011111
- Jorge Felipe García -
Rebelión - El
coronel Gadafi fue un hombre intermitentemente malo, de extraños
atavíos y costumbres. El malómetro registró enormes oscilaciones que van
desde malo-muy-malo hasta aliado pasando por amigo extravagante. El
sátrapa, con el paso de los años, fue ganando en realismo y conocimiento
de la moderna economía, si bien, según parece, no lo suficiente: como se
puede deducir de un artículo de Pere Rusiñol, “El gran negocio de
Libia”
(Público, 03/04/2011), a pesar de su intención privatizadora, el Coronel
y su entorno no parecían comprender las nuevas dinámicas del
colonialismo sin colonos, las apremiantes necesidades de Bechtel, Exxon,
Gazprom, PetroCanadá, Eni o Repsol-YPF. Probablemente, en manos del
dictador,
Libia
no era una sociedad suficientemente abierta: había que
despatarrarla.
(Ver:
Gadafi y la putrefacción moral del imperio)
(Ver:
Los macabros secretos de Hillary Clinton)
La comprensión de esta guerra civil y rebelión popular e intervención
imperialista (discernir en qué grado y con qué nivel de causalidad se ha
dado cada uno de estos procesos es algo que no me atrevería a sugerir),
más allá de las psicopatías de los tiranos (los líderes democráticos,
sin embargo, gozan, por el mismo hecho de ser líderes democráticos, de
una indudable salud mental), tendría que poner en juego solventes
conocimientos de historia y economía, de colonialismo y descolonización,
de modernización, de crecimiento de clases medias, de generalización de
la educación y las expectativas, de frustración y paro juvenil, de
exigencias de redistribución y democratización.
(Ver:
Dividir Libia y robar su petróleo)
(Ver:
Referendo 2011 en Grecia. Papandreu anuncia un referéndum sobre el
segundo "rescate")
(Ver:
Referendo 2011 en Grecia: Cuando la democracia entra por la puerta, el
mercado salta por la ventana)
Nuestro propósito en estas líneas quiere llamar la atención sobre otro
aspecto. Lo repugnante, lo atroz, lo monstruoso del hecho, no ha sido el
linchamiento de un
Gadafi ya muñeco, puesto en bandeja desde el ámbito
celestial, aséptico, civilizado, del bombardeo. El linchamiento es lo
normal. Dejando de lado la obscenidad de los discursos de sus antiguos business partners y las apelaciones a los derechos humanos, lo que hace
que se le detenga a uno la sangre es, a 8.000 kilómetros de Sirte, lejos
del sudor, el polvo, el odio y el miedo, la risa de
Hillary. “Vinimos,
vimos, y el murió”. En efecto, gracias a la tecnología, literalmente,
hay miradas que matan. Te sientas ante la pantalla, haces “clic”, y
aparece todo el horror del mundo para que tú lo veas.
(Ver:
La OTAN y el asesinato de Gadafi)
En la genial e insoportable película de Pasolini, Saló o los 120 días de
Sodoma, la infernal secuencia de humillaciones, violaciones, torturas y
asesinatos, es coronada, en el vértice del sadismo de los Señores, por
el deseo de sentarse a mirar. Los verdugos bailan o juegan indiferentes
a las cartas, y los Señores miran a través de la ventana.