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Mario Soares, presidente de Portugal durante diez años, realiza hoy en La
Vanguardia un análisis sobre lo que supone la batalla contra el terrorismo y
hace hincapié en "la inteligencia y el sentido de eficacia con que debe
librarse este combate sin renegar por ello de nuestros valores esenciales y,
en especial, de los derechos humanos"
01/02/2004
Dos años y unos meses de los atentados terroristas del 11 de
septiembre del 2001 que alcanzaron a Nueva York y a Washington –y
conmocionaron a Estados
Unidos– constituyen tiempo más que suficiente para reflexionar sobre la
estrategia seguida
desde entonces en la lucha contra el terrorismo.
No digo “guerra”, como la llama
Bush, ya que este término
me parece impropio en el plano conceptual y resulta incluso perjudicial para
Estados Unidos. Porque, en tal caso, serían de aplicación contra los
terroristas las garantías de las convenciones de Ginebra, lo que no ha sido
el caso.
Como puede comprobarse en el escandaloso ejemplo de
Guantánamo.
Es evidente que el
terrorismo constituye uno de los mayores azotes a los que se enfrentan
las sociedades modernas, cuestión que no ofrece duda alguna. Por la misma
razón, debe ser combatido de forma implacable en defensa de las víctimas
inocentes y de los principios que nos rigen. No es ésta la cuestión que se
halla en juego en este caso, sino la inteligencia y el sentido de eficacia
con que debe librarse este combate sin renegar por ello de nuestros valores
esenciales y, en especial, de los derechos humanos.
Es lo que ahora, por desgracia, no ha sucedido. Con el debido respeto, la
política aplicada por la Administración Bush en la lucha contra el
terrorismo no ha sido ni inteligente ni eficaz. Ha sido desastrosa. Los
resultados están a la vista. El unilateralismo de la política de Bush –y
asimismo su doctrina, difundida por los neoconservadores que le aconsejan,
de defensa del carácter imprescindible de la “guerra preventiva”– dividió a
la coalición, incrementó sensiblemente la desconfianza y la crispación en
todo el mundo islámico, brindó argumentos a la espiral de violencia siempre
en aumento en el conflicto palestino-israelí y facilitó el alistamiento de
nuevos terroristas. Bin Laden tendrá razones para estar satisfecho, desde el
fondo de su madriguera...
En cuanto a la situación en Afganistán, dista de caracterizarse por la
serenidad. Los talibán son una sombra que amenaza los tenues pasos dados
para poner en funcionamiento un gobierno propio, que carece de
representatividad. Los atentados y demás actos terroristas se multiplican a
diario. En cuanto al resto de los problemas que afectan y condicionan la
vida cotidiana del país, lo que se sabe con seguridad es que Afganistán se
ha convertido en la actualidad en el mayor productor mundial de opio (y el
más rentable).
En Iraq la situación es mucho peor. Las fuerzas armadas
anglo-norteamericanas, que la propaganda presentaba como de “liberación” de
la odiosa dictadura de Saddam Hussein, que serían recibidas con flores y
besos, como en Normandía, son atacadas todos los días como un odioso
ejército de ocupación, carente de legitimidad a ojos del pueblo.
Es verdad que Saddam Hussein fue capturado como un animal escondido en un
agujero, con una caja llena de dólares y una pistola al alcance de la mano,
pero sin protección ni partidarios. No obstante, ¿qué avances se han
derivado de ello como para proclamar la democratización de Iraq? Sin
conocerse su paradero –ni cómo actúa ni cómo se le trata–, su juicio (si
llega a celebrarse) acarreará un gran dolor de cabeza a los ocupantes de
Iraq. Por otra parre, las armas de destrucción masiva no han aparecido. Es
muy posible que no existieran. ¿Mintieron los responsables políticos, George
W. Bush y Tony Blair, a sus respectivas opiniones públicas para justificar
mejor y más cómodamente la guerra?
El dictamen de lord Hutton ha llegado a la conclusión de que Blair fue
engañado por sus servicios secretos. El informe de David Kay, ex asesor de
la Casa Blanca, apunta en la misma dirección y responsabiliza a los
servicios secretos norteamericanos. Pero la duda subsiste: ¿cómo es posible
que se dejaran engañar tan fácilmente unos líderes experimentados, en la
misma cúspide de sus respectivos estados? Y cabe añadir: ¿no serán
responsables del engaño en que incurrieron?
Lo cierto es que el galimatías de Iraq empeora cada día que pasa. La
democracia –otro objetivo de la guerra– es un espejismo que nadie con buen
sentido toma actualmente en serio. La unidad nacional iraquí se halla en
vías de desaparición. Las tres pincipales comunidades étnicas guerrean entre
ellas: chiitas, suníes y kurdos. Incluso en la menos mala de las hipótesis,
Iraq avanza hacia un Estado federal caótico y corre el peligro de
desestabilizar políticamente a los países limítrofes. Irán, por supuesto,
país donde el chiismo goza de mayor implantación en el mundo; Siria,
Jordania, Arabia Saudí, la misma Turquía a causa del problema kurdo...
Sin embargo, la peor de las consecuencias de Iraq ha sido el recrudecimiento
del terrorismo islámico, con Iraq convertido en centro de entrenamiento por
excelencia de terroristas... Nos encaminamos hacia una “guerra”,
naturalmente, pero de intereses –el problema de fondo sigue siendo el
petróleo– y, sobre todo, de religiones, lo que resulta mucho peor.
Sintomáticamente, la voluntad imperial norteamericana se ha mitigado a
medida que se acercan las elecciones presidenciales. Paul Bremer, el
procónsul norteamericano en Iraq, ha acudido a las Naciones Unidas a pedir
su intervención a Kofi Annan para que los norteamericanos puedan aliviar de
forma sustancial el esfuerzo de su presencia militar en Iraq hasta el
próximo mes de junio. Terrible humillación que ha tenido lugar, tal vez, con
reservas mentales. Pero, también, ¡una indisimulable confesión de
impotencia!
Si regresáramos al respeto de los derechos humanos y del derecho
internacional, reconociendo la importancia del diálogo entre las diversas
culturas, el multiculturalismo y la soberanía de los países del planeta; si
nos pusiéramos de acuerdo para considerar que los grandes problemas de este
siglo son el desorden medioambiental, el hambre, la ignorancia, el
subdesarrollo y las grandes pandemias cuya solución se halla a nuestro
alcance, ¿no constituiría tal actitud la mejor forma –acaso la única
posible– de disminuir la violencia, de reducir sensiblemente los conflictos
y de retirar cualquier fundamento de apoyo al terrorismo a escala mundial?
Estoy convencido de que sí. Sería una gran contribución por parte de Estados
Unidos a favor de la paz y el desarrollo sostenible de todos los pueblos de
la Tierra
MARIO SOARES, presidente
de Portugal entre 1986 y 1996
Traducción: José María Puig de la Bellacasa |