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1104 Militantes de Barrios de Pie
El Gran Rosario tuvo un crecimiento de 26 mil nuevos puestos laborales
durante los diez primeros meses de 2004, según informó la Secretaría de
Trabajo de la provincia de Santa Fe. Sin embargo, la vida cotidiana en los
barrios sigue exhibiendo el paisaje de la desocupación, hija directa de la
concentración de riquezas en los años noventa. En esos barrios surgieron los
movimientos piqueteros que suelen ser noticia cuando cortan calles o rutas,
pero de los que poco se sabe a la hora de pensar la vida cotidiana. Cinco
integrantes del Movimiento Barrios de Pie contaron su lucha cotidiana. Su
manera de establecer vínculos que los encuentra con salud mental y
esperanzados en el futuro de una Argentina que saben injusta y en manos de
saqueadores.
Hacer de todo, todos los días
Claudia Fleitas tiene 27 años y vive en Barrio Magnano, en el profundo
interior rosarino adonde no llegan los efectos del llamado boom económico
gozado por pocos. Ella dice que vivir “es duro, pero cuando compartís esa
dureza se hace un poco mas blanda. Poder compartir las necesidades y tratar
de solucionarlas entre todos lo hace menos duro”.
Se hizo piquetera hace cinco años. Siente que después de un día de trabajo
vivió una semana. “Se hace de todo. Volvés a nacer porque vas cambiando un
montón de cosas. A lo mejor tenés una manera de pensar y viéndolo con los
compañeros no es la misma de todos y poder decir, esta bien me parece válida
la de los demás. Venimos con una cultura impuesta, nos han dicho “sálvese
quien pueda” y eso trae un montón de karmas y poder revertir eso
compartiendo y haciendo cosas es fuerte, es emprezar todo de nuevo”,
sostiene mientras repasa mentalmente la vida cotidiana de una piquetera.
Tiene dieciséis años. Se llama Andrés Ruiz y vive en el lejano oeste
rosarino.
Para Andrés, ser piquetero “significa luchar por lo que un joven quiere, por
lo que sueña. Porque sabemos que muchos pibes están tirados en la calle
haciendo cagadas y nosotros queremos trabajo no cárceles para reprimir a
esos pibes porque con eso no se soluciona nada. Lo que pedimos es trabajo
digno para salir de todo eso”, afirma y reafirma su identidad.
Su trabajo cotidiano es hacer “talleres para chicos y alfabetizar adultos.
Me enorgullece brindarle una apoyo a quienes más lo necesitan, no gano plata
pero les brindo mi ayuda”.
A Andrés le molestan las generalizaciones que suelen escucharse en algunos
medios de comunicación que satanizan a los piqueteros. “Nosotros no salimos
a pelear por la caja y un plan, que es lo que muestran los medios, salimos a
pelear por educación, cultura, salud y por la poblemática de a mujer”.
Gabriela Pereyra también vive en la zona oeste. “Me hice piquetera hace
poco, milito en Barrios de Pie, “estamos de pie”, me acerqué por la
universidad porque estoy estudiando. En el movimiento tenemos el área de
educación popular, nos capacitamos, hacemos educación para adultos, talleres
para los chicos, aparte del apoyo escolar, buscamos otras actividades para
que los chicos tengan donde estar y que no estén en la calle haciendo otras
cosas”.
Claudia dice que lo mejor de la vida cotidiana de los piqueteros “es cuando
la gente se va sumando, se interesa, porque vos sabés que sale de la casa
aunque sea con la iniciativa de conseguir una caja o un plan. Ese es el
puntapié inicial y sabemos que después el trabajo es de adentro, la
solidaridad, compartir las cosas”, graficó.
Lo peor, lo mejor y el futuro
A la hora de pensar lo malo recordó algo existencialmente conmovedor: “A mi
me pasó que mataron a un compañero muy joven de 21 años, el 21 de diciembre,
en esa fecha tan especial. Hacía dos años que venía militando con nosotros
dentro del centro comunitario. Era un chico de la calle que en algún momento
tomó drogas, que llegó a robar y que nosotros lo pudimos recuperar y que
lamentablemente no pudimos evitar.....Esas cosas te hacen sentir impotente,
cuando perdés un compañero porque todos los compañeros son importantes, te
sentís impotente ante la muerte, después lo otro lo podés ver, pelear entre
todos....pero que sea a manos del gatillo fácil, no es justo”, dice.
