Estamos rodeados de
necios al frente de las naves materiales y espirituales del mundo, que
no dejan lugar a que se les responda de manera moderada. Ya nos gustaría
tener motivos para la moderación en nuestras discrepancias ejerciendo
la sana crítica...
Pues no. Ha de ser
siempre furibunda. Por los hechos o declaraciones y por la
pretenciosidad de los que los protagonizan. Porque por ser tan humanos
como nosotros y no haber diferencias cualitativas entre la inteligencia
no creativa de los que brillan por sus cargos y los que no comparecemos,
se pone de manifiesto hasta qué punto debilidad y maldad, torpeza e
imprudencia son comunes a todos los mortales sin distinción. Así es
que, a mayor privilegio y mayor responsabilidad, para quienes no
practicamos la mitomanía ni estamos comprometidos con las tretas y
trampas que funcionan en la sociedad occidental en favor de los brujos
de la tribu, mayor condena, y no al revés, que es lo instituido en ella.
Que el mundo está enloquecido ya lo sabíamos. Pero que de esa locura
acabase también contagiado el papa es una prueba más de la virulencia de
la misma...
Valga esta introducción
para explicar el por qué de nuestra indignación con otro de los mentores
de la civilización occidental. Hoy nada de lo que se dice y se mueve
deja de tener una repercusión impredecible. De ahí que toda la prudencia
sea poca...
Parece mentira que un
papa, al final un hombre, que pasa en su círculo religioso y fuera de él
por ser tan "inteligente" hasta el extremo de haber sido elegido
pontífice por eso mismo (es un suponer), incurra en semejante desatino
con su discurso urbe et orbe en Ratisbona. Un discurso que, envuelto en
la anécdota, va contra el islamismo y su eventual violencia. Y parece
mentira, que tenga que rectificar o retractarse y hacer aclaraciones
luego, para perfilar sus disparates y no empeorar la cosa, si es que
cabe empeorarla más. Se ha comportado como cualquiera de los
politicastros de tres al cuarto que inundan hoy el mundo con su
neoconservadurismo preñado de mendacidad y de provocación. ¿No
calculó las consecuencias? Imposible...
¡A quién se le ocurre!,
por descuido o por malicia, echar de esa manera leña al fuego todavía
relativamente controlado, por si fueran pocos los motivos que el orbe
islámico tiene para echar espumarajos por la boca contra la cristiandad,
contra los cristianos que se arrogan "la verdad", contra los dirigentes
que invocan al mismo Dios (o similar) del papa, y contra los contumaces
invasores de pueblos islámicos o amenazados de invasión.
Creíamos, cristianos y no
cristianos, que Ratzinger era un hombre "inteligente", y ahora resulta
que descubrimos que es un patán, que tiene atrofiado el sentido y el
pensamiento recto, y que carece de dotes para la diplomacia cuando más
que nunca es necesaria en el mundo convulso que vivimos por culpa de las
tensiones y ocupaciones territoriales generadas por los jefes de la
horda estadounidense y británica que abanderan la causa cristiana, o la
incluyen en sus propósitos cuando quieren reforzar la justificación de
sus brutales acciones y reacciones.
Arremete el papa contra
el alma islámica, violada una y otra vez, cuando nadie desde esa cultura
se había metido con ningún país occidental y sí tenido que soportar
hegemonías, dominios y atrocidades por parte de éstos.
Sus manifestaciones en
Ratisbona no pueden calificarse de "desafortunadas". Eso es para un
líder ocasional, no para el jefe de una Iglesia. Son un atentado
gravísimo contra la ponderación, el buen juicio y la prudencia, virtud
cardinal; y una bofetada contra la justicia, humana y divina...
Eso, o es deliberado porque alguien le ha pagado la
boutade. Eso, o ve una ocasión de que la cristiandad, que se está
desmoronando estrepitosamente, pueda revitalizarse un poco a cuenta del
jaleo promovido para recordar al mundo que sigue ahí y que al frente de
ella está él.
Es una estruendosa falta de tacto, aparente, ya digo,
o un exceso del mismo. Pues si hay en la historia un espíritu
religioso que haya cometido más barbarie, ése tiene su sede en
Roma. ¿O es que Benedicto XVI no se da cuenta de que nadie puede
olvidar cómo en nombre de su Dios arrasaron Europa y parte de
Oriente las Cruzadas y luego tantas otras cruzadas con variadas
formas, la Inquisición ni la bendición de los cañones nazis por Pío XI, ni tantas bendiciones sobre tantas otras persecuciones y
empresas instigadas por sus predecesores en el solio pontificio en
los cuatro continentes mientras sus escuderos comulgaban?
