El fenómeno Juan Carlos Blumberg de la Argentina

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Superficie o cloaca - Juez de la Corte Suprema Argentina habla sobre el fenómeno Blumberg - Mr Gardiner (O la dictadura de la estupidez) Reflexiones en torno al caso Blumberg

Planeta Blumber - Acerca de la
Tercera Marcha
-
Página 12 - Mario Wainfeld

En el gobierno nacional primaba la distensión. Según la mirada de la Rosada, Juan Carlos Blumberg convocó mucha menos gente que la primera vez (30.000 según un cómputo off the record) y derechizó su discurso. Además, opinan en el Gobierno, abrió una brecha en su prestigio con su destemplada invectiva contra los organismos de derechos humanos. “Era un referente social de amplia convocatoria y quedó ceñido a ser un dirigente político de la peor derecha”, resume un ministro de máxima confianza del Presidente.
En el gobierno bonaerense primó la preocupación. El padre de Axel es percibido como un adversario intolerante, no demasiado leal y no tan debilitado como intuye la Rosada. En su discurso, Blumberg mencionó al gobernador Felipe Solá y al ministro León Arslanian, catalizando sonoros abucheos y, ostensiblemente, nada dijo de Néstor Kirchner. “Va por nosotros” traducen en la gobernación, entreverando el diagnóstico con algunos rezongos acerca de las actitudes del gobierno nacional, de quien recelan que saca ventaja de esa decisión táctica de Blumberg. El alegato derechista, por no decir procesista, no es leído cerca de Solá como un traspié sino como una arrogante definición de identidad. “Se permitió agredir a los organismos de derechos humanos, en la progresista Capital. Un lujo que no pueden darse ni Mauricio Macri, ni Ricardo López Murphy. Y fue ovacionado.” “No se chispoteó –discurrió Solá ante oídos de su confianza–, se mostró como un referente de la derecha dura.”
La diatriba de Blumberg, lanzada con el rostro desencajado, induce a creer que expresa su sentir íntimo. Con todo, hasta ahora, el hombre ha dado marcha atrás cuando rondó el precipicio. Lo hizo cuando apareció “pegado” al diputado Jorge Casanovas. O cuando profirió injustas declaraciones sobre el asesinato del pibe Sebastián Bordón, valiéndose de los argumentos de sus verdugos.
Por las dudas, varios medios de derecha le deslizaron delicadas advertencias. Un editorial de La Nación, por demás laudatorio, le cuestionó con delicadeza las susodichas frases y las atribuyó “acaso, a un fugaz y evitable acaloramiento”. In vino, veritas decían los romanos sugiriendo que los efluvios del alcohol desatan la sinceridad. Las muchedumbres también suelen embriagar y soltar la lengua. La derecha quiere que su mejor representante no se sesgue tanto. O, cuando menos, que no lo haga tan rápido.
Dicho sea de paso, el diario de los Mitre que suele llamar (recuperando un vocablo caro a la dictadura) “caos” a los problemas de tránsito generados por las movilizaciones de izquierda, encontró que el jueves se produjo “un embudo” para los autos que circulaban en las inmediaciones del Congreso. El “caos”, ya se sabe, sólo viene desde la izquierda.
Lanzado a la arena pública hace cinco meses, poseedor de un capital político que envidiarían dirigentes con años de militancia, quizás el mismo Blumberg no sepa cabalmente adónde va. Producto de la crisis de representación que aqueja a las instituciones argentinas, es él mismo un emergente y un producto de fuerzas encontradas. Pero detrás de él, a su costado, hay quiénes sí saben qué quieren. Medios de derecha, funcionarios de la dictadura, cuadros del fascismo criollo lo rodean. Y ellos sí saben de qué se trata, aunque no puedan juntar a cuatro manifestantes. El titular de la Cruzada por Axel sigue convocando decenas de miles. Los que estuvieron el jueves, quienes se entusiasmaron chiflando a Solá y a los organismos de derechos humanos eran en su mayoría porteños de clase media, no aterrados vecinos del Gran Buenos Aires. Ni La Horqueta ni Palermo Chico pusieron la mayor parte de la concurrencia. La peculiar constitución territorial y de clase de “la gente” son datos a computar cuando se ensaya el balance de un acto que, más vale advertirlo, no es el fin de nada sino una nueva etapa de la imprevisible saga de un protagonista que vino para quedarse.
