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FORO Y CONTRAFORO
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Globalización
Política y Economía Americanas


Más de 2000 líderes de todo el mundo en Davos - ¿Qué es el Foro Económico Mundial? - "Lo que hay que globalizar es el respeto por los derechos humanos" Paul Hoffmann - Ricos y Pobres: reflexión Daniel Raventós y Andrés de Francisco


Ricos
contra
Pobres

 

 

 


¿Qué es el Foro Económico Mundial?

El Foro Económico Mundial es una fundación privada en la que sus miembros pagan importantes cantidades de dinero para participar en la cumbre anual, ser escuchados y codearse con la flor y nata de la política y las finanzas.

La cumbre no pretende tomar decisiones ni llegar a acuerdos sino fomentar el debate y sobre todo los contactos a nivel político y empresarial en un marco que a veces se ha calificado de "mercado de ideas" y otras de catálisis para fusiones empresariales, lanzamiento de tendencias sociales o fomento del diálogo político.

¿Cuándo se creó?

En 1970. Desde entonces, el Foro Económico de Davos se ha convertido en una fuerza muy básica para la integración económica y en uno de los más precupados en el nivel económico de todos los países del mundo. Ha desempeñado un papel dominante a la hora de identificar nuevas tendencias en temas como la economía, la política, ás áreas sociales y culturales, así como en formar estrategias y las acciones para que las corporaciones y los países integren estos cambios y optimicen sus potenciales.

¿Qué temas ha tratado?

Entre 1991-99, la fundación ha catalizado la atención de los responsables globales centrando sus agendas en los siguientes temas:

1991 - La nueva dirección para el liderazgo
1992 - Cooperación y megacompetición
1993 - La recuperación global
1994 - Redifinición de los puntos básicos de la globalización
1995 - Desafíos más allá del crecimiento
1996 - Globalización de la economía mundial
1997 - Construyendo la sociedad de la Red
1998 - Prioridades para el siglo XXI. Crisis asiática y elnacimiento del euro.
1999 - El impacto de la globalización

¿Quién lo ha creado?

Klaus Schwab. Este profesor de economía se propuso en 1970 reunir anualmente en el monte Davos de Suiza todos los años a los principales líderes económicos europeos e incentivar la iniciativa de la industria del continente. Con el tiempo, esta fundación se ha abierto más allá de Europa y ha dado cabida a otros muchos países, desde China a Estados Unidos, pasando por Colombia o Argentina