En relación a la policía, Claudia informa que los militantes son
perseguidos. “Nos miran mal, nos insultan. Cuando nos preparamos para las
marchas se nota que andan mucho los patrulleros”.
Se imagina una Argentina justa como horizonte. “No pedimos demasiado, lo
único que pedimos es que seamos partícipes. Nosotros vivimos la realidad del
barrio, sabemos que los 150 pesos no te alcanzan. Ahora también sabemos qué
cosas hacer, impulsar. No entendemos mucho de presupuesto, economía y esa
cuestión, pero venimos haciendo una experiencia importante en nuestro barrio
con la recuperación de los valores fuertes, me parece que ahí está el quit
de la cuestión, los valores”, afirma convencida.
La clave es que confían “en el que está lado”.
Andrés dice que Lo peor para él “es ver chicos vendiendo tarjetitas en los
colectivos, chicos desnutridos en las villas, cirujeando, todas las noches
cagándose de frío... juntando cartón para hacer monedas, que haya gente
analfabeta, chicos que no puedan estudiar, pibes en la calle y con la
policía cada cinco minutos reprimiéndolos”.
Lo mejor pasa cuando se juntan para “intercambiar ideas, capacitarse para
ser promotores de salud o alfabetizar o cuando se organizan talleres de
cultura para el barrio”.
Andrés sueña con que Barrios de Pie “va hacia una Argentina mejor, para que
no haya pibes en la calle, que no haya hambre, pobreza...Para que seamos
todos iguales, para que no exista la clase baja, media y alta, para que haya
estudio y trabajo para todos”.
Según Gabriela Pereyra, lo peor es “cuando hay vecinos que no pertenecen al
movimiento pero que ya no creen en nada. Entonces le cuento las cosas que
hacemos y tratamos de hacerle ver que vale la pena y que no es que uno lucha
solo contra todos, uno lucha con el que está al lado. Lo mejor de todo es
que yo sabía que había posibilidad de cambio, pero con el movimiento siento
que luchando pueden conseguir cosas y cambios”, dice.
Claudia vuelve a opinar porque cree que la lucha de Barrios de Pie es la
misma que la que realizan los militantes de la Corriente Clasista y
Combativa, los del Movimiento Territorial Liberación. “Queremos un país
donde no haya desigualdades. Después las diferentes vertientes políticas es
la cuestión que no nos permite juntarnos. Creo que a las organizaciones
sociales nos falta maduración para poder juntarnos”.
-La falta de madurez, ¿es de la gente o de la dirigencia? -le pregunta este
cronista.
-De ambos, porque los compañeros del barrio también se preguntan o dicen
“che, me parece que se están equivocando” y es más difícil. Porque ellos
cortan por tal caso y cuando nos tenemos que juntar ellos siguen con esa
vieja cuestión y es difícil remontar. La cultura que está impuesta es
competir con el otro, entonces tenemos que explicar que somos lo mismo,
vamos por la misma lucha, pero nosotros tratamos de hacer lo mejor, siempre
escuchando a nuestros compañeros de base y de ahí surge el resto. Si los
compañeros dicen, por ejemplo, que Kirchner no es igual que Menem o Duhalde
y bueno nosotros le damos para adelante porque escuchamos y respetamos lo
que la mayoría dice y esto está despertando cierta esperanza, no le damos un
cheque en blanco, pero si los respetamos -respondió Claudia.
