241011 -
Sherene Seikaly -
Jadaliyya
Bibi se paseó tranquilamente. Se contoneó. Habló
libremente, al parecer sin que lo guiase ningún texto. Hizo irreverentes
círculos con sus dedos. Calificó al grupo de diplomáticos y pasantes
reunidos frente a él de actores en “un teatro del absurdo”. Modeló
orgullosamente su grueso manto de indiferencia mientras tildaba a las
Naciones
Unidas de “casa de muchas mentiras”. Por cierto, las
Naciones
Unidas son muy capaces de presentar lo
falso como verdadero, Bibi gesticuló, seguro de sí mismo, de que podían
llegar a declarar que el sol se pone por el oeste.
(Ver:
La ONU, un grave peligro para la
autodeterminación de los pueblos)
Al darse cuenta de que el sol, en efecto, se pone por el oeste, Bibi se
apartó tranquilamente del precipicio retórico y se puso a lo que había
venido, a decir la verdad: la verdad sobre
Israel, la verdad sobre un
Estado Palestino, y la
verdad sobre la civilización.
(Ver:
Judaísmo versus antisemitismo sionista-israeli)
Por si fuera poco, informó al público de que acababa de depositar una
ofrenda en el memorial del 11 de septiembre; se emocionó profundamente.
Pasó a presentar a la Asamblea General su idea filosófica de los
desafíos que enfrenta el mundo ilustrado por parte del otro ignorante.
Los que estaban preocupados de que los ocho meses de revuelta popular en
Medio Oriente significaran el primer clavo en el ataúd de las de las
superficiales, esencialistas, lecturas del difunto Samuel Huntington se
sintieron reconfortados. Bibi aseguró al mundo que Occidente y Oriente
siguen en su camino hacia un inevitable choque de civilizaciones.
Haciéndose eco de Huntington, Bibi recordó a su audiencia que la
Guerra Fría se acabó (¡gracias por noticia!) como la idea misma de
política, reemplazada, explicó, por la contienda religiosa. La fea
cabeza del verdadero enemigo mortal, la “malignidad” que amenaza a la
civilización tal como la conocemos no es otra que la del “insaciable
cocodrilo” del Islam militante.
¿Habían embotado a tal punto los años la capacidad de Bibi de conjurar
creativamente la encarnación monstruosa del otro? ¿Un cocodrilo? ¿De
verdad?
(Ver:
Obama,
el rey de África)
Bibi persistió. Excavó. Insufló aire a los cadáveres figurativos de la
década del 11 de septiembre. Saltando del choque de civilizaciones a la
permanentemente retardada ubicación de “condición final” de las
fronteras jamás declaradas de
Israel,
Bibi pasó a desenterrar el viejo argumento de la “ambigüedad
constructiva” sobre la Resolución 242. Explicó (para aquellos de
nosotros que no hayamos seguido este absurdo debate desde 1967) que la
resolución de las
Naciones
Unidas especifica la retirada israelí de
“territorios” no de “los territorios”. Pertrechado de esa manera con el
arma poderosa de un artículo definido Bibi, como muchos antes que él,
justificó la negación del inalienable derecho de los palestinos a la
autodeterminación que ahora dura todo un siglo.
Bibi se remitió a continuación a sus predecesores, haciéndose eco de
Abba Eban ese día en 1967 cuando el ministro de Exteriores israelí
declaró:
En resumen, había peligro para
Israel
por dondequiera se mirara. Su elemento humano se había
movilizado apresuradamente. Su economía y su comercio tenían un pulso
débil. Sus calles estaban oscuras y vacías. Había un aire apocalíptico
de peligro inminente. E
Israel
enfrentaba solo al peligro.
Bibi resucitó la idea de una isla del miedo; un “pequeño país, rodeado
de gente que había jurado destruirlo y armada hasta los dientes por
Irán”.
Luego llamó tranquilamente a
Cisjordania, “Judea y Samaria”, sin la cual, imploró: “Israel
tiene solo nueve millas de ancho… Es aproximadamente dos
tercios de la longitud de Manhattan. Es la distancia entre Battery Park
y la Universidad Columbia”. Después de extender la mano a egipcios,
jordanos, iraníes, libaneses, sirios, e incluso a los palestinos, Bibi
se dedicó a desacreditarlos: “Y no olvidéis que la gente que vive en
Brooklyn y Nueva Jersey es mucho más agradable que algunos de los
vecinos de Israel”.
