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. La trampa mortal de la Revolución Verde

191210 - Manuel Casal Lodeiro - Consecuencias de la dependencia del petróleo en la agricultura

 

Se denomina peak-oil (cénit, techo o pico del petróleo, en castellano) al momento en que la producción mundial de petróleo alcanza su máximo y comienza su declive irreversible: cada año se producirá menos petróleo. O deberíamos decir en rigor se extraerá, ya que el petróleo no se produce en el sentido en que podemos producir patatas o zapatos, ya que es una sustancia que se formó en la corteza del planeta hace millones de años y que los humanos no podemos producir. No existe un consenso sobre cuándo llegaremos a ese punto: las opiniones son diversas entre los estudiosos y no se podrá comprobar hasta varios años después de producirse el techo. Según las fuentes que considero más fiables —por prestigio e independencia con respecto a gobiernos y multinacionales petroleras— o bien lo acabamos de pasar o bien estamos a punto de hacerlo en los próximos años.

 

La fecha exacta en realidad no tiene demasiada relevancia: la cuestión realmente crítica es que es un hecho irreversible que tenemos encima en términos históricos y que sus consecuencias en todas las esferas de las actividades humanas a nivel planetario serán desastrosas. Lógicamente el impacto será mayor en aquellos sectores más dependientes de esta sustancia tan especial, este verdadero tesoro geológico que tardó millones de años en formarse y que estamos dilapidando en apenas 150 años, revirtiendo de paso de manera suicida el proceso de secuestro de carbono que realizaron las algas prehistóricas y que permitió el desarrollo de las especies que hoy conocemos, incluida la nuestra.

Es fundamental tener en cuenta que no sólo menguará el número de barriles de petróleo que se pongan cada año a disposición de la economía mundial, sino que ese petróleo será cada vez de peor calidad, más costoso y difícil de extraer y refinar, y —lo que en definitiva cuenta— con un valor energético cada vez más bajo. Me refiero a lo que se conoce como Tasa de Retorno Energético (TRE), aspecto crítico de la cuestión: para extraer petróleo hace falta energía, y la relación entre la energía que obtenemos de cada barril y la que necesitamos gastar para obtenerlo, está cayendo en picado. Se calcula que para mantener una sociedad de tipo industrializado como la nuestra, cuya complejidad es altamente dependiente de este combustible fósil, se necesita obtener al menos un rendimiento de 5 barriles de petróleo por cada barril equivalente consumido en la extracción (Cutler Cleveland, Universidad de Boston). Hoy en día las tasas rondan los 10:1 (10 barriles obtenidos por cada 1) y puesto que dependemos cada vez más de los petróleos no convencionales como los obtenidos de las arenas bituminosas de Canadá o los de aguas profundas, esa tasa seguirá cayendo. Es algo muy alarmante y que nos hace ver hasta qué punto está desesperada esta civilización industrial adicta al petróleo por rascarle a la Tierra los últimos restos del combustible que la mantiene en marcha.

Y esto sin mencionar los ruinosos rendimientos energéticos de los agrocombustibles, que algunos presentan como sustitutos del petróleo, y que según diversos estudios no llegan ni al 1:1 (véanse por ejemplo los incluidos en el libro publicado por Icaria El final de la era del petróleo barato), y que muestran lo delirante que es gastar un barril de
petróleo para cultivar soja —por ejemplo— con la que fabricar biodiesel para sustituir… ¡ese mismo barril que hemos gastado! Cuando cueste más energía extraer un barril que la que ese barril nos va a proporcionar, lógicamente el petróleo dejará de extraerse, pero bastante antes de llegar a ese punto, la sociedad industrial habrá dejado de existir y habremos vuelto a un tipo de sociedad mucho más simple y con menor consumo energético, posiblemente de tipo agrario y muy local.

Un modelo alimentario con los días contados

Cuando a cualquier urbanita se le plantea que pronto escaseará el petróleo, lo primero que piensa es que no podrá llenar el depósito de su coche o que le saldrá demasiado caro; es decir, pensará que el principal impacto será sobre su movilidad. Aun siendo esta una consecuencia cierta y muy importante —dada la dependencia casi absoluta del trasporte mundial con respecto a los combustibles derivados del petróleo—, donde tendrá una repercusión más grave el Cénit del
petróleo será sobre el modelo agroalimentario, por dos factores principales: el modelo de producción y el modelo de distribución/comercialización.