En el Islam, como en
toda religión monoteísta o simplemente teísta, hay facciones
proclives a llevar demasiado lejos sus firmes convicciones y al
Dios destructor en su bandera. Pero si hay alguna religión y algún
jefe de ella que se haya distinguido históricamente por incitar a la
violencia, directamente o con guante de terciopelo, ésa es la
cristiana y ésos son los papas vaticanos.
Lo que tiene que
hacer Ratzinger es callar para siempre. ¿O es que, como el emperador
títere, ha calculado que en la dimensión espiritual también cabe la
guerra preventiva? ¿Es que, como antes decía, ha revuelto de
propósito el gallinero para recordar neciamente al mundo que la
cristiandad moribunda no ha perecido todavía?
Otra cosa no nos cabe
en la cabeza. Este enfurecimiento, por si tenían poco los fieles
islamistas, no sólo está justificado. Es que esas palabras
indolentes pueden ser la espoleta para que todo reviente de una
vez entre ambas culturas. Mejor dicho, entre la cultura islamista y
la civilización que patrocina estúpidamente la cristiandad y a su
cabeza Benedicto XVI, y los evangélicos y baptistas de la Rice y de
Bush II.
Una de dos, o
Ratzinger no ha leído el Corán (lo que no es posible) o cree, torpe
él, que la exasperante y ya proverbial contradicción entre el
evangelio y el comportamiento de los cristianos comunes y de los
dirigentes cristianos comunes, es también común al islamismo.
Mire su viga en su
propio ojo y deje de fisgar la paja en el ojo ajeno. Es lamentable
que tenga que hacerle esta recomendación, que en todo caso cae por
su propio peso, un occidental no fanatizado. Y tenga en cuenta su
santidad, que además de los musulmanes ofendidos directamente, los
que con sus ligerezas lo pasan mal y sufren vergüenza ajena son los
propios cristianos de las catacumbas o de base a quienes sus
santidades, se ve que por principios conciliares, nunca les hacen
maldito caso.
En último término el
papa, entre el atronador y tremendista Antiguo Testamento y el
suavizador Nuevo aplacador, tendría hecha la cabeza un lío. Y no
extraña. Pero desde luego, para los espíritus sencillos ese Dios que
no se les cae a los papas nunca de la boca, nada tiene que ver ni
con el logos, la razón, ni con el amor que tanto predican.
Encuentro con los
representantes de la ciencia en el Aula Magna de la Universidad de
Ratisbona (12 de septiembre de 2006)
Fe, razón y universidad.
Recuerdos y reflexiones
¡Ilustres Señores,
gentiles Señoras!
Es emocionante para
mí estar nuevamente en la cátedra de la universidad y poder dar una
vez más una lección. Mi pensamiento regresa a aquellos años en los
que, tras un hermoso periodo en el Instituto Superior de Freising,
inicié mi actividad de profesor académico en la Universidad de Bonn.
1959 era todavía tiempo vieja universidad de los profesores
ordinarios. Para las cátedras individuales no existían ni asistentes
ni dactilógrafos, pero en compensación había un contacto muy directo
con los estudiantes y sobre todo también entre los profesores. Se
daban encuentros antes y después de las lecciones en los cuartos de
los docentes. Los contactos con los historiadores, los filósofos,
los filólogos y naturalmente también entre las dos facultades
teológicas eran muy estrechos. Una vez cada semestre había un así
llamado dies academicus , en el que los profesores de todas las
facultades se presentaban delante de los estudiantes de toda la
universidad, haciendo posible una verdadera experiencia de
universitas : el hecho que nosotros, no obstante todas las
especializaciones, que a veces nos hacen incapaces de comunicarnos
entre nosotros, formamos un todo y trabajamos en el todo de la única
razón con sus varias dimensiones, estando así juntos también en la
común responsabilidad por el recto uso de la razón; lo convertía en
experiencia viva. La universidad, sin duda, estaba orgullosa también
de sus dos facultades teológicas. Estaba claro que también ellas,
interrogándose sobre la racionalidad de la fe, desarrollan un
trabajo que necesariamente hace parte del "todo" de la universitas
scientiarum , incluso si no todos podían compartir la fe, por cuya
correlación con la razón común se esfuerzan los teólogos. Esta
cohesión interior en el cosmos de la razón tampoco fue perturbada
cuando se supo que uno de los colegas había dicho que en nuestra
universidad había una extrañeza: dos facultades que se ocupaban de
una cosa que no existía: Dios. Que también frente a un escepticismo
así de radical permanece necesario y razonable interrogarse sobre
Dios por medio de la razón y aquello deba ser hecho en el contexto
de la tradición de la fe cristiana; en el conjunto de la universidad
era una convicción indiscutida.
