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Rogelio Alaniz
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Caso Carlos Menem - Alsogaray presa

1104 - Fuente El Litoral

"Mejor que decir es hacer, mejor que prometer es realizar" -
Juan Domingo Perón

Una vieja lección política prescribe que nunca hay que hablar de más. Un viejo consejo callejero asegura que, en caso de interrogatorio, sólo hay que responder lo que se pregunta, evitando cuidadosamente decir más de lo que preguntan. Estos consejos seguramente los tienen muy en cuenta los chinos, pero, atendiendo a lo sucedido esta semana, los argentinos, o el gobierno nacional, para ser más preciso, los han olvidado o nunca los han conocido.

Desde hace por lo menos diez días, desde las usinas de la Casa Rosada se propagaba el rumor de que el presidente disponía de un formidable as en la manga. Incluso se llegó a decir que las informaciones que se darían a conocer serían tan espectaculares que el nuevo padre de la patria sería Kirchner, colocándolo a San Martín en un modesto segundo lugar, algo que a don José no le habría molestado demasiado, ya que nunca estuvo preocupado por ser el padre de la patria, entre otras cosas porque todo padre que se precie de tal nunca pone en tela de juicio su paternidad ni se le ocurre ufanarse de lo que es más que evidente.

Lo cierto es que, honrando el mejor estilo argentino, desde la más alta investidura del poder se cometió el pecado de la charlatanería, pecado que nos ha hecho tristemente célebres en el mundo y que Kirchner no tuvo empacho en cometer, tal vez motivado por su obsesivo afán de ser argentino hasta en los defectos.

Alcanzó -y sobró- con que un modesto funcionario de la cancillería china dijera que la Argentina no es prioridad, y que sólo una reunión con abundante vino y algo de hachís puede haber motivado las declaraciones acerca de inversiones por más de veinte mil millones de dólares, para que el globo inflado quedase reducido a un insignificante y vergonzoso pedacito de goma, tirado a orillas de la acera. Como para que de nuestro sedicente orgullo nacional no queden ni rastros, el funcionario chino señaló, con tono suave pero implacable, que el cliente privilegiado en América se llama Brasil.

Para decirlo con otras palabras, y prescindiendo de ironías y humoradas: hicimos un papelón. O, para ser más justos, el gobierno cometió un error que lo dejó al borde del ridículo, lugar del que, como muy bien dijera Perón, una vez que alguien se instala allí es muy difícil regresar. Como sucede en estos casos, la mejor solución para justificar la metida de pata fue echarles la culpa a los periodistas, recurso defensivo en el que nadie cree pero que ayuda a salir del paso.

En realidad, uno podría decir que no ha pasado nada, que se cometió el error de hablar de más y que, después de una terminante desmentida de los supuestos benefactores, todo regresa a su sitio. En términos prácticos, las probables inversiones de los chinos no se van a frenar porque un operador del oficialismo haya hablado de más o porque un presidente al que le gusta estar en el candelero todos los días se atribuya proezas que no está en condiciones de realizar. Se dice que los chinos son reservados, que se toman su tiempo, que no les gustan las retóricas ampulosas. Pero también se dice que no alteran sus planes por una palabra de más; en todo caso, esas palabras inoportunas les permiten conocer un poco más a su interlocutor, una información que en algún momento podrá transformarse en una ventaja.

Digamos que nos comportamos de manera inmadura, pero que el papelón no nos ocasionará perjuicios irreparables. Sin embargo, el problema de fondo no son las palabras dichas a destiempo, la fanfarronería nacional o la viveza criolla. El problema más serio es esa concepción que supone que en la Argentina los conflictos se resuelven a través de un anuncio espectacular. Para disculparlo a Kirchner digamos que históricamente los argentinos estamos convencidos de que nuestra suerte se decide por un golpe de azar, una batalla, una lluvia, un empréstito, una cosecha, un descubrimiento y todo queda resuelto en los mejores términos.

Mientras los chinos, al decir de uno de sus cancilleres, dedicaron el siglo XIX a pensar en lo que iban a hacer, el siglo veinte a preparase para hacerlo y el sigo XXI a poner manos a la obra, nosotros estamos convencidos de que la realidad se transforma de un día para otro y de que, además, no se transforma con hechos sino con palabras.

Esta visión mágica de la política, esta ilusión de que Dios es argentino, es tan nacional como dañina. Es como ese padre que supone que los problemas de su familia se resolverán cuando gane la lotería, o el día en que un hombre golpee a la puerta de su casa y le diga que le regala un millón de dólares, o la noche en que su hija le anuncia que se va a casar, por ejemplo, con Bill Gates. En definitiva, es creer que lo que decide no son el trabajo, el ahorro, la inteligencia, los logros progresivos, sino los golpes de suerte. Y mientras nos hundimos inexorablemente en la decadencia, seguimos hablando en el café de lo que vamos a hacer el día en que seamos millonarios.

Esta concepción, tan argentina -y tan peronista- de creer que a los rigores de la realidad se los enfrenta con anuncios espectaculares, en donde lo que importa más son las palabras que los hechos, es la que se ha impuesto en los cerebros mediáticos del oficialismo y la que explica el reciente papelón. Es verdad que por ahora el percance fue superado, pero mientras estos criterios políticos se mantengan vigentes, no hay garantías de que en otro momento no se vuelva a tropezar con la misma piedra.

Algunas cosas se entienden. Kirchner llegó al poder con pocos votos y en un momento muy difícil; debió proponerse mejorar sus niveles de popularidad haciendo cosas y, además, diciendo que las hacía. Es verdad que algo ha hecho y también es cierto que cada vez que hizo algo su aparato publicitario se encargó de desparramarlo a los cuatro vientos. Pero sería saludable para el presidente distinguir la diferencia que existe entre lo que se hace y lo que se dice que se hace.

Por otro lado, no está mal que hayamos puestos los ojos en China. Si algún futuro tiene la Argentina, ese futuro está teñido con los colores amarillos de los llamados "tigres asiáticos" y del dragón chino. A diferencia de lo que nos sucede con Estados Unidos, nuestra economía con China no es competitiva sino complementaria. Nadie nos va a regalar nada, pero nosotros podemos vender nuestros alimentos y nuestros recursos energéticos a cambio de inversiones en áreas tales como la vivienda, el turismo, la energía y la minería.

Ubicar para la nación un lugar en el mundo y complementar las economías es una de las tareas decisivas de un Estado nacional. No es probable que China cumpla el rol que en el siglo XIX desempeñaron Inglaterra y Europa con la Argentina. No es probable, pero lo cierto es que, atendiendo las actuales condiciones de la globalización y las nuevas estrategias de la división internacional del trabajo, es factible que una de nuestras posibilidades esté planteada en el Pacífico, como antes lo estuvo en el Atlántico.

Este balance de situación no puede hacernos perder de vista que estamos ante una estrategia cuyos resultados recién podrán evaluarse en el mediano y largo plazo. No hay ni resultados espectaculares, ni milagros económicos al margen de la voluntad nacional y de nuestros esfuerzos internos. Nadie va a venir a salvarnos o a hacer beneficencia, el milagro como categoría política no existe. Y creer en él es un sustituto del fracaso, la resignación y la impotencia. Como dicen las comadres, "a la suerte hay que ayudarla", y ya se sabe al respecto que la clave de la riqueza de las naciones reside en el trabajo, el ahorro y la inteligencia. Sería deseable que el gobierno nacional entienda estas verdades elementales y aprenda en serio que, una vez más, "mejor que decir es hacer y mejor que prometer es realizar"

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