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46% de pobres en Santa Fe, capital de la segunda provincia argentina

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0204 - Fuente El Litoral - Santa Fe, nuestra ciudad - Rogelio Alaniz - ralaniz@litoral.com.ar

"La ciudad irá contigo donde quieras que vayas...no busques otra...no la hay..." Constantino Cavafis

Las cifras de pobreza en la ciudad de Santa Fe son escandalosas. Según estudios confiables, el cuarenta y seis por ciento de los habitantes vive en esas condiciones. Por lo tanto, esto quiere decir que alrededor de doscientas mil personas se despiertan todas las mañanas preguntándose si ese día van a comer; miles y miles de personas están excluidas de los beneficios de la salud, la educación, la vivienda y hasta de los modestos placeres que la vida ofrece a los mortales: miles y miles de personas están condenadas, casi como los animales, a vivir un presente permanente.

Decía que las cifras son escandalosas, pero lo más escandaloso es el acostumbramiento de los santafesinos a una realidad miserable que nos compromete a todos, a unos como víctimas, a algunos como victimarios y a muchos como cómplices por la vía de la indiferencia en sus variantes cínicas e hipócritas.

Tan curioso como los porcentajes de pobreza es la capacidad que tenemos para fabricar excusas, mirar para otro lado o creer que todo se soluciona a través de la salvación personal y, en el peor de los casos, mediante el recurso de irse a vivir a otro lado.

A la hora de eludir los verdaderos desafíos, hemos demostrado que somos capaces de disponer de una fértil imaginación: todas las coartadas son válidas para no mirar con ojos limpios y corazón valiente los datos elocuentes de la realidad; si la mitad de los esfuerzos que realizamos para construir excusas los pusiéramos al servicio de una causa justa, seguramente Santa Fe sería otra ciudad, una ciudad más digna, más justa, más libre y, por supuesto, mucho más cordial.

Se dice que la crisis económica nos ha colocado en este lugar. Lo que no se dice es por qué en otras ciudades la crisis económica también se hizo presente y sin embargo allí ahora hay inversiones, proyectos, políticas sociales de integración. Se dice que la culpa de tanta pobreza la tienen los "negros" que vienen del Chaco o de otras provincias a engrosar el cinturón de villas miserias. No es la primera vez que se recurre al expediente de echarle la culpa a los pobres de la pobreza, entre otras cosas porque ya se sabe que los pobres son pobres porque les gusta serlo.

Se dice que Santa Fe fue siempre así, olvidándose que en otros tiempos fuimos realmente la ciudad cordial, fuimos una ciudad con movimientos intelectuales y culturales que se proyectaban hacia la Nación y con un nivel de vida cotidiano que se parecía al de las ciudades europeas.

Hoy, por el contrario, nos toca contemplar el espectáculo de nuestra propia decadencia, de nuestros retrocesos cotidianos; el viaje a Europa ha quedado archivado en el baúl de los abuelos y en su lugar hemos enderezado el barco hacia Africa. ¿Exageraciones? Los invito a ingresar a la ciudad por cualquiera de sus costados y observar el paisaje de villas miserias y mendigos deambulando por las calles para comprobar que comparada con el presente la película "Tire die", filmada en la década del cincuenta, es una bucólica excursión a Disneylandia.

Hubo un tiempo en que en Santa Fe había fábricas, puertos, complejos ferroviarios, una multitud de talleres y empresas y una colonia rural próspera. Hubo un tiempo en que nuestras facultades eran consideradas las mejores de la Argentina y de América latina; hubo un tiempo en que el Estado era eficiente, estricto y solidario.

Hubo un tiempo en que esta provincia fue gobernada por Molinas, Sylvestre Begnis, Tessio. Hubo un tiempo en que en esta ciudad hubo intendentes progresistas, creativos, capaces de programar grandes obras públicas, de renovar a la ciudad en toda la línea, de hacerla más hospitalaria, más acogedora, más justa en definitiva...hubo un tiempo en que los santafesinos estábamos orgullosos de nuestra ciudad y podíamos decirles a nuestros hijos que en Santa Fe había futuro porque existía el presente y ese presente estaba pintado con los colores del trabajo, la inteligencia y la solidaridad.

¿Cómo explicar entonces tanto retroceso, tanta decadencia, tanta vergüenza? ¿Cómo explicar que una ciudad que a pesar de todo sigue disponiendo de excelentes recursos humanos, una ciudad que sus universidades cuentan con la planta de investigadores más amplia de la Argentina, ofrezca ese espectáculo siniestro de miseria, pobreza y envilecimiento diario?.

