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140507 -
EcoPortal
- Sabemos que la mayoría de las guerras en las últimas décadas
tienen como el factor central el control de fuentes de energía.
El consumo de energía es garantizado a sectores privilegiados,
tanto en los países centrales como en países periféricos,
mientras la mayoría de la población mundial no tiene acceso a
los servicios básicos. El consumo per cápita de energía en
Estados Unidos es de 13000 kilowatts, mientras el promedio
mundial es de 2429 y en América Latina el promedio es de 1601.
Lo que
aprendimos del VI Encuentro Hemisférico de La Habana
María Luisa
Mendonça trajo al Encuentro de La Habana el impactante documental sobre
el corte manual de caña en Brasil.
En una síntesis
que elaboré, como en la reflexión anterior, con párrafos y frases del
original, la esencia de lo que María Luisa expresó fue lo siguiente:
Sabemos que la
mayoría de las guerras en las últimas décadas tienen como el factor
central el control de fuentes de energía. El consumo de energía es
garantizado a sectores privilegiados, tanto en los países centrales como
en países periféricos, mientras la mayoría de la población mundial no
tiene acceso a los servicios básicos. El consumo per cápita de energía
en Estados Unidos es de 13.000 kilowatts, mientras el promedio mundial
es de 2.429 y en América Latina el promedio es de 1.601.
El monopolio
privado de fuentes de energía es garantizado por cláusulas en Acuerdos
de Libre Comercio bilaterales o multilaterales.
El papel de los
países periféricos es producir energía barata para los países ricos
centrales, lo que representa una nueva fase de la colonización.
Es necesario
desmitificar la propaganda sobre los supuestos beneficios de los
agrocombustibles. En el caso del etanol, el cultivo y procesamiento de
la caña de azúcar contamina los suelos y las fuentes de agua potable,
porque utiliza una gran cantidad de productos químicos.
El proceso de
destilación del etanol produce un residuo que se llama vinaza. Por cada
litro de etanol producido, son generados de 10 a 13 litros de vinaza.
Una parte de este residuo puede ser utilizado como fertilizante, pero la
mayor parte contamina ríos y fuentes de aguas subterráneas. Si Brasil
produce 17.000 ó 18.000 millones de litros de etanol por año, eso
significa que por lo menos 170.000 millones de litros de vinaza se
depositan en las regiones de los cañaverales. Imaginen el impacto en el
medio ambiente.
La quema de la
caña de azúcar, que sirve para facilitar la cosecha, destruye gran parte
de los microorganismos del suelo, contamina el aire y causa muchas
enfermedades respiratorias.
El Instituto
Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil decreta casi todos los
años en São Paulo —que representa el 60% de la producción de etanol en
Brasil— una situación de emergencia, porque las quemas han llevado la
humedad del aire a niveles extremadamente bajos, entre 13% y 15%, es
imposible respirar en ese período en la región de São Paulo donde se
cosecha la caña.
La expansión de la
producción de agroenergía, como sabemos, es de gran interés para
empresas de organismos genéticamente modificados o transgénicos, como
Monsanto, Syngenta, Dupont, Bass y Bayer.
En el caso de
Brasil, la empresa Votorantim ha desarrollado tecnologías para la
producción de una caña transgénica, que no es comestible, y sabemos que
muchas empresas están desarrollando este mismo tipo de tecnología, y
como no hay medios para evitar la contaminación de los transgénicos en
los campos de cultivos nativos, esta práctica pone en riesgo la
producción de alimentos.
Con relación a la
desnacionalización del territorio brasileño, grandes empresas han
adquirido ingenios de caña en Brasil: Bunge, Novo Group, ADM, Dreyfus,
además de los megaempresarios George Soros y Bill Gates.
Como consecuencia
de esto, sabemos que la expansión de la producción de etanol ha generado
la expulsión de campesinos de sus tierras y ha creado una situación de
dependencia de lo que llamamos la economía de la caña, porque no es que
la industria de la caña genere empleos, es lo contrario, genera
desempleo, porque esa industria controla el territorio. Eso significa
que no hay espacios para otros sectores productivos.
