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0904 - Imprescindible, incompetente, ¿irreformable?
(I)
Los atentados del 11 de Septiembre de 2001 abrieron una
nueva etapa en la larga crisis que la ONU
viene incubando desde comienzos de los años 90, cuando precisamente se
proclamó que podía al fin desempeñar su papel fundacional de
representación de la “comunidad internacional”, en un mundo unificado tras
la caída del Muro de Berlín.
La guerra al terrorismo declarada por el presidente
Bush
como una decisión soberana de los EE UU, expresión de su derecho de
“autodefensa”, fue avalada por la ONU bajo la conmoción creada por los
atentados. En realidad, significaba la completa autonomización de la
política exterior de la única superpotencia existente respecto a cualquier
regulación internacional. A medida que la guerra se fue desarrollando, las
consecuencias de la incompetencia de la ONU para influir en su curso de
una manera significativa, creó una situación paradójica: por una parte, la
ONU es invocada sistemáticamente como el único marco en el que podrán
encontrarse soluciones a las amenazas del desorden internacional; por otra
parte, por acción y omisión, el papel efectivo de la institución,
especialmente en los conflictos más graves (Afganistán, Irak,
Israel-Palestina) es irrelevante o desastroso.
En estas condiciones, proliferan las propuestas y los llamamientos para
reformar la ONU, desde líderes políticos y religiosos, organizaciones
sociales, estudiosos del derecho internacional... y también desde dentro
de la propia institución. La celebración de su 60 aniversario el próximo
año 2005 será seguramente la ocasión para que se multipliquen propuestas
para un nuevo “consenso internacional” y alcancen relevancia en los medios
de comunicación; es bastante más dudoso que la alcancen en la práctica.
Porque, considerando la actual situación internacional, ¿las reformas que
se presentan como “realistas” o “viables” de la ONU pueden resolver los
problemas reales que la institución padece? En esta cuestión, como en
tantas otras de la globalización neoliberal, los cambios posibles parecen
inútiles, y los que podrían ser útiles no parecen posibles.
Este artículo quiere contribuir al debate sobre estos temas.
La otra “década perdida”
A comienzos de 1990, Bush senior proclamó el “nuevo orden mundial”,
después de la Guerra Fría. Leído catorce años después, su discurso queda
como una pieza de referencia en lo que John Berger llama la “usurpación de
las palabras”: “Una nueva era más libre de la amenaza del terror, más
fuerte en la demanda de la justicia y más segura en la búsqueda de la paz.
(...) Un mundo en el que el reino de la ley reemplace a la ley de la
jungla. (...) Un mundo en el que los fuertes respeten los derechos de los
débiles”. En este paraíso, la ONU debía desempeñar un papel fundamental.
Las Cumbres que se organizaron sucesivamente sobre los grandes temas
internacionales (Río, medio ambiente, 1992; Viena, derechos humanos, 1993;
Copenhague, desarrollo social, 1994; Beijing, derechos de las mujeres,
1995; Estambul, hábitat, 1996... ) querían mostrar una voluntad de
“gobernación global” y de colaboración con la “sociedad civil”, pero no
alcanzaron resultados prácticos significativos. La ONU se mostró en ellas
como un organismo productor de discursos, pero sin autoridad política
sobre los objetivos y las estrategias generales de lo que se empezaba a
llamar “globalización”.
Lo que caracterizó en realidad el “nuevo orden” fue el reguero de guerras,
que se inició en 1991 con la operación “Tormenta del Desierto” contra
Irak. Tres de ellas tuvieron un impacto especialmente importante en la ONU
y permiten comprender el desarrollo de su crisis.
Ruanda
Se cumplen ahora diez años del genocidio de Ruanda, perpetrado por el
régimen del general Habyarimana, sostenido activamente desde 1973 por
Francia, Bélgica y Suiza y financiado generosamente desde comienzos de los
años 80 por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Mientras
eran exterminados un millón de ruandeses, tutsis en su inmensa mayoría, el
responsable del Departamento de Operaciones de Mantenimiento de la Paz y
subsecretario general de la ONU, Kofi Annan,
miraba a otro lado. Sólo se estableció un ineficaz embargo de armas cuando
ya el genocidio estaba en marcha. Ahora, coincidiendo con el décimo
aniversario, se han escuchado algunas suaves autocríticas (“pude y debí
hacer más para que sonara la alarma”, ha dicho Annan) y se ha nombrado “un
asesor especial en materia de prevención de genocidios”, nombramiento cuya
utilidad más clara es ilustrar la impotencia de la institución.