Puertas adentro
“Era Mister Hyde.” Un asistente a la reunión que Juan Carlos Blumberg mantuvo con Felipe Solá, León Arslanian y otros funcionarios provinciales describe al padre de Axel, puertas adentro. Según él, Blumberg mostró un rostro bien distinto al que buscó en el Congreso, al del ciudadano ponderado que tiene propuestas y respeta a las autoridades. En la Casa de la Provincia de Buenos Aires no se privó de gritar, de amenazar, de menoscabar a los funcionarios. “Ustedes van a saber quién soy yo”, cuentan que les espetó. Y que uno de sus circunstantes le exigió a Arslanian que precisara el día exacto en que comenzará a funcionar el número 911, para llamadas de emergencia. Ese punto fue, acaso, el que colmó la paciencia del ministro de Seguridad, a quien subleva que Blumberg reclame las medidas que él ya está implementando. La lectura de Arslanian es que Blumberg, consciente o inconscientemente, busca desestabilizarlo. Y no está dispuesto a permitirlo, como revelan sus declaraciones ulteriores a la reunión, incluidas las que se publican en las páginas 6 y 7 de este diario.
“Felipe le dijo que ya lo había escuchado, durante la semana y en el acto. Que le iba a contestar punto por punto sus críticas, que eran casi todas injustas y equivocadas. Hasta le entregó una carpeta con réplicas a los argumentos de Blumberg. Este la aceptó con gesto huraño, y le exigió que firmara la última hoja.” El aire, cuentan los participantes, se cortaba con un cuchillo. No mejoró cuando el gobernador le cuestionó alguno de sus asesores, incluido Roberto Durrieu, funcionario de la dictadura militar. “Blumberg lo defendió a capa y espada y lo elogió, entre otras cosas, porque lo asesoraba gratis.” Solá sospecha que buena parte de los argumentos de Blumberg contra María del Carmen Falbo son munidos por un juez federal de la provincia que aspiraba a ocupar el lugar al que accedió la ex diputada duhaldista. Y que la supuesta vocación de diálogo de Blumberg es una fachada. “No escucha nada, tira números sin asidero. Dice que hay 8000 presos en las cárceles, le explicamos que hay menos de 6000. Se le mostró el listado, comisaría por comisaría. Se le propuso ir de improviso a cualquiera que él sugiriese, para chequear la veracidad de los datos. A todo dice que no, lo que busca es castigarnos.”
“Usted lo vio por televisión –dice un interlocutor de este diario– en la reunión no fue el ciudadano Blumberg. Fue todo el tiempo el hombre que se desgañitó atacando a los organismos de derechos humanos.”
Otra óptica
En Balcarce 50, ya se dijo, no se comparte la óptica bonaerense. El presidente Néstor Kirchner y el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, estiman que Solá se centra demasiado en Blumberg. No censuran que lo haya recibido en pleno hervor de la manifestación. Pero al día siguiente, Fernández le aconsejó a Solá que no le diera más espacio vía réplicas a un interlocutor devaluado por sus descomedidas palabras.
Las diferencias entre los mandatarios de Nación y Provincia tienen que ver con la distinta agresión que sintieron los protagonistas, pero también con desencuentros y malos humores cruzados, ya proverbiales.
Si se mira en detalle, las diferencias más frondosas aluden a las posturas públicas y aún a las mediáticas antes que a los temas esenciales de gestión. La designación de Alberto Iribarne como secretario de Seguridad y su desplazamiento a la órbita del Ministerio del Interior cuentan con la aprobación del gobernador. Solá conoce a Iribarne desde hace décadas, militaron juntos en el pasado y conservan algo cercano a la amistad. Y aunque el gobernador no comparta con Aníbal Fernández esos cálidos factores comunes (ni nada que se le parezca), estima que el quilmeño puede tener un rol positivo.
Tanto como Kirchner, Solá cree que Iribarne puede cumplir bien su complejo cometido, pero es un funcionario de perfil bajo, poco habituado a estar en primera fila. Fernández, por su estilo activo y belicoso, “puede ir al frente” maquinan en La Plata. Al fin y al cabo, Solá también se avino en el pasado a deponer sus cuitas con Juan José “Juanjo” Alvarez en pos de mejorar los desempeños provinciales en materia de seguridad.