"Lo que hay que globalizar es el respeto por los derechos humanos"
Paul Hoffmann

Es para mí un enorme privilegio disponer de esta oportunidad en la que poder compartir la visión de Amnistía Internacional sobre la globalización. Mi interés no se centra en la globalización del comercio y las inversiones, sino en la globalización de los derechos humanos.
Comparezco hoy ante todos ustedes en representación de más de un millón de miembros de Amnistía Internacional de todo el mundo. Nuestros miembros, jóvenes en su mayoría, luchan desde hace años contra el encarcelamiento por motivos políticos, contra la tortura y los homicidios extrajudiciales. Lo que nosotros queremos es que acaben estas amenazas a la libertad humana. Pero también nos movilizamos para que se ponga fin a la discriminación, a la pobreza extrema y a la explotación de los más vulnerables en nuestras sociedades.  Por decirlo en tres palabras: Queremos otro mundo.
El mensaje que quiero transmitirles hoy en nombre de los miembros de Amnistía Internacional es que una perspectiva de derechos humanos, y el activismo que lleva aparejado, pueden resultar muy útiles en la lucha contra los efectos negativos de la globalización económica.
Nos hemos reunido aquí en torno a una consigna de esperanza y potenciación de capacidades: «Otro mundo es posible». Nosotros creemos que los valores que entraña el concepto de derechos humanos son esenciales para la realización de ese otro mundo posible. De hecho, ese otro mundo por el que trabajamos ha de ser un mundo en el que cada una de las personas que habitan este planeta disfrute de una vida de libertad y de dignidad. Resumiendo: una vida en la que todos tengan garantizados sus derechos humanos básicos.
Amnistía Internacional no es una organización «anti»-globalización. En absoluto. Nuestra organización se fundó hace 40 años en la convicción de que si se violan los derechos humanos de las personas en un país, ello debe ser objeto de preocupación para todo el mundo, en todo el mundo. Nuestro credo fundacional, desde nuestros orígenes, ha sido: «Los derechos humanos no tienen fronteras».
De hecho -y lo que voy a decir lo diré con cautela (pero es cierto)-, desde muy pronto fuimos «libremercadistas». El proteccionismo al que nos oponíamos, sin embargo, era el que situaba la soberanía del Estado por encima de los derechos humanos, el que fijaba fronteras territoriales como barrera contra todo escrutinio o acción exterior. El «producto» que exportábamos globalmente no era otro que la sencilla idea de que los gobiernos tienen que respectar y proteger los derechos humanos fundamentales, y que cuando a los Pinochets del mundo no se los hace rendir cuentas en sus países, es el resto del mundo el que tiene la obligación de hacer que torturadores y asesinos salden las cuentas que tienen pendientes dondequiera que se los encuentre.
Hace cuarenta años, cuando el movimiento en pro de los derechos humanos era joven, éste era un mensaje globalizador. Y hoy lo sigue siendo. Por ello, no es que nos opongamos a la globalización, sino que no podemos aceptar una globalización que condene a más de mil millones de personas a una vida de privaciones incompatible con la dignidad humana básica.
¿Por qué tanto interés por las crecientes oportunidades de inversión y tan poco por la globalización del respeto a los derechos humanos? ¿Por qué se centra toda la atención en normas vinculantes para la resolución de controversias comerciales y se presta tan poca a la rendición internacional de cuentas en relación con las obligaciones que los Estados tienen contraídas en materia de derechos humanos? ¿Por qué se exige el desmantelamiento de las barreras al comercio cuando se erigen otras contra los desplazados por la globalización económica y las guerras?
Globalicemos, sí, pero globalicemos la justicia y la igualdad, globalicemos el respeto por los derechos humanos y hagamos que sea global nuestra lucha para acabar con la impunidad. Este es nuestro programa de globalización.

Construir otro mundo: la aportación de los derechos humanos

¿En qué modo puede ayudar la perspectiva de los derechos humanos a nuestra lucha por construir otro mundo? Déjenme que les indique las tres formas en que pueden hacerlo el derecho y el activismo en pro de los derechos humanos.
·           en primer lugar, la perspectiva de los derechos humanos aporta una brújula moral para el camino que se ha de seguir; nos recuerda siempre por qué lo que importa son las desigualdades globales y por qué tenemos que movilizarnos globalmente para combatirlas;
·           en segundo lugar, el derecho en materia de derechos humanos aporta unas normas globales basadas en unos valores fundamentales y ampliamente compartidos para el nuevo mundo que pretendemos construir; y
·           en tercer lugar, la perspectiva de los derechos humanos identifica los objetivos de nuestro activismo en pro de esos derechos, de tal forma que nos ayuda a centrar nuestras acciones y hacerlas más eficaces.
Permítanme que les diga algo sobre cada una de estas ideas, sobre las que espero que tanto yo como otros colegas de Amnistía Internacional presentes aquí en Porto Alegre tendremos ocasión de conversar y debatir con ustedes durante los próximos días. Estamos aquí para aprender de otros activistas y movimientos cómo podemos hacer que nuestro propio activismo sea más eficaz.

