de Barack Obama se ha convertido en tema favorito de discusiones políticas en Estados Unidos. Las posibilidades de reelegirse dependerán principalmente de dos factores:
1) Si para noviembre de 2012 el gobierno ha logrado disminuir el nivel de desempleo y Barack Obama obtenido popularidad por su manejo de la economía.
2) Si para esa fecha el gobierno ha tenido éxito en manipular eventos en el Medio Oriente, logrando proteger sus intereses imperiales en la región. Y como factor secundario,
3) si los Republicanos son capaces de resolver todas sus divisiones internas y pueden proponer un candidato efectivo para oponerse a Obama.

La situación se parece y se diferencia de la contienda entre Reagan y Carter de hace 30 años. En aquel entonces un candidato de una oposición unificada, un tipo carismático y afable, desafiaba a un presidente Carter herido por la crisis de los rehenes en Irán y desafiado internamente en elecciones primarias por el senador Ted Kennedy, con un Partido Demócrata dividido.

Hoy día el carismático es el Presiente, su partido no tiene grandes divisiones; los divididos, y sin candidato, son los Republicanos. Pero todo su carisma será insuficiente si no resuelve la crisis del desempleo y la explosión del Medio Oriente no es resuelta de forma satisfactoria para el imperio.

De continuar la tendencia actual, la economía se precipitará en los próximos meses hacia una crisis en verdad profunda y prolongada. El anémico crecimiento que ha tenido lugar se debe a las mínimas políticas de estímulo fiscales puestas en vigor por el gobierno de Barack Obama; combinadas dichas políticas con un crecimiento en las exportaciones (debido en gran parte a que China sí introdujo un gigantesco paquete de estímulos fiscales en su nación) pero no del empleo.

Pero el estímulo fiscal en Estados Unidos fue muy modesto y tímido. Desde un principio Barack Obama optó por desatender lo que le recomendaban sus consejeros mejor informados sobre la magnitud de la crisis en términos de merma en el producto bruto nacional y desempleo. Su consejera Christina Romer, experta en la historia de los años treinta, aconsejaba un estímulo de US $1,3 trillones (o sea, US $1 billón trescientos mil millones) para sacar a la economía de la recesión.

Barack Obama, en su esfuerzo por hacer concesiones, se transó por un paquete que ascendía a poco más de la mitad de esa cantidad, la mayor parte del cual asumió la forma de rebajas impositivas para el sector más rico del país, y sólo una tercera parte fue dedicada a gasto público directo. No se incluyeron grandes planes de construcción ni proyectos de infraestructura. No se diseñaron programas de ayuda para trabajadores de bajos salarios o para la masa pobre del país. Si se tiene en cuenta que los Estados y municipios estadounidenses por leyes constitucionales no pueden tener déficit fiscales, o si los tienen deben ser muy limitados, y que por lo tanto han hecho recortes presupuestales durante los últimos tres años que han significado un aumento del desempleo, tenemos como resultado que el empleo estatal en su totalidad –sumando el empleo federal, estatal y municipal– ha disminuido en más de 300.000 empleos. La economía no ha sido estimulada por el gobierno. Al contrario, Barack Obama desperdició una oportunidad de utilizar su capital político, y su raquítico programa no fue lo suficientemente efectivo. Ahora carece de esa herramienta.

Con los Republicanos en control del Congreso, la ideología de recortar el papel del gobierno en materia de políticas sociales se ha impuesto. Las clases trabajadoras y medias sufrirán duros recortes en salarios, prestaciones y empleo. El nivel de demanda agregada se desplomará. Es posible que el poco crecimiento que se ha venido dando llegue a su fin antes de fin de año y que el desempleo se dispare. La tendencia hacia una nueva crisis se acentúa debido a recortes presupuestales a niveles estatales y locales por todo el país.

La situación se asemeja a la del período 1936-37. Después de algunos años de lenta recuperación económica, el presidente Roosevelt optó por recortar gastos públicos y balancear el presupuesto. El resultado fue que la economía cayó en un hoyo del que sólo la Segunda Guerra Mundial la sacó. La manera en que las guerras y los gastos bélicos apuntalan la economía de Estados Unidos ha sido una constante durante los últimos 70 años. La Guerra Fría mantuvo los gastos militares a todo vapor entre 1945 y 1990. En la época más reciente, los enormes gastos militares en la Guerra de Irak ya fueran gastos directos del Departamento de Defensa o jugosos contratos de miles de millones de dólares a empresas privadas, proveyendo una potente inyección económica a la economía norteamericana a partir de 2003. Por lo tanto, es lógico pensar que una salida militar puede ser una forma de retroalimentar la economía en un futuro no muy lejano.

Roosevelt era un “patricio”, miembro de la gran oligarquía rica, ex Secretario de la Marina, consciente del papel de Estados Unidos como potencia imperialista. Debido a su origen y condiciones de clase, se había atrevido, y se atrevió otra vez a finales de esa década, a poner en práctica políticas masivas de estímulo fiscal con el propósito de salvaguardar el sistema económico.

Barack Obama no es un potentado como Roosevelt, con orígenes y condiciones mucho más modestos. Ha negociado su éxito político con base en ser supremamente cauteloso en los hechos, si bien muy inspirado en sus discursos. El color de su piel, en un país de vieja alcurnia racista, lo hace aún más propenso a “caminar suavemente” sin el consabido “gran garrote”. Ha procurado asegurar su puesto apoyando decididamente los intereses del gran capital financiero, el complejo militar-industrial y el statu quo por encima de cualquier otro interés personal que pueda tener. Por lo tanto, es poco probable que se oponga de manera efectiva a la tendencia de recortar los estímulos fiscales y al papel del gobierno en políticas de alcance social, por lo cual la economía puede ser un verdadero descalabro para noviembre de 2012. Su única salvación en lo interno es que su carismática personalidad reciba ayuda por parte del ascenso de un fuerte movimiento social en contra de las políticas antisociales, cosa que no se vislumbra en este momento para los próximos 18 cruciales meses previos a las elecciones.

Conclusión

Externamente Estados Unidos está involucrado en dos guerras desgastadoras y su debilidad es manifiesta ante los hechos del Medio Oriente y sus relaciones económicas con China. Internamente la economía se encuentra al borde de un precipicio. Los desastres internos y externos hacen muy probable una victoria Republicana en 2012. Antes y después de dichos comicios se observará la intensificación de medidas antidemocráticas en el ámbito doméstico, con ataques contra los pobres, los trabajadores y los inmigrantes, todos los cuales serán acusados de ser los causantes –de alguna manera u otra– de la crisis. Y en el sector externo se adoptarán medidas ultramilitares como única herramienta para preservar el gigante con pies de barro en el que está a punto de convertirse el imperio norteamericano.


 

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