La conmoción internacional producida por los acontecimientos ruandeses
influyó probablemente en la adopción por el secretario general Boutros
Ghali de una posición relativamente autónoma, y por ello crítica, respecto
a la política exterior de los EE UU (especialmente en Bosnia) y de Israel
(exigiendo que se hicieran públicos los resultados de una investigación
que acusaba a la artillería israelí del asesinato de 100 civiles
refugiados en el campamento de la ONU en Kanaa, al sur del Líbano). Como
consecuencia de ello, los EE UU vetaron en el Consejo de Seguridad la
ratificación de Ghali para un segundo mandato. El portavoz del
Departamento de Estado escribió su epitafio en el Financial Times: “Ghali
era incapaz de comprender la importancia de la colaboración con la primera
potencial mundial”. Hubo quien lo comprendió: su principal colaborador,
Kofi Annan, presentado como “el representante de África”, que será el más
subordinado a los EE UU de todos los secretarios generales /1.
Ex-Yugoslavia
La intervención estadounidense en la ex-Yugoslavia, sin la cobertura
jurídica de la ONU, pero bajo la cobertura política y militar de la OTAN,
fue otra de las experiencias reveladoras del orden internacional realmente
existente. La Administración Clinton utilizó la crisis de los Balcanes
para avanzar en el principal objetivo estratégico de los EE UU, definido
con precisión por el que fue Consejero de Seguridad del presidente Carter,
Zbigniew Brzezinski: conquistar la hegemonía en Eurasia /2. Clinton no
admitió el menor condicionamiento por parte de la ONU. Su secretaria de
Estado lo expresó muy claramente en un frase que se hizo célebre y que se
ha difundido en diversas versiones: “Con la ONU si es posible; sin ella si
fuera necesario”. La OTAN se mostró como un instrumento multilateral mucho
más fiable, especialmente porque en él los gobiernos europeos actúan con
una disciplina de cuartel ante la “comandancia en jefe”, sin mostrar las
distancias diplomáticas que aparecen frecuentemente en el marco de la ONU.
La intervención en los Balcanes merece recordarse también por dos
características innovadoras en política internacional: el establecimiento
de “protectorados” estables, basados en estrategias de “construcción
nacional” de los países ocupados para hacerlos funcionales al “nuevo
orden” /3 y, especialmente, el desarrollo de las doctrinas de la “guerra
ética” y el derecho, o deber, de “ingerencia humanitaria”. Estas
doctrinas, utilizadas como coartadas de intervenciones claramente
imperialistas, tenían como objetivo complementario eliminar el debate y la
justificación política, considerada irrelevante respectos a los
imperativos morales. En estas condiciones, la ONU, cuya función es
precisamente buscar acuerdos o compromisos políticos en los conflictos
internacionales, quedaba obviamente marginada /4.
Irak
Tampoco hubo cobertura jurídica de la ONU para los bombardeos sistemáticos
de Irak decididos por la Administración Clinton en 1998. Sí la hubo en
cambio para el saqueo del país, calculado en más de 300.000 millones de
dólares en concepto de “indemnizaciones de guerra”, acompañados por
programas de “ayuda humanitaria”: el resultado de estos programas mostró
una extrema manipulación política, que desacreditó a la ONU ante los
pueblos de la región. El coordinador del programa, Denis Halliday declaró
al presentar su dimisión: “He recibido el mandato (del Consejo de
Seguridad de la ONU) de aplicar una política que corresponde a la
definición de genocidio: es decir, una política deliberada que ha matado
efectivamente a mucho más de un millón de personas, niños y adultos”. Su
sustituto, Hans von Sponeck, llegó a la misma conclusión poco después /5.
Éste fue el prólogo multilateral al unilateralismo de la Administración
Bush.
Notas
1/ La cita del Financial Times está tomada de: Alexander Cockburn,
“Servant in Babylon”, Counterpunch, 30 de agosto de 2003. Sobre los
acontecimientos en Ruanda, ver Eric Toussaint, “Ruanda, los acreedores del
genocidio”, www.cadtm.org Sobre Annan, ver también , James Petras.
“Buscado: un secretario general de la ONU íntegro”. Rebelión, 18 de agosto
2002, www.rebelion.org ).
2/ Zbigniew Brzezinski, El gran tablero, Paidós, Madrid, 1998. Fue
reseñado en Viento Sur 55, marzo 2001.
3/ Sobre los “protectorados”, ver Catherine Samary, “Protectorados, un
callejón sin salida”, en Le Monde Diplomatique, mayo 2003. También en Le
Monde Diplomatique , diciembre 2003, hay un interesante dossier sobre las
políticas de “construcción nacional”.
4/ Daniel Bensaid, Le nouvel internationalisme, Textuel, Paris, 2003, pp.
123-138.
5/ Declaración del MPS, Lausana, 5 de marzo de 2003, www.alencontre.org ).
Fecha Publicación: 09/09/2004
Miguel Romero es Periodista y Coordinador de
Estudios y Comunicación de la ONG ACSUR-Las Segovias |
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