Cerca de la Rosada, un miembro del Gabinete nacional que conoce bien la provincia, no necesariamente pingüino, comulga con la elección de Fernández. “Aníbal conoce las calles del conurbano, maneja los códigos. Sabe cómo hablarle a un comisario o a un intendente, cuándo comer una pizza con ellos y cuándo cagarlos a gritos. Beliz y Quantín necesitaban una brújula y un mapa para llegar a La Matanza y un diccionario para hablar en la calle”, pinta e ironiza. “De paso, fuerza a Aníbal a dosificar sus apariciones en los medios”, añade un bonus el funcionario, uno de los tantos que cree que ha expirado el cuarto de hora de “los Fernández” como comunicadores del gobierno. Un punto de vista compartido en todo el Ejecutivo, incluido el Presidente y hasta los propios involucrados. “Lo de los Fernández no funciona más”, graficó uno de ellos, mientras espera un relevo que el oficialismo no termina de encontrar.
El gobierno nacional atisba que Solá tiene problemas con Arslanian que sigue contando con la confianza presidencial. En la provincia se niega la especie y se asegura que todas sus fichas están jugadas a mano del ex presidente de la Cámara Federal.
No matar al mensaje
La convocatoria de Blumberg mermó, pero la mitad y aún un tercio de muchísimo sigue siendo mucho. Decenas de miles de asistentes a un acto sigue siendo difícil de empardar para cualquier dirigente político u organización social. Su propuesta mezcla fantasías represivas de derecha con planteos atendibles (juicio por jurados, exclusión de los procesados de las cárceles) y otros interesantes, pero de casi imposible implementación (trabajo en cárceles). Su ira e intolerancia con los que piensan distinto que él va creciendo a medida que pierde unanimidad mediática, un paraíso al que se acostumbró de recién llegado al ágora.
Pero sean cuales fueran los errores y excesos en que incurrió Blumberg, los gobernantes no deberían dejar de percibir que el hombre expresa una necesidad social, que las instituciones formales no consiguen expresar. Poniendo patas arriba la frase convencional, si el mensajero es torpe o se inmola no hay que borrar el mensaje. Muchos decisores creen que los reclamos por mejor política social tienen la misma pertinencia que la dirigencia piquetera. Y no advierten la presencia de la sufrida base que los acompaña, desamparada por las mediaciones políticas más tradicionales. Análogamente, las demandas sobre seguridad urbana tienen muchos equívocos, pero son legítimas. Aunque la sensación térmica percibida por muchos ciudadanos no coincida con la temperatura, los gobernantes no pueden ignorarla. Las percepciones sociales son hechos, decía (palabra más o menos) el viejito Durkheim y sabía de lo que hablaba.
El debate sobre las relaciones entre Blumberg y los dos gobiernos a los que interpela (que a esta altura lo registran como antagonista) se alimenta de un equívoco grave. Escuchando radios y TV pareciera que el hombre clama en el desierto, cuando en puridad viene co legislando desde hace cinco meses. Los pretendidos críticos de Blumberg le han concedido bastante a la cartilla del ingeniero. Han sido sancionadas muchas leyes agravando penas carentes de rigor técnico. Se legisla sin ton ni son tras la improbable lógica emotiva y epidérmica propia de un autodidacta compelido por el dolor. En estos días, un caracterizado conjunto de jueces, fiscales y juristas le ha pedido al Presidente que vete una ley mamarracho que suma penas de delitos como si fueran zanahorias, norma que el Congreso Nacional aprobó con honores. La vieja sabiduría acerca de que no hay peor fascista que un burgués asustado, viene mereciendo un párrafo añadido concerniente a los parlamentarios elegidos por el voto popular. La situación de tales legisladores es patética, pues con su defección no han logrado que los silbidos de la gente se atenúen tan siquiera un decibel.
El jueves se hizo patente una trampa ínsita en la actual situación entre Blumberg y los gobiernos en cuestión. La situación de fondo que genera el consenso del ingeniero ni por asomo será rectificada ni siquiera paliada merced a los remedios que él propone. Quienes vitorean a Blumberg, empero, seguramente no habrán de dejarlo a un lado por esa circunstancia. El núcleo de su legitimidad es su autenticidad (guste a quien le guste) y no sus desempeños. Lo que lo torna un referente es su pasión, su convicción, su dedo señalando a los políticos, la indisputable legitimidad de su dolor. Cuando el 911 funcione y la sensación de inseguridad perdure, podrá seguir juntando firmas o encabezando marchas. No sujeto a la refutación por los resultados, su liderazgo tributa al malestar general, algo muy difícil de remediar. La antipolítica tiene sus privilegios.
