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041211 -
Martín Granovsky
En un mundo que transita hacia no se sabe qué,
y tampoco cómo ni cuándo, la primera cumbre de la
Comunidad de Estados
Latinoamericanos y del Caribe (Celac) es una buena noticia
para Sudamérica.
La creación de la Celac, en
2010, fue una iniciativa impulsada por
Brasil cuando era
presidente
Luiz Inácio Lula da Silva que la
Argentina apoyó
con entusiasmo y el venezolano
Hugo Chávez acaba de aprovechar con habilidad en medio del
cáncer y a 10 meses de las elecciones presidenciales del 7 de
octubre.
(Ver: La CELAC ya es
una realidad)
El sistema planetario y la futurología son malos compañeros.
Antes que definir cómo será la
Celac dentro de 20 o 30 años parece más útil mostrar algunas
claves de su debut en Caracas.
Clave uno. La Celac
no sustituye a la
UNASUR, la Unión Sudamericana de Naciones creada en 2004,
relanzada en 2007 y consagrada en su eficacia regional con la
secretaría ejecutiva de
Néstor Kirchner en 2010. En términos políticos la
UNASUR sigue
siendo el núcleo homogéneo y, como tal, fue el motor de la
Celac. Al impulsar el nuevo
organismo, brasileños y argentinos se cuidaron de no diluir a la
UNASUR, así
como la UNASUR
no diluyó al preexistente
Mercosur.
Clave dos. La Celac
incluye a México, y
el propio presidente
Felipe Calderón abrió las sesiones, pero la
Argentina no
repite viejos esquemas según los cuales
México debe ser un
contrapeso para el espesor internacional de
Brasil.
(Ver:
La
CELAC y los peligros que enfrentan los pueblos)
Clave tres. La prueba de los dos primeros puntos es que
Cristina Fernández de Kirchner y Dilma Rousseff utilizaron el
marco de la cumbre de Caracas para anunciar la creación de un
llamado por los gobiernos Mecanismo de Integración Productiva
entre la Argentina
y Brasil. “Cuando
Brasil crece, crece
la Argentina”,
dijo el canciller Héctor Timerman en una síntesis que pareció
apuntar a una visión: más allá de las diferencias comerciales,
que no superan el 10 por ciento del volumen total del
intercambio entre los dos países, la Argentina apuesta a subir
la escala de la relación con Brasil. Y aquí no hay espacio para
la nostalgia sobre el PBI de cada país hace 100 o hace 50 años.
Brasil está a punto
de superar al Reino Unido en el ranking de las economías más
poderosas del mundo y resulta que es el gran vecino de acá al
lado. Pragmática, la
Argentina actúa según esa realidad y se beneficia de ella
tanto en términos económicos como políticos. Un ejemplo del
último aspecto es el respaldo de la
Celac al reclamo nacional de
abrir negociaciones diplomáticas con el Reino Unido para
recuperar las Malvinas.
(Ver:
La
CELAC o la pasión en la política)
Clave cuatro.
Brasil y la
Argentina no abandonaron a Venezuela ni como apuesta
regional (centrada en el potencial energético de los venezolanos
y en su rol creciente de puente entre Sudamérica y el Caribe) ni
como apuesta política (Cristina y Dilma prodigaron gestos de
cariño incluso personal a
Chávez, que pelea con la biología y contra el tiempo para un
eventual armado oficialista de cara a las elecciones).
Clave cinco. La euforia del presidente cubano Raúl
Castro, que calificó a la Celac de la iniciativa más importante
de los últimos 200 años, muestra otra cara del nuevo organismo.
No reemplaza a la Organización de los Estados Americanos, que sí
incluye a los Estados
Unidos y tiene apartada a
Cuba, pero sigue
vaciando de contenido concreto a la
OEA. Y, de paso,
ofrece un paraguas de amplio espectro político para que
Cuba pueda emprender
una transición lo más ordenada posible desde la revolución hacia
la construcción de un capitalismo mixto que no termine un buen
día con una invasión de empresas inmobiliarias de Miami.
(Ver:
La “izquierda” y Libia)
Clave seis. La Celac
es otra forma más de reunirse y discutir en un mundo multipolar
que se encuentra en plena reformulación. Los
EEUU, que aún son la
única hiperpotencia militar, estos días respiran aliviados ante
la caída del índice de desempleo al 8,6 por ciento, por debajo
del 9 que parecía imposible de perforar. La Europa comunitaria
discute ya sólo la medida en que cada país se reservará alguna
cuota de soberanía ante la decisión alemana de convertirse en el
gendarme fiscal de sus 27 socios, que así dejan de serlo para
transformarse en pupilos. Beijing desacelera el crecimiento sin
enfriarse mientras avanza en una sorda disputa naval, típica de
la
Guerra Fría, a ver quién predomina sobre quién en el
Pacífico y el Mar de la China. Rusia hace lo propio con su
marina en el Báltico. En ambas regiones está en juego no sólo el
acceso a mercados, sino el control de riquezas naturales
submarinas a explotarse en el futuro, desde petróleo y gas hasta
yacimientos de oro.
Clave siete. En la multipolaridad hay instancias de
construcción de poder regional nítido, como Unasur o el Nafta, y
también instancias más débiles con objetivos menos permanentes,
de composición más heterogénea o de conversión en foros de
debate. Un ejemplo son los
Brics, que integran
Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. No tienen un
objetivo militar común, pero sí disputan juntos cuotas mayores
de poder en el Fondo Monetario Internacional e intentan terciar
en la crisis europea para evitar una caída brusca de la UE. Otro
ejemplo, donde hoy se concentra la tensión de la discusión sobre
los modelos internacionales de desarrollo, es el G-20, con
presencia de dos latinoamericanos en sintonía (la Argentina y
Brasil) y otro alineado con Washington, como México.
Clave ocho.
México ya eligió el Nafta (fruto de una decisión política de
integración con los
Estados Unidos y a la vez consagración de una dependencia
comercial y económica respecto del mercado norteamericano), pero
un futuro gobierno del Partido Revolucionario Institucional que
surja de una victoria eventual el 1ª de julio puede necesitar
que a mano haya un foro donde retomar cierta dimensión simbólica
de autonomía cultural respecto de su gran vecino. Esa
perspectiva sería aún más acuciante si el presidente que suceda
a Calderón, del conservador PAN, decidiera cambiar la actual
estrategia de enfocar la lucha contra el narcotráfico como una
guerra. El enfoque no es sólo intelectual: en México ya murieron
más de 40 mil personas en los últimos cuatro años, el
narcotráfico no se redujo y el contrabando de armas entre el sur
de los Estados Unidos y el norte de México es tan fluido como la
trata de inmigrantes.
(Ver:
Nace la CELAC)
Clave nueve. La Celac
no surge como un organismo dirigido contra los
Estados Unidos, y no
podría hacerlo por la pluralidad de sus integrantes, pero la
mera ausencia de Washington es un indicio de que, siempre que
los latinoamericanos eviten el delirio y se abstengan de dar por
extinguido el poder de los
Estados Unidos, tienen un espacio de autonomía para
construir instituciones como Unasur o el Consejo Sudamericano de
Defensa.
Clave diez. Chávez no sólo estuvo hábil para utilizar la
Celac como una forma de
legitimación interna. No podría haber llegado a este punto sin
haber desplegado en el Caribe, donde no todos los países son
Cuba, Nicaragua o El Salvador, aun con todas las diferencias
entre los tres, una diplomacia basada en el activismo que México
dejó hace ya 20 años y en la provisión de petróleo más barato.
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