Al mismo tiempo,
tenemos la propaganda de la eficiencia de esta industria. Sabemos que se
basa en la explotación de una mano de obra barata y esclava. Los
trabajadores son remunerados por cantidad de caña cortada y no por horas
trabajadas.
En el estado de
São Paulo, que es donde está la industria más moderna —moderna entre
comillas por supuesto— y es el mayor productor del país, la meta de cada
trabajador es cortar entre 10 y 15 toneladas de caña por día.
Un profesor de la
universidad de Campinas, Pedro Ramos, hizo estos cálculos: en los años
ochenta los trabajadores cortaban alrededor de 4 toneladas por día y
sacaban el equivalente a más o menos 5 dólares. Actualmente, para sacar
3 dólares por día, es necesario cortar 15 toneladas de caña.
El propio
Ministerio del Trabajo en Brasil hizo un estudio en el que dice que
antes 100 metros cuadrados de caña sumaban 10 toneladas; hoy, con la
caña transgénica, es necesario cortar 300 metros cuadrados para alcanzar
10 toneladas. Entonces, los trabajadores tienen que trabajar tres veces
más para cortar 10 toneladas. Este patrón de explotación ha causado
serios problemas de salud y hasta la muerte a trabajadores.
Una investigadora
del Ministerio del Trabajo en São Paulo dice que el azúcar y el etanol
de Brasil están bañados de sangre, sudor y muerte. El Ministerio del
Trabajo en São Paulo, en el año 2005, ha registrado 450 muertes de
trabajadores por otras causas, como asesinatos y accidentes —porque el
transporte hacia los ingenios es muy precario— y también a consecuencia
de enfermedades como paros cardiacos y cáncer.
Según María
Cristina Gonzaga, que hizo la pesquisa, esta investigación del
Ministerio del Trabajo muestra que en los últimos cinco años 1383
trabajadores de la caña han muerto solamente en el estado de São Paulo.
El trabajo esclavo
también es común en este sector. Los trabajadores son generalmente
migrantes del nordeste o de Minas Gerais, que son seducidos por
intermediarios. normalmente el contrato no es directamente con la
empresa, sino a través de intermediarios, que en Brasil los llamamos
"gatos", que seleccionan mano de obra para los ingenios.
En el 2006, la
Fiscalía del Ministerio Público inspeccionó 74 ingenios, solamente en
São Paulo, y todos fueron procesados.
Solo en marzo de
2007, los fiscales del Ministerio del Trabajo rescataron 288
trabajadores en situación de esclavitud en São Paulo.
Ese mismo mes, en
el estado de Mato Grosso se rescataron 409 trabajadores en un ingenio
que produce etanol; entre ellos había un grupo de 150 indígenas. En esa
área del centro del país, en Mato Grosso, hay esta característica de
utilizar indígenas en el trabajo esclavo de la caña.
Todos los años
cientos de trabajadores sufren condiciones semejantes en los
cañaverales. ¿Cómo son estas condiciones? Trabajan sin un registro
formal, sin equipos de protección, sin agua o alimentación adecuada, sin
acceso a baños y con viviendas muy precarias; además, tienen que pagar
por vivienda, por comida, que es muy cara, y necesitan pagar por
instrumentos como botas y machetes y, por supuesto, en caso de
accidentes de trabajo, que son muchísimos, no reciben el tratamiento
adecuado.
Para nosotros, la
cuestión central es eliminar el latifundio, porque detrás de esta imagen
moderna hay un problema central, que es el latifundio en Brasil y, por
supuesto, en otros países de América Latina. También es necesaria una
política seria de producción de alimentos.
Con esto quería
presentar un documental que hicimos en el estado de Pernambuco con
trabajadores de la caña, que es una de las regiones donde más se produce
la caña de azúcar, y así ustedes van a ver realmente cómo son las
condiciones.
Este documental
fue hecho con la Comisión Pastoral de la Tierra en Brasil y con
sindicatos de trabajadores forestales del estado de Pernambuco.
Así concluye su
intervención la destacada y aplaudida dirigente brasileña.
A continuación
expongo las opiniones de los cortadores de caña, contenidas en el
material fílmico entregado por María Luisa. Cuando en el documental no
aparecen identificadas las personas, se indica su condición de hombre,
mujer o joven. No las incluyo todas por su extensión.