Nuestra humanidad común

El punto de partida del derecho internacional en materia de derechos humanos, es decir, el de todos los tratados y normas adoptadas en el último medio siglo por las Naciones Unidas y las organizaciones regionales, es que todos los seres humanos tienen ciertos derechos básicos. Disfrutamos de estos derechos no porque seamos ciudadanos de un Estado concreto, miembros de un partido político o devotos de un credo particular. Tenemos estos derechos porque somos humanos, independientemente de dónde vivamos o de quiénes seamos.
La Declaración Universal de Derechos Humanos no habla de Norte y Sur, Este u Oeste, ni de países donantes o «mercados emergentes». Las palabras que contiene rompen estas barreras y parten de la base inicial de nuestra común humanidad.  Esto dice su preámbulo:
Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana,
Y ya en el primer artículo, la Declaración proclama:
Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros
.

¿Por qué es tan importante este concepto de humanidad común? En primer lugar, porque nos dice que el punto de partida de cualquier análisis económico, social, cultural o avance político deben medirse por las mejoras en las vidas humanas individuales. Y en segundo lugar, porque nos recuerda que todas las vidas humanas son igual de importantes cuando realizamos esos análisis.
Nos indignan las desigualdades globales porque, y vuelvo a citar, «todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos». Nadie, y menos que nadie ningún gobierno, puede sentirse satisfecho en un mundo en el que más de mil millones de nuestros congéneres humanos viven en condiciones de pobreza extrema. Al compararnos nosotros mismos con los demás, la perspectiva de derechos humanos nos exige ir más allá de conceptos como conciudadano, cofrade religioso, casta o clase.  
En Amnistía Internacional estamos convencidos de que es este punto de partida el que ha de estar en los cimientos de ese otro mundo que queremos construir. Y esto tiene muchas consecuencias:
Por ejemplo,
· los ciudadanos de un país, independientemente de lo poderoso que sea, no pueden comprar su seguridad si su precio es la inseguridad de otras personas en otros lugares;
· las libertades de un grupo minoritario serán sólo ilusorias si ello supone mayor represión para otros grupos.
Sin embargo, la retórica utilizada por los gobiernos inmersos en la así llamada «guerra contra el terrorismo» ha estado orientada a la exclusión de ciertos grupos de la «familia humana». Se considera que presuntos «terroristas» o «combatientes enemigos» han perdido todo derecho a ser tratados como seres humanos dotados de derechos humanos básicos: en la «guerra contra el terrorismo» puede haber zonas libres de derechos humanos. Ese mismo idioma deshumanizador se ha utilizado para justificar el trato inhumano que se ha dispensado a los presos como parte de la «guerra contra la delincuencia», para demonizar a los refugiados en virulentas campañas antiinmigración y para perseguir a las minorías sexuales en nombre de la cultura o la religión.
Todas estas «guerras» y campañas buscan desviar nuestra atención de los sencillos pero revolucionarios principios que encarna la Declaración Universal de Derechos Humanos, unos principios tan pertinentes en el año 2003 como lo fueron ya en 1948. Léanse la Declaración Universal y piensen qué clase de mundo habitaríamos si de verdad todos los seres humanos disfrutaran de esos derechos.  

