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Rafaela, Santa Fe
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Rafaela Al día - Santa Fe Al día

 

1005 - Ezequiel Kay - Sábado, 3 de Mayo de 2003: La semana trágica

Las crónicas que de ahora en más se difundan por elcronistaregional.com -al margen de la información de prensa complementaria- responde a la cobertura que este cronista realizó desde el martes 29 de abril en adelante. La exigencia profesional del fenómeno impuso una actualización distinta a la habitual.

El texto será diverso. Cambiante. Crónicas y relatos de observaciones sueltos. No hay estilo para redactar semejante catástrofe y todas las palabras que se difundan tendrán un valor enorme para la historia de la provincia de Santa Fe y su capital. La vivencia de este cronista está condicionada por un evento que experimentamos (y sufrimos) en carne propia, como ciudadanos, como periodistas, como vecinos, como seres humanos.

Este sábado 3 de mayo se cumplen cinco días de la máxima catástrofe que sufriera la ciudad de Santa Fe en su historia. Más de 35.000 personas evacuadas de populosos barrios de la zona oeste, todos bajo agua. Más de 100.000 personas afectadas que se autoevacuaron. Hasta este día, 19 muertos confirmados oficialmente, aunque los numerosos testimonios de los vecinos condenados por esta inundación hacen pensar que esa cifra se elevará y mucho.

No hay palabras que dimensionen la catástrofe: un vecino del barrio Centenario, contaba, que el martes 29 de abril, cuando caía la noche, una masa de agua proveniente que los barrios ya inundados, como una ola "de cuatro metros", invadió ese barrio barriendo todo cuanto encontraba a su paso, inclusive personas. En ese sentido, mujeres y niños empezaban a salir con alguna de sus pertenencias, desde un sector Fonavi ubicado detrás del estadio del Club Atlético Colón hacia el centro de la ciudad, y -según testimonios- habrían sido arrastrados por las aguas a enorme velocidad.

Eran las 19.30 horas aproximadamente. En menos de una hora el agua llegó a los techos de las casas. Todos los barrios del oeste ya tenían hasta 6 metros de agua. ¿Alguien se imagina qué puede hacer un anciano de 60 años con el agua en la cintura, en caso que nadie pueda socorrerlo? Morir, en silencio o a los gritos. Este cronista observó cómo bomberos voluntarios retiraban el cuerpo de una mujer mayor que quedó atrapada en su propia casa, de acuerdo al testimonio de sus vecinos. Su casa era su tumba.

Otras personas contaron su trágica experiencia: "con los remos tocamos cuerpos". Otros apuntaron que una mujer anciana murió ahogada en su silla de ruedas. Dos niñas quedaron sobre el techo de su vivienda esperando a sus papás cuando fueron a buscar ayuda. Al regreso no estaban más.

Este relato de la muerte, sin dobles intenciones, permite tener una dimensión para quienes no vivieron en carne propia -al menos mínimamente- la catástrofe. No se trata de contar muertos. Es el costo humano de un evento natural sin precedentes, aunque no por ello imprevisible por parte de las autoridades provinciales y municipales.

Desde hace meses el río Salado, recurso hídrico que ocasionó la inundación, presentaba una altura poco usual, cercana a los registros históricos. Durante abril, lluvias extraordinarias se sucedían en localidades de los dptos San Cristóbal, Las Colonias y La Capital, sobre la cuenca del Salado. Más cerca en el tiempo, desde el miércoles 23 de abril, el intendente de la ciudad, Marcelo Álvarez, estaba en conocimiento de la fuerte crecida. Ante este cronista, el funcionario describió los trabajos que se estaban haciendo en el norte de la ciudad. El domingo 27 de abril, día de elecciones presidenciales en Argentina, "estábamos con los vecinos hombreando bolsas", reveló. Los medios televisivos locales mostraban notas con vecinos de esos barrios que advertían del problema a las autoridades. Y queda preguntarse, no sólo ya si las defensas resistirían o no, sino ¿no había forma de advertir a la población, no para que salve sus pertenencias materiales, sino para que salve su vida?

Más allá del análisis sobre la eficiencia de las obras hidráulicas, que seguramente se realizará más adelante, la magnitud del fenómeno, de la creciente y las lluvias, presagiaba algo grave. Cuando entre la noche del lunes y la madrugada del martes el agua ingresaba al casco urbano de la ciudad de manera increíble, quedó en evidencia la ausencia del Estado: la falencia informativa precedió a la desorganización para atender a las miles de personas que estaban siendo anegadas.