Un Consejo para escuchar
En una semana colonizada por el fenómeno Blumberg, comenzó a funcionar un ensayo de representación política y sectorial que merece unas líneas. El Consejo del Salario mínimo es una experiencia interesante pues pretende, nada más y nada menos, nadar contra corriente de costumbres institucionales de una década. Intentar una discusión en buena medida pública adunando a la CGT, la CTA, la UOM y un collar de centrales empresarias es un esfuerzo valorable. Un intento de ejercicio democrático pues las mayorías prefijadas para tomar decisiones (dos tercios de “las sillas” distribuidas) obligan a los participantes a articular relaciones. Las minorías pasan a tener su peso pues ninguna mayoría puede zanjar las decisiones.
Se trata de una tarea complicada desde el vamos pues la cultura política local repele la negociación, a la que con excesiva velocidad (hija de infaustas experiencias) se asocia a la componenda o al contubernio. Por añadidura, los representantes sindicales y empresariales no son aspirantes actuales a la cinta azul de la popularidad y a fe que muchos se han ganado el desdén que se les prodiga.
Para colmo, las internas metieron su colita acá y allá. Hugo Moyano le hizo sentir a Susana Rueda que no será sencillo desbancarlo, ni siquiera tratarlo como un par. “Es el barrionuevismo que renace”, releen al lado del despacho del Presidente, simplificando quizás en exceso un mapa endiablado. En la Rosada también se enfadaron cuando se anunció que la CTA sentaría a Luis D’Elía a la mesa de negociación. En definitiva hubo un gesto de las huestes lideradas por Víctor de Gennaro y el titular de la Federación de Tierra y Vivienda revistará como suplente.
Las representaciones corporativas locales no suelen superar la mediocridad general, pero conservan su peso institucional, no existiendo nada que las reemplace. Y más vale ponerlas en la palestra, motivando la discusión y la exposición que despotricar contra ellas sin oponerle alternativa. Quienes se postulan como alternativas superadoras, la CTA y algunos grupos de empresarios pequeños, medianos o “nacionales” participan de buen grado en el Consejo al que, más allá de discursos de ocasión, perciben como una instancia válida.
El resultado más tangible, el aumento del salario mínimo, creen en Trabajo y la Rosada, va camino de superar la cifra de 400 pesos originalmente prevista por el gobierno. Si así ocurriera, el ámbito debería sugerir una moraleja para el oficialismo. Una instancia de debate, de intercambio de corporaciones que tributa al pasado, en un contexto de primacía política del gobierno, puede dar mejores resultados concretos que una decisión emitida “desde arriba”, así sea desde el primer piso de una Casa Rosada interesada en mejorar la distribución del ingreso. Una mesa de negociación no es (no es sólo, si se quiere) un trapicheo vano.
Se trata de una novedad en la era K. La modalidad decisionista del Presidente, suele conceder poco a la articulación social, a la interacción política y al intercambio de cualquier modo con quienes piensan distinto. El estilo K ha privilegiado el comando único, la sorpresa como medio esencial para ganar consensos, la personalización del poder. La representación política, empero, es más compleja y exige más articulaciones. El fenómeno Blumberg autoriza muchas lecturas, pero una sigue siendo ineludible y es que los políticos (todos ellos) siguen con sus barbas en remojo

El voto calificado de Blumberg - gente como Ustedes - Página 12 - Horacio Verbitsky

En un reportaje concedido el día anterior a su tercera marcha, el ingeniero Juan Carlos Blumberg contó un diálogo con su hijo. “Yo una vez le decía a Axel que pienso que aquí debería haber un voto calificado. Que la gente debería votar según su grado de educación y ese voto vale dos o tres. Y él no estaba de acuerdo, discutíamos eso en forma terrible.” En 1999, Blumberg votó por Fernando de la Rúa, “alguien que resultó un timorato”. Su hijo le comentó: “Viste papá, lo que fue tu voto calificado. Viste que no sirve”. Hoy Blumberg cree que el chico “tenía razón”. Tal vez su hijo tampoco hubiera compartido las frases exasperadas que el empresario textil dedicó a los organismos defensores de los derechos humanos el jueves, ni la división tajante que trazó entre “los delincuentes”, cuyo derecho a la vida y a un juicio justo defienden aquellos organismos, y “la gente como ustedes”. De este modo, Blumberg fragmentó el universo al que se dirige y colocó un techo a sus propias aspiraciones, aun antes de definirlas.
