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Vida cotidiana de los piqueteros argentinos
Carlos del Frade

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46% de pobres en Santa Fe, capital de la segunda provincia argentina - En Argentina 1 de cada 4 niños debe trabajar para poder comer - Negocio del hambre en Argentina Menem Acusado - Alsogaray presa

1104 Militantes de Barrios de Pie

El Gran Rosario tuvo un crecimiento de 26 mil nuevos puestos laborales durante los diez primeros meses de 2004, según informó la Secretaría de Trabajo de la provincia de Santa Fe. Sin embargo, la vida cotidiana en los barrios sigue exhibiendo el paisaje de la desocupación, hija directa de la concentración de riquezas en los años noventa. En esos barrios surgieron los movimientos piqueteros que suelen ser noticia cuando cortan calles o rutas, pero de los que poco se sabe a la hora de pensar la vida cotidiana. Cinco integrantes del Movimiento Barrios de Pie contaron su lucha cotidiana. Su manera de establecer vínculos que los encuentra con salud mental y esperanzados en el futuro de una Argentina que saben injusta y en manos de saqueadores.

Hacer de todo, todos los días

Claudia Fleitas tiene 27 años y vive en Barrio Magnano, en el profundo interior rosarino adonde no llegan los efectos del llamado boom económico gozado por pocos. Ella dice que vivir “es duro, pero cuando compartís esa dureza se hace un poco mas blanda. Poder compartir las necesidades y tratar de solucionarlas entre todos lo hace menos duro”.
Se hizo piquetera hace cinco años. Siente que después de un día de trabajo vivió una semana. “Se hace de todo. Volvés a nacer porque vas cambiando un montón de cosas. A lo mejor tenés una manera de pensar y viéndolo con los compañeros no es la misma de todos y poder decir, esta bien me parece válida la de los demás. Venimos con una cultura impuesta, nos han dicho “sálvese quien pueda” y eso trae un montón de karmas y poder revertir eso compartiendo y haciendo cosas es fuerte, es emprezar todo de nuevo”, sostiene mientras repasa mentalmente la vida cotidiana de una piquetera.
Tiene dieciséis años. Se llama Andrés Ruiz y vive en el lejano oeste rosarino.
Para Andrés, ser piquetero “significa luchar por lo que un joven quiere, por lo que sueña. Porque sabemos que muchos pibes están tirados en la calle haciendo cagadas y nosotros queremos trabajo no cárceles para reprimir a esos pibes porque con eso no se soluciona nada. Lo que pedimos es trabajo digno para salir de todo eso”, afirma y reafirma su identidad.
Su trabajo cotidiano es hacer “talleres para chicos y alfabetizar adultos. Me enorgullece brindarle una apoyo a quienes más lo necesitan, no gano plata pero les brindo mi ayuda”.
A Andrés le molestan las generalizaciones que suelen escucharse en algunos medios de comunicación que satanizan a los piqueteros. “Nosotros no salimos a pelear por la caja y un plan, que es lo que muestran los medios, salimos a pelear por educación, cultura, salud y por la poblemática de a mujer”.
Gabriela Pereyra también vive en la zona oeste. “Me hice piquetera hace poco, milito en Barrios de Pie, “estamos de pie”, me acerqué por la universidad porque estoy estudiando. En el movimiento tenemos el área de educación popular, nos capacitamos, hacemos educación para adultos, talleres para los chicos, aparte del apoyo escolar, buscamos otras actividades para que los chicos tengan donde estar y que no estén en la calle haciendo otras cosas”.
Claudia dice que lo mejor de la vida cotidiana de los piqueteros “es cuando la gente se va sumando, se interesa, porque vos sabés que sale de la casa aunque sea con la iniciativa de conseguir una caja o un plan. Ese es el puntapié inicial y sabemos que después el trabajo es de adentro, la solidaridad, compartir las cosas”, graficó.

