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240610 -
Oscar Guisoni - Tanto British Petroleum como su asociada, la estadounidense
Halliburton, han protagonizado accidentes y componendas con el
poder político; ahora confían en que sus amigos en Washington
les salven el pellejo.
Los ecosistemas de Louisiana y Florida han sido los más
afectados con el derrame petrolero. Miles de aves han resultado
seriamente dañadas.
Mucho antes de llamarse British Petroleum (BP), una operación de
lavado de imagen que de poco le ha servido, la petrolera
ostentaba un nombre mucho más prosaico y revelador de sus
orígenes: Anglo Iranian Oil Company, o simplemente AIOC, a
secas. Acostumbrada a sacar tajada de sus contactos con el poder
político y a inmiscuirse en los asuntos internos de los países
en los que opera, la petrolera inglesa tiene tras de sí un
profuso prontuario en el que abundan golpes de Estado, negocios
turbios, pueblos contaminados y accidentes que se podrían haber
evitado si la seguridad fuera su norte y no el afán de obtener
la mayor cantidad posible de beneficios económicos.
Su socio en las operaciones de extracción en el
Golfo de México,
la estadounidense Halliburton, no se queda atrás a la hora de
mostrar su currículum delictivo. Ambas empresas han provocado el
mayor desastre ecológico desde que existen los océanos y en esta
historia, negra como el petróleo, se encuentran también las
claves de la tragedia reciente, de lo mucho que se podría haber
hecho para evitarla y el por qué no se hizo.
UNA EMPRESA DEL IMPERIO
No habían pasado 40 años desde que el estadounidense Edwin Drake
extrajera el primer barril de petróleo de la historia cuando un
británico acaudalado y aventurero llamado William Knox D’Arcy,
fascinado por las predicciones de un ignoto geógrafo francés
sobre la posibilidad de que se encontraran yacimientos en
Persia, se lanzara en busca del oro negro.
A precio de gallina muerta —20 mil libras y 16 por ciento de las
futuras ganancias durante 60 años— Knox obtuvo del Gran Visir
persa la concesión para explorar una superficie equivalente a 80
por ciento del actual Irán. Corría el año 1901 y los primeros
resultados hicieron temer a Knox un fracaso, pero el 26 de mayo
de 1908 la fortuna le sonrió cuando se descubrieron los grandes
pozos de Masgid Soliman. El petróleo brotaba a menos de 15
metros bajo el suelo y la historia del país estaba a punto de
cambiar para siempre.
Ante la magnitud del descubrimiento se pone en pie en Londres la
Anglo-Persian Oil Company (que en 1935 cambiaría de nombre a
Anglo Iranian Oil Company y en 1954 a British Petroleum Company).
El gobierno no tarda en adquirir 51 por ciento de las acciones,
con lo cual la AIOC se transforma en una empresa del imperio.
Pronto empiezan los problemas políticos: a principios de los
años veinte llega al poder Reza Khan, un oscuro militar y ex
ministro de Guerra en Irán que no duda en proclamarse Sha e
inaugurar una turbia dinastía.
Siguiendo los pasos del nacionalista turco Ataturk, el nuevo Sha
limita los contratos, sube las regalías y le prohíbe a la
empresa construir oleoductos, pero ya es demasiado tarde. El
negocio es tan magnífico que la AIOC se ha vuelto un estado
dentro del estado, tiene barcos y una línea aérea propia, un
gobierno con funcionarios y jurisdicción territorial y en
algunos sitios hasta se da el lujo de pagar los impuestos
directamente a los jefes de las tribus en las que se encuentran
los yacimientos antes que al gobierno iraní.
En 30 años sus beneficios multiplicaron por 25 la inversión
inicial y el estado inglés había recibido más dinero en
impuestos de la Anglo Iranian que el propio gobierno persa.
Con la llegada de la Segunda Guerra Mundial, Reza Khan jugó sus
fichas con Hitler y perdió. Con el Sha obligado a abdicar en
agosto de 1941, Irán se transformó en un poco encubierto
protectorado británico en manos de su hijo, Reza Pahlevi, un
fiel colaborador de los Aliados.