Falsedades
Blumberg incurrió, además, en una falsedad: no es cierto que los organismos defensores de los derechos humanos se hayan desentendido de su tragedia. El 1º de abril de este año el director del programa de Violencia Institucional y Seguridad Ciudadana del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), Gustavo Palmieri, se reunió con Blumberg. Le entregó una carta de solidaridad, le explicó la lucha del CELS contra toda forma de impunidad y se puso a su disposición para conversar sobre los proyectos que el padre de la víctima deseaba elaborar. La misma actitud ha tenido con los familiares de otras víctimas de distintas formas de violencia, ya fuera estatal o de particulares que actúan al margen de la ley. Blumberg agradeció, explicó que estaba desbordado por los acontecimientos y dijo que unos días después se comunicaría, para concertar el encuentro. Nunca lo hizo. Pese a ello, el CELS le envió un análisis de los proyectos que Blumberg elaboró, de acuerdo con algunos y en forma crítica respecto de otros. Tampoco en ese caso recibió respuesta.
¿Por qué, entonces, la reacción intemperante de Blumberg, quien al referirse a los derechos humanos usó el tono exaltado y a los gritos que uno podría esperar para los asesinos de su hijo? Una posibilidad es que no supiera qué era la organización que se le acercó. El propio Blumberg confesó que hasta el secuestro de su hijo ni siquiera leía los diarios. Tampoco puede descartarse que el estado de emoción violenta en que se encontraba en aquellos días haya borrado de su memoria aquella reunión. Otra hipótesis, no contradictoria con las anteriores, es que la carta y los materiales que le entregó a Palmieri hayan ido a parar a manos de quienes por entonces lo asesoraban, como el ex ministro partidario de la pena de muerte Jorge Casanova, el ex gobernador del gatillo fácil Carlos Rückauf o el ex viceministro de Justicia de la dictadura militar, Roberto Durrieu (h), como fugaz escala intermedia hacia el cesto de los papeles. Si no hubiera vivido 59 años desinteresado por otra cosa que el pequeño mundo de su trabajo y su familia tal vez sabría que el CELS cuestionó al ex ministro Gustavo Beliz y a su secretario de seguridad Norberto Quantin por promover el juicio político de la fiscal federal de San Nicolás, Amalia Sívori, quien en enero de este año había ordenado a la policía que no actuara contra unos secuestradores ya que “la acción emprendida al respecto puede hacer peligrar la vida e integridad física de la víctima”, sensato criterio que tal vez hubiera salvado al hijo de Blumberg.
Coincidencias y disensos
De haberse interesado por el material que le acercó el CELS, hubiera advertido algunas coincidencias. El CELS lleva años cuestionando el alojamiento de presos en las comisarías de la provincia de Buenos Aires, donde se violan los derechos humanos tanto de carceleros como de reclusos y se detraen recursos policiales para la prevención del delito. También ha exigido la interrupción del nexo entre la corrupción policial y el financiamiento espurio de la política y apoya el establecimiento de un régimen penal de menores, que termine con la discrecionalidad. En la actualidad un juez puede enviar a un instituto de reclusión hasta su mayoría de edad a un chico de 12 años que lo único que hizo fue pedir una moneda después de abrir la puerta de un taxi en una estación de tren. Y el mismo juez puede dejar en libertad en 24 horas a otro chico de 15 años que mató a alguien en forma alevosa de un disparo en la nuca. El autor del proyecto más completo de responsabilidad penal de menores es un miembro de la Comisión Directiva del CELS, el asesor de Unicef Emilio García Méndez. Ese texto, adecuado a las convenciones internacionales que obligan a la Argentina, permitiría que el chico del primer ejemplo no perdiera su libertad y que el adolescente del segundo no pudiera volver a matar, en ambos casos luego de un juicio con abogado defensor.