Lo peor, lo mejor y el futuro

A la hora de pensar lo malo recordó algo existencialmente conmovedor: “A mi me pasó que mataron a un compañero muy joven de 21 años, el 21 de diciembre, en esa fecha tan especial. Hacía dos años que venía militando con nosotros dentro del centro comunitario. Era un chico de la calle que en algún momento tomó drogas, que llegó a robar y que nosotros lo pudimos recuperar y que lamentablemente no pudimos evitar.....Esas cosas te hacen sentir impotente, cuando perdés un compañero porque todos los compañeros son importantes, te sentís impotente ante la muerte, después lo otro lo podés ver, pelear entre todos....pero que sea a manos del gatillo fácil, no es justo”, dice.
En relación a la policía, Claudia informa que los militantes son perseguidos. “Nos miran mal, nos insultan. Cuando nos preparamos para las marchas se nota que andan mucho los patrulleros”.
Se imagina una Argentina justa como horizonte. “No pedimos demasiado, lo único que pedimos es que seamos partícipes. Nosotros vivimos la realidad del barrio, sabemos que los 150 pesos no te alcanzan. Ahora también sabemos qué cosas hacer, impulsar. No entendemos mucho de presupuesto, economía y esa cuestión, pero venimos haciendo una experiencia importante en nuestro barrio con la recuperación de los valores fuertes, me parece que ahí está el quit de la cuestión, los valores”, afirma convencida.
La clave es que confían “en el que está lado”.
Andrés dice que Lo peor para él “es ver chicos vendiendo tarjetitas en los colectivos, chicos desnutridos en las villas, cirujeando, todas las noches cagándose de frío... juntando cartón para hacer monedas, que haya gente analfabeta, chicos que no puedan estudiar, pibes en la calle y con la policía cada cinco minutos reprimiéndolos”.
Lo mejor pasa cuando se juntan para “intercambiar ideas, capacitarse para ser promotores de salud o alfabetizar o cuando se organizan talleres de cultura para el barrio”.
Andrés sueña con que Barrios de Pie “va hacia una Argentina mejor, para que no haya pibes en la calle, que no haya hambre, pobreza...Para que seamos todos iguales, para que no exista la clase baja, media y alta, para que haya estudio y trabajo para todos”.
Según Gabriela Pereyra, lo peor es “cuando hay vecinos que no pertenecen al movimiento pero que ya no creen en nada. Entonces le cuento las cosas que hacemos y tratamos de hacerle ver que vale la pena y que no es que uno lucha solo contra todos, uno lucha con el que está al lado. Lo mejor de todo es que yo sabía que había posibilidad de cambio, pero con el movimiento siento que luchando pueden conseguir cosas y cambios”, dice.
Claudia vuelve a opinar porque cree que la lucha de Barrios de Pie es la misma que la que realizan los militantes de la Corriente Clasista y Combativa, los del Movimiento Territorial Liberación. “Queremos un país donde no haya desigualdades. Después las diferentes vertientes políticas es la cuestión que no nos permite juntarnos. Creo que a las organizaciones sociales nos falta maduración para poder juntarnos”.
-La falta de madurez, ¿es de la gente o de la dirigencia? -le pregunta este cronista.
-De ambos, porque los compañeros del barrio también se preguntan o dicen “che, me parece que se están equivocando” y es más difícil. Porque ellos cortan por tal caso y cuando nos tenemos que juntar ellos siguen con esa vieja cuestión y es difícil remontar. La cultura que está impuesta es competir con el otro, entonces tenemos que explicar que somos lo mismo, vamos por la misma lucha, pero nosotros tratamos de hacer lo mejor, siempre escuchando a nuestros compañeros de base y de ahí surge el resto. Si los compañeros dicen, por ejemplo, que Kirchner no es igual que Menem o Duhalde y bueno nosotros le damos para adelante porque escuchamos y respetamos lo que la mayoría dice y esto está despertando cierta esperanza, no le damos un cheque en blanco, pero si los respetamos -respondió Claudia.
Patricia, con sus jóvenes 23 años, dice de la dificultad que representa alfabetizar a las personas adultas. “Por ahí es muy difícil por todos los problemas que tienen y por pensar que si no pudieron estudiar de chicos de grandes mucho menos van a hacerlo. Pensamos que se deben preguntar por qué lo está haciendo un movimiento piquetero, jefes de hogar de 150 pesos y no el estado. Deben decirse, “¿por qué no tengo la posibilidad de ir a estudiar a una escuela, con mi ropa, mi zapatillas, mis útiles?”, es un planteo que nos hacemos nosotros y pensamos que tal vez por eso nos cuesta mucho sumar a la gente para alfabetizarse, sobre todo a los hombres”, describe ese mundo de sensaciones cotidianas que amanece en los barrios rosarinos y brillan por su ausencia en las agendas de los políticos tradicionales.
A la hora de elegir lo peor marca “las necesidades y lo injusto. Para mi injusto es que un nene de seis años no pueda ir a la escuela y tenga que salir con el padre a cirujear con el carro, es injusto ver a chicos de 10, 12 años con la bolsita en la mano, ver personas, chicos o grandes revolviendo la basura para comer, es injusto que haya personas desnutridas, es injusto ver la cantidad de gente que va al centro comunitario a buscar la leche o la comida”.
Y no da demasiadas vueltas para explicar que lo mejor es la lucha.