Pero a principios de la década de los cincuenta irrumpe en la
vida política el nacionalista Mohammad Mossadeq, que se
transforma en primer ministro y nacionaliza el
petróleo,
acabando con la AIOC, a la que denomina “la fuente de todas las
desventuras de esta torturada nación”. La petrolera no se queda
con los brazos cruzados y rápidamente comienza la labor de
desestabilización del nuevo gobierno.
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Arriba, de izquierda a
derecha: George W. Bush, ex presidente de Estados Unidos,
con Dick Cheney, ex vicepresidente; Leon Panetta, director
de la CIA; Christine Todd Whitman, ex administradora de la
EPA; abajo: Tom Daschle, ministro de Salud Pública y George
Mitchell, enviado de Obama a Medio Oriente. Fotos: Spencer
Green/ AP y Archivo. |
Con la colaboración de la CIA, comandada en esos años por Allen
Dulles, se pone en marcha un golpe de estado que acaba con la
destitución de Mossadeq en 1953, luego de un baño de sangre que
cuesta la vida de al menos 300 personas. El Sha impone entonces
una violenta dictadura, asesina a los enemigos políticos de la
compañía y restituye a la futura BP parte de su poderío, ya que
las compañías estadounidenses se quedan con parte de la torta. El
episodio es tan traumático que sienta las bases de un profundo
descontento popular que tendrá su punto culminante 26 años
después, cuando en 1979 la revolución islamista derroca al Sha
expulsando a la compañía definitivamente del país.
BP, mientras tanto, ha extendido sus tentáculos por todo Medio
Oriente, y teje y desteje en la siempre complicada política
regional que late al ritmo del petróleo. Hasta su privatización
en 1976 la petrolera no deja de ser un ariete de los intereses
de la Corona británica.
Ya transformada en compañía privada no pierde los vínculos
políticos y con la llegada de los neoconservadores de Ronald
Reagan al poder en Estados Unidos, consolida su influencia sobre
ese gobierno. Mientras tanto, su prontuario se mancha con el
apoyo descarado al apartheid sudafricano, suministrándole
hidrocarburos a su ejército racista.
Durante las últimas décadas, BP afina su puntería política. En
Colombia la denuncia en 1997 Amnistía Internacional por
perseguir a “miembros de las comunidades locales implicados en
protestas legítimas contra las actividades de las compañías
petroleras”, aliada con paramilitares y fuerzas policiales que
previamente han sido entrenadas en contrainsurgencia por la
Defense Systems Limited, una empresa de seguridad privada
contratada por la petrolera para que cuide de sus instalaciones.
Su última operación política de envergadura fue la participación
en el golpe de estado de 1993 que desalojó del poder en Baku al
presidente elegido democráticamente Abulfaz Elchibey para poner
al frente de Azerbaijan al ex responsable del KGB soviético,
Heydar Aliev, otro dictador sangriento incorporado al catálogo
de amigos de la vieja Anglo Iranian.
Con Reagan en el poder se comienza a regalar a las petroleras
una legislación que les permite bajar costos gracias a menores
exigencias en su política de seguridad y medio ambiente. El
punto culminante de esta tendencia política lo llevará a la
práctica George Bush hijo a partir de 2000: bajo su
administración se le pone incluso un techo legal de 75 millones
de dólares a las indemnizaciones que las empresas del sector
deben pagar ante eventuales catástrofes ecológicas.
Ante semejante desatino, la política de BP había sido simple:
para qué gastar fortunas en seguridad si una catástrofe cuesta
moneditas. Sin embargo, Barack Obama consiguió que British
Petroleum pague 20 mil millones de dólares destinados a un fondo
para compensar a las víctimas.
Arriba, de izquierda a derecha: George W. Bush, ex presidente de
Estados Unidos, con Dick Cheney, ex vicepresidente; Leon Panetta,
director de la CIA; Christine Todd Whitman, ex administradora de
la EPA; abajo: Tom Daschle, ministro de Salud Pública y George
Mitchell, enviado de Obama a Medio Oriente. Fotos: Spencer Green/
AP y Archivo.
