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. La antigua/nueva guerra en el Cáucaso: continuidades y rupturas en el actualconflicto en Chechenia- Gonzalo Pablo Iraolagoitia

02 - Nina Bachkatov - El episodio, presentado como parte de ese combate internacional, permitió una radicalización del discurso del gobierno y del sentimiento popular, a cuyo favor Putin reasegura su impunidad en la política con los chechenos, a riesgo de realimentar el radicalismo musulmán.
 

La decisión que tomó el presidente ruso Vladimir Vladimir Putin, tras los atentados del 11 de setiembre de 2001, de participar en la coalición internacional contra el terrorismo, dio comienzo a una partida de ajedrez a escala planetaria. Al cabo de un año, y sobre todo después de la toma de rehenes en Moscú el 23 de octubre pasado, el mandatario enfrenta el desafío de conservar las ventajas logradas.

Abandonando la psicología de la “guerra fría”, Putin consiguió reintroducir a su país como actor internacional y fuente de soluciones alternativas, según lo demuestra su colaboración con Francia para modificar el texto de la resolución de las Naciones Unidas sobre el desarme de Iraq.

No es azaroso que esa colaboración se haya desarrollado fuera del marco de la Unión Europea (UE). En efecto, la relación entre Bruselas y Moscú padece al mismo tiempo la preocupación de los Quince por preservar la relación transatlántica (“todos somos estadounidenses”) y los bloqueos internos de la burocracia europea. Por otra parte, la décima cumbre Rusia-UE, reunida en Bruselas el 11 de noviembre pasado, ilustró una vez más la dificultad de la UE para construir un modo de relación con un gigante europeo que, sin ser candidato, no está dispuesto a pasar bajo las horcas caudinas de la “experiencia comunitaria” o a aceptar las sutilezas burocráticas que en Bruselas pasan por ser el colmo de la sagacidad geoestratégica.

En contrapartida, el terrorismo permitió encontrar un lenguaje común en esa cumbre y prever formas de colaboración, en especial el intercambio de información. Esta era también una manera indirecta de hablar de Chechenia, que contrariamente a ciertas afirmaciones, nunca estuvo ausente de los encuentros entre europeos y rusos. ¿Cómo explicar, si no, la irritación de los rusos, confrontados reunión tras reunión a las protestas sobre la brutalidad de las fuerzas federales y a los llamados a una solución política?

Pero las actas ilustran los beneficios acumulados por Putin en la encrucijada del internacionalismo y el nacionalismo. No sólo ya nadie discute la versión de Moscú según la cual Chechenia es un problema interno; tampoco se discute que haya que abordarlo dentro del marco de la lucha contra el terrorismo internacional. El último casete atribuido a Osama Ben Laden, difundido el 13-11-02, que incluye la toma de rehenes de Moscú entre las victorias de Al-Qaeda contra Estados Unidos y sus aliados, representa una bendición para el Kremlin. Antes de eso, habíamos podido leer las estridentes declaraciones de los sitios de Internet chechenos, que reivindican su vinculación con los talibanes y grupos extremistas político-religiosos. También la información aparentemente recogida en Georgia –con el acuerdo de Moscú, en la huella de la nueva cooperación antiterrorista– por las tropas especiales estadounidenses (1), y los testimonios de vinculaciones con Al-Qaeda que aportaron los acusados del proceso de Hamburgo.

El 11 de septiembre ruso

El presidente Putin se puso el traje de George W. Bush para bosquejar el cuadro apocalíptico de un mundo librado al terror ciego y para pedir el apoyo del “mundo civilizado” en su lucha contra el terrorismo. Para él, la guerra en Chechenia representa la participación rusa en ese combate internacional: según el ejemplo de Estados Unidos, la amenaza terrorista le da derecho a intervenir preventivamente y fuera de su territorio. El poder puso en marcha una política de “afganización” de Chechenia, copia de la intervención de Estados Unidos en Kabul: también los rusos buscan un Hamid Karzai cuya nominación sería aprobada por una asamblea popular, seguida de un referéndum sobre la nueva constitución, y de elecciones.

Percibida y presentada a la opinión pública como el 11 de setiembre ruso, la toma de rehenes de octubre de 2002 radicalizó aún más tanto el discurso oficial como el sentimiento popular. Vimos al jefe del Kremlin adoptar el “quien no está con nosotros está en contra de nosotros” del presidente Bush, y a su Ministro de Defensa Igor Ivanov declarar : “Nuestras relaciones bilaterales dependerán cada vez más de la posición que adopte cada país frente al problema del terrorismo” (2).

A pesar de sus acentos “bushescos”, el amo de Rusia sabe que la debilidad económica, política y militar de su país le impone límites que Estados Unidos no tiene. De modo que la guerra en Chechenia tiene su precio, pese al contexto antiterrorista, como descubrió Putin durante la última reunión UE-Rusia: por temor a comprometer el aspecto de “cooperación antiterrorista” de la cumbre, tuvo que hacer concesiones sobre la cuestión de Kaliningrado: aunque durante meses el Kremlin y toda la clase política rusa habían repetido que “el derecho de un ciudadano ruso a circular libremente por todo el territorio de la Federación no puede depender de la buena voluntad de una potencia extranjera”, Moscú debió admitir la norma de un documento de circulación emitido por Lituania, una forma de visa.