Una visión global: la vida en libertad y con dignidad

La perspectiva desde los derechos humanos ofrece una visión global de lo que constituye una vida vivida con dignidad y en libertad. Protección a la vida, libertad y seguridad, derechos a la libertad de expresión, a la participación política, protección de la privacidad, derechos de la familia y a un juicio justo; pero igualmente derecho a la educación, a la salud, a la seguridad social, al trabajo y el derecho básico a un nivel apropiado de vida, a la vivienda, a agua potable, a comer.
La perspectiva de los derechos humanos hace especial énfasis en la no discriminación. Garantiza estos derechos por igual, independientemente de la raza, el credo, el color, el sexo, la casta o la clase. Ofrece también una protección especial y extraordinaria a los grupos más vulnerables y desfavorecidos de nuestras sociedades.
El derecho internacional de derechos humanos es mucho más que los derechos civiles y políticos. Va mucho más allá del limitado concepto que se circunscribe a la protección del ciudadano de las injerencias del Estado en sus libertades fundamentales. La perspectiva de los derechos humanos hace igual énfasis en la idea de la dignidad humana y en lo que se requiere que hagan los Estados (en términos positivos) para garantizar que la vida se vive con dignidad.
Durante demasiado tiempo se ha prestado demasiada poca atención a los derechos económicos y sociales y, en este respecto, Amnistía Internacional comparte algo de la culpa. Hasta hace bien poco nuestra organización no se había comprometido a trabajar por toda la variedad existente de derechos humanos. Durante cuarenta años hemos luchado por la libertad de los Presos de Conciencia y hemos emprendido campañas para acabar con las «desapariciones», los homicidios arbitrarios y la tortura. Nuestro objetivo ha sido asegurarnos de que se rendían cuentas por la comisión de estos crímenes, y por que terminase la impunidad como forma de impedirlos en el futuro.
Ahora tenemos que convencer al mundo de que la pobreza extrema crea sus propios tipos de cárceles, de que la arbitrariedad en el modo en que funciona la justicia afecta al medio de vida no menos que a la vida misma, y de que la inseguridad que genera el hecho de levantarse cada mañana con hambre, sin un techo ni un empleo, puede ser tan terrorífica como la que infunde una fuerza policial represiva. No es tarea fácil. El activismo en  favor de los derechos económicos y sociales empieza a moverse y, tras dar pasos dubitativos desde hace ya mucho, Amnistía Internacional está plenamente comprometida en el trabajo por conseguir, en unión de otros, esos derechos.    
Otra barrera para completar la protección de los derechos humanos es la distinción artificial entre la esfera pública de la actividad política y la esfera privada del hogar en la teoría internacional del derecho. En la práctica, esto ha significado que la tortura experimentada por millones de mujeres en forma de violencia doméstica ha estado a resguardo de todo escrutinio del movimiento de derechos humanos, más preocupado por otras formas tradicionales de tortura patrocinada por el Estado. Los defensores y defensoras de los derechos humanos de la mujer en todo el planeta han denunciado lo inadecuado de este enfoque y han ayudado a transformar el concepto mismo de derechos humanos para hacerlo más receptivo al mundo que en realidad viven las mujeres. Pese a la lentitud de Amnistía Internacional en incorporarse a esta lucha, tenemos ahora prevista para el próximo año una importante campaña internacional en contra de la violencia ejercida contra las mujeres que, esperamos, sirva para compensar el tiempo perdido.
En esta visión global de los derechos humanos no valen las jerarquías ni las prioridades. Antes solía hablarse de «primera», «segunda» o «tercera» generación de derechos humanos. Durante la Guerra Fría, occidente adelantó el argumento de que los derechos políticos eran prioritarios a los sociales, y muchos países socialistas y en desarrollo adoptaron la postura contraria.
Este debate es ya añejo y no tiene sentido. Los derechos humanos son interdependientes. El derecho a la libertad de expresión no es más que un concepto vacío si las personas que quieren expresarse son analfabetas y se les niega la educación. Asistir a una escuela apenas sirve para cumplir el expediente si para lo que se utiliza es para fomentar la intolerancia o para mantener a un régimen represivo en el poder.
La interdependencia de los derechos humanos nos recuerda que, a medida que construimos un mundo mejor, superando desigualdades, injusticias y represiones, no tenemos que olvidar que no podemos ganar la justicia social y económica a la que aspiramos a expensas de las libertades civiles y políticas. Con demasiada frecuencia se han sacrificado los derechos humanos en el altar del desarrollo económico. Y de igual modo, unas elecciones libres, unos medios de comunicación libres y una sistema judicial operativo no pueden nunca, por sí solos, sacar a las gentes de la pobreza extrema. El hecho de que en los países más ricos centenares de miles de personas carezcan de un hogar o dependan de la beneficencia para su próxima comida es prueba suficiente de la falta de una visión de la libertad constreñida en los derechos civiles y políticos.
La interdependencia e indivisibilidad de los derechos humanos nos recuerda que, cualquiera que sea el programa político concreto que decidamos elegir (a medida que avanzamos hacia el objetivo de un mundo mejor) es menos importante que el hecho de que su contenido dé cumplimiento a todos los derechos humanos: vidas de dignidad y libertad.  