El modelo de producción agroganadera actualmente predominante es sumamente dependiente del petróleo. Si nos paramos a analizar qué necesita una explotación industrializada convencional para producir alimentos veremos que su lista de insumos incluye una larga serie de productos vitales directa o indirectamente dependientes de los combustibles fósiles: gasóleo para la maquinaria y los sistemas de bombeo e irrigación; pesticidas, herbicidas y plásticos elaborados por la industria petroquímica; fertilizantes derivados del gas natural (otro combustible fósil cuyo agotamiento seguirá al del petróleo); y otros diversos productos que deben llegar a la granja trasportados por camiones desde cientos o incluso miles de kilómetros, incluyendo la mayor parte de los alimentos para los animales (piensos industriales). De hecho los cálculos realizados sobre esta dependencia nos indican que para producir cada caloría de alimento hoy en día se consumen de media 10 calorías de energía fósil (Giampietro y Pimentel, datos referidos a los EE.UU.).

En algunos lugares los altos precios que alcanzaron los combustibles en el verano de 2008 llevaron a aparcar los tractores y a retomar la tracción animal. También surgen ganaderos pioneros en el abandono de los piensos importados industriales y en la vuelta a los pastos locales en extensivo, un camino que sin duda a medio/largo plazo todos los demás deberán recorrer si pretenden subsistir.

En este sentido la sobredimensión, la mecanización, el monocultivo y la dependencia de la exportación, son factores críticos de vulnerabilidad que afectan a muchas explotaciones agrícolas y ganaderas convencionales, y que deberán ser corregidos, mejor ahora de manera anticipada y previsora que más adelante cuando los elevados precios de los insumos fósiles no dejen otra opción.

Esos factores fueron impuestos por políticas agrarias que nos vendían una perpetua disponibilidad creciente de energía y por mercados falseados que no tenían en cuenta los costes reales de los diferentes tipos de producción. Si no abandonamos ese barco en el que nos hicieron subir nos hundiremos con él y —lo que es más grave—arrastraremos a la población mundial con nosotros al hacerse imposible seguir produciendo alimentos por el sistema habitual.

Pero la situación a la que nos enfrentamos es aún más difícil puesto que el problema no radica sólo en el modo de producción y sus costes. A la hora de distribuir y comercializar los alimentos producidos por esas explotaciones convencionales, dependemos absolutamente de que toda la cadena de la distribución moderna centralizada funcione correctamente y sea capaz de trasportar los productos a grandes distancias, los procese mediante sistemas mecánicos de elevado consumo energético, los mantenga refrigerados, los empaquete con diversos tipos de plásticos y los deposite just in time en las estanterías de los supermercados de las ciudades. Imaginemos por un momento que esa gran distribución falla; no es un ejercicio mental demasiado difícil pues las huelgas del trasporte nos suelen poner por unos días en una situación similar: en menos de una semana las estanterías de los supermercados urbanos quedan vacías y comienza el caos. Debemos ver este tipo de situaciones como anticipos a pequeña escala de lo que podemos vivir en pocos años a escala mundial y permanente y extraer de ahí ciertas conclusiones. La más clara de ellas debería ser que cuanto mayor es la distancia de la que procede nuestra comida, más vulnerables somos a una interrupción o encarecimiento del trasporte y que sólo la producción local puede asegurarnos el suministro de alimentos y otros productos de primera necesidad.

El cambio de modelo es imprescindible

Si volviésemos a circuitos mucho más cortos de producción, trasformación y consumo, seríamos más resilientes, es decir más capaces de resistir este tipo de problemas. Algunos países ya están apostando por esta vuelta a la comida local, como Escocia, cuyo parlamento aprobó en 2008 una resolución en apoyo de las cadenas de suministro local para asegurar la alimentación de su población a la vista de la inminencia del Cénit del petróleo y de las crisis alimentarias. En los Estados Unidos en los últimos 10 años los mercados agrícolas locales han resurgido, aumentando su número en más de un 200% y superando ya los 6.000. El mismo fenómeno se está impulsando en mayor o menor medida en otros lugares, en ocasiones de la mano de movimientos de activistas por la soberanía alimentaria, la relocalización económica, la agroecología, la slow food o las Transition Towns.