Si el aval internacional permite marginar aún más a quienes se oponen en Rusia a la política del Kremlin en Chechenia y el norte del Cáucaso, a nivel interno esa cruzada “contra el terrorismo internacional” adoptó acentos antimusulmanes no exentos de riesgo para la cohesión de la Federación Rusa. En medio de las repercusiones del 23 de octubre, eminentes orientalistas rusos temen que el alineamiento de su país con una “cruzada” contra el islam militante, con sus inevitables amalgamas, introduzca una grieta dentro de la multicultural sociedad rusa (3). En particular, temen que la actual violencia verbal radicalice a los jóvenes musulmanes rusos, del mismo modo que la violencia armada radicalizó a los chechenos. De modo que el éxito de los dirigentes rusos no es total.

Otro sector donde se cruzan política nacional e internacional es la energía. En abril de 2002, el ministro de Relaciones Exteriores Igor Ivanov había formulado la famosa “diplomacia del petróleo” en una nueva publicación rusa, World Energy Policy. Según él, gracias a sus recursos el país tiene una diplomacia de la energía. Rusia, con su mezcla de “recursos naturales, base industrial, potencial intelectual y participación en el G-8”, puede ocupar un lugar preferencial en la escena internacional.

Esta convicción se fortaleció cuando Rusia, nueva aliada en la lucha antiterrorista, afirmó su independencia respecto de la Organización de los Países Exportadores de Petróleo (OPEP), negándose a reducir su producción. Al hacerlo, había percibido muy bien el deseo de Estados Unidos de desarrollar una red alternativa de aprovisionamiento a fin de disminuir su dependencia de los países del Golfo. Cuanto más se agravaba la crisis de Iraq, más se alejaban las posibilidades de paz entre israelíes y palestinos, y más ancló en la política del presidente Bush la voluntad de encontrar otros proveedores.

Diplomacia del petróleo

Los rusos esperaban, concientes de que pese a todos sus problemas y la limitada atención de los inversores estadounidenses, representaban en esta búsqueda la fuente de aprovisionamiento más estable. Luego de una serie de aperturas técnicas (entre ellas la propuesta de LukOil de construcción de una terminal para petroleros gigantes en Mursmansk, con el fin de transportar su petróleo a Estados Unidos), la “diplomacia del petróleo” se lució por primera vez en el Forum de la Energía de Houston, el 1 y 2 de octubre pasados, cuyo principio había sido adoptado en la cumbre Bush-Putin de mayo de 2002.

Esta reciente alianza petrolera desempeñó un rol no desdeñable en el alivio de las tensiones que afectan a la relación bilateral ruso-estadounidense. El ejemplo más llamativo es el de Georgia donde, a fin de cuentas, los estadounidenses realizan el “trabajo” que los rusos no pueden hacer por sí mismos, política y militarmente. Washington heredó incluso la docena de combatientes detenidos en la frontera entre Georgia y Chechenia, evitándole a Moscú la organización de un proceso que habría podido servir de pretexto a otra toma de rehenes.

Esta diplomacia suscitó críticas de un sector de las élites políticas rusas, irritadas no sólo por haber sido marginadas de la decisión post-11 de setiembre, sino también por considerar excesivas las concesiones: desde el aval al desembarco de tropas estadounidenses en Asia Central y Georgia al cierre de bases militares rusas en Cuba y Vietnam, sin olvidar la muerte del tratado ABM. A este sector de la élite no le convence la posición oficial según la cual es preferible sacar provecho de las concesiones libremente consentidas antes que librar combates perdidos de antemano. No están conformes con su pérdida de influencia en la política exterior, comparada con la que tenían bajo el gobierno de Boris Yeltsin. Al mismo tiempo, saben que si Putin pudo reaccionar tan rápido al 11 de setiembre, fue porque hizo pocas consultas.

Ante todo, el Presidente ruso quiere sacar provecho de sus nuevas relaciones con los occidentales para progresar en el camino trazado desde hace dos años. Desprovista de toda preocupación ideológica, su política exterior apunta prioritariamente a crear condiciones favorables al desarrollo económico. Razón por la cual Moscú puede tragar sapos con tal de que mientras tanto esas concesiones le permitan reconstituir in fine sus fuerzas.

En tanto Putin consiga demostrar que su política de participación en la coalición antiterrorista favorece el desarrollo del país y que además la población se beneficia con el consiguiente boom económico, podrá sobrellevar las críticas y continuar capitalizando el viraje político asumido el 11 de septiembre de 2001. 
 

1 El 27-5-02, en Tbilissi, una ceremonia marca el inicio oficial de la operación “Train and Equip”. Semanas después, las autoridades de Georgia reconocieron la presencia de combatientes chechenos en su territorio, al cabo de dos años de negarla.

2 Izvestia, Moscú, 4-11-02.

3 Véase por ejemplo Evgeni Primakov, “La guerre avec l’Islam peut éclater la Russie”, Izvestia, Moscú, 5-11-02. N.B.
 

La antigua/nueva guerra en el Cáucaso: continuidades y rupturas en el actual conflicto en Chechenia - Gonzalo Pablo Iraolagoitia

“Qué energía y qué fuerza vital!

–me dije pensando en lo que me

había costado arrancar el cardo-

Qué cara ha vendido su vida!

Cuánto ha luchado para defenderla!”