Severino
Francisco da Silva.-Cuando
tenía 8 años, mi padre se mudó al ingenio del Junco. Y cuando llegué, yo
estaba por cumplir 9, mi padre empezó a trabajar, y yo ataba la caña con
él. Trabajé unos 14 ó 15 años en el ingenio del Junco.
Una mujer.-Hace
36 años que vivo aquí en este ingenio. Me casé aquí y tuve 11 hijos.
Un hombre.-Hace
muchos años que trabajo en el corte de la caña, no sé ni contar.
Un hombre.-
Empecé a trabajar con 7 años y mi vida es cortar caña y desmalezar.
Un joven.-Nací
aquí, tengo 23 años, desde los 9 años corto caña.
Una mujer.-Trabajé
13 años aquí en la Planta Salgado. Yo sembraba caña, sembraba
fertilizante, limpiaba caña, hierba.
Severina
Conceição.-Todos
estos trabajos del campo yo los sé hacer: sembrar fertilizante, sembrar
caña. Hacía de todo con el bombo de este tamaño (se refiere al embarazo)
y el canasto al costado, y seguía trabajando.
Un hombre.-Trabajo,
todos los trabajos son difíciles, pero la cosecha de la caña es el peor
que hay en Brasil.
Edleuza.-Llego
a casa y voy a lavar los platos, a arreglar la casa, cuidar del servicio
doméstico, hacer las cosas. Cortaba caña, y a veces llegaba a casa y no
podía ni lavar los platos, estaba con las manos lastimadas, llenas de
callos.
Adriano Silva.-El
problema es que el administrador exige mucho en el trabajo. Hay días que
uno corta caña y cobra, pero hay días que no cobra nada. A veces alcanza
y a veces no.
Misael.-La
situación aquí es perversa, el administrador quiere disminuir el peso de
la caña. Dijo que lo que nosotros cortemos aquí es lo que tenemos y se
acabó. Estamos trabajando como esclavos, ¿entiende? ¡De esta manera no
es posible!
Marcos.-El
trabajo de la cosecha de la caña es un trabajo esclavo, es un trabajo
difícil. Salimos a las 3:00 de la mañana, llegamos a las 8:00 de la
noche. Es bueno solamente para el patrón, porque cada día que pasa él
gana más y el trabajador pierde, disminuyendo la producción, y queda
todo para el patrón.
Un hombre.-A
veces dormimos sin bañarnos, no hay agua, nos bañamos en un arroyito que
pasa por ahí abajo.
Un joven.-Aquí
no hay leña para cocinar, cada uno, si quiere comer, tiene que salir a
conseguirse leña.
Un hombre.-El
almuerzo es lo que uno trae de casa, trae una comida, come así no más,
en ese sol, va tirando para adelante como puede en la vida.
Un joven.-Quien
trabaja mucho necesita tener una alimentación suficiente. Mientras que
el dueño de la planta azucarera está en la regalía, tiene de lo bueno y
de lo mejor, nosotros aquí sufriendo.
Una mujer.-Pasé
mucha hambre. Fui a dormir muchas noches con hambre, a veces no tenía
nada para comer, ni para darle a mi hija; algunas veces yo buscaba sal,
que era lo más fácil de encontrar.
Egidio
Pereira.-La
persona tiene dos o tres hijos, y si no se cuida, se muere de hambre; no
alcanza para vivir.
Ivete
Cavalcante.-Aquí
no existe sueldo, hay que limpiar una tonelada de caña por ocho reales;
se gana lo que se logra cortar: si se corta una tonelada, se gana ocho
reales, no hay sueldo fijo.
Una mujer.-¿Sueldo?
Yo no sé nada de eso.
Reginaldo
Souza.-A
veces ellos pagan en dinero. En esta época ellos están pagando en
dinero; ahora, en el invierno pagan todo con vale.
Una mujer.-El
vale, uno trabaja, él anota todo en un papel, se lo pasa a la persona
para que compre en el mercado. La persona no ve el dinero que gana.
