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Mapa del Nuevo Mundo |
04 -
Jeremy Rifkin
- Probablemente, la
mayoría de la gente cree que la de Estados Unidos es la economía más
grande del mundo. No es así. Los 10,5 billones de dólares de PBI de la
Unión Europea eclipsan a Estados Unidos en 100.000 millones.
¿Y el comercio? También en este caso las estadísticas son reveladoras.
Europa, con sus 455 millones de consumidores, es actualmente el mayor
mercado interno del mundo. También tiene la capacidad exportadora más
grande. Y el euro en este momento es más fuerte que el dólar, una realidad
que pocos economistas estadounidenses habrían considerado concebible hace
apenas cuatro años.
¿Por qué entonces tan pocos estadounidenses están prestando atención a
los cambios enormes que tienen lugar en Europa a medida que se acerca
más a una unión política y económica?
El problema es, en gran parte, de índole perceptiva. A la hora de hablar
del poder político y económico relativo, los estadounidenses y la mayoría
de los europeos seguimos comparando países europeos individuales con
Estados Unidos. Pero estas comparaciones cada vez tienen menos
sentido.
Cada vez más, los Estados europeos son tan parte de la Unión Europea como
los Estados estadounidenses son parte de Estados Unidos. Esto cambia
fundamentalmente la forma de hacer las comparaciones.
Por ejemplo, en vez de pensar en Alemania comparada con Estados Unidos,
deberíamos pensar en dicho país comparado con California, por ser Alemania
el Estado más grande en la economía europea y California el Estado más
grande en la economía estadounidense.
Si empezamos a modificar la forma de hacer comparaciones, de golpe todo
cambia y empezamos a captar la enormidad de lo que está desarrollándose.
De hecho, la UE es una nueva superpotencia que compite con el poderío
económico de Estados Unidos en la escena mundial.
En muchas de las principales industrias del mundo, son las compañías
europeas transnacionales las que dominan el comercio y el mundo
empresario. Las instituciones financieras europeas son los banqueros del
mundo.
Son muchas las dificultades que subsisten para crear un mercado interno
cohesivo en Europa, entre otras cosas, integrar a los diez nuevos
Estados miembros del centro, este y sur de Europa cuyas economías
están muy rezagadas respecto de los miembros más ricos del norte y el
oeste.
Sin embargo, los logros positivos superan ampliamente los obstáculos
que quedan. Y lo que es igualmente importante, siendo el inglés cada
vez más la lingua franca de Europa, para el año 2020, los
europeos podrán intercambiar sus servicios, bienes y mano de obra con una
soltura similar a la del mercado interno estadounidense.
La expectativa media de vida en los 15 países más desarrollados de la UE
alcanza actualmente 78,2 años frente a 76,9 años de Estados Unidos.
En lo que se refiere a la distribución de la riqueza —elemento crucial
para medir la capacidad de un país para cumplir con la promesa de
prosperidad— Estados Unidos se ubica en el vigésimo cuarto puesto entre
los países industriales.
De los 18 países europeos más desarrollados, todos presentan menos
desigualdad de ingresos entre ricos y pobres. Actualmente, hay más pobres
viviendo en Estados Unidos que en los dieciséis países europeos con datos
disponibles.
Estados Unidos también es un lugar más peligroso para vivir. La
tasa de homicidios estadounidense es cuatro veces más alta que en la Unión
Europea. Más inquietante aún, las tasas infantiles de homicidios,
suicidios y muertes relacionadas con armas en Estados Unidos exceden las
de los otros 25 países más ricos, entre los cuales se encuentran los 14
países europeos más ricos.
El renacimiento de Europa está impulsado por un nuevo sueño europeo
que, en muchos sentidos, contrasta marcadamente con el viejo sueño
americano.
El sueño americano pone énfasis en el crecimiento económico, la riqueza
personal y la independencia. El nuevo sueño europeo se centra en el
desarrollo sustentable, la calidad de vida y la interdependencia.
El sueño americano rinde tributo a la ética del trabajo. El sueño europeo
está más armonizado con el ocio. El sueño americano es inseparable de la
herencia religiosa del país y la profunda fe espiritual. El sueño
europeo es secular hasta la médula.
El sueño americano depende de la asimilación: asociamos el éxito a dejar
de lado nuestros antiguos lazos étnicos y ser agentes libres en el gran
crisol americano. El sueño europeo, en cambio, se funda en preservar la
identidad cultural y vivir en un mundo multicultural.
El sueño americano está aliado al amor al país y al patriotismo. El sueño
europeo es más cosmopolita y menos territorial. Los estadounidenses
estamos más dispuestos a emplear la fuerza militar para proteger lo que
consideramos nuestros intereses vitales.
Los europeos son más renuentes a usar la fuerza militar y favorecen en
cambio la diplomacia, la asistencia económica y la ayuda para evitar el
conflicto y operaciones de paz para mantener el orden. Esto no significa
que Europa de la noche a la mañana pasó a ser una utopía. Pese a todo el
discurso sobre la preservación de la identidad cultural, los europeos
se han vuelto cada vez más hostiles hacia los inmigrantes recién llegados
y hacia aquellos que buscan asilo.
La rivalidad étnica y la intolerancia religiosa continúan estallando en
varios focos de Europa. El antisemitismo está nuevamente en ascenso al
igual que la discriminación contra los musulmanes y otras minorías
religiosas.
Si bien los habitantes y los países de Europa critican con vehemencia la
hegemonía militar estadounidense y lo que consideran una política exterior
de gatillo fácil, están más que dispuestos, cada tanto, a dejar que las
fuerzas armadas estadounidenses salvaguarden los intereses de seguridad
europea.
Asimismo, tanto defensores como críticos dicen que la maquinaria
gobernante de la Unión Europea, con sede en Bruselas, es un laberinto de
burocracia. A sus funcionarios los acusan a menudo de ser indiferentes y
poco sensibles a las necesidades de los ciudadanos europeos a los que
supuestamente prestan servicio.
De todos modos, la cuestión no es si los europeos viven su sueño.
Nosotros los estadounidenses nunca vivimos totalmente nuestro sueño.
Lo importante es, más bien, que Europa ha articulado una nueva visión
para el futuro que difiere de la nuestra de maneras fundamentales.
Estas diferencias básicas son cruciales para entender la dinámica que
comenzó a desarrollarse entre las dos grandes potencias del siglo XXI.
Hace doscientos años, los fundadores de Estados Unidos crearon un nuevo
sueño para la humanidad que transformó el mundo.
Hoy, una nueva generación de europeos está creando un nuevo sueño
radical, que consideran más apto para responder a los desafíos de un
mundo crecientemente globalizado e interconectado en el siglo XXI.
Quizá nuestros amigos de Europa tengan algo para enseñarnos -
Clarín -
Jeremy Rifkin es Economista y especialista en
Biotecnología 2004 -
Traducción Cristina
Sardoy
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