Lev Tolstoy –Hadji Murat-

 

El presente trabajo tiene como objetivo analizar el actual conflicto en Chechenia desde una dimensión económico–estratégica, centrándose en tres ideas–guías fundamentales: la primera queda resumida en el título, es decir busca detectar cuáles son los elementos que imprimen a las dos guerras de fines de siglo XX un carácter, por un lado novedoso y por otro persistente con respecto a los conflictos en los siglos anteriores; la segunda idea plantea ampliar la relación dual de actores inmersos en el drama (rusos y chechenos) marcando el riesgo de tal concepción de caer primero en un determinismo histórico y segundo, en un “olvido” de otro protagonista tan importantes como los dos anteriores; finalmente, y muy relacionado con esta segunda idea–guía surge el problema de la “escala” del conflicto y la consecuente necesidad de ampliar el reducido marco regional hasta darle dimensiones internacionales

Constituye un tópico recurrente, por parte de analistas y de especialistas, a la hora de explicar el actual conflicto en Chechenia, el remontar el curso de la historia unos 200, 300 y hasta en algunos casos extremos, 400 años (*)

     
En efecto, Abdurrahmán Encinas y Moral, comienza un interesante artículo suyo, afirmando lo siguiente:

 

“Los prolegómenos del actual conflicto ruso–checheno habría que situarlos en el nombramiento del general A.P. Yermólov como jefe militar supremo del ejército ruso del Cáucaso y embajador en Irán por el zar Alejandro I a comienzos de mayo de 1816. Este nombramiento fue motivado porque este militar ruso no simpatizaba con la política reaccionaria de Arakchéyev, favorito del zar.”[1]

 

      Siguiendo una misma lógica discursiva, Vicken Cheterian, plantea que el segundo conflicto que estalla el 1º de octubre de 1999

 

“...se inscribiría, como hemos oído en más de una ocasión, en el marco de las hostilidades ruso–chechenas, que se remontan a doscientos años o más”[2]

      Sin embargo, el autor nos previene ante semejante afirmación cuando postula que

 

“Se trata de un análisis erróneo y peligroso al mismo tiempo, pues introduce una visión determinista de la historia, que pretende situar a rusos y chechenos en estado de guerra permanente”[3]

 

      Esta advertencia no podría haber sido más precisa, sobre todo porque de ella se pueden extraer dos conclusiones básicas. La primera está contenida en la cita: durante los siglos XVIII y XIX, Rusia no se enfrentó únicamente contra el grupo étnico de los chechenos, sino que luchó contra un frente de resistencia de los pueblos caucásicos, liderados por Shamil, un avaro originario de Daguestán, que con posterioridad pasó a constituir la galería de héroes nacionales de la resistencia chechena. Este frente estaba constituído, a su vez, por cherkeses, ossetios, lesguienos, abkazios, lazo–mingrelienos, ávaros, georgianos, armenios, kabardinos, etc. Pueblos que han conservado, hasta el día de hoy, sus tradiciones, cultura y espíritu combativo, aunque no todos se hayan rebelado contra Moscú a partir de los años 90.

      La segunda conclusión, resulta capital a los fines del presente trabajo. Una perspectiva del actual conflicto que postule una relación antitética y binaria entre rusos y chechenos o, en su defecto, entre rusos y caucasianos, resta importancia y/o excluye a otro actor cuyos intereses lo lleva a operar en forma directa y muchas veces sin tapujos en esta rica región delimitada por los mares Negro y Caspio.

      Esta es efectivamente una vieja guerra de larga data que a lo largo de los siglos se ha venido desarrollando interrumpidamente; pero, a su vez, es una guerra nueva, en cuya dimensión económico–estratégica aparece como factor determinante el problema del petróleo y el control sobre este recurso y sobre las vías de transporte tanto del mismo como del gas natural. Esta circunstancia conlleva la necesaria ampliación del reducido marco binario ruso–checheno para incluir en el mismo a los Estados Unidos. Un breve análisis de la historia del petróleo en Chechenia servirá para esclarecer este punto.

      Las primeras perforaciones en busca de petróleo en Chechenia comenzaron en 1887, produciéndose anualmente ya para esa misma época alrededor de 1600 toneladas de crudo. En ese mismo año se instalan refinerías de capitales franceses, ingleses y holandeses, entre los que se incluye la Dutch Shell. Para el decenio que va de 1880 a 1890 se construyen en Grozny los primeros oleoductos y gasoductos y se tienden las primeras líneas férreas. Este desarrollo provoca un fuerte proceso migratorio y un gran auge poblacional en la capital chechena que pasa de 12.000 trabajadores para 1906 a 22.000 en 1922. Para esta época de principios de siglo XX, el petróleo del Cáucaso en general comenzaba a ser visto por las potencias mundiales entonces dominantes como un botín internacional, ya que la fuerza económica y militar de una nación se medía por su nivel de acceso a las fuentes petrolíferas. Los intereses extranjeros en la producción rusa eran considerables, constituyendo más de la mitad de las inversiones: se calcula que antes de la Primera Guerra Mundial, el total invertido era alrededor de U$S 214 millones, de los cuales U$S 130 millones correspondían a capitales extranjeros. De esa suma total Gran Bretaña poseía un 60%, controlando el 90% de la producción en Emba y el 50% de la de Grozny. No es un dato para pasar por alto el hecho de que Rusia producía a comienzos de siglo la mitad de la producción petrolífera mundial, viéndose superada por los Estados Unidos, únicamente a partir de los años ’30, período en el que su producción disminuye hasta abarcar solamente un 20% del total mundial. Debido a que el mar Caspio se encuentra encerrado, el petróleo y gas se transportan principalmente a través de oleo y gasodúctos. Durante el período soviético se construyó el sistema de oleodúctos más largo del mundo que se extendía desde Tobolsk, capital de la Siberia occidental, conectando los territorios de la cuenca del Caspio, el mar Negro, Ucrania, el Báltico y los países de la Europa oriental