Todo esto vino a mi
mente cuando recientemente leí la parte editada por el profesor
Theodore Khoury (Münster) del diálogo que el docto Emperador
bizantino Manuel II Paleólogo, tal vez durante el tiempo de invierno
del 1391 en Ankara, tuvo con un persa culto sobre el Cristianismo y
el Islam, y la verdad de ambos. Fue probablemente el Emperador mismo
quien anotó, durante el asedio de Constantinopla entre 1394 y 1402,
este diálogo. Se explica esto porque sus razonamientos son
reportados mucho más detalladamente que las respuestas del erudito
persa. El diálogo trata el ámbito de las estructuras de la fe
contenidas en la Biblia y en el Corán y se detiene sobre todo en la
imagen de Dios y del hombre, pero necesariamente también en la
relación entre las "tres Leyes": Antiguo Testamento -Nuevo
Testamento- Corán. Quisiera tocar en esta lección solo un argumento
-más que nada marginal en la estructura del diálogo- que, en el
contexto del tema "fe y razón" me ha fascinado y que servirá como
punto de partida para mis reflexiones sobre este tema.
En el séptimo
coloquio editado por el profesor Khoury, el emperador toca el tema
de la jihad (guerra santa). Seguramente el emperador sabía que en la
sura 2, 256 se lee: "Ninguna constricción en las cosas de la fe". Es
una de las suras del periodo inicial en el que Mahoma mismo aún no
tenía poder y estaba amenazado. Pero, naturalmente, el Emperador
conocía también las disposiciones, desarrolladas sucesivamente y
fijadas en el Corán, acerca la guerra santa. Sin detenerse en los
particulares, como la diferencia de trato entre aquellos que poseen
el "Libro" y los "incrédulos", él, en modo sorprendentemente brusco,
se dirige a su interlocutor simplemente con la pregunta central
sobre la relación entre religión y violencia, en general, diciendo:
"Muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y
encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva
de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba". El
Emperador explica así minuciosamente las razones por las cuales la
difusión de la fe mediante la violencia es una cosa irracional. La
violencia está en contraste con la naturaleza de Dios y la
naturaleza del alma. "Dios no goza de la sangre; no actuar según la
razón es contrario a la naturaleza de Dios. La fe es fruto del alma,
no del cuerpo. Quien por lo tanto quiere conducir a otro a la fe
necesita la capacidad de hablar bien y de razonar correctamente, no
de la violencia ni de la amenaza. Para convencer a un alma razonable
no es necesario disponer ni del propio brazo, ni de instrumentos
para golpear ni de ningún otro medio con el que se pueda amenazar a
una persona de muerte.".
La afirmación
decisiva en esta argumentación contra la conversión mediante la
violencia es: no actuar según la razón es contrario a la naturaleza
de Dios. El editor, Theodore Khoury, comenta que para el emperador,
como bizantino crecido en la filosofía griega, esta afirmación es
evidente. Para la doctrina musulmana, en cambio, Dios es
absolutamente trascendente. Su voluntad no está ligada a ninguna de
nuestras categorías, incluso a aquella de la racionalidad. En este
contexto Khoury cita una obra del conocido islamista francés R.
Arnaldez, que a destaca a Ibh Hazn quien va hasta el punto de
declarar que Dios no estaría ligado ni siquiera por su misma palabra
y que nada lo obligaría a revelarnos la verdad. Si fuese su
voluntad, el hombre debería practicar también la idolatría.
Aquí se abre, en la
comprensión de Dios y por lo tanto en la realización concreta de la
religión, un dilema que hoy nos desafía en un modo muy directo. La
convicción de actuar contra la razón está en contradicción con la
naturaleza de Dios, ¿es solamente un pensamiento griego o vale
siempre por sí mismo? Pienso que en este punto se manifiesta la
profunda concordancia entre aquello que es griego en el mejor
sentido y aquello que es fe en Dios sobre el fundamento de la
Biblia. Modificando el primer verso del Libro del Génesis, Juan ha
iniciado el prólogo de su Evangelio con las palabras: "Al principio
era el logos". Es justamente esta palabra la que usa el emperador:
Dios actúa con logos . Logos significa conjunto de razón y palabra,
una razón que es creadora y capaz de comunicarse, pero, como razón.
