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Maíz tóxico: Una guerra biológica no declarada se libra en Venezuela
Gustavo Fernández Colón

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Hace pocos días la opinión pública venezolana se vio sorprendida por la muerte de centenares de mascotas, causada por la ingesta de alimentos para animales de la marca Purina-Nestlé.

La compañía explicó que se trató de un brote de hepatitis tóxica en perros, gatos y aves, provocado por varios lotes del maíz utilizado como materia prima, aparentemente adquiridos en el país, que resultaron contaminados con hongos del grupo Aspergillus. Esta cepa de hongos, muy frecuente en el clima caliente y húmedo del trópico, puede resultar altamente peligrosa debido a que produce aflatoxinas, sustancias cancerígenas capaces de destruir el hígado y el sistema inmunológico de animales y seres humanos.

La ingeniería de alimentos reconoce como un hecho frecuente la presencia de aflatoxinas en el maíz, el arroz, el maní y otras especies vegetales, así como en la leche de animales alimentados con productos afectados por el hongo. Pero advierte que su acumulación, más allá de ciertos niveles máximos permisibles, puede llegar a convertirse en un problema de salud pública.

Es por ello que, desde tiempos remotos, los agricultores acostumbran airear y secar los cereales con el propósito de prevenir la aparición de mohos. La agroindustria moderna ha mecanizado las antiguas técnicas y las ha reforzado con la aplicación de fungicidas químicos, para evitar su proliferación durante el almacenamiento y transporte de grandes volúmenes de granos. En el caso de los productos concentrados, son usuales hoy en día las pruebas cromatográficas que permiten detectar la presencia de aflatoxinas gracias a la coloración azul (B1 y B2), verde (G1 y G2) o violácea (M1 y M2) que éstas muestran al ser observadas bajo luz ultravioleta.

Así las cosas, el incidente que produjo la muerte por intoxicación hepática de varios centenares de perros, gatos y aves en nuestro país, sólo puede explicarse como resultado de graves deficiencias en los controles sanitarios para el manejo de los alimentos. Fallas inexcusables tratándose de una empresa con la experiencia de Ralston Purina, dedicada a la fabricación de piensos para animales desde 1894.

En una serie de comunicados difundidos por diversos medios, la compañía ha sido enfática al asegurar que la contaminación sólo afectó a los productos concentrados para animales de su planta de La Encrucijada. Sin embargo, el Ministerio de Salud y Desarrollo Social ha tomado la precaución, hace pocos días, de exigir a todos los fabricantes de alimentos para consumo humano que utilizan maíz amarillo y maíz blanco (entre ellos la misma Nestlé, Alimentos La Lucha, Alfonso Rivas, Polar y Snacks), que informen a la brevedad posible acerca de la procedencia de la materia prima utilizada para la preparación de sus productos.

Dos meses antes, justo en diciembre del año pasado, un grupo de agricultores del estado Guárico denunció que las semillas de maíz amarillo suministradas por las empresas de asistencia técnica del Plan Siembra 2004 del Ministerio de Agricultura y Tierras, estaban contaminadas con un hongo usualmente asociado al Aspergillus; me refiero al Fusarium moniliforme, productor de otra letal toxina denominada fumonisina. Según la versión de los agricultores, las semillas en cuestión correspondían a una variedad “híbrida” de maíz amarillo comercializada por la empresa Pioneer. Señalaron que el hongo persistió aun después de la fumigación con fungicidas y advirtieron que este maíz para consumo humano significaba “un potencial problema de salud pública por contaminación de imprevisibles consecuencias”. También alertaron sobre “el fallecimiento de reses que habían sido alimentadas con la soca de la cosecha del maíz” (Aporrea, 20/12/04).

Para hacerse una idea de las posibles implicaciones de esta situación vale la pena traer a colación un incidente ocurrido a mediados del año pasado en Kenia, en el África ecuatorial. Se trata de la muerte por intoxicación de al menos ciento dos personas después de haber consumido maíz contaminado con aflatoxinas. El cuadro clínico de las víctimas humanas fue muy similar al de los animales recién fallecidos en Venezuela: ictericia o coloración amarillenta, vómitos, daño hepático severo, hemorragias y edema pulmonar. El deterioro y la muerte de los afectados se produjo rápidamente, en un lapso de pocos días.

Pero no sólo agentes biológicos como hongos o insectos pueden afectar la calidad del maíz y en general de los cereales, sino que muchas veces los mismos pesticidas utilizados para combatirlos pueden provocar efectos nocivos sobre la salud humana y el ambiente. Un ejemplo ilustrativo es el caso de los herbicidas a base de dioxinas desarrollados por las empresas agroquímicas a partir de la década de los cuarenta del pasado siglo. Las dioxinas han sido cuestionadas por ser causantes de cáncer y malformaciones genéticas. Fueron empleadas en grandes cantidades en la fabricación del Agente Naranja, el defoliante utilizado por el ejército estadounidense durante la guerra de Vietnam para deforestar las selvas de este país asiático. En 1984, los soldados norteamericanos afectados de por vida por este producto ganaron una demanda contra los fabricantes, las compañías Monsanto y Dow Chemical, quienes se vieron obligadas a pagar una indemnización de 180 millones de dólares. Hace pocos días, en enero de 2005, fue admitida en un tribunal de los Estados Unidos una demanda similar hecha por tres ciudadanos vietnamitas con altos niveles de dioxina en la sangre treinta años después de terminada la guerra, enfermos de cáncer y con hijos nacidos con deformaciones congénitas.