Las obligaciones de quienes están en el poder

La perspectiva de derechos humanos hace hincapié en las obligaciones. Los derechos implican deberes: la exigencia a otros para que respeten esos derechos. Los derechos humanos imponen deberes sobre las autoridades políticas y sobre quienes están en el poder. Si queremos construir un mundo mejor, tenemos que definir qué es lo que las autoridades estatales deberían estar haciendo de otro modo. La perspectiva de los derechos humanos no es mera retórica. En los últimos cincuenta años, los organismos internacionales han definido con cierto detalle lo que los gobiernos deben hacer (o más bien lo que deben abstenerse de hacer) para cumplir las obligaciones que tienen contraídas en materia de derechos humanos.
Por ejemplo, más de 145 gobiernos han expresado un compromiso claro en relación con el derecho a la salud, derecho que incluye obligaciones relativas al acceso a medicamentos asequibles. En un mundo justo, estos compromisos deberían primar sobre las protecciones existentes sobre las patentes. Podrían darse otros muchos ejemplos. El derecho en materia de derechos humanos no siempre dará respuestas claras, pero en esos debates sí aportará unos principios firmemente asentados sobre derechos individuales y rendición de cuentas.    
Quizá incluso de mayor pertinencia directa para el Foro Social, sin embargo, sea el hecho de que es posible aplicar el derecho internacional en materia de derechos humanos a otros agentes distintos de los gobiernos. Esos otros agentes (las instituciones financieras internacionales y las empresas transnacionales) tienen también un claro deber de respetar los derechos humanos. Estas obligaciones legales transcienden las fronteras nacionales.
Este argumento ha sido reiteradas veces aceptado en relación con los derechos civiles y políticos. Las leyes de muchos países reconocen que las autoridades tienen que actuar cuando en otros países se dan la tortura o la represión: por ejemplo, mediante impedimentos al envío de armamento a ese país o la detención de presuntos torturadores si viajan al extranjero. Ahora tenemos también que globalizar las obligaciones que afectan a los derechos económicos, sociales y culturales; tenemos que exigir, por ejemplo, que la legislación sobre patentes de un país no pueda aplicarse de forma que niegue a las gentes de otros países el acceso a medicamentos que salvan vidas.
También a las empresas se las puede incorporar al marco del derecho internacional en materia de derechos humanos. En mi condición de abogado defensor de los derechos humanos en Estados Unidos, he tenido ocasión de participar en multitud de casos en los que se ha utilizado el derecho internacional de derechos humanos como medio para hacer rendir cuentas a empresas multinacionales por su complicidad en la violación, en otros países, de derechos humanos reconocidos internacionalmente. En un caso que se ha dado en California, por ejemplo, estamos reclamando que la UNOCAL, una importante compañía petrolífera estadounidense, rinda cuentas por haber constituido una entidad empresarial conjunta (una joint venture) con el régimen represivo militar de Birmania: el gasoducto construido por esa entidad se ha hecho sobre las espaldas de los residentes en la región, que han sido sometidos a trabajo forzado.
Esta perspectiva de los derechos humanos está siendo utilizada por birmanos pobres y desplazados, que no pueden obtener justicia en su propio país, para conseguirla basándose en las obligaciones internacionales que tiene contraídas la UNOCAL y que transcienden a las que está obligada por su legislación nacional. Durante demasiado tiempo, las empresas que actúan globalmente han explotado las debilidades de las distintas legislaciones nacionales y han sido copartícipes de violaciones de derechos humanos con impunidad. El derecho internacional en materia de derechos humanos es parte de la solución al problema de la rendición de cuentas en el mundo empresarial y a la creación de un marco regulador universal que permita una globalización consecuente con la libertad y la dignidad de las personas. Queda aún mucho camino por recorrer, pero el derecho internacional de derechos humanos ha ayudado ya a que se produzcan cambios en los términos del debate en curso.  
   