Juan con aquello nos ha donado la palabra conclusiva sobre el
concepto bíblico de Dios, la palabra en la que todas las vías
frecuentemente fatigosas y tortuosas de la fe bíblica alcanzan su
meta, encontrando su síntesis. En principio era el logos , y el
logos es Dios, nos dice el evangelista. El encuentro entre el
mensaje bíblico y el pensamiento griego no era una simple
casualidad. La visión de San Pablo, delante del cual se había
cerrado los caminos de Asia y que, en sueños, vio un macedonio y
escuchó su súplica: "¡Ven a Macedonia y ayúdanos!", esta visión
puede ser interpretada como una "condensación" de la necesidad
intrínseca de un acercamiento entre la fe bíblica y el interrogarse
griego.
En realidad, este
acercamiento ya se había iniciado desde hacía mucho tiempo. Ya el
nombre misterioso de Dios de la zarza ardiente, que separa a Dios
del conjunto de las divinidades con múltiples nombre afirmando
solamente su ser, es, confrontándose con el mito, una respuesta con
la que está en íntima analogía el tentativo de Sócrates de vencer y
superar al mito mismo. El proceso iniciado hacia la zarza alcanza,
al interior del Antiguo Testamento, una nueva madurez durante el
exilio, donde el Dios de Israel, ahora privado de la Tierra y del
culto, se anuncia como el Dios del cielo y de la tierra,
presentándose con una simple fórmula que prolonga las palabras de la
zarza: "Yo soy". Con este nuevo conocimiento de Dios va al mismo
paso una especie de iluminismo, que se expresa en modo drástico en
la mofa de las divinidades que son solamente obra de las manos del
hombre. Así, no obstante toda la dureza del desacuerdo con los
soberanos helenísticos, que querían obtener con la fuerza la
adecuación al estilo de vida griego y a su culto idolátrico, la fe
bíblica, durante la época helenística, iba interiormente al
encuentro de la parte mejor del pensamiento griego, hasta un
contacto recíproco que después se ha realizado especialmente en la
tardía literatura sapiencial. Hoy nosotros sabemos que la traducción
griega del Antiguo Testamento, realizada en Alejandría -la Bblia de
los "Setenta" -, es más que una simple (por evaluar en modo tal vez
poco positivo) traducción del texto hebreo: es de hecho un
testimonio textual a sí debido, y un específico e importante paso de
la historia de la Revelación, en el cual se ha realizado este
encuentro en un modo que para el nacimiento del cristianismo y su
divulgación tuvo un significado decisivo. En el fondo, se trata del
encuentro entre fe y razón, entre auténtico iluminismo y religión.
Partiendo verdaderamente desde la íntima naturaleza de la fe
cristiana y, al mismo tiempo, desde la naturaleza del pensamiento
helenístico fusionado ya con la fe, Manuel II podía decir: No actuar
"con el logos " es contrario a la naturaleza de Dios.
Honestamente es
necesario anotar, que en el tardío Medioevo, se han desarrollado en
la teología tendencias que rompen esta síntesis entre espíritu
griego y espíritu cristiano. En contraste con el así llamado
intelectualismo agustiniano y tomista que inició con Duns Scoto una
impostación voluntarística, la cual al final llevó a la afirmación
que nosotros conoceremos de Dios solamente la voluntas ordinata .