La leche, el piquete y el país

En Barrio Magnano el movimiento piquetero le da de comer a 300 chicos todos los días y a ciento cincuenta les ofrece la copa de leche.
Claudia Fleitas recuerda que “la leche se consiguió a través de un piquete. Hicimos un relevamiento en el barrio y sabíamos que había chicos que tomaban la leche en la escuela, pero muchos otros no tomaban la leche en ningún lado entonces hicimos un listado. Anteriormente a ese piquete habíamos entregado un petitorio por la copa de leche y no se logró. Entonces tuvimos que hacer un piquete y ahí salió una copa de leche donde la provincia nos entrega la mercadería y ahora nos están entregando cada dos meses. A veces te falta arroz, azúcar, pero durante cinco años se hizo a través de las mamás que vendían torta fritas, pastelitos, rifas y todos los días había tres kilos de leche, dos paquetes de azúcar y algún kilo de arroz para hacer la copa para los chicos. Cuando vimos que no podíamos bancar más eso, porque las tortas fritas no rendían mas y que aumentaba la leche ahí presentamos el petitorio y el piquete”.
Para Fabiana, estudiante de psicología, el conocer la vida cotidiana de un movimiento piquetero fue cambiar su visión del mundo. “Ese día que fui estaba por venir una tormenta muy grande y estaban preparando un pastel de carne y el miedo de la tormenta era que en el lugar donde comen los chicos llueve adentro y me emocioné mucho al ver como se preparaba ese pastel con mucho amor, había mamás, abuelas y todos colaboraban.
Lo peor es cuando ves la ausencia del estado. Cuando me contaron que por un piquete consiguieron o estaban en tratativas por un convenio con el CEMA para que fuera a hacer un relevamiento en la villa para ver los casos de desnutrición infantil y yo como estudiante de psicología me pregunto por qué no lo hace antes el estado porque tiene que lograrse por un piquete”, dice la futura profesional que intentará lograr salud mental en medio de una sociedad cosida por la injusticia.
-¿Qué es el país para ustedes? -pregunta el periodista que escribe estas líneas.
-Es un orgullo. Cuando canto el himno en un acto se me eriza la piel….-contesta Claudia siempre dispuesta a contar lo que siente.
-¿Pero por qué decís que es un orgullo si hay tanta injustica?.
- Siempre digo que el ser humano tiene escamas...Todo esto que nos han inculcado, el individualismo, competir, malos valores... pero nosotros nos damos cuenta que esas escamas se pueden sacar y queda la solidaridad, lo vimos en las inundaciones, toda la gente colaboró. Distintos son los político tradicionales que no tienen valores, escrúpulos, nada. Pero bueno, justamente fueron ellos los que dejaron esa cultura -responde y se van juntos hacia el interior de la noche rosarina que tiene en ellos la luz de una esperanza concreta, chiquita, pero invencible.

 


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