Se dirá que no es para tanto, que a pesar de todo en ciertos lugares de la ciudad todavía es posible reconocer la huellas de un pasado más confortable. Todo es posible, incluso el consuelo y la resignación, pero cuando en una ciudad casi la mitad de sus habitantes viven en la pobreza, el margen para las excusas se achica; cuando en una ciudad los hijos de la clase media se van al extranjero o a otra ciudad de la Argentina es porque algo está pasando; cuando en una ciudad, nosotros no podemos convencer a nuestros hijos para que se queden porque sabemos que quedarse significa languidecer en la desocupación y la mediocridad, es porque de hecho estamos renunciando al futuro y admitiendo que hemos dilapidando la herencia que nos dejaron nuestros padres y nuestros abuelos.

Preguntarán ustedes: ¿y quién tiene la culpa de lo que ocurre? Para ser sincero habría que decir que la culpa la tenemos todos, porque es cómodo echarle la culpa a los gobernantes cuando se sabe que esos gobernantes están donde están porque alguien los votó. Pero así como en una sociedad las ganancias no se reparten igualitariamente, tampoco las culpas se deben distribuir igualitariamente.

Digamos al respecto que todos tenemos la culpa, pero admitamos que algunos tienen más culpas que otros, y no hace falta ser un mago para saber que quienes tuvieron más posibilidades de decidir tienen más responsabilidad que quienes solamente decidieron con el voto, muchas veces canjeado por un plan o un bolsa de comida.

En cualquier parte del mundo, cuando una ciudad, una región, un país fracasa ese fracaso es el fracaso de su clase dirigente. Santa Fe no es la excepción, pero no viene al caso ahora señalar con el dedo; más importante que levantar el índice es levantar la mirada y pensar en lo que se debe hacer para que en Santa Fe el rasgo distintivo deje de ser la miseria. Hace falta ciudadanos, políticos, vecinos, hombres de buena voluntad que se comprometan a trabajar por una ciudad más justa. No es una misión imposible proponerse hacer una ciudad a la altura de nuestros mejores sueños.

En Santa Fe, la combinación de burocracia estatal inepta, clientelismo político, especulación financiera, corrupción y mediocridad cultural está haciendo estragos. Las paradojas asombran y duelen. Santa Fe es una de las plazas financieras más importantes de la Argentina, pero las inversiones brillan por su ausencia; en Santa Fe las universidades producen inteligencia pero los resultados prácticos son deplorables; Santa Fe exhibió en su momento una clase obrera calificada y hoy la industria más pujante parece ser la desocupación; en Santa Fe existió en un tiempo el orgullo de la cultura del trabajo y hoy lo único que se nos ocurre consumir son planes sociales.

Con ironía, pero con ironía amarga, un amigo decía que Santa Fe es hoy una ciudad socialista, es decir una ciudad en donde todos de manera directa o indirecta vivimos del Estado, de sus prebendas, de sus beneficios, de su asistencia; un socialismo, agregaría, de mediocres, un socialismo del atraso y la depresión, un socialismo "qualunquista", no fundado en la lucidez y la expresión de los mejores valores sino en el fracaso y la promiscuidad, un socialismo que se parece como en una pesadilla al "cambalache" cantado por Discépolo.

No ignoro que estos colores oscuros están contrastados con alguna luces que parpadean en el horizonte. Claro que la esperanza también existe en Santa Fe; claro que la solidaridad, los sentimientos de justicia, la inteligencia creativa están presentes en la ciudad y son justamente estos valores los que constituyen nuestra gran promesa. Precisamente, son éstas las razones por las cuales los santafesinos nos merecemos otra ciudad, otra calidad de vida. Lo que indigna no es la depresión, lo que indigna es que teniendo posibilidades de ser otra cosa nos hayamos deslizado sin pena ni gloria hacia la charca de la decadencia.

Conozco mi ciudad y conozco muchas otras ciudades; no miento ni exagero si digo que a pesar de todo estoy orgulloso de vivir donde vivo; amo a Santa Fe y si a veces mis palabras son duras, su dureza tienen el afecto de los cariños viriles, tienen el tono del amor exigente y tienen la ternura de quien pretende dejarle a sus hijos una ciudad más digna y más justa que la que recibimos.

Santa Fe puede ser otra cosa y debe ser otra cosa; de nosotros y de nadie más que de nosotros depende producir la gran transformación. Como los pioneros, como los grandes colonizadores que llegaron a estas tierras a fundar la patria, estamos comprometidos a hacer de nuestra patria chica el gran hogar de todos los santafesinos; la tarea no es sencilla, pero las grandes empresas sólo están reservadas a los grandes pueblos

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