Más allá de ésta existiría la libertad de Dios, en virtud de la cual
Él habría podido crear y hacer también lo contrario de todo aquello
que efectivamente ha hecho. Aquí se perfilan posiciones que, sin
lugar a dudas, pueden acercarse a aquellas de Ibn Hazn y podrían
llevar hasta la imagen de un Dios- Árbitro, que no está ligado ni
siquiera a la verdad y al bien. La trascendencia y la diversidad de
Dios son acentuadas en modo tan exagerado, que también nuestra
razón, nuestro sentido del verdadero y del bien no son más un
verdadero espejo de Dios, cuyas posibilidades abismales permanecen
para nosotros eternamente inalcanzables y escondidas tras sus
decisiones efectivas. En contraste con ello, la fe de la Iglesia se
ha atenido siempre a la convicción de que entre Dios y nosotros,
entre su eterno Espíritu creador y nuestra razón creada, existe una
verdadera analogía, en la que ciertamente las desemejanzas son
infinitamente más grandes que las semejanzas, pero no al punto de
abolir la analogía y su lenguaje. Dios no se hace más divino por el
hecho que lo empujemos lejos de nosotros en un voluntarismo puro e
impenetrable, sino que el Dios verdaderamente divino es aquel Dios
que se ha mostrado como el logos y como logos ha actuado y actúa
lleno de amor a nuestro favor. Cierto, el amor "sobre pasa" el
conocimiento y es por esto capaz de percibir más que el simple
pensamiento, sin embargo permanece como el amor del Dios - logos ,
por el cual el culto cristiano es un culto que concuerda con el
Verbo eterno y con nuestra razón.
El aquí mencionado
recíproco acercamiento interior, que se ha tenido entre la fe
bíblica y el interrogarse sobre el plan filosófico del pensamiento
griego, es un dato de importancia decisiva no solo desde el punto de
visa de la historia de las religiones, sino también desde aquello de
la historia universal -un dato que nos obliga también hoy.
Considerado este encuentro, no es sorprendente que el cristianismo,
no obstante su origen e importante desarrollo en Oriente, haya
encontrado su huella históricamente decisiva en Europa. Podemos
expresarlo también inversamente: este encuentro, al cual se agrega
aún sucesivamente el patrimonio de Roma, ha creado a Europa y
permanece como fundamento de aquello que, con razón, se puede llamar
Europa.
A la tesis que el
patrimonio griego, críticamente purificado, sea una parte integrante
de la fe cristiana, se opone el pedido de la deshelenización del
cristianismo, un pedido que desde el inicio de la edad moderna
domina en modo creciente la búsqueda teológica. Visto más de cerca,
se pueden observar tres olas en el programa de la deshelenización:
si bien relacionadas entre sí, en sus motivaciones y en sus
objetivos son claramente distintas la una de la otra.
La deshelenización
emerge primero en conexión con postulados fundamentales de la
Reforma del siglo XVI. Considerando la tradición de las escuelas
teológicas, los reformadores se veían de frente a una
sistematización de la fe condicionada totalmente por la filosofía,
de frente, es decir, a una determinación de la fe desde el externo
con fuerza en un modo de pensar que no derivaba de ésta. Así, la fe
no aparecía más como viviente palabra histórica, sino como elemento
insertado en la estructura de un sistema filosófico. La sola
Scriptura en cambio busca la pura forma primordial de la fe, como
esta misma está presente originariamente en la Palabra bíblica. La
metafísica aparece como un presupuesto derivada de otra fuente, de
la que ocurre liberar la fe para hacerla regresar a ser totalmente
ella misma. Kant ha actuado en base a este programa con una
radicalidad imprevisible para los reformadores. Con ello él ha
anclado la fe exclusivamente a la razón práctica, negándole el
acceso al todo de la realidad.
La teología liberal
de los siglos XIX y XX acompaña la segunda etapa del proceso de
deshelenización, con Adolf von Harnack, como su máximo
representante. Cuando era estudiante y en mis primeros años como
docente, este programa influenciaba altamente la teología católica
también. Tomó como punto de partida la distinción que Pascal hace
entre el Dios de los filósofos y el Dios de Abraham, Isaac y Jacob.
En mi discurso inaugural en Bonn en 1959 traté de referirme a este
asunto. No repetiré aquí lo que dije en aquella ocasión, pero me
gustaría describir, al menos brevemente, lo que era nuevo en este
proceso de deshelenización. La idea central de Harnack era volver
simplemente al hombre Jesús y a su mensaje simple, sin las adiciones
de la teología e incluso con la helenización: Este simple mensaje
fue visto como la culminación del desarrollo religioso de la
humanidad. Se decía que Jesús le puso fin al culto en favor de la
moralidad. Al final era presentado como el padre del mensaje moral
humanitario. La meta fundamental era hacer que el Cristianismo
estuviera en armonía con la razón moderna, es decir, liberándolo de
los elementos aparentemente filosóficos y teológicos, como la fe en
la divinidad de Cristo y en Dios Uno y Trino. En este sentido, la
exégesis histórica-crítica del Nuevo Testamento restauró el lugar de
la teología en la universidad: Para Harnack, la teología es algo
esencialmente histórico y por lo tanto estrictamente científico. Lo
que se puede decir críticamente de Jesús, es por así decir,
expresión de la razón práctica y consecuentemente se puede aplicar a
la Universidad como un todo. En este pensamiento se basa la propia
limitación de la razón, clásicamente expresada en las "Críticas" de
Kant, pero en ese momento radicalizada por el impacto de las
ciencias naturales. Este concepto moderno está basado, para decirlo
brevemente, en la síntesis entre el Platonismo (Cartesianismo) y el
empirismo, una síntesis confirmada por el éxito de la tecnología.