José Luiz.-El
administrador hace lo que quiere con las personas. Lo que está
ocurriendo es que llamé para "sacar la media" de la caña, no quiso. Es
decir: en este caso, él está obligando a la persona a trabajar a la
fuerza. De esta manera la persona trabaja gratis para la empresa.
Clovis da
Silva.-¡Eso
nos mata! Uno se pasa medio día cortando caña, piensa que va a conseguir
algún dinero, y cuando él va a medir, nos enteramos de que el trabajo no
valió nada.
Natanael.-El
camión de llevar ganado aquí lleva trabajadores, es peor que con el
caballo del dueño; porque cuando el dueño coloca su caballo en el
camión, él le pone agua, le pone aserrín en el piso para que el caballo
no se arruine los cascos, pone pasto, una persona para acompañarlo; y
los trabajadores, que se las arreglen: entró, cerró la puerta y se
acabó. Ellos tratan a los trabajadores como si fueran animales. El "Pro-Álcool"
no ayuda a los trabajadores, solamente ayuda a los proveedores de caña,
ayuda a los patrones y los enriquece cada vez más; porque si generara
empleo para los trabajadores, para nosotros sería fundamental, pero no
genera empleos.
José Loureno.-Ellos
tienen todo ese poder porque en la Cámara, estadual o federal, tienen un
político que representa a esas plantas azucareras. Hay dueños que son
diputados, ministros, parientes de señores de ingenio, que facilitan esa
situación para los dueños y para los señores de ingenio.
Un hombre.-Nuestra
lucha parece que no para nunca. No tenemos vacaciones, aguinaldo, queda
todo perdido. Además, un cuarto de sueldo, que es obligación, no lo
recibimos, es con lo que compramos una ropa a fin de año y una ropa para
los hijos. Ellos no nos entregan nada de eso, y vemos que la situación
se pone cada día más difícil.
Una mujer.-Yo
soy trabajadora registrada, y jamás tuve derecho a nada, ni certificado
médico. Cuando quedamos embarazadas, tenemos derecho a certificado
médico, pero yo no tuve ese derecho, garantía de familia; tampoco tuve
aguinaldo, siempre recibía alguna cosita, después no recibí más.
Un hombre.-Hace
unos 12 años que él no paga ni aguinaldo ni vacaciones.
Un hombre.-No
puedes enfermarte, trabajas día y noche arriba del camión, en el corte
de la caña, de madrugada. Yo perdí mi salud, yo era fuerte.
Reinaldo.-Un
día yo estaba con unas zapatillas en los pies; cuando di un golpe de
machete para cortar la caña, me dio en el dedo, me cortó, terminé el
trabajo y me vine para casa.
Un joven.-Botas
no hay, se trabaja así, muchos trabajan descalzos, no hay condiciones.
Dijeron que la planta azucarera iba a donar botas. Hace una semana que
él se cortó el pie (señala) porque no hay botas.
Un joven.-Yo
estaba enfermo, pasé tres días enfermo, no cobré, no me pagaron nada.
Fui al médico, pedí certificado y no me lo dieron.
Un joven.-
Hubo un muchacho que llegó de "Macugi". Estaba trabajando, en medio del
trabajo empezó a sentirse muy mal, tuvo que vomitar. El esfuerzo es
grande, el sol es muy caliente y la gente no es de hierro, el cuerpo del
ser humano no resiste.
Valdemar.-Trae
muchas enfermedades ese veneno que utilizamos (se refiere a los
herbicidas). Causa varios tipos de enfermedad: cáncer de piel, en los
huesos, va entrando en la sangre y daña la salud. Uno siente náuseas,
llega hasta caerse.
Un hombre.-En
el período entre las cosechas prácticamente no hay trabajo.
Un hombre.-El
trabajo que el patrón te manda a hacer se tiene que hacer; porque
ustedes saben, si no lo hacemos Nosotros no mandamos; quienes mandan son
ellos. Si te dan una tarea, hay que hacerla.
Un hombre.-Estoy
aquí esperando que un día pueda tener un pedacito de tierra para
terminar mi vida así en el campo, para que yo pueda llenarme la barriga
y la barriga de mis hijos y de mis nietos, que viven aquí conmigo.
¿Será que hay algo
más?
Fin del
documental.