Bibi no pronuncio la palabra “sionismo”
en ninguna parte de su discurso de cuarenta minutos. Mientras hacía
picadillo la “injusta condena” a
Israel
por parte de las
Naciones
Unidas, definió indirectamente el
sionismo como la “antigua ansia
de mi pueblo de restaurar nuestra vida nacional en nuestra antigua
patria bíblica”.
(Ver:
Declaración histórica de ETA)
Lo que está amenazado es esa vida nacional, esa “antigua ansia”
explicada por Bibi. “Simplemente no queremos que los palestinos traten
de cambiar el carácter judío del Estado”. Por lo tanto, el ansia
palestina (de los últimos sesenta y tres años) de restaurar su vida
nacional en su patria y convertir en realidad el derecho al retorno es,
en el discurso de Bibi, una “fantasía” a la que “queremos que los
palestinos renuncien”.
Lo más sorprendente en el desempeño de Bibi no fueron su arrogancia ni
su condescendencia. No fue su compromiso confiado e inexorable con
políticas expansionistas que han desarraigado, ocupado, oprimido,
encarcelado y lo seguirán haciendo, y el intento de obliterar a los
palestinos. Ni siquiera fue la convicción en los gestos y la retórica de
que solo hay dos Estados que importan en el mundo:
Estados Unidos e
Israel. Nada de esto es nuevo.
Lo más sorprendente fue la flácida vacuidad de la ideología de Bibi.
Cuando dijo: “en
Israel
la paz nunca languidece”, lo que quiso decir es que el
sionismo, o así lo espera, nunca languidecerá. Pero su desempeño frente
al mundo personificó precisamente ese languidecimiento. Es verdad que
los miembros del Congreso de
Estados Unidos
se pusieron obsequiosamente de pie y aplaudieron cuando
Benjamín Netanyahu se acongojó por los “dolorosos compromisos” de
hacer “la paz” con los palestinos ya que: “En Judea y Samaria, el pueblo
judío no es un ocupante extranjero”. Pero la Asamblea General no fue tan
servil.
(Ver:
Hannah Arendt)
Por cierto,
Mahmud Abbas fue superior a Bibi en su
argumentación y en la recepción que obtuvo. No tuvo nada que ver con
carisma, una cualidad de la que jamás se podrá acusar a
Abbas. Tuvo que ver con palabras.
Abbas presentó el lenguaje de la oposición
palestina. Al presentar las palabras: apartheid, limpieza étnica, el
muro de separación racista, él, aunque solo sea de forma momentánea,
calificó el proceso de Oslo como lo que es: una intensificación de la
ocupación israelí que ha pulverizado la tierra y la sociedad palestina.
Utilizó las mismas palabras que críticos y organizadores han empleado
contra la
Autoridad palestina,
su papel como subcontratista de la ocupación israelí.
Pero Bibi usó palabras viejas. Y cayeron de plano. Su aplomo, su
fariseismo y su indiferencia estaban tan maduros que no recurrió a
ideología o argumentos. En su desdén por la opinión internacional estuvo
obsoleto y fuera de compás. Declaró la muerte de la política
precisamente cuando la gente en todo el mundo (incluidos sus propios
ciudadanos) sale a las calles exigiendo justicia social y económica.
Pero tal vez sean esos ciudadanos los que tengan más culpa de la
flacidez de la retórica de Bibi, porque no encuentran palabras para
oponerse a la ocupación.
Los intentos de Bibi de continuar la vieja tradición israelí de
presentar a un David fervoroso contra un Goliat árabe-musulmán-palestino
muy malvado no lo llevaron a ninguna parte en las
Naciones
Unidas. Al contrario, el público quedó con la
imagen de ese cocodrilo maligno y su insaciable apetito. Por cierto,
cuesta imaginar a alguno de los predecesores de Bibi ofreciendo un
anillo viejo de dos mil años con su nombre grabado como evidencia para
apoyar los últimos cien años de colonialismo.
Sherene Seikaly es profesora
asistente de Historia en la Universidad Americana en El Cairo y
coeditora de Arab Studies Journal. Fue asociada post doctoral Qatar en
la Universidad Georgetown (2007-2008) y asociada post doctoral en el
Programa Medio Oriente en Europa en el Wissenschaftskolleg zu Berlin
(2008-2009). Sherene es cofundadora de Jadaliyya Ezine.