Por un lado presupone la estructura matemática de la materia, y su
intrínseca racionalidad, que hace posible entender cómo la materia
funciona y la usa eficientemente: Esta premisa básica es, por así
decirlo, el elemento platónico en el entendimiento moderno de la
naturaleza. De otro lado, existe la capacidad de la naturaleza de
ser explotada para nuestros propósitos, y en este caso solo la
posibilidad de la verificación o falsificación a través de la
experimentación puede llegar a la certeza final. El peso entre los
dos polos puede, dependiendo de las circunstancias, cambiar de un
lado al otro. Como fuertemente lo hizo el pensador positivista J.
Monod, que se declaró a sí mismo un convencido platonista/cartesiano.
Esto permite que
emerjan dos principios que son cruciales para el asunto al que hemos
llegado. Primero, solo la clase de certeza que resulta de interpolar
elementos matemáticas con empíricos puede considerarse científica.
Cualquier disciplina que quisiera exigir estatus de ciencia debe ser
medido con este criterio. De ahí que las ciencias humanas, como la
historia, psicología, sociología y filosofía, no puedan conformarse
a este canon de cientificidad. Un segundo punto que es importante
para nuestras reflexiones, es que por su propia naturaleza este
método excluye la pregunta de Dios, haciéndola aparecer como no
científica o precientífica. Consecuentemente, nos enfrentamos a una
reducción del radio de la ciencia y la razón, que necesita ser
cuestionado.
Debemos retornar al
problema después. Mientras tanto, ha de observarse que desde este
lugar, cualquier intento de la teología por mantener su estatus de
"científica" terminaría por reducir al Cristianismo a un simple
fragmento de sí misma. Pero tenemos que decir más: Es el hombre
mismo quien termina siendo reducido, las preguntas específicamente
humanas sobre nuestro origen y nuestro destino, las preguntas
originadas de la religión y la ética, ya no tienen lugar en el modo
de ver de la razón colectiva definida como "ciencia" y tiene que
relegarse al espacio de lo subjetivo. Es el sujeto quien decide
entonces, basado en su experiencia, lo que considera es materia de
la religión, y la "conciencia" subjetiva se convierte en el solo
árbitro de lo que es ético. De esta manera, sin embargo, la ética y
la religión pierden su poder de crear una comunidad y se convierten
en un asunto completamente personal. Este es un estado peligroso
para los asuntos de la humanidad, como podemos ver en las distintas
patologías de la religión y la razón que necesariamente emergen
cuando la razón es tan reducida que las preguntas de la religión y
la ética ya no preocupan. Intentos de construir la ética a partir de
las reglas de la evolución o la psicología terminan siendo
simplemente inadecuados.
Antes de esgrimir las
conclusiones a las que todo esto lleva, tengo que referirme
brevemente a la tercera etapa de deshelenización, que aún está
dándose. A la luz de nuestra experiencia con el pluralismo cultural,
con frecuencia se dice en nuestros días que la síntesis con el
Helenismo lograda por la Iglesia en sus inicios fue una
inculturación preliminar que no debe ser vinculante para otras
culturas. Esto último se dice para tener el derecho a volver al
simple mensaje del Nuevo Testamento anterior a la inculturación,
para inculturarlo nuevamente en sus medios particulares. Esta tesis
no es falsa, sino que es ordinaria e imprecisa. El Nuevo Testamento
fue escrito en griego y trae consigo la impronta del espíritu
griego, que ha llegado a la madurez dado que el Antiguo Testamento
se desarrolló. Cierto, hay elementos en la evolución de la Iglesia
en sus inicios que no deben integrarse en todas las culturas, Sin
embargo, las decisiones fundamentales sobre las relaciones entre la
fe y el uso de la razón humana son parte de la fe misma, son
desarrollos consecuentes con la naturaleza de la fe misma.