Los valores de los derechos humanos

Algunos críticos de los derechos humanos solían aducir que esta perspectiva era demasiado neutral y que, haciendo caso omiso de las estructuras de poder y de las realidades de la desigualdad material, proporcionaban sólo una ilusión de libertad e igualdad. A esta crítica se le añadía esa otra que afirmaba que la perspectiva de los derechos humanos era en exceso legalista.
El derecho internacional en materia de derechos humanos, sin embargo, no es neutral. No refrenda ideologías políticas concretas ni sistemas de gobierno específicos. Por el contrario, sí refrenda, y defiende, valores clave: la tolerancia, la igualdad, la no discriminación, la libertad y la solidaridad humana. Estos valores constituyen el fundamento del mensaje de este Foro. El hecho de que estos valores estén estructurados en un sistema de derecho internacional debe considerarse como una fortaleza, no como una debilidad. La Declaración Universal de Derechos Humanos no es un documento legalista. Encarna las demandas de los pueblos de todos los rincones del planeta que exigen un mundo más justo.
Utilicemos el lenguaje de los derechos humanos para trascender fronteras y barreras de todo tipo, y el derecho internacional en materia de derechos humanos para fortalecer la rendición de cuentas.

Conclusión

El Foro Social Mundial ha recordado una vez más al mundo la realidad de que centenares de millones de conciudadanos nuestros viven en la pobreza y en la inseguridad. Como activistas de derechos humanos compartimos el sueño de construir un mundo distinto.
Lo que ahora hace falta, sobre todo lo demás, es volver a comprometernos con unos principios fundamentales que los Estados acordaron solemnemente hace más de cincuenta años, en la estela que dejaron tras de sí los horrores de la última guerra global.
El artículo 28 de la Declaración Universal proclama:
Toda persona tiene derecho a que se establezca un orden social e internacional en el que los derechos y libertades proclamados en esta Declaración se hagan plenamente efectivos.
Un mundo así habría de organizarse de tal forma que pusiera el valor no sobre los sistemas, los procesos económicos o el tamaño del presupuesto de defensa de un país, y por supuesto no sobre la inversión extranjera directa, sino sobre vidas humanas individuales de libertad y dignidad.
¿Tendremos que padecer otra guerra global antes de que nuestros líderes actúen como si importaran esos principios?
Nos unimos a ustedes en la respuesta: ¡No!


Ricos y Pobres: reflexión
Daniel Raventós y Andrés de Francisco, El País 16-11-02

