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011211 -
Juan Manuel Karg
Los próximos viernes y sábado, en Caracas, se
conformará la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños
(CELAC). El hecho tiene dimensiones inobjetables: el organismo
reunirá, por primera vez, a 33 países que conforman una
población global de unos 550 millones de habitantes y cuya
extensión territorial supera los 20 millones de kilómetros
cuadrados, sin ningún tipo de tutelaje por parte de
EEUU.
(Ver:
El plan de la élite para un nuevo orden social mundial)
Una lucha histórica: integración contra dependencia
Para comprender la relevancia histórica del momento sirven las
palabras que el Comandante
Chávez -anfitrión de la cumbre de la
CELAC y uno de los principales impulsores de la defensa de la
soberanía de nuestro continente frente a los embates del
imperialismo- pronunció días atrás, presentando los objetivos
generales de la incipiente Comunidad de Estados:
“Va a nacer un nuevo organismo, esto es histórico de verdad.
Como unidad de Estados, Latinoamericanos y Caribeños. Cuántos
años en esta lucha. Es un primer paso, no es la victoria. No.
Pero es un primer paso. Porque desde 1820 comenzó la puja en
este continente. Después de los 300 años de conquista,
dominación, de genocidio de parte de los imperios europeos,
entonces se nos vino encima la amenaza del imperio naciente. Y
Bolívar lo previó, lo presintió, lo vio. Lo enfrentó. Y
Bolívar por eso planteaba la unión, en el Congreso Anfictiónico de
Panamá. Pero al final se impuso el monroísmo: América para los
americanos. Y al bolivarianismo lo enterraron”.
(Ver:
¿Para qué votar si gobiernan los bancos?)
Es que la importancia política de la
CELAC -aún antes de su
propio nacimiento- tiene también que ver con la propia caducidad
de la OEA, y con el frondoso prontuario de esta última contra
aquellos países que intentaron diversas vías de transformación
en nuestro continente. Así, la mal llamada
Organización de
Estados Americanos fue (y aún hoy es) tristemente célebre por
haber legitimado invasiones, golpes de Estado, e incluso
magnicidios, al punto de llegar a ser “condenada por su larga
historia como dócil instrumento del imperialismo”, tal como
afirma el politólogo argentino
Atilio Borón.
El momento de apogeo máximo de la
OEA en cuanto a dependencia de
los mandatos de Washington se constituyó con la expulsión de
Cuba en 1962 por el peligro que la isla constituía en “la
ofensiva subversiva de gobiernos comunistas, sus agentes y las
organizaciones controladas por ellos”. Con el mismo pretexto,
desde ese momento todos los gobiernos estadounidenses aplicaron
un criminal bloqueo comercial sobre
Cuba que aún persiste, y que
ha constituido una pérdida cuantiosa para la heroica isla,
calculada en unos 975.000 millones de dólares.
El punto de “no retorno” en Nuestra América
Resulta interesante retomar una breve argumentación que se ha
realizado hace pocos días en el periódico “Juventud Rebelde” de
Cuba sobre el cónclave de Caracas. Allí se caracterizó el
nacimiento de la
CELAC como “un hito” que, si bien “no estará
exento de tropiezos, zancadillas y deconstrucciones”, constituye
un “punto de no retorno” para nuestros países respecto a la
injerencia estadounidense.
(Ver:
Lo que revela y oculta la
crisis financiera)
Acordamos a todas luces con dicho enfoque, pero a su vez nos
parece preciso visualizar un hito anterior sin el cual sería
impensable este actual: hace unas semanas se cumplió el sexto
aniversario de la Cumbre de los Pueblos en Mar del Plata, que
significó la derrota del proyecto del
ALCA y del proyecto
expansionista de
George Bush sobre América Latina. En aquel
2005, diversos movimientos sociales y políticos de la Argentina
expresaron, en pleno Estadio Mundialista, su explícito rechazo a
la injerencia estadounidense en nuestros países, en un acto que
contó con la presencia de
Hugo Chávez y
Evo Morales -cuando este
último aún no había sido elegido- como “maestros de ceremonia”,
y con Diego Maradona como invitado de honor.
Ese hecho (“El
ALCA, al carajo”, en palabras de
Chávez), y la
posterior profundización de los procesos abiertos en
Venezuela,
Bolivia y
Ecuador significaron el andamiaje cotidiano que dio
sustento al ALBA -la Alianza Bolivariana para los Pueblos de
Nuestra América-. Fue dicho bloque -integrado además por
Cuba y
Nicaragua, entre otros- el que antepuso la sigla TCP (Tratado de
Comercio entre los Pueblos) a la formula clásica del
“sometimiento” en los 90, al Tratado de Libre Comercio (TLC).
(Ver:
La deuda de EEUU vuelve a amenazar a la economía mundial)
Este breve recorrido pretende mostrar que la
CELAC no surge de
un repollo, sino que tiene precedentes en la “memoria larga” -de
allí el bolivarianismo al que aludía
Chávez y la impronta de
nuestros Libertadores-; y de la “memoria mediana” -la
resistencia al neoliberalismo, el Caracazo, etc-. La “memoria
corta” estaría conformada por aquellos procesos de integración
de avanzada, como el ALBA, con una fuerte impronta en
cooperación social, humanitaria y despojada del afán de lucro; y
con otros que, aún con mayores matices -como
UNASUR- han
permitido respuestas eficaces en momentos de tensión, tal como
sucedió frente al intento de golpe de Estado en Bolivia en 2008.
(Ver y escuchar:
Walter Martínez en su programa "Dossier")
La
CELAC deberá, en medio de la crisis del capital, demostrar
que América Latina puede -y debe- superar instancias ajenas
-como la OEA- a sus desarrollos, ritmos e intensidades. El
desafío de los países que proyectan horizontes de verdadera
transformación social será el de liderar el bloque para que el
“punto de no retorno” se acentúe cada vez más. A juzgar por el
papel de Venezuela
y Cuba en el próximo cónclave de Caracas, la
situación resulta muy favorable.
Juan Manuel Karg es
licenciado en Ciencia Política UBA
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