      La producción chechena alcanzaba para 1915 la cifra de 33.400 barriles de crudo por día, representando el 18% de la producción total de Rusia. En 1932 se elevó al formidable pico de 154.000 barriles de crudo diarios representando el 33% de la producción nacional. A partir de entonces, comenzó un leve declive que se fue acentuando a lo largo de las décadas siguientes a raíz de una combinación de desarrollo productivo en otras zonas y de declive físico de la capital chechena. Según cálculos, antes de la guerra de 1994, Grozny producía 6.500 barriles diarios de crudo. No obstante, los especialistas no están totalmente de acuerdo en cuanto al nivel de reservas en Chechenia: mientras que algunos plantean un agotamiento de sus recursos, otros como Robert Ebel o Gilles Whittell estiman que el nivel de reservas en Chechenia–Ingushetia llegan en el mejor de los casos a 60 millones de toneladas. Estas reservas serían suficientes para abastecer de petróleo crudo en un 50% a la producción del Cáucaso Norte, por un período de 15 años. Sin embargo, y en esto coinciden la mayoría de los analistas, la importancia actual que reviste Grozny está dada por el hecho de ser el centro neurálgico por donde pasa un gran oleodúcto que conecta el puerto de Bakú, en Azerbaiján, con Novorossjsk, el principal puerto ruso en el Mar Negro que comercializa directamente con los mercados occidentales. A su vez, a lo largo de todo el territorio checheno, pero sobre todo, en la zona oriental, es decir desde Grozny hasta la frontera con Daguestán hay 493 pequeñas refinerías, ubicadas en los distritos de Naury (150), Shelkowsky (62), Gudermes (54), Grozny (176), Urus–Martan (16), Shali (35); en tanto que posee, a su vez, 632 grandes refinerías de las cuales el distrito de Nadterechnaya posee 109.

      De esta manera, la mayoría de los expertos coinciden en la importancia estratégica de Chechenia, no sólo por poseer un gran complejo petroquímico, sino por ser además un corredor regional para el transporte del gas y petróleo proveniente de la cuenca del mar Caspio. De allí, el interés y la pugna por parte de Rusia y de los Estados Unidos por el control de los recursos energéticos y de las rutas de exportación y comercialización, en el marco de lo que Ariel Cohen denominó “el gran juego”.

      Una perspectiva que profundice en lo que Nora Sainz Gsell denomina la dimensión económico–estratégica del actual conflicto en Chechenia, brinda la posibilidad de ajustar el foco de análisis y de ubicar la escala de estudio en un macronivel de carácter internacional, sobrepasando, de esta forma, los estrechos márgenes regionales en los que se sitúan la mayoría de los expertos.

      En efecto, las inmensas reservas petrolíferas, estimadas en más de 25 billones de barriles, debajo del mar Caspio y de las ex–repúblicas soviéticas de Kazakhstán, Azerbaiján, Turkmenistán y Uzbekistán, que son similares a las de Kuwait y mayores que aquéllas de Alaska y del Mar del Norte juntas, serán cruciales, según los expertos, a la hora de abastecer a la economía mundial durante todo el siglo XXI. Las pugnas por el control de las reservas, la producción y las rutas de comercialización de los recursos energéticos constituyen actualmente una de las cuestiones más importantes para las cancillerías de las grandes potencias mundiales.

 

“Estados Unidos también está interviniendo en la región del Caspio para establecer una ruta de oleodúctos bajo control norteamericano que recorra Azerbaiján y Georgia, desplazándo[...]cualquier influencia rusa en el Cáucaso y en Asia Central”[4] como contrapartida

 

“Poderosos intereses en Moscú intentan asegurarse que la única ruta para exportar los recursos energéticos euroasiáticos pase por territorio ruso”[5]

 

EEUU necesita asegurarse un acceso libre y sin trabas sobre los campos petrolíferos que permita reducir la dependencia de Occidente del petróleo del Medio Oriente y asegurarse también bajos precios en el suministro. El objetivo está centrado en mantener bajo su control a los ricos estados del Cáucaso y del Asia Central; de lo contrario, Moscú podría obtener un control monopolístico sobre estos vitales recursos energéticos, incrementando de esa forma la dependencia de Occidente.

      Aquellas antiguas repúblicas soviéticas que votaron once años atrás por la disolución de la U.R.S.S y por la independencia de sus países, se encuentran actualmente frente a un constante e ininterrumpido avance por parte de los EEUU y de otras potencias occidentales. El objetivo principal de estos es el de establecer un control norteamericano en la cuenca del Caspio que permita una inversión de multinacionales a gran escala. Un consorcio de once poderosas compañías petroleras controla actualmente más del 50% del total de inversiones de la región entre las que se incluyen: British Petroleum–Amoco, Pennzoil, Chevron, Texaco, Atlantic Richfield, Phillips Petroleum, Exxon–Mobil. A su vez, EEUU está buscando nuevas rutas para el transporte del gas y petróleo a través de una línea que conecte el puerto turco de Ceyhan con el azerbaijano de Bakú y en el que directamente se excluya cualquier tipo de presencia rusa en Azerbaiján.