Nadie más
agradecido que yo por este testimonio y la presentación de María Luisa,
cuya síntesis acabo de elaborar. Me conducen a los recuerdos de los
primeros años de mi vida, una edad en que los seres humanos suelen ser
sumamente activos.
Nací en un
latifundio cañero, de propiedad privada, rodeado al norte, el este y el
oeste por grandes extensiones de tierra propiedad de tres
transnacionales norteamericanas que, en conjunto, poseían más de 250 mil
hectáreas de tierra. El corte era manual, en caña verde, no se usaban
entonces herbicidas, ni siquiera fertilizantes. Una plantación podía
durar más de 15 años. La mano de obra era tan barata que las
transnacionales ganaban mucho dinero.
El propietario de
la finca cañera en que nací era un inmigrante de origen gallego y
familia campesina pobre, prácticamente analfabeto, a quien primero
trajeron como soldado en lugar de un rico que pagó por eludir el
servicio militar y al final de la guerra lo repatriaron a Galicia.
Volvió a Cuba por su cuenta, como lo hizo un incontable número de
gallegos que viajó hacia países de América Latina. Trabajó como peón de
una importante transnacional, la United Fruit Company. Tenía cualidades
como organizador, reclutó un número elevado de jornaleros como él, se
hizo contratista y compró finalmente tierras en la zona colindante al
sur de la gran empresa norteamericana con la plusvalía acumulada. La
población cubana en la región oriental, de tradición independentista,
había crecido notablemente y carecía de tierra; pero el peso principal
de la agricultura oriental, a principios del pasado siglo, caía sobre
esclavos liberados pocos años antes o descendientes de los antiguos
esclavos y sobre los inmigrantes procedentes de Haití. Los haitianos no
tenían familia. Vivían solos en sus míseras viviendas de guano y tablas
de palma, agrupados en caseríos, con la presencia de solo dos o tres
mujeres entre ellos. Durante los breves meses de zafra se abrían las
lides de gallos. Allí jugaban los haitianos sus míseros ingresos, y el
resto lo utilizaban para la compra de alimentos, que pasaban por muchos
intermediarios y eran caros.
El propietario de
origen gallego vivía allí, en la finca cañera. Salía solo a recorrer las
plantaciones y hablaba con todo el que lo solicitaba o deseaba algo.
Muchas veces accedía a las solicitudes, por razones más humanitarias que
económicas. Podía tomar decisiones.
Los
administradores de las plantaciones de la United Fruit Company eran
norteamericanos cuidadosamente seleccionados y bien remunerados. Vivían
con sus familias en regias mansiones, en lugares escogidos. Eran como
dioses distantes, que los hambrientos trabajadores mencionaban con
respeto. No se les veía nunca en los cortes, donde actuaban los
subordinados suyos. Los dueños de las acciones de las grandes
transnacionales vivían en Estados Unidos o en cualquier parte del mundo.
Los gastos de las plantaciones estaban presupuestados y nadie podía
elevarlos un centavo.
Conozco muy bien
la familia del segundo matrimonio del inmigrante de origen gallego con
una joven campesina cubana muy pobre que, como él, no pudo asistir a una
escuela. Era muy abnegada y sumamente consagrada a la familia y a las
actividades económicas de la plantación.
Los que en el
exterior lean estas reflexiones por Internet se sorprenderán al conocer
que ese propietario era mi padre. Soy el tercer hijo de los siete de ese
matrimonio, que nacimos en la habitación de una casa de campo, muy lejos
de cualquier hospital, asistidos por la misma partera, una campesina
dedicada en cuerpo y alma a su tarea, que solo contaba con sus
conocimientos prácticos. Aquellas tierras fueron todas entregadas al
pueblo por la Revolución.
Solo me resta
añadir que apoyamos totalmente el decreto de nacionalización de la
patente a una transnacional farmacéutica para la producción y
comercialización en Brasil de un medicamento contra el SIDA, el
Efavirenz, de precio abusivamente alto —igual que otros muchos—, así
como también la reciente solución mutuamente satisfactoria del diferendo
con Bolivia sobre las dos refinerías de petróleo.
Reitero que sentimos
profundo respeto por el hermano pueblo de Brasil.
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