Premio Nobel
A propósito del Premio Nobel de Literatura
Víctor Montoya

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Alfred Nobel Vida y obra

1204
–En los pasados días entregaron el Premio Dinamita de Literatura –dijo el Tío, apenas entré en el cuarto, donde su mirada parecía un rayo de luz atravesando la oscuridad.
 

–Así es –asistí mientras encendía la lámpara.
 

–Pero de seguro que tú no has leído la obra ni conocías el nombre de la galardonada ¿verdad?
Me detuve cerca de la puerta, agaché la cabeza y no contesté ni sí ni no. Mas el Tío, al término de leer mis pensamientos, se alzó un poco en su trono y dijo:
 

–A los miembros de la Academia Sueca, salvo raras excepciones, parece no interesarles la popularidad de un autor ni el prestigio que éste se ganó con su puño y letra. Si no consideran las afinidades políticas del candidato, dependiendo de qué lado soplan los vientos, se guían por el grado de complejidad de su escritura; mientras más compleja, mejor todavía. Por suerte existen quienes, sin haber sido distinguidos con el Premio Dinamita, son queridos y requeridos por los lectores de todo el mundo. Un Kafka y un Borges, por citar a dos de los mastodontes de la literatura universal, no recibieron este prestigioso premio y, sin embargo, gozan de fama y sus libros corren como chispas en un polvorín.
 

–Que yo sepa -precisé-, a Kafka no se lo dieron porque gran parte de su obra permaneció inédita hasta después de su muerte y a Borges porque siendo un genio en literatura era un idiota en política, nada menos que querendón de los dictadores como Augusto Pinochet.
 

–A mí no me consta -repuso el Tío-. Pero si no se lo dieron a Borges ni a muchos otros será porque los miembros de la Academia Sueca leen tanto que ya no saben ni lo qué leen. Están como Sócrates, quien, de tanto saber tanto, decía: “Yo sólo sé que no sé nada”.
 

Cerré la boca, pues meterse en discusiones filosóficas con el Tío era como meterse en los laberintos de la mina en Potosí, donde las galerías son profundas y entreveradas como las mismísimas catacumbas del infierno.
 

El Tío pensó un instante y, aun sabiendo que soy un aprendiz de escritor, un pichoncito de cóndor, lanzó una sonrisa afable, barrió mi rostro con su penetrante olor a tabaco y dijo:
 

–No tienes porqué envidiar a los escritores que primero se hacen de fama y luego se echan en cama, ni porqué pensar en el Premio Dinamita de Literatura. Para reconocer tu talento de escribano del diablo, nosotros los cornudos (no porque nos engaña la mujer, sino porque tenemos cuernos), te daremos el premio que te mereces por ateo. Yo mismo, en mi condición de Satanás de los Satanases, colgaré en tu cuello la medalla en los quintos infiernos y te entregaré el pergamino decorado con los fuegos fatuos de los Avernos. Y guarde que este premio es único e inapelable... y nadie lo pondrá en duda, ni Dios ni la Virgen del Socavón.
 

Le escuché perplejo, y él prosiguió:
 

–La única desventaja es que el premio lo recibirás después de la muerte, por cuanto no esperes en vida ni desesperes. Ten un cachito de paciencia, con paciencia y salivita hasta un elefante le hizo el amor a una hormiguita. Ah, eso sí, tampoco tengas muuucha paciencia, porque Cristo dijo: “paciencia”, y lo mataron...

De otro lado, el premio del infierno es más importante que el Premio Dinamita, esa sustancia explosiva que, desde cuando Alfred Nobel inventó en su laboratorio, los mineros usan para atronar el vientre de la Pachamama. Por si no lo sabías, los mineros preparan el “armado” pasito a paso: primero meten la cápsula de la guía de pólvora en el cartucho de dinamita, después ajustan la dinamita en el orificio abierto por el taladro en la roca y, al cabo de chispear la pólvora, huyen a un paraje aledaño gritando: “¡Tiro!”, “¡Tiro!”, “¡Tiro!”. A los dos o tres minutos, ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum!, se oye la descarga de la explosión maldita, provocando un traquido y una ventolera con olor a caldo de gallina...
 

–Sólo una pregunta, Tío –le interrumpí en lo mejor de su cháchara–. ¿De qué me va a servir un premio después de la muerte?
 