Los resultados saltan a la vista: en 1991 un estudio del Citizen
Action de Washington, basado en los análisis de la Agencia para
la Protección del Medio Ambiente, colocaba a BP entre los 10
principales grandes contaminadores del país.
En la última década la empresa trata de lavarse la cara, sobre
todo luego de la gigantesca catástrofe que tiene lugar en Texas
en 2005, cuando la explosión de una de sus refinerías deja 15
trabajadores muertos, 180 heridos y 43 mil personas desplazadas.
La investigación concluye que las explosiones fueron causadas
“por las deficiencias de la empresa en todos los niveles”, pero
altos funcionarios del Departamento de Estado impidieron que la
sangre llegara al río. La empresa terminó pagando una multa
irrisoria de 50 millones de dólares.
Los amigos políticos valen su peso en oro. Incluso ahora, con la
llegada de la administración Obama, menos propensa a los cantos
de sirena de la industria petrolera y ante el aprieto en el que
se encuentra la empresa por lo ocurrido en el Golfo de México,
BP sigue teniendo en su agenda personajes poderosos a quienes
recurrir si hace falta.
Según la revista Newsweek, el actual director de la CIA, Leon
Panetta; el enviado de Obama a Medio Oriente, George Mitchell;
el actual Ministro de Salud Pública, Tom Daschle, y la ex
administradora de la EPA, Christine Todd Whitman, son sólo
algunos de los personajes influyentes que mantienen vínculos con
la empresa. Resta por ver si semejante lobby alcanza para
salvarle el pellejo ante el mayor desastre ecológico que ha
tenido que enfrentar la compañía en toda su historia.
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La explosión de una refinería
de BP en Texas, en marzo de 2005, causó graves daños humanos
y materiales. Foto: Brett Coomer/ AP |
HALLIBURTON: GUERRA Y NEGOCIOS
Asociada a BP en la tragedia que contamina las aguas del océano
Atlántico desde hace ya más de ocho semanas, se encuentra otra
empresa con un prontuario de solera. Conocida por su amplia
participación en la guerra de Irak y por ser la compañía que
dirigió antes de llegar al gobierno el ex vicepresidente
estadunidense Dick Cheney, Halliburton es hoy la principal
compañía de servicios petroleros de Estados Unidos y la quinta
mayor concesionaria militar del Pentágono.
La empresa responsable de colocar el sellado de cemento que
falló en el pozo petrolero abierto en el Golfo tiene unos 10 mil
trabajadores en todo el mundo y gana más de 15 mil millones de
dólares al año. Hasta la llegada de George Bush hijo al poder,
era una compañía importante pero ignota. Pero la elección de
Dick Cheney, su ultraconservador consejero durante los años
noventa, como vicepresidente, le dio la oportunidad de saltar en
el ranking de un modo vertiginoso.
En su brillante libro El ejército de Halliburton, el periodista
estaduniense Pratap Chatterjee, editor de Corp Watch y habitual
colaborador de Democracy Now! narra el ascenso de la compañía
hasta transformarse en el mayor gigante empresarial en la
gestión de la guerra, y deja en claro que la empresa es un
producto directo de la privatización de la defensa militar
puesta en marcha por el gobierno estadunidense en las últimas
décadas.
Para investigar a Halliburton, Chatterjee se hizo accionista de
la compañía, lo que le permitió denunciar con conocimiento de
causa desde los bochornosos contratos conseguidos sin licitación
para reconstruir Irak —miles de millones de dólares que nadie
sabe muy bien cómo han sido utilizados— hasta la increíble red
de sobornos, comisiones y fraude que involucra a empleadores y
subcontratistas de la empresa en Irak y Kuwait, pasando por las
enormes negligencias que han tenido como resultado la muerte de
civiles estadunidenses, nacionales y extranjeros en el país
ocupado por el ejército de Bush en 2003.
Por si fuera poco, Halliburton ha sido denunciada por practicar
el tráfico de seres humanos para llevar trabajadores baratos a
Irak, utilizar un sistema de castas para pagar a los
trabajadores de acuerdo a su nacionalidad y armar groseros
sobrecostos junto a las compañías subcontratadas, que terminan
inflando las cuentas que cobran mensualmente al Pentágono para
gestionar la guerra. Entre otros honores, la compañía ostenta el
récord de ser una de las que menos personal sindicalizado emplea
en su propio país.