Como los demás organismos defensores de los derechos humanos, el CELS reivindica la movilización popular, la interpelación a los poderes públicos y el control del desempeño de los funcionarios, ya sean policiales o políticos. De hecho, es lo que han hecho desde su creación, en épocas sombrías. De haber leído esos papeles, el ingeniero Blumberg también hubiera encontrado el disenso con la concepción mágica del derecho penal y el incremento incesante de la tasa de prisionización que, lejos de resolver los problemas los agravan, al sumar violencia a la violencia. El hacinamiento en los lugares de detención, el maltrato habitual a los detenidos, los asesinatos de presos (el gobernador bonaerense Felipe Es Felipe Solá ha superado todas las marcas conocidas en el país, con una víctima por semana en lo que va del año) repercuten extramuros. Cada persona victimizada en esas cárceles que se asemejan a los campos de concentración de la dictadura militar tiene padres, hermanos, hijos, cuñados, sobrinos, que se cargan de rencor y, una vez perdida toda esperanza, lo devuelven a la sociedad a través de su comportamiento. La sumatoria de penas y la posibilidad de mantener hasta medio siglo a una persona privada de su libertad, propiciadas por Blumberg, llenará las cárceles de autores de delitos menores y no servirá para contener los más graves. Es, por otra parte, la política que sigue la provincia de Buenos Aires desde hace cinco años, sin ningún efecto benéfico.
Dime con quién andas
El miércoles 26, Blumberg había tenido una mala experiencia en Lanús, donde asistió a una concentración en solidaridad con el empresario del cuero Gabriel Gaita, liberado luego de un secuestro. No era, a priori, una asistencia hostil. Por el contrario, Gaita había anunciado que concurriría a la marcha del día siguiente, cosa que cumplió. Luego de congraciarse con quienes lo escuchaban, a quienes les dijo que él había vivido y trabajado en la zona sur del Gran Buenos Aires, Blumberg practicó su discurso. Cuando promediaba con tono didáctico la enumeración de sus 39 reclamos (muchos de ellos ya satisfechos) el público se cansó y lo interrumpió, a golpes de palmas y reclamando “Gaby, Gaby”. Blumberg entendió, terminó allí mismo su alocución y cedió el micrófono a Gaita.
Tal vez por eso en el escenario montado en las escalinatas del Congreso, el ingeniero eligió mostrarse con sus vecinos de la zona Norte, los padres del joven secuestrado en La Horqueta de San Isidro, Nicolás Garnil. Blumberg y la madre de Nicolás, Susana Chaia de Garnil, ya habían ocupado la portada de la revista Gente como Uno, aquella que en 1979 incluía en sus ediciones tarjetas postales para explicarle a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que “los argentinos somos derechos y humanos” y que existe una “campaña antiargentina en el exterior”, y que ahora regaló a sus lectores velas para acompañar a Blumberg. Susana Chaia había interpelado al presidente con una carta en la que mencionaba en forma crítica el Museo de la Memoria. No es casual. Su padre, el mayor Jorge Chaia, fue compañero de algunas primeras espadas de la dictadura en la promoción 74 del Colegio Militar: Leopoldo Fortunato Galtieri, Luciano Benjamín Menéndez, Ramón Genaro Díaz Bessone, Santiago Omar Riveros, Albano Eduardo Harguindeguy, Otto Paladino, Jorge Carlos Olivera Róvere, Miguel Mallea Gil, Carlos Laidlaw. Varios de ellos fueron procesados y detenidos como responsables de crímenes contra la humanidad. El mayor Chaia pasó a retiro en 1963, luego de los enfrentamientos entre Azules y Colorados, y murió en 1983. Otro coronel, bastante más joven, acompaña a Blumberg: Adolfo Eugenio Goetz, retirado en diciembre de 1991. Su hijo Eric era compañero de colegio y de equipo de atletismo de Axel Blumberg. Egresado en la promoción 90 del Colegio Militar, Goetz fue compañero del coronel carapintada José Bilbao Richter, quien el 7 de febrero de 2002 publicó en la revista Tiempo Militar un artículo titulado “La dictadura es el único recurso para evitar el suicidio de la sociedad y la desintegración de la Nación”. No propuso informatizar la justicia y suprimir las listas sábana, sino “disponer la caducidad de la Corte Suprema de Justicia” y “el cese inmediato del Poder Legislativo”. Era otro momento. Por cierto, ni los Chaia son responsables de los actos de la dictadura ni Goetz de la propuesta de Bilbao Richter, pero no está de más ubicarse en el universo conceptual en el que se mueve la Gente como Ustedes.