Este país es junto con Georgia y Kazakhstán uno de los que más dependen económica y militarmente de Washington. Sus enormes reservas lo hacen muy apetecible para los intereses americanos. Por ejemplo, Azerbaiján podría generar, en concepto de beneficios de sus campos petrolíferos, arriba de U$S 2 billones por año.

 El 9 de octubre de 1995, la Azerbaijani International Oil Consortium (AIOC) anunció que, en lugar de seguir el tradicional camino al puerto ruso de Novorossjsk, una cantidad superior a los 80.000 barriles de crudo, se trasladaría bifurcándose a través de dos ramales. La línea del norte iría al mencionado puerto de Novorossjsk a través de la inestable Chechenia; en tanto que la línea del oeste se dirigiría al puerto georgiano de Supsa. Esta decisión fue avalado por la administración Clinton en un claro intento por apartar a Rusia. Actualmente hay en juego un acuerdo por un total de U$S 6 billones entre el gobierno de Azerbaiján y un consorcio de grandes multinacionales entre las que se encuentra la compañía rusa LUKoil. Los ministerios rusos de asuntos exteriores y defensa simplemente se oponen al tratado. Si bien la compañía LUKoil forma parte de este consorcio internacional lo hace solamente en un 10%, contra el 25% reclamado originariamente, en tanto que la mayor parte de los grandes intereses rusos quedan excluídos.

 La meta principal del gobierno moscovita es la de establecer un control total sobre las exportaciones de ese país. Para ello promovió un golpe contra el presidente Abulfaz Elchibei, considerado pro–turco, quien fue derrocado en junio de 1993 por el antiguo jefe de la KGB y miembro del Politburo de Brezhnev, General Heydar Aliev, considerado pro–ruso. Sin embargo bajo Aliev se dio el anuncio de la AIOC, lo que motivó el disgusto de Rusia. Como consecuencia de ello, el Kremlin comenzó a apoyar al “señor de la guerra” Suret Husseinov, quien aparentemente poseía muy buenas conexiones con el ministro de Defensa ruso Pavel Grachev. Entre 1993 y 1995 Aliev sufrió cuatro atentados sin éxito. Al mismo tiempo, Rusia jugó su carta de separatismo étnico al alentar los movimientos nacionalistas de las minorías lesguienas en el norte y talishas en el sur. Esta situación impulsó al ministro de Defensa azerí, Safar Abijev, a solicitar a la OTAN la inmendiata presencia para solucionar el conflicto, lo que de facto implicaría el establecimiento de bases militares en Azerbaiján. El conflicto en Nagorno–Karabakh, ese pequeño enclave armenio en Azerbaiján que se sitúa en una potencial ruta de petróleo del Caspio hacia Turquía, responde a los mismos móviles. En 1992 una gran guerra estalló con los armenios demandando la completa independencia del Karabakh o su absorción por parte de Armenia. Rusia apoyó primero a los azeríes para luego alentar a los armenios de acuerdo a cómo anduviesen sus relaciones con Bakú. El conflicto dejó como saldo un millón de refugiados, principalmente azeríes.

      La república de Georgia, constituye otra pieza clave de este “gran juego”. Para los EEUU es una región estratégica en lo que respecta al transporte de petróleo de mar Caspio hacia Turquía, en tanto que Rusia pretende evitar cualquier acercamiento de Tbilisi con Occidente y circunscribirlo a su propia esfera de dominio. Desde 1991 hasta fines de 1993 Georgia se vió inmersa en una sangrienta guerra civil entre los partidarios de Eduard Shevardnadze y de Zviad Gamsakhurdia. Como consecuencia del apoyo obtenido por parte del gobierno de Moscú, que le dio la victoria sobre su rival, Shevardnadze se vió obligado, contra su voluntad, a ingresar en la Comunidad de Estados Independientes (CEI), en octubre de 1993. En 1995 Moscú presionó sobre el presidente para abortar la construcción de un oleodúcto para el petróleo azerí que pasase por territorio georgiano con destino al puerto de Supsa. La negativa del presidente derivó en un intento de asesinato el 29 de agosto de 1995. Shevardnadze insistió en más de una ocasión que Rusia estuvo detrás del atentado, siendo el principal sospechoso su jefe de seguridad personal Igor Georgadze, quien escapara a Rusia. A pesar de las continuas demandas de extradicción, el Ministerio ruso del Interior se ha negado reiteradamente a ese pedido.