Los innumerables problemas provocados por el uso de herbicidas y plaguicidas químicos, han llevado a las corporaciones del sector agrícola, sobre todo a partir de la década de los noventa, a tratar de sustituirlos con la ayuda de la biotecnología. Este viraje ha sido equiparado con el nacimiento de un nuevo paradigma tecnoproductivo, basado en la experimentación con especies genéticamente modificadas para hacerlas más resistentes a las plagas. Por lo general, lo que se persigue es que la planta genere internamente las sustancias tóxicas necesarias para liquidar a sus depredadores naturales (insectos, hongos, etc.). Sin embargo, estas tentativas han sido fuertemente criticadas por los presuntos efectos nocivos, sobre la salud humana y los ecosistemas, de estas nuevas toxinas producidas por los vegetales transgénicos.

Un caso emblemático ha sido el del maíz Starlink, patentado por la firma franco-alemana Aventis. A finales de los noventa, la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos (EPA) autorizó su siembra exclusivamente para la alimentación animal, a raíz de los indicios de que la toxina Cry9C, generada por este grano transgénico, era causante de alergias en los seres humanos.

Sin embargo, en el año 2000 se comprobó que el maíz Starlink había ido a parar a las tortillas para tacos de la marca Taco Bell de Kraft y había provocado más de treinta casos de alergia entre los consumidores. Esta situación generó una enorme reacción pública que llevó a que se retiraran 2,5 millones de paquetes de tortillas de los supermercados de Estados Unidos y se eliminaran 350.000 acres de plantaciones del grano. Las pérdidas provocadas por este incidente ascendieron a cerca de un billón de dólares, que tuvieron que ser asumidos por los agricultores, almacenadores y procesadores de alimentos. Y en la primavera de 2001 fueron despedidos el presidente, el asesor jurídico y el vicepresidente de mercadeo de la División Estadounidense de Ciencias de los Cultivos de Aventis. 

Otro ejemplo polémico de los fines estrictamente economicistas de ciertas aplicaciones de la ingeniería genética ha sido el de la llamada tecnología Terminator. Ésta consiste en la incorporación de un rasgo genético en el maíz que lo hace estéril una vez que se desarrolla en la mazorca, de tal manera que el agricultor se ve forzado a comprar nueva semilla al proveedor para la próxima siembra o a adquirir un producto químico que desactiva la función esterilizante. Con técnicas como éstas y el sistema de patentes de comercialización de los Organismos Modificados Genéticamente (OMG), las compañías han conseguido asegurarse, en buena medida, el control del mercado mundial de alimentos.

Lamentablemente para los consumidores, las cinco mayores corporaciones del mercado mundial de las semillas (Cargill-Monsanto, Syngenta, Aventis, Dupont-Pioneer y Dow AgroSciences) cuentan con un ejército bien pagado de científicos y abogados encargados de neutralizar cualquier investigación o señalamiento acerca de los perjuicios provocados por sus productos. Y la gran mayoría de los gobiernos ha terminado cediendo a sus presiones, como acaba de suceder en México y Brasil con la reciente aprobación de las nuevas leyes de “bioseguridad” que dan entrada libre a las semillas y productos transgénicos, y en Venezuela con la Ley de Semillas promulgada por la Asamblea Nacional en 2002.

Este escenario evidencia que hoy asistimos al despliegue de una gran embestida por el control de los mercados y la aniquilación de cualquier otro modelo productivo y de relación con la naturaleza distinto al auspiciado por las corporaciones globales. Las agresivas campañas para la promoción de los cultivos transgénicos y la descalificación de alternativas ecológicas como la agricultura orgánica y los métodos tradicionales de producción de los pueblos indígenas y las comunidades campesinas, son apenas una muestra de la magnitud de los intereses en juego.

Por eso no debe extrañarnos que precisamente en junio de 2004, a la par con la noticia de la muerte por aflatoxicosis de los ciento dos kenianos a los que ya nos referimos, la prensa internacional anunciara el lanzamiento en los mercados africanos de la nueva variedad de maíz Bt, resistente a las aflatoxinas, promovido por Syngenta.

En definitiva, toda una red de mecanismos de coacción económica, política y publicitaria se ha venido tejiendo para imponer un único modelo agroalimentario a escala planetaria, que no sólo está poniendo en riesgo la salud humana sino que, con cada nueva “solución”, avanza un paso más en su escalada destructiva de la diversidad biológica y cultural que ha hecho posible la continuidad de la vida sobre la Tierra.

POST SCRIPTUM: Para el momento en que escribo estas líneas, una alerta epidemiológica ha sido declarada en la costa norte del país, específicamente en los estados Falcón y Carabobo, ante la muerte de al menos cuatro personas y más de cuarenta reportes de ingreso en los hospitales de la región con un cuadro clínico muy similar al caso keniano. Hasta ahora, el diagnóstico ofrecido por las autoridades ha sido confuso, pues se ha hablado sucesivamente de leptospirosis, dengue, mononucleosis, hepatitis A y hasta de un hantavirus; poniendo en evidencia el desconcierto de los organismos sanitarios respecto a las causas de esta extraña enfermedad. Sería una irresponsabilidad de nuestra parte atrevernos a afirmar que este brote guarda alguna relación con la contaminación del maíz y los alimentos para animales; pero nos preocupa que hasta ahora los equipos de salud encargados de las investigaciones ni siquiera hayan mencionado esta posibilidad

Gustavo Fernández Colón es Profesor en la Universidad de Carabobo


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