No es
banal recordar un par de características ideológicas de ese
movimiento sionista, formalmente constituido en Basilea en el año
1897, antes de pasar a seguir su trayectoria en la fundación del
Estado de Israel.
A propósito de ciertos usos impropios del lenguaje, en primer lugar.
Es muy habitual hallar en la opinión pública una asimilación
espontánea entre sionismo e integrismo religioso: un tópico
reconfortante, que asimilaría ortodoxia rabínica con sionismo
extremo. Reconfortante y falso. Tanto histórica como teológicamente
la asimilación entre sionismo y tradición rabínica es sin más un
disparate. El modelo de identificación entre integrismos religiosos
y expansionismos territoriales sólo es operativo en tradiciones
religiosas que hacen del proselitismo —que, a su vez reposa sobre
una hipótesis de salvación universalista— norma ética primera. Es el
caso de la tradición cristiana —lo era, al menos, en los no tan
lejanos tiempos en que los cristianos se tomaban en serio su
dogmática— y —con más vigor hoy— del Islam. Para el judaísmo
«ortodoxo», por el contrario, el proselitismo es una perversión
teológica infundada. La elección divina del pueblo no es, ni
metafísica ni teológicamente, compatible con la conversión como
práctica de masa.
Por eso conviene llamar a las cosas por su nombre. Y conservar un
mínimo de memoria histórica. El sionismo no nació en medios
rabínicos ni «ortodoxos». Fue esencialmente un fruto del judaísmo
laico; es más, lo fue, en buena parte, de sus tendencias más
radicales, más entreveradas con el naciente socialismo —los casos de
Moses Hess o de Israel Zangwill son suficientemente significativos—,
desde finales del siglo XIX. Su objetivo político, definido por su
gran configurador doctrinario,
Theodor Herzl, en El Estado judío
(1896) como proyecto de construcción de un Estado judío en la
Palestina otomana, chocó frontalmente con las posiciones
mayoritarias del rabinato de la diáspora, que vieron en él una
sustitución laica del ideal religioso.
Hasta el día de hoy en Israel, los sectores más literalistas del
judaísmo de tradición mesiánica rigurosa siguen rechazando la
legitimidad de un Estado constituido sin participación trascendente
alguna. Porque, para un «ortodoxo», el Libro es transparente. No
habrá Reino mientras no haya Mesías. Todo intento de acelerar su
llegada es suplantación blasfema de la obra divina. Y eso es
precisamente lo que el sionista, al consolidar un Estado israelí
laico, acomete.
Las importantes concesiones otorgadas tras la formación de Israel
por David Ben Gurion a ese rabinato ortodoxo no lograron nunca
borrar del todo un conflicto básico e irrebasable.
El fracaso de la «Haskala», el movimiento asimilacionista que
intentó, primero en Alemania y luego en Rusia una integración plena
del judaísmo en Europa, y los pogroms de 1819 y 1881, son los
presupuestos inmediatos del ascenso del movimiento de Herzl en favor
del retorno a Sión que el Primer Congreso Sionista proclamará en
1897 en Basilea.
En rigor es preciso hablar de tres grandes oleadas migratorias, de
tres grandes «aliya» o «ascensos» hacia Jerusalén anteriores a la
proclamación del Estado en 1948.
Desde el principio, son los sectores económicamente más desvalidos
de la comunidad judía mundial los que inician la instalación en
Palestina. Muy ligados al movimiento socialista y a tradiciones
sindicalistas combativas, configuran muy temprano —desde 1905—
organizaciones obreras que cristalizarán en la formación del
socialdemócrata «Poale-Zion de Eretz-Israel» y del más radical «Hapoel-Hatzair»,
del que surgiría el movimiento juvenil marxista «Hachomer». Sobre
todo, se forja la «Histraduth Haovdim be Eretz Israel»,
Confederación Sindical de los Trabajadores de Israel que será uno de
los ejes mayores del cooperativismo y el socialismo israelí.
Desde inicios de siglo, toda la política de los dirigentes sionistas
—y, muy en particular, la de Haim Weizmann— estuvo orientada a
negociar con las potencias colonialistas la obtención de una
autonomía para la importante población judía en proceso de
asentamiento en Palestina, fragmento territorial del Imperio Otomano
bajo protectorado británico.
La «Declaración Balfour»1 del 2 de
noviembre de 1917 es la primera expresión de esas negociaciones.
Simultáneamente, Weizmann negoció acuerdos con el rey Feysal de
Arabia, más tarde prolongados en las conversaciones con Abdallah de
Jordania. El objetivo es la obtención de una mínima nación judía
soberana coexistente con su contexto árabe.
A partir de 1920, las relaciones entre los dirigentes sionistas y la
Administración británica en Palestina se deterioran en función de la
prohibición británica de nuevas emigraciones judías, y los judíos
palestinos —tras los importantes pogroms promovidos por la
población árabe y tolerados por los británicos en 1929 y 1936— pasan
a estructurarse en organizaciones de autodefensa.