El mismo sentido tiene consignar que entre los asistentes a la marcha se mostraron los dirigentes políticos Ricardo López Murphy, Maurizio Macri y Patricia Bullrich, algunos de los que sueñan ascender a posiciones de gobierno barrenando sobre la ola Blumberg. López Murphy y Bullrich tienen un enlace con Susana Chaia: la alianza electoral Recrear, que formaron en 2003, postuló como candidata a diputada a la vocera de la familia Garnil, Liliana Alicia Blasi. Es un misterio cómo le habrá caído la frase de Blumberg sobre los derechos humanos de los delincuentes al tío de Nicolás, Jorge Eduardo Chaia, titular del prontuario 234.361 de Defraudaciones y Estafas de la Policía Federal. En abril de 1996 el juez Omar Faciuto ordenó su captura por falsificación de documento público, en la causa 6732 del juzgado correccional Nº 1 de la Capital. Recién quedó sin efecto cinco años después, en febrero de 2001. ¿Creerá Blumberg que por ello Chaia es un delincuente cuyos derechos no merecen defensa? Puede estar seguro de que ningún organismo de derechos humanos suscribiría semejante criterio.
Cantidad y calidad
Mucho se discutió sobre la magnitud de la concentración, entre la conservadora cifra oficial del jefe de la Policía Federal (30.000) hasta la exaltada de Blumberg (125.000), pasando por la extraoficial de la policía (75.000). También en esto el tamaño importa, por lo cual el debate numérico no carece de sentido. Sin embargo, también en esto, más que el tamaño y la cantidad vale la calidad. La tercera marcha fue menor que la segunda, que a su vez fue menor que la primera. No es extraño, como saben los conocedores de las leyes políticas y de las de la termodinámica: lo mismo sucedió con las asambleas populares y con los piqueteros. Además, por grande que sea una movilización, los asistentes son siempre representantes de otros que no están. Blumberg había dicho que esperaba 500.000 y el medio que más se identifica con sus enfoques, el diario patronal Ambito Financiero, calculó que sólo había conseguido el 20 por ciento de esa meta casi peronista en su desmesura. Lo más notable, sin embargo, fue la segmentación social de la concurrencia, que Blumberg cristalizó con su perfecta frase sobre la Gente como Ustedes. Con la misma espontaneidad comparó en Mendoza a su hijo Axel (“que era sano y limpio”), con Sebastián Bordón (que “andaba en cosas raras y se drogaba”), y explicó ante corresponsales extranjeros que él no era judío pero que, como fabricante textil, tenía clientes judíos. Se entiende la pretensión del voto calificado: sólo si a cada uno lo contaran por tres podrían imponer sus criterios de un modo menos atroz que el acostumbrado en ese grupo social. Blumberg dice que la marcha fue un éxito, y sin embargo no puede ocultar que está enojado y lanza acusaciones a diestra y siniestra. A diestra, una cadena de e-mails con la que se expresan sus partidarios recrimina a Daniel Hadad y al escribano Raúl Juan Pedro Moneta la transmisión incompleta de la movilización en la Radio Diez y en el canal Telenueve porque estarían negociando con el Gobierno y “son de derecha sólo para sacarle provecho a Kirchner”. A siniestra, Blumberg se quejó por el corte de puentes, que los piqueteros habrían practicado para perjudicarlo. Dentro de su burbuja nadie se ha percatado que el día 26 de cada mes los compañeros de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán los recuerdan de esa manera.