El conflicto de Abkhazia, una región separatista al noroeste de Georgia, que estalló en 1992 y costó la vida a 35.000 personas, tuvo un fuerte apoyo por parte de Rusia hacia esa minoría étnica. El propósito manifiesto era el de debilitar al gobierno de Tbilisi y de apartar los intereses turcos y occidentales de la región, logrando el control del acceso a las vías de transporte de gas y petróleo. Actuando de esta manera, Rusia logró dominar la amplia franja costera de Abkhazia en el mar Negro. Así el gobierno de Moscú protegía sus puertos de Novorossjsk y Tuapse y se acercaba a los importantes puertos georgianos de exportación petrolíferas de Poti, Supsa y Batum.. Sin embargo, el apoyo ruso a los rebeldes tuvo un giro inesperado al estallar el primer conflicto checheno en 1994. Efectivamente, los abkazios son aliados históricos de los chechenos y en su territorio comenzaron a operar campos de entrenamiento para los comandos chechenos. Esto provocó un deterioro en las relaciones entre Moscú y la capital de Abkhazia, Sukhumi, que se expresó en un menor apoyo económico y militar por parte de la primera. Este hecho brindó a Shevardnazde la esperanza de volver a tomar un control más efectivo sobre el territorio rebelde. No obstante, presionado por Moscú, accedió en agosto de 1995 a establecer cuatro bases militares rusas en territorio georgiano, que permitiesen una mayor vigilancia sobre las rutas de salido de los recursos energéticos via el mar Negro. Sin embargo, en Estambul,y bajo los auspicios norteamericanos, en el marco de la cumbre de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), Rusia y Georgia firmaron un apartado en la Conventional Armed Forces in Europe (CFE) por el que Moscú se comprometía a retirar sus ejércitos de Moldavia y sus bases militares de Vaziani y Gudauta de Georgia. Esto exacerbó a la opinió pública rusa que acusa tanto a Georgia como a Azerbaiján de ayudar a los “terroristas” de Chechenia.

 Inmediatamente, y aprovechando la ocasión, el Congreso estadounidense pidió un incremento de la ayuda financiera a Georgia por el término de tres años para

 

“[asegurar]...la integración político–militar de Georgia en la OTAN y en las estructuras occidentales lo más pronto posible”[6]

 

De hecho analistas norteamericanos estiman que Georgia podría generar arriba de U$S 500 millones anuales en concepto de derechos de tránsito. No es sorprendente que el gobierno de Tbilisi firmara, en la mencionada cumbre de Estambul la Declaración de Ankara, por la que se comprometía a apoyar la construcción de un oleodúcto que conecte Bakú con Ceyhan, como así también otros oleodúctos transcaspianos de menor envergadura, con el firme propósito de Washington de desplazar a Rusia de la competencia por el control de estas importantes vías de transporte y de garantizar, asímismo, que la lealtad de Georgia siga inclinándose hacia el Occidente.

      Otro problema de separatismo étnico surgió en la región de Karachay–Cherkessia el 27 de agosto de 1999. Según el historiador Rachid Khatuev, no hay ninguna coincidencia que un movimiento separatista haya estallado en esa zona, justo en el mismo momento en que el gobierno de Moscú haya estado pensando en una vía alternativa a la chechena por esa misma zona. Los cherkeses tienen una larga diáspora mayoritariamente instalada en Turquía, donde poseen una considerable influencia.

      Armenia, es también un punto estratégico para el transporte de gas y petróleo del Cáucaso y constituye un aliado tradicional de Rusia, especialmente a raíz del apoyo brindado por Moscú a los secesionistas en Nagorno–Karabakh. Sin embargo, el acuerdo al que llegó el presidente, Robert Kocharian, que compromete a Armenia, Azerbaiján, Georgia, Turquía, Rusia y EEUU en la cumbre de la OSCE por el que se establece un pacto de seguridad en la Transcaucasia, requiere el retiro de las tropas rusas estacionadas en Armenia, por lo que no sólo debilitaría la tradicional alianza armenio–rusa, sino que además posicionaría a Armenia dentro del campo de sus enemigos tradicionales, entre los que se incluyen Azerbaiján y Turquía.

      Dagestán constituía otra alternativa viable al transporte del petróleo desde que la ruta por Chechenia se encuentra interrumpida. Pero a partir del hecho de que grupos armados chechenos dirigidos por Basayev con el apoyo del jordano de tendencia wahhabbita Khabib Abd Ar–Rahman Khattab invadieran la república en el mes de agosto de 1999 bajo la causa de liberar a sus correligionarios del poder de Moscú y establecer un “Estado islámico”, se generó toda una serie de acusaciones cruzadas en las que Moscú denunció a los EEUU de apoyar el fundamentalismo islámico para debilitar su poder, en tanto que Washington negó tales acusaciones inculpando únicamente al radicalismo wahhabbita. De todas formas, esta invasión añade “el elemento religioso” al nutrido y complejo panorama de análisis, que si bien estuvo históricamente presente en la difícil situación no solo en Chechenia sino también en toda la zona del Cáucaso, adopta a partir de este momento un criterio mucho más definido.*

      Uno de los elementos que tiene EEUU para presionar a Rusia es el de congelar los créditos internacionales. En diciembre de 1999, el Fondo Monetario Internacional anunció que continuaría demorando un préstamo de U$S 640 millones en razón de la violenta segunda campaña contra Chechenia a raíz de la invasión mencionada y de unos  violentos atentados con bombas en Moscú. El vocero del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso defendió la postura adoptada por su país aduciendo que las sanciones económicas son inaceptables desde el mismo momento en que lo que está en juego es la “integridad territorial” de Rusia. Precisamente, este es el principal argumento esgrimido por las autoridades moscovitas para justificar su accionar en toda la región del Cáucaso (no sólo en Chechenia), y es a su vez, el argumento que EEUU quiere desarticular con el firme propósito de eliminar las barreras que le impiden crear economías de mercado libre, con estabilidad jurídica al estilo occidental y mecanismos de pluralismo democrático de representación.