–¡Vaya, caracho! Cómo no te vas a dar cuenta -contestó molesto-. Si no te lo damos antes, en plena vida y alegría, es para que no se te suban los humos ni te hagas el farsante. Es para evitar que los envidiosos te serruchen el piso con el mismo ímpetu con que tus admiradoras te suben en el pedestal. Oye bien, dije “tus admiradoras”, sabiendo que las mujeres leen más que los hombres, aparte de que devoran los libros con la misma pasión con que devoran al amante. Y si todavía lo dudas, pregúntaselo a tu mujer, quien, junto a los versos de Amado Nervo (y no “amado nervio”, que es otra cosa), lee con los cinco sentidos las burradas que escribes a diario.
 

–Pierde cuidado –le dije–. Con premios o sin premios, jamás se me subirán los humos ni me haré el farsante. Soy más terrenal que la serpiente del Paraíso y más realista que el escudero de Don Quijote.
 

–¡Enhorabuena! Siente orgullo de ti mismo, de ser hijo de entrañas mineras y de venir del pobrerío, porque en la vida los cuentos mejor contados tratan de personajes que un día no tuvieron nada y otro día llegan a tener todo. Piensa en “El patito feo” y en “Cenicienta”, y te darás cuenta que estos cuentos no serían igualito de lindos contados a la inversa. Además, recuerda lo que Don Quijote le aconsejó a su escudero: «Haz gala Sancho de la humildad de tu linaje y no desprecies decir que vienes de labradores, porque viendo que no te corres, nadie podrá correrte (...) Haz de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, del conocerte saldrá el no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey».
 

Escuché atento las sabias palabras referidas por el Tío, quien, lejos de ser un simple diablo, es un ser letrado y un cerebro prodigioso que parió la humanidad. Sus juicios son tan certeros como los de Don Quijote, quien, siendo un loco de remate, era cuerdo entre los cuerdos.
 

–Ya sabes –insistió–. Ten orgullo de tu linaje, de tu cultura y de tu raza. No te hagas el rico siendo pobre ni te hagas el gringo siendo indio. No seas como el sapo que quiere ser estrella, un presumido que en lugar de brillar en la altura cae estrellado en el fango. Tampoco creas en el dicho que reza: “tanto vales cuanto tienes”, porque no es cierto. De serlo, cualquier hijo de vecino, cualquier villano y cualquier malevo, se ganaría el respeto de los crédulos sin merecerlo. Tampoco te dejes llevar por las falsas adulaciones de quienes, fingiendo admirar tu obra, desean tu fracaso en el fondo de su alma...
 

–Gracias por los consejos, Tío –agradecí con humildad y reverencia. Luego añadí–: Pero ahora dime, ¿cómo lo hacemos con los inmigrantes que, siendo “cabezas negras”, se hacen los suecos?
 

El tío se agarró la cabeza, pensó un instante y, luego de mirarme de pies a cabeza, dijo:
 

–A ésos hay que tratarlos como a chuecos y no como a suecos, porque no se dan cuenta de que el “cabeza negra” es “cabeza negra”, así tenga el apellido que tenga y así venga de donde vega. Por ejemplo, no importa de qué parte de Bolivia vengas, ni qué apellido tengas. Para los suecos todos somos igual de indios y para los racistas unos “inmigrantes de mierda”
 

–Guarda tus palabras, Tío –le dije–. Ten pelos en la lengua...
 

–¡¿Cómo?! –frunció las cejas y alzó el tono de la voz–. Desde cuándo está prohibido llamar las cosas por su nombre: al pan, pan, y al vino, vino.
 

–El problema no está en eso –aclaré con la mirada sombría–, sino en que las malas lenguas dicen que soy atrevido y grosero, porque mis textos, en afán de recrear tu lenguaje coloquial, están escritos con garabatos, ajos y pimientas.
 

–Si eso es lo que dicen, ¿qué esperas? ¡Mándalos al carajo y listo! -propuso el Tío con fuerza, procurando arrancarme el temor del cuerpo como mala hierba-. Ya te dije que la literatura se parece a la comida: para que sepa exquisita, necesita una buena porción de condimentos y una pizca de humor con sentimientos, así los sesudos de la Academia Sueca jamás barajen tu nombre entre los candidatos al Premio Dinamita, porque en ese premio, como en muchos otros, Dios puso sus milagrosas manos sin considerar la opinión de los diablos...
 

Apagué la lámpara y, sin recordar a qué entré en el cuarto, me despedí del Tío, cuyo cuerpo de Minotauro se trocó en oscuridad y silencio.

 

 

 

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