La otra plaza
El mismo día otra plaza de la Capital estuvo ocupada por manifestantes. Si Blumberg eligió la del Congreso, varias organizaciones piqueteras decidieron acampar en la de Mayo, frente a la sede del Poder Ejecutivo. Eran menos: 17.000 para su más extraterrestre organizador, apenas un par de millares según una observación piadosa. Sin embargo, nadie puede dudar que la problemática de la desocupación y la insuficiencia de ingresos afecta a un sector social mucho más extenso que los actos delictivos, aun sumando víctimas, reales y en potencia. La probabilidad de perder el empleo o la casa o no poder pagar el médico o el boleto del colectivo para buscar un trabajo de morondanga que apenas alcance al nivel de la línea de pobreza, supera en forma abrumadora a la de ser secuestrado o asaltado. ¿Acaso las organizaciones de la paleoizquierda representan peor a su base potencial que Blumberg a la suya? Es posible, y Blumberg podría sacar provecho de la observación del proceso que fue desde el fervor de diciembre de 2001 hasta el patetismo de hoy. Pero así son las segmentaciones sociales y el que no lo entienda se pondrá la campana estadística de Gauss de sombrero.
En cualquier caso, la relación entre un problema y otro es evidente para cualquiera que no parta de un preconcepto: el índice Gini de desigualdad (la diferencia de ingresos entre los que han tenido más suerte y los últimos desharrapados) corre paralelo con el de criminalidad. Esto incluye dos tipos de delitos: los de incidencia directa de la pobreza, vinculados con la necesidad, y aquellos que son obra de bandas organizadas que, sólo en forma indirecta, también se relacionan con la penuria económica. Para contrarrestar los primeros es ilusoria cualquier respuesta que no sea revertir el cuadro de deterioro social. Enfrentar a los segundos requiere voluntad política, buena inteligencia y depuración de las fuerzas de seguridad, campos en los que el gobierno trabaja con insistencia y que, al día siguiente de la marcha de Blumberg, le permitieron un éxito mayor, como el desmantelamiento de la banda hepática de Cristian Muñoz. Subsisten todavía los problemas de coordinación con la provincia de Buenos Aires, cuyo gobernador mantuvo una lacrimógena reunión con Blumberg, a quien le imploró que no afectara su “carrera política” mientras acusaba al gobierno nacional por sus dificultades. La situación no es mejor dentro mismo del gobierno provincial. El ministro de Seguridad, Carlos Arslanian, puede terminar noqueando (y no en sentido metafórico) a su inseguro jefe, quien cada tres párrafos dice que habla como gobernador, a ver si así se convence. Felipe Es Felipe Solá se comunicó con el ministro del Interior, Aníbal Fernández, y le propuso un armisticio. “Me alegro que hayas decidido no pelearte más, porque yo nunca lo hice”, fue la respuesta. Al gobernador no le queda mucho margen. Desde que Seguridad depende de Interior, en esta materia Fernández es su jefe, como titular del Comité de Crisis que instituyó la ley de seguridad interior.
Roles
Ya sea que decida chapotear en el lodo electoral o no, Blumberg ha comenzado a actuar como un líder político. Lo mismo sucedió con otras personas que se iniciaron desde roles sociales diferentes, como el coronel carapintada Aldo Hulk, el torturador policial Luis Abelardo Picapiedras, el crack de fútbol Antonio Rattín, la actriz Irma Roy, la viuda de otro secuestrado Marta Oyhanarte, el sindicalista Saul Ubaldini, el cura Luis Farinello, los corredores de carreras Carlos Reutemann y Daniel Scioli, los fiscales Alberto Piotti y Aníbal Ibarra, el cómico Nito Artaza, los periodistas Rodolfo Terragno y Miguel Bonasso, los padres de víctimas de la dictadura Augusto Conte y Graciela Fernández Meijide, el cantor Ramón Bautista Ortega y el directivo de Repsol Hugo Martini (por cuya candidatura a diputado nacional en las listas de López Murphy y Bullrich renunció el candidato a concejal y coordinador de fiscales de Recrear en Bahía Blanca, Francisco Casas Remorino, quien lo calificó como “el encargado de coimear uno por uno a diputados, senadores, gobernadores, intendentes y ministros” y “el segundo principal pagador privado de coimas a políticos de
los noventa”). Ninguno de ellos perdió su identidad, pero debió aprender las reglas de un juego distinto, con resultados dispares. La víctima de un delito puede enojarse con un interlocutor y negarse con gesto brusco a discutir un punto de desacuerdo. Un dirigente político está obligado a persuadir con argumentos. Blumberg tiene en ese oficio un largo camino por recorrer. La primera lección indica que la simpatía por su dolor no es una pila inagotable de fichas que pueda dilapidar en el casino de la política. El diálogo con su hijo que abre esta nota muestra que alguna capacidad de aprendizaje tiene


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