Y así llego a la
conclusión. Este intento, hecho con unas pocas pinceladas, desde una
crítica a la razón moderna desde dentro, no tiene nada que ver con
poner el reloj en el tiempo anterior al Iluminismo y rechazar las
perspectivas de la era moderna. Los aspectos positivos de la
modernidad deben ser conocidos sin reserva: Estamos todos
agradecidos por las maravillosa posibilidades que ha abierto para la
humanidad y para su progreso que se nos ha dado. El ethos
científico, además, debe ser obediente a la verdad, y, como tal,
lleva una actitud que se refleja en los principios del Cristianismo.
La intención aquí no es el reduccionismo o la crítica negativa, sino
ampliar nuestro concepto de razón y su aplicación. Mientras nos
regocijamos en las nuevas posibilidades abiertas a la humanidad,
también podemos apreciar los peligros que emergen de estas
posibilidades y tenemos que preguntarnos cómo podemos superarlas.
Tendremos éxito al hacerlo solo si la razón y la fe avanzan juntas
de un modo nuevo, si superamos la limitación impuesta por la razón
misma a lo que es empíricamente verificable, y si una vez más
generamos nuevos horizontes. En este sentido la teología pertenece
correctamente a la universidad y está dentro del amplio diálogo de
las ciencias, no solo como una disciplina histórica y ciencia
humana, sino precisamente como teología, como una profundización en
la racionalidad de la fe.
Solo así nos hacemos
capaces de lograr este diálogo genuino de culturas y religiones que
necesitamos con urgencia hoy. En el mundo occidental se sostiene
ampliamente que solo la razón positivista y las formas de la
filosofía basadas en ella son universalmente válidas. Incluso las
culturas profundamente religiosas ven esta exclusión de lo divino de
la universalidad de la razón como un ataque a sus más profundas
convicciones. Una razón que es sorda a lo divino y que relega la
religión al espectro de las subculturas es incapaz de entrar al
diálogo con las culturas. Al mismo tiempo, como he tratado de
demostrar, la razón científica moderna con sus elementos
intrínsecamente platónicos genera una pregunta que va más allá de sí
misma, de sus posibilidades y de su metodología. La razón científica
moderna simplemente tiene que aceptar la estructura racional de la
materia y su correspondencia entre nuestro espíritu y las
estructuras racionales que prevalecen como se nos ha dado, en las
que su metodología debe basarse. Incluso la pregunta ¿por qué esto
tiene que ser así? es una cuestión real, que tiene que ser dirigida
por las ciencias naturales a otros modos y planos de pensamiento: A
la filosofía y la teología. Para la filosofía y, si bien es cierto
que de otra forma, para la teología, escuchar a las grandes
experiencias y perspectivas de las tradiciones religiosas de la
humanidad, de manera particular aquellas de la fe cristiana, es
fuente de conocimiento; ignorarla sería una grave limitación para
nuestra escucha y respuesta. Aquí recuerdo algo que Sócrates le dijo
a Faedo. En conversaciones anteriores, se habían vertido muchas
opiniones filosóficas falsas, y por eso Sócrates dice: "Sería más
fácilmente comprensible si a alguien le molestaran tanto todas estas
falsas nociones que por el resto de su vida desdeñara y se burlara
de toda conversación sobre el ser, pero de esta forma estaría
privado de la verdad de la existencia y sufriría una gran pérdida".
Occidente ha sido
puesto en peligro por mucho tiempo por esta aversión en la que se
basa su racionalidad, y por lo tanto solo puede sufrir grandemente.
El coraje para comprometer toda la anchura de la razón y no la
negación de su grandeza: Este es el programa con el que la teología
anclada en la fe bíblica ingresa en el debate de nuestro tiempo. "No
actuar razonablemente (con logos) es contrario a la naturaleza de
Dios" dijo Manuel II, de acuerdo al entendimiento cristianos de
Dios, en respuesta a su interlocutor persa. Es a este gran logos, a
la anchura de la razón, a donde invitamos a nuestros compañeros en
el diálogo de las culturas. Es la gran tarea de la universidad
redescubrirlo constantemente.
Nota: El Santo Padre
desea proporcionar una versión posterior de este texto,
complementado con notas a pie de página. Por lo tanto, el presente
texto debe considerarse como provisional.
Texto original en alemán.
Fuente: Oficina de Prensa de la Santa Sede.