La clave del cambio de modelo está en buscar la máxima autosuficiencia de las explotaciones. Cuando los costes de una explotación se disparan porque suben los combustibles, considero una estrategia miope reclamar subsidios a los combustibles, que no serán sino pan para hoy y hambre para mañana. Debemos reconocer que es un indicador de un problema estructural: esos costes nos dicen que dependemos totalmente de una sustancia y de un modelo que no son sostenibles, que en pocos años ya no estarán a nuestro alcance. Nuestra responsabilidad es cambiarahora para buscar la máxima autosuficiencia, dependiendo mucho menos del exterior y en todo caso sólo de aquellas otras explotaciones o industrias que estén próximas y sean también sostenibles. Para esta reconversión impostergable sí que serían útiles ayudas públicas como las que planteó el parlamento escocés: por contra, subsidiar el gasoil sólo servirá para prolongar la agonía de un modelo sin salida. También será muy útil apoyarse en el saber tradicional actualizado: la recuperación de los modos de producción integrada tradicional (policultivos agroganaderos), del abono animal, de la rotación de los cultivos, de la pesca tradicional a vela, etc. mejoradas con aportaciones de técnicas ecológicas y de diseño de sistemas sostenibles más recientes: agricultura biointensiva, permacultura, etc.

En paralelo será imprescindible que nos replanteemos nuestro mercado. Para ello busquemos nuestra clientela en la proximidad, pensemos qué alimentos es necesario producir en nuestra comunidad o cuáles pueden faltar si fallan las importaciones, y no pensemos tanto en exportaciones que ahora pueden parecer atractivas y competitivas pero que son totalmente dependientes de un trasporte artificialmente barato. Busquemos la distribución en comercios de proximidad o en la venta directa. Es decir,reestructuremos nuestra producción en torno a la autosuficiencia y la comunidad. Los cambios pueden ser dolorosos pero si los acometemos anticipadamente evitaremos cambios mucho más traumáticos en el futuro y una probable ruina. Puede que ahora lo veamos como una reducción de los ingresos, pero si lo hacemos con buen criterio la reducción de los costes compensará esos menores ingresos y estaremos haciendo nuestra explotación más resistente a futuros cortes de suministros.

Otras claves de esta trasformación nos las da Lidia Senra, del Sindicato Labrego Galego: “Potenciar el consumo de productos frescos, de temporada y a granel”. Eso lógicamente implica que los/las consumidores/as deben modificar sus hábitos—incluyendo una vuelta a un menor consumo de carne, cuya producción exige grandes cantidades de energía— y que el cambio ha de venir por ambas partes, con una concienciación mutua y un diálogo permanente en la búsqueda de alianzas sostenibles entre el campo y la ciudad para ser capaces de sobrevivir a un decrecimiento forzoso. «El camino está en la información, en el debate social sobre las consecuencias de las políticas agrarias y alimentarias que tenemos y en el compromiso de la ciudadanía para luchar por un cambio profundo de las mismas y también para que todas y todos tengamos información suficiente para ser más conscientes de que comprar es un acto político y que no tiene las mismas implicaciones comprar productos alimentarios procedentes de la agricultura industrial y de la gran distribución, que comprar productos del país en los mercados», reclama Senra.

Sin duda tenemos una descomunal lucha por delante, en primer lugar contra las políticas agrarias que nos obligan a sacrificar producción ecológica local para dar entrada a producción industrial extranjera, a perder pequeñas industrias trasformadoras y pequeños comercios de proximidad para favorecer la deslocalización y las grandes superficies. En pocos años, puede que menos de una década, el Cénit del petróleo hará muy difícil alimentarnos por esos canales y debemos hacer todo lo posible para mantener vivos los únicos de que dispondremos: los locales tradicionales y ecológicos.