La Segunda Guerra Mundial y la explícita toma de partido del «mufti»
de Jerusalén en favor de
Adolf Hitler lanzan a la población judía
hacia la transformación de esas organizaciones de autodefensa en
grupos armados que dibujarán el núcleo del futuro ejército israelí.
«Irgún», «Stern» y, sobre todo, «Palmach» (Ejército popular) y «Haganah»
(Ejército de defensa), emprenderán, tras el fin de la Segunda Guerra
Mundial y bajo el trauma del holocausto nazi, la lucha armada contra
la Administración británica: son las tesis del llamamiento del año
1946 de la Conferencia Sionista Mundial para la resistencia contra
el «Libro Blanco» británico de 1939. La guerra en Palestina ha
comenzado.
Bajo ese doble eje (deuda histórica hacia una población exterminada
en los campos de concentración y riesgo permanente de guerra civil
en Palestina), la ONU busca desesperadamente una salida razonable
para la «cuestión judía». Son ya casi seiscientos mil los judíos
instalados en «tierra santa» y la tendencia migratoria asciende.
Un primer plan de partición será esbozado en 1946, luego modificado
en 1947. La formación de dos Estados, uno árabe y otro judío, sobre
la antigua Palestina otomana es aprobada por la Asamblea General de
la ONU el 14 de mayo de 1948.
En su forma final, la resolución de la ONU era escasamente favorable
para los intereses judíos. Si concedía la existencia de un Estado
israelí, no es menos cierto que los territorios y fronteras que le
otorgaban era escasos y pobres los primeros e indefendibles las
segundas. Basta ponerse ante el
mapa trazado por el plan en 1947 para captar la dificilísima
situación en que un Estado israelí dividido en dos fragmentos
entrecruzados de adversarios se hubiera visto para sobrevivir.
David Ben Gurión acepta, sin embargo, de inmediato los términos de
la resolución y proclama la independencia de Israel. La Liga Árabe
los rechaza y llama a la guerra santa. La primera guerra
árabe-israelí ha comenzado. Y, con ella, la tragedia del pueblo
palestino.
Noventa mil soldados egipcios, iraquíes, sirios y jordanos atacan a
los setenta mil guerrilleros de la «Haganah». El resultado no puede
ser más funesto para los intereses de la población árabe Palestina.
Contra todas las previsiones, los paramilitares de la «Haganah»
barren a los ejércitos regulares árabes. Del territorio inicialmente
fijado por la ONU para la formación de su Estado propio, los
palestinos verán, como resultado de la guerra, apropiarse, por un
lado a Israel, por otro a los países árabes limítrofes. El Estado
hebreo incorporará así 6700 kilómetros cuadrados sobre lo previsto y
establecerá una línea de frontera menos inverosímil aunque aún
militarmente muy vulnerable: en su parte más estrecha, el Estado
hebreo no es, en 1948, sino una franja de 14 km entre Cisjordania y
el mar. Egipto se apoderará de Gaza. Jordania, de la Samaria bíblica
o Cisjordania, que componía la fracción esencial del territorio
previsto por la ONU como Estado palestino.
El armisticio que da fin a la guerra en 1949 consagrará un mapa
político esencialmente distinto del previsto por la comunidad
internacional. Palestina ha muerto antes de haber comenzado a
existir. 850.000 de sus habitantes inician su largo exilio. El mundo
árabe, bajo proclamas retóricas más o menos lacrimógenas, se
desentiende materialmente de ellos. Aún en 1956, Ahmed Chuqueiri,
futuro presidente de la OLP, podía proclamar, con el general
consenso árabe como «público y notorio que Palestina no es más que
Siria del sur».2
Diáspora, (del griego,
'dispersión'), comunidades de judíos que viven fuera de Israel.
Según la tradición los judíos que vivían fuera de Israel se
consideraban a sí mismos exiliados (en hebreo, galut), aunque
la mayoría de ellos no mantuvo este modo de enfocar su situación
durante mucho tiempo. La diáspora judía comenzó cuando los judíos
fueron exiliados a Babilonia por Nabucodonosor en el 586 a.C. La
mayoría de los habitantes de Judea permanecieron en Babilonia aun
después de haber sido refundado Jerusalén. Un gran número de judíos
se estableció en Alejandría, con un gobierno de influencia
helenística. Durante el periodo greco-romano, algunos grupos de
judíos se establecieron en Asia Menor y en el sur de Europa. Muchos
judíos prisioneros de guerra fueron llevados a Roma después de la
destrucción de Jerusalén en el 70 d.C. Desde Italia, los judíos
emigraron a Francia y Alemania, y desde allí a Inglaterra,
Escandinavia y Europa oriental, llegando a ser conocidos como
askenazis. Bajo el dominio del islam, los judíos de África del norte
se trasladaron hacia el oeste, llegando a la península Ibérica.
Después de haber sido expulsados por los Reyes Católicos en el siglo
XV, estos judíos, conocidos como sefardíes, se restablecieron en los
Países Bajos, los Balcanes, Turquía, Palestina y en el continente
americano. Durante los siglos XIX y XX, muchos judíos de Europa
central y oriental, se fueron a América del Norte y, después de la
II Guerra Mundial, grupos de judíos de distintos lugares emigraron a
Israel.