Pero el ascenso de Halliburton a las grandes ligas comenzó en
realidad en 1992, cuando Cheney era secretario de Defensa del
gobierno de Bush padre. Un informe confidencial elaborado por el
Pentágono cita a la compañía como una de las empresas que puede
servir como apoyo logístico para las tropas estadunidenses en
zonas de guerra. Poco después Halliburton se hace con un jugoso
contrato para operar en Los Balcanes, negocio que le proporcionó
cerca de dos mil 200 millones de dólares.
Cuando Cheney abandona el gobierno se transforma en CEO de la
empresa. Bajo su batuta la compañía trepa del puesto 73 al 18 en
la lista de proveedores del Pentágono. Se mancha las manos en un
oscuro episodio cuando le vende al coronel Gadafi seis
generadores de impulsos de neutrones, violando el bloqueo
impuesto por EU a Libia. El incidente se arregla entre amigos, y
Halliburton paga una ridícula multa de 3.8 millones de dólares.
En 1996 la CEM, filial europea de la empresa, se suma a la
construcción de un gasoducto en Birmania, un país gobernado por
una cruel dictadura militar. Las organizaciones de derechos
humanos no tardan en denunciar a Halliburton por usar mano de
obra esclava, mientras proliferan los informes que hablan de
torturas, violaciones y asesinatos perpetrados por las empresas
de seguridad privada contratadas por la compañía.
En 1997 Cheney contribuye a la creación de un influyente grupo
de pensamiento ultraconservador denominado Proyecto para el
Nuevo Siglo Americano, una organización que propugna el
derrocamiento de Saddam Hussein y que luego habrá de revelarse
como una auténtica máquina intelectual a la hora de promover la
invasión al país mesopotámico aunque, a pesar de la prohibición
explícita de la administración estadunidense, Halliburton usa
sus filiales extranjeras para otros negocios con el dictador
iraquí. En esos años también hace negocios en África, ganando
jugosos contratos en Angola y Nigeria. Entonces el Congreso
estadunidense la acusa de haber sobrefacturado trabajos en
Kosovo, pero el asunto acaba en nada.
El 22 de mayo de 2002, con Cheney ya en el poder, un artículo de
The New York Times denuncia que la empresa infló artificialmente
el precio de sus acciones, lo que motivó una investigación de la
SEC (Securities and Exchange Commission), pero allí tampoco pasa
nada. Ese mismo año gana un contrato para suministrar servicios
de apoyo militar en Uzbekistán, gobernado por Islam Karimov,
otro sangriento dictador poscomunista.
En agosto, el escándalo en torno a la empresa crece cuando se
descubre que mantiene filiales en paraísos fiscales como las
Islas Caimán, para eludir impuestos. Aun así, continúa ganando
contratos para el Pentágono. Como no podía ser de otra manera,
culmina el año anunciando un jugoso negocio en el recién
invadido Afganistán, para cubrir los servicios de las tropas
asentadas en Kandahar y Bagram.
En 2004, en un arranque de delirio de grandeza, la compañía
anuncia que pretende perforar nada menos que en Marte con dinero
de los contribuyentes estadunidenses, mientras que un juez en
París comienza a investigar a Cheney por los pagos de sobornos a
funcionarios nigerianos para obtener la construcción de una
planta de gas. Con el final de la era Bush, la empresa pierde un
poco de su protagonismo mediático, pero no deja de recibir
denuncias por sus malas prácticas en diferentes lugares del
planeta.
Con la administración Obama sigue siendo una de las grandes
contratistas de defensa. El desastre ecológico provocado en el
Golfo de México debido a su ya famosa válvula de cemento
defectuosa es apenas una mancha más en un prontuario repleto de
episodios oscuros. Al igual que ocurre con BP, Halliburton ahora
confía en que sus amigos políticos en Washington le terminen
salvando el pellejo. Y hasta se ha dado el lujo de echarle toda
la culpa a la petrolera inglesa por lo sucedido -
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