A fuerza de hablar de la desigualdad de ingresos y riqueza, a menudo nos olvidamos de subrayar el hecho empírico de su acelerado crecimiento, de exponer sus causas y orígenes, de ponderar sus consecuencias y, más aún, de refutar las falsarias justificaciones ideológicas ofrecidas por los habituales peritos en legitimación. De todo ello a menudo nos olvidamos pese a que la desigualdad -mídasela como se quiera- parece galopar sin brida ni rienda tanto a escala planetaria como local, tanto en los países pobres como en los ricos. Hace ya tiempo que ha rebasado el nivel de lo social, lo ética y lo estéticamente tolerable. La extrema desigualdad está haciendo de este mundo nuestro un lugar inestable, reprobable y feo. Los 84 individuos más ricos del mundo poseen una riqueza que excede el PIB de China con sus 1.300 millones de habitantes. En 1998, Michael Eisner, director general de Disney, cobraba 576,6 millones de dólares, lo que representaba 25.070 veces el ingreso medio de los trabajadores de esta misma empresa. Ese mismo año, un solo ciudadano de Estados Unidos, Bill Gates, disponía de más riqueza que la del 45% de los hogares de aquel país (Too Much, invierno 1999, y The Nation del 19 de julio de 1999). A fecha de hoy, el 5% de los hogares con mayor poder adquisitivo de Estados Unidos dispone de casi el 50% de la renta nacional. Mientras tanto, 80 países en el mundo tienen una renta per cápita menor que hace una década. Mientras tanto, la mitad de nuestra especie, la más desheredada y vulnerable, 3.000 millones de personas, vive con menos de 2 dólares al día y, de éstos, 1.300 millones con menos de 1 dólar diario. El economista norteamericano Robert Frank, que algunos estudiantes de económicas conocen por su estupendo manual de teoría económica, explica que, del conjunto de la ciudadanía de su país, el 1% más rico se embolsó el 70% de toda la riqueza generada desde mediados de los años setenta (Luxury Fever, Simon & Schuster, 1999). Para el Reino de España no hay datos equiparables que sean públicos. Pero es muy probable, según expertos fiscales que llevan años rastreando el terreno, que los datos puedan ser igualmente escandalosos, tanto que mejor mantenerlos en secreto. Nunca en la historia de la humanidad hubo tan pocos ricos tan ricos ni tantísimos pobres tan pobres.

Lo cual es malo al menos por las siguientes razones de consecuencia. Primero, porque hace vulnerables, y en grado diverso, a amplísimas capas subalternas de la sociedad. Y con la vulnerabilidad viene la dependencia; con la dependencia, la falta de libertad, y con la falta de libertad, en grado diverso, la condición servil y la pérdida del autorrespeto. Segundo, porque pone en manos de unos pocos poderes y recursos desmedidos que pueden condicionar y sesgar el proceso político del lado de sus intereses privilegiados, socavando así toda esperanza de democracia real y quebrando la igualdad política que subyace al ideal de ciudadanía. Finalmente, la desigualdad extrema entre ricos y pobres (entendidos éstos en sentido amplio) quiebra la comunidad, rompe los lazos de fraternidad y desata, de un lado, la codicia de los pocos y, del otro, cuando no la envidia y el resentimiento, siempre al menos la frustración, y muchas, muchas veces, la desesperación de los muchos.

Pese a estas razones, no faltan las justificaciones de la desigualdad. La primera de ellas viene a decir que la gente tiene lo que se merece. Así como el rico merece su riqueza, premio a su emprendedor dinamismo, el pobre -por su falta de aptitud y esfuerzo- merece su opuesto destino social. Así como el leal y eficiente trabajador merece conservar su empleo, así el que lo pierde merece el escarmiento del paro, en el que merecerá quedarse si no muestra suficiente capacidad y buena disposición para la búsqueda activa de otro empleo. Oportunidades no faltan, sólo hay que saberlas buscar. Esta justificación meritocrática de la desigualdad es tan demagógicamente falsa como cierto es el hecho de que nadie merece moralmente ni su azar genético ni su azar social, de por sí muy desigualmente distribuidos. Nadie merece moralmente la familia que le ha tocado en suerte, rica o pobre, decente o depravada, ni, por tanto, las oportunidades -favorables o no- que la familia pueda brindarle. Y lo mismo cabe decir de los talentos -pocos o muchos- con los que uno viene al mundo: nadie los merece moralmente. Si es verdad que la justicia aspira a contrarrestar los caprichos del azar -social y genético-, poco justo será permitir que los individuos gocen sin traba ni freno de sus inmerecidos diferenciales de oportunidad, que ese azar les pone en bandeja. La distribución de las dotaciones genéticas -como no ha dejado de subrayar John Rawls- son un activo común de la sociedad, aunque sólo sea porque es la sociedad quien las premia y valora o porque sólo en su seno pueden ejercerse.