Nos va la vida en esta lucha, que no sólo es contra el mercado agrícola capitalista actual sino también contra la regulación impuesta por las administraciones públicas que perjudica la viabilidad y supervivencia de esas cadenas cortas de producción, al poner demasiados obstáculos, regulaciones o tasas a la comercialización local y a la producción a pequeña escala. Es necesaria una profunda revisión de toda la normativa de producción y comercialización de alimentos a la luz de una situación energética que los gobiernos se niegan a reconocer públicamente, mientras van dejando que muera todo aquello que nos permitiría alimentarnos en un futuro sin petróleo.

Si caminamos en esta indispensable y urgente vuelta a una producción sostenible, estaremos de paso contribuyendo a luchar contra el cambio climático, pues ya sabemos que la producción y distribución de alimentos en el modelo agrícola y comercial actualmente hegemónico es uno de los principales factores del calentamiento planetario (hasta el 50% de las emisiones según datos de GRAIN en el nº 1 de ‘Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas’).

En este sentido es importante también hacer una autocrítica y reevaluar lo que consideramos ecológico. ¿Son realmente ecológicas unas manzanas producidas en ecológico en Chile pero que viajan miles de kilómetros para ser consumidas en España? Algunos activistas apuestan por la dieta de los 100 Km, por ejemplo, y rechazan cualquier producto que venga de una distancia mayor. Otros sólo consumen aquellos producidos en su biorregión. Es una propuesta difícil dado que la mundialización ha destruido ya muchos sectores productivos y por ejemplo es casi impensable vestirse sólo con prendas de lana, algodón o lino local. Pero en el futuro será de lo único que dispongamos a precios asequibles así que cuanto antes luchemos por recuperar esas vías de sustento local y compatibles con los límites naturales, más preparadas estarán nuestras comunidades para el impacto del Cénit del petróleo, un momento crítico para nuestra especie, que nos llevará a una gran Revolución de vuelta a la sostenibilidad o nos abocará, como advierte el experto en ecología humana William Catton, a un cuello de botella evolutivo en el que tal vez sólo logren sobrevivir unos pocos miles de personas.

Manuel Casal Lodeiro, activista y divulgador sobre la cuestión del Cénit del petróleo, miembro fundador de la asociación Véspera de Nada.

La trampa mortal de la Revolución Verde
(Datos extraídos del artículo del científico Dale Allen Pfeiffer “Comiendo combustibles fósiles”)

La denominada Revolución Verde trasformó profundamente la agricultura mundial mediante su industrialización y mecanización. Entre 1950 y 1984, la producción de grano mundial aumentó en un 250%, y por tanto la energía disponible para nuestra alimentación. Esta energía adicional no procedía de un incremento de la luz solar anual que hace posible la fotosíntesis, ni de poner a cultivar nuevas tierras. La energía de la Revolución Verde fue proporcionada por los combustibles fósiles en forma de fertilizantes (gas natural), pesticidas (petróleo) e irrigación alimentada por hidrocarburos. Este cambio aumentó la demanda de energía de la agricultura en una media de 50 veces la energía invertida en la agricultura tradicional. Para hacernos una idea de la intensidad energética de la agricultura intensiva moderna, baste citar que la producción de un kilo de fertilizante de nitrógeno requiere la energía equivalente a litro y medio de gasóleo o que en los EE.UU. se necesitaban ya en 1990 más de 6 barriles de petróleo al año por cada hectárea agrícola productiva.

Sin embargo, debido a las leyes de la termodinámica, en el proceso agrícola industrial hay una marcada pérdida de energía. Entre 1945 y 1994, la inversión energética en la agricultura aumentó 120 veces, mientras que los rendimientos de las cosechas sólo se multiplicaron por 90. Desde entonces, el coste energético ha continuado incrementándose sin un aumento correspondiente en la productividad. Hemos alcanzado el punto de los retornos marginales decrecientes: la Revolución Verde está entrando en quiebra energética y amenaza con arrastrarnos con ella. -
Revista Soberanía alimentaria. Biodiversidad y culturas


 

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