Patricia, con sus jóvenes 23 años, dice de la dificultad que representa
alfabetizar a las personas adultas. “Por ahí es muy difícil por todos los
problemas que tienen y por pensar que si no pudieron estudiar de chicos de
grandes mucho menos van a hacerlo. Pensamos que se deben preguntar por qué
lo está haciendo un movimiento piquetero, jefes de hogar de 150 pesos y no
el estado. Deben decirse, “¿por qué no tengo la posibilidad de ir a estudiar
a una escuela, con mi ropa, mi zapatillas, mis útiles?”, es un planteo que
nos hacemos nosotros y pensamos que tal vez por eso nos cuesta mucho sumar a
la gente para alfabetizarse, sobre todo a los hombres”, describe ese mundo
de sensaciones cotidianas que amanece en los barrios rosarinos y brillan por
su ausencia en las agendas de los políticos tradicionales.
A la hora de elegir lo peor marca “las necesidades y lo injusto. Para mi
injusto es que un nene de seis años no pueda ir a la escuela y tenga que
salir con el padre a cirujear con el carro, es injusto ver a chicos de 10,
12 años con la bolsita en la mano, ver personas, chicos o grandes
revolviendo la basura para comer, es injusto que haya personas desnutridas,
es injusto ver la cantidad de gente que va al centro comunitario a buscar la
leche o la comida”.
Y no da demasiadas vueltas para explicar que lo mejor es la lucha.
La leche, el piquete y el país
En Barrio Magnano el movimiento piquetero le da de comer a 300 chicos todos
los días y a ciento cincuenta les ofrece la copa de leche.
Claudia Fleitas recuerda que “la leche se consiguió a través de un piquete.
Hicimos un relevamiento en el barrio y sabíamos que había chicos que tomaban
la leche en la escuela, pero muchos otros no tomaban la leche en ningún lado
entonces hicimos un listado. Anteriormente a ese piquete habíamos entregado
un petitorio por la copa de leche y no se logró. Entonces tuvimos que hacer
un piquete y ahí salió una copa de leche donde la provincia nos entrega la
mercadería y ahora nos están entregando cada dos meses. A veces te falta
arroz, azúcar, pero durante cinco años se hizo a través de las mamás que
vendían torta fritas, pastelitos, rifas y todos los días había tres kilos de
leche, dos paquetes de azúcar y algún kilo de arroz para hacer la copa para
los chicos. Cuando vimos que no podíamos bancar más eso, porque las tortas
fritas no rendían mas y que aumentaba la leche ahí presentamos el petitorio
y el piquete”.
Para Fabiana, estudiante de psicología, el conocer la vida cotidiana de un
movimiento piquetero fue cambiar su visión del mundo. “Ese día que fui
estaba por venir una tormenta muy grande y estaban preparando un pastel de
carne y el miedo de la tormenta era que en el lugar donde comen los chicos
llueve adentro y me emocioné mucho al ver como se preparaba ese pastel con
mucho amor, había mamás, abuelas y todos colaboraban.
Lo peor es cuando ves la ausencia del estado. Cuando me contaron que por un
piquete consiguieron o estaban en tratativas por un convenio con el CEMA
para que fuera a hacer un relevamiento en la villa para ver los casos de
desnutrición infantil y yo como estudiante de psicología me pregunto por qué
no lo hace antes el estado porque tiene que lograrse por un piquete”, dice
la futura profesional que intentará lograr salud mental en medio de una
sociedad cosida por la injusticia.
-¿Qué es el país para ustedes? -pregunta el periodista que escribe estas
líneas.
-Es un orgullo. Cuando canto el himno en un acto se me eriza la
piel….-contesta Claudia siempre dispuesta a contar lo que siente.
-¿Pero por qué decís que es un orgullo si hay tanta injustica?.
- Siempre digo que el ser humano tiene escamas...Todo esto que nos han
inculcado, el individualismo, competir, malos valores... pero nosotros nos
damos cuenta que esas escamas se pueden sacar y queda la solidaridad, lo
vimos en las inundaciones, toda la gente colaboró. Distintos son los
político tradicionales que no tienen valores, escrúpulos, nada. Pero bueno,
justamente fueron ellos los que dejaron esa cultura -responde y se van
juntos hacia el interior de la noche rosarina que tiene en ellos la luz de
una esperanza concreta, chiquita, pero invencible.
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