La segunda justificación de la desigualdad la convierte en el necesario precio de la libertad. En un mundo regido por el libre mercado y asentado en el sacrosanto principio de la libertad de elección, un Estado intervencionista podría imponer políticas redistributivas y regulaciones igualitaristas, pero sólo lo lograría a base de cercenar esa misma libertad individual, a base de recortar las opciones sobre las que elegir. Este argumento es tan demagógicamente falso como cierto es el hecho de que la desigualdad implica ella misma una falta de libertad, tanto más profunda cuanto más dramática sea esa desigualdad. Porque falta de libertad -de decidir, de hacer y aun de rechazar- es lo que tiene el trabajador precario que apenas llega a fin de mes y no sabe si mañana conservará su empleo; es lo que sufre la mujer sometida al marido y desfavorecida y discriminada en toda suerte de oportunidades de vida; es lo que padece el desempleado de larga duración, que soporta el estigma social de la dependencia del subsidio público (si es que lo tiene). Falta de libertad es lo que tiene el pobre que depende de la exigua caridad de sus congéneres. Falta de libertad es lo que sufre el subordinado (en la jerarquía de la empresa, por ejemplo) cuando tiene que comulgar con ruedas de molino porque necesidades o deseos vitales para él dependen de la voluntad de su superior. Falta de libertad, en fin, es lo que padece el que vive con permiso de otro. No olvidemos el dicho de Juvenal: 'Hay muchas cosas que los hombres, si llevan la capa remendada, no se atreven a decir'. El mundo contemporáneo, porque distribuye de forma tan groseramente desigual recursos, oportunidades y riqueza, padece un hondísimo problema de falta de libertad.

La tercera justificación de la desigualdad le carga las culpas al gobierno, sea el que sea. Los gobiernos -viene a decir- promueven la desigualdad con sus equivocadas políticas recortando oportunidades de desarrollo individual. Así, por ejemplo, el paro -una fuente terrible de desigualdad social- podría evitarse si los mercados de trabajo no fueran tan rígidos y los empresarios tuvieran más facilidades -¡todas las facilidades!- de contratación y despido. Y todavía más oportunidades habría de creación de empleo -y riqueza para todos- si los gobiernos apostaran sin tapujos por la productividad y la competitividad de las empresas, rebajando impuestos, recortando gastos sociales, privatizando servicios públicos y apuntando al déficit cero. Esta justificación de la desigualdad es tan demagógicamente falsa como cierto es el hecho de que han sido precisamente los gobiernos que más han promovido políticas desreguladoras de los mercados laborales y fiscalmente estimuladoras de la oferta los que más han provocado aumentos de la desigualdad.

Y de las causas de la desigualdad, ¿qué? La desigualdad tiene muchas causas, pero la principal -a no dudarlo- hay que buscarla en el actual modelo capitalista de crecimiento y desarrollo y en el vigente modelo antisocial de propiedad. El capitalismo es un modo de producción que vive de la desigualad y la retroalimenta positivamente, vive de la desigualdad entre el trabajo y el capital. Reproduce y amplía esa desigualdad porque el capitalismo asigna muy distintos recursos de poder a propietarios y no propietarios. Y asigna tan desigualmente el poder social porque se basa en un modelo de propiedad y apropiación que no conoce apenas límites a su acumulabilidad, y permite formidables hiperconcentraciones de poder económico y social que no sólo escapan a todo control democrático, sino que por mil vías consiguen una sobre representación institucional y política de sus privilegiados y minoritarios intereses. La batalla -por ahora duramente perdida- contra la extrema desigualdad de ingresos y riqueza pasa por buscarle alternativas -si se quiere, parciales y graduales- al capitalismo, alternativas de tipo social-republicano (señaladamente, aunque no sólo, la renta básica de ciudadanía, como en otras ocasiones hemos desarrollado, por ejemplo, en www.redrentabasica.org), alternativas que permitan a la sociedad recuperar el control democrático sobre las decisiones económicas y a los individuos -a muchos, a millones de ellos- recuperar el control sobre sus propias vidas, esto es, su autonomía

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