Es así como uno de los mayores objetivos de los EEUU es el de forjar un mercado común en el Cáucaso. En realidad el proyecto no es nuevo, ya que había sido mentado por los británicos a comienzos de los años ’20. Lo que sí es nuevo es el rol que ocupa Chechenia en el tablero de este “gran juego” regional. Según Alexander Ruzsky las relaciones de este país, que jamás ha sido ni política, ni económica ni culturalmente el centro de la región, con Georgia

 

“...se transformaron en un componente clave en el proceso de la realización de la idea de crear un mercado común”[7]

      El autor enumera tres principales factores que conducen este interés. El primero es que Georgia brinda las más convenientes rutas de transporte no sólo para el petróleo azerí, sino también para los inmensamente ricos yacimientos petrolíferos de Tengiz en Kazakhstán, rutas que pasan indefectiblemente por territorio checheno. El segundo es que Georgia es uno de los países económica y culturalmente más desarrollados del Cáucaso y tiene una muy fuerte influencia sobre Occidente debido a la presencia de una rica diáspora en muchos de sus países y tercero porque su presidente Shevardnadze conduce una manifiesta política “antirusa” que según el autor no pueden dejar de impresionar a los chechenos

“...que han declarado un genuina guerra sagrada –jihad– contra ‘lo ruso’”[8]

 

      La construcción de una ruta entre Shatili e Itum Kale que comunica Chechenia con Georgia, constituye el intento más significativo de establecer sólidas relaciones estratégicas entre Grozny y Tbilisi. Para 1998 la sección chechena de la ruta estaba prácticamente completa, en tanto que la georgiana no había comenzado todavía, principalmente por razones financieras*. A lo largo de esta ruta, que conectará Grozny con los principales puertos georgianos del mar Negro y Turquía, se construirá posteriormente un oleoducto que formará un nuevo corredor de gran importancia regional sobre todo para los campos petrolíferos de Tengiz en Kazakhstán, de allí el interés de la diplomacia norteamericana por acercar al gobierno de Alma Ata al bloque occidental. A su vez, durante la cumbre de la OSCE en Estambul, Turquía, Georgia, Azerbaiján y EEUU firmaron un tratado por  U$S 2.4 billones para la construcción del oleducto que comunica Bakú con el puerto turco de Ceyhan. Esta doble tentativa ha sido ampliamente visualizada como una política norteamericana de apartar a Rusia del Cáucaso.

      Rusia necesita una Chechenia pacificada y prorusa para mantener su dominio sobre las rutas de salida de los ricos yacimientos del mar Caspio. El oleoducto que comunica Bakú con Novorossjsk cruza a lo largo de 153 km de territorio checheno, lo que lo transforma en un paso inseguro y poco confiable en la medida en que Chechenia permanezca ingobernable. Al principio el gobierno moscovita trató de negociar con los rebeldes líderes chechenos y luego de duras tratativas se arribó en el 9 de septiembre de 1997 a un acuerdo que permitiese transportar el petróleo azerí a través de la república separatista. El tratado incluía el pago de una determinada suma de dólares en concepto de “derechos de tránsito”. Rusia también debía hacerse cargo del mantenimiento y seguridad del oleoducto; sin embargo los problemas surgieron nuevamente a raíz del accionar de bandas armadas que atacaban, perforaban el oleoducto y robaban grandes cantidades de petróleo. Es como consecuencia de esta situación que surge el proyecto descripto más arriba de construir otro oleoducto en Daguestán, y cuyo fracaso desencadena la ofensiva rusa que da lugar a la segunda guerra chechena.

      No obstante, en su deseo de ser el principal agente de suministro de los recursos energéticos del Cáucaso, y como respuesta al proyecto de construcción del oleducto Bakú–Ceyhan propuesto por EEUU, Rusia acordó junto con los gobiernos de Kazakhstán y Omán la construcción de un gigantesco oleoducto de 1600 km de longitud que comunique los campos petrolíferos de Tengiz con el mar Negro, a través del circuito Tengiz–Atyrau–Komsomolsk–Tikhoretsk–Novorossjsk, conocido como la Caspian Pipeline Consortium (CPC), en el que grandes multinacionales (entre las que se incluyen LUKoil y Chevron con un 60% entre ambas) han invertido fuertes sumas de dinero, transformando el consorcio en el mayor proyecto petrolífero en las antiguas repúblicas soviéticas financiado con capitales privados. Se calcula que esta enorme inversión arrojará la increíble suma deU$S 28.2 millones de toneladas de crudo por año con un máximo de U$S 67 millones. No obstante, las autoridades rusas temen atentados que boicoteen su construcción por parte de grupos separatistas, especialmente de rebeldes chechenos, por lo que la “pacificación” y el dominio ruso sobre la república rebelde del Cáucaso norte constituye actualmente lo que Sainz Gsell denominó el “nudo gordiano” de la diplomacia rusa.

 

Resulta, como consecuencia de lo expuesto a lo largo del trabajo, que Chechenia constituye un pieza más de las tantas que forman parte de ese “gran juego”en el que tanto R            usia como EEUU se disputan el control de las reservas, la producción y las rutas de salida de los recursos energéticos. Esto queda claramente demostrado en la declaración que en 1997 hiciese Madelaine Albright en una reunión de la CIA para tratar el problema del petróleo del Caspio cuando afirmó:

“...tomar el control de esta región será una de nuestras tareas más emocionantes”[9]

 

      De esta manera la pulseada entre Rusia y EEUU está llevando a una conflictividad cada vez mayor que pone seriamente en peligro la paz en la región del Cáucaso.

      A todo esto, cabe preguntarse ¿qué rol juegan los chechenos en este “gran juego” en el que está en disputa su futuro, su seguridad y su integridad como nación?. Vale la pena reproducir, aunque sea un tanto extenso, un pasaje de Hayy Saleh Brandt

 

“¿Cuál fue el acuerdo al que llegaron Clinton y Yeltsin en Estambul?. Los chechenos fueron específicamente excluídos de toda la conferencia. Madelaine Albright le dijo al autor de este informe que estaba demasiado ocupada para ver al Ministro de Asuntos Exteriores checheno, Ilyas Akhmadov; y más tarde, el mismo día, en una cadena de televisión internacional, dijo que le encantaría conocer a los chechenos, pero que no sabía quiénes eran. Robin Cook [...] presume de haber hablado repetidamente con el Ministro de Asuntos Exteriores ruso, pero se ha negado a hablar con los chechenos[…]”[10]

 

      No es que, a lo largo de este trabajo se haya pretendido negarle al pueblo checheno el carácter de actor social de su propio drama. Su accionar ha puesto en jaque en muchas oportunidades a Moscú, quien se ha visto obligada en más de una ocasión, como se puede apreciar a lo largo de este ensayo, a sentarse a negociar con los líderes chechenos hasta encontrar un momento más propicio para iniciar nuevamente una ofensiva. Simplemente se ha querido demostrar que los poderosos intereses internacionales, operan en una macroescala en la que se excluye a aquellos actores directamente implicados y que sufren la tragedia en carne propia, viéndose éstos, así, obligados a intervenir únicamente a través de una escala menor que no le brinda el espacio y el poder suficientes para transformarse en los únicos y verdaderos artífices de su propio destino, cuyo objetivo inmediato sería el de ponerle un fin al infierno que están viviendo. Las cifras de actual conflicto resultan escalofriantes, en los primeros nueve meses de 1999, se calcula que las víctimas oscliarían entre las 50.000 y las 80.000 personas, en tanto que los refugiados se aproximarían a las 400.000 personas.*

      Más allá de los móviles que originan el actual conflicto en Chechenia, que le imprimen un carácter novedoso y que lo diferencian de las anteriores conflagraciones de los siglos, XVII, XVIII y primera mitad del XIX; a lo largo de su historia el pueblo checheno ha sufrido invasiones, vejaciones, violaciones, matanzas, saqueos, deportaciones, destrucciones y sin embargo,  continúa en pie, sin dejarse vencer por el hombre que ha aniquilado a sus hermanos en torno a él.. Este es elemento de continuidad en la historia chechena, una historia de lucha de más de 400 años por la permanencia de un pueblo que, contrariamente al personaje de la historia de Tolstoy, continúa resistiéndose

 

Referencias

Los inicios históricos del conflicto ruso–checheno divide a los analistas: Nora Sainz Gsell tiende a ubicarlos a partir de los años 30 del siglo XIX, la Chechen Republic Online tiende a situarlos para el siglo XVI, al igual que Hayy Saleh Brandt, en tanto que Abdurahmán Encinas y Moral lo ubica a fines del siglo XVIII.

[1] Encinas y Moral, Abdurrahmán, Antecedentes históricos del conflicto ruso–checheno, en http://www.webislam.com/

[2] Cheterian, Vicken, Guerra de desgaste en Chechenia, en Le Monde Diplomatique, Ed. Española, marzo de 2002.-

[3] Cheterian, Vicken, Ibídem.

[4] Pfaff, William, “Nothing Very Romantic About Putin’s Russian Nationalism”, en International Herald Tribune, Feb. 28, 2000, citado en Talbot, Karen, “Chechnya: More Blood for  Oil”,
en
http://www.amina.com/

[5] Cohen, Ariel,  “The Nex ‘Great Game’: Oil Politics in The Caucasus And Central Asia”, en http://www.amina.com/

[6] Nichols, Jim, “Georgia: Current Developments and U.S. Interests”, Congressional Research Service, Updated Jan.27, 2000, citado en Talbot, Karen, Ibídem.

* No corresponde a los límites autoimpuestos por el presente trabajo el estudio de la dimensión religiosa del conflicto; de todas formas los interesados en el tema pueden comenzar el tratamiento de la problemática partir de dos artículos contrapuestos: Hayy Saleh Brandt, “Análisis de la situación Chechena: ¿Realmente quiere Occidente parar esta guerra?”, en http://www.webislam.com/; desde una óptica distinta ver Malashenko, Alexei, “Du Daghestan à la Tchétchénie, escalade militaire et «péril islamique»”, en http://www.mondediplomatique.fr/  David Damrel hace también un excelente análisis histórico–religioso que amplía el espectro de análisis, ver Damrel, David, “The Religious Roots of Conflict. Russia and Chechnya”, en www.iol.ie

[7] Ruzsky, Alexander, “Why Should Chechnya Need a New Oil Pipeline?”,
en
http://www.amina.com/

[8] Ibídem

* Se carecen de datos con relación al estado actual de la ‘sección georgiana’ de la ruta.

[9] Citado en Saleh Brandt, Hayy, “Análisis de la situación Chechena: ¿Realmente quiere Occidente parar esta guerra?”, en http://www.webislam.com/ -

[10] Ibídem.-

* No hay datos certeros del número de víctimas en los últimos tres años


 

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