La provincia de Santa Fe no cuenta con un plan de acción para las emergencias (y ante este realidad, dudamos que tenga un plan en materia hídrica). El martes por la mañana, el intendente de la ciudad solicitaba desde el estudio de una emisora de radio local (?) recursos humanos y técnicos para enfrentar la catástrofe. Lugares para evacuados, voluntarios, vehículos para trasladar personas... ¿No hay registros oficiales de entidades que provean recursos humanos y técnicos para enfrentar -no solo fenómenos hídricos- sino cualquier tipo de problemas sociales? ¿No hubo estudios técnicos que anticipen eventos de esta magnitud? ¿Porqué no se advirtió a la población acerca de un posible evento natural extraordinario?

Insistimos: los funcionarios enfrentaron la presión de la prensa poniendo en el centro de las respuestas la magnitud del fenómeno hídrico, nunca visto. Un análisis minucioso permitirá sacar conclusiones más concretas en ese sentido, fuera de la conmoción que incluso llega a nosotros. Pero nadie, absolutamente nadie, puede soslayar es el deber que tienen los gobiernos de proteger a sus ciudadanos y, como en este caso, prevenir los problemas que pueden atentar contra su vida. La inundación estaba a la vista. Un llamado de urgencia debió alertar a la población, puntualmente de los barrios ubicados al oeste de la ciudad, para que salven sus vidas. Primero las mujeres, los niños y los ancianos. Nunca llegó. Y hoy empieza otra historia para los santafesinos.

CONSECUENCIAS POLÍTICAS, SOCIALES Y ECONÓMICAS:

La falta de previsión y la negligencia del gobierno fueron más dañinas que las aguas desbordadas del Salado.
Los desastres como el de Santa Fe no son casuales Se notaron claramente la incapacidad de aprender de los errores (propios o ajenos); el desinterés por la información científica , la mirada incompleta de la realidad y indiferencia en la función pública. En esta catástrofe se evidenciaron la sordera ante las advertencias y la increíble falta de velocidad ante semejante acontecimiento.

Santa Fe podía no estar preparada para un terremoto, para una erupción volcánica o para la caída de un meteorito. Pero es absolutamente inaceptable lo sucedido en una ciudad que desde siempre ha sido azotada por las inundaciones. Después de la crecida histórica del Paraná de 1905, la generación actual padeció crecidas extraordinarias en 1983, 1992 y 1998. Y siempre en el otoño e invierno.
La caída del símbolo de la ciudad, el Puente Colgante, en la crecida del ’83 a causa de una ruta construida a modo de terraplén transversal a las aguas dejó enseñanzas muy claras que hacían ahora evitable los problemas derivados del mal diseño de la Autopista Santa Fe – Rosario. Este desastre es también el fruto de una extensa lista de reiterados errores. Quienes echan la culpa a una lluvia extraordinaria o a la "naturaleza" deben saber que esas razones irritan a la opinión pública.

¿Para qué sirvieron los estudios realizados?

No sirvió que 1978 el INCyTH estudiara la cuenca inferior del Salado, que se delimitara el área de riesgo hídrico en 1992, que en 1998 se analizara la modelación hidrodinámica y de erosión fluvial para la conexión vial entre Santa Fe y Santo Tomé. Tampoco ayudó el redimensionamiento hidráulico del puente sobre el Salado.

Después del desastre anunciado


Lo que viene ahora es un largo invierno. El más duro desde que Juan de Garay fundó la ciudad en 1573. La ayuda oficial se dirige principalmente afectados que se refugian en los centros de evacuación. Pero hay todavía unos autoevacuados que siguen en casas de parientes o amigos. Están bajo techo pero perdieron todo. No son pocos los que peregrinan buscando ropa, comida y medicamentos. Muchos eran cuentapropistas que perdieron sus medios de trabajo.

Cuando lleguen los créditos del Banco Mundial habrá que ver. Si van a hacer como siempre, contratar grandes empresas para hacer terraplenes dejando a la gente con los techos de sus casas a una altura por debajo del nivel del agua en las crecidas. Si serán destinados a reconstruir la ciudad con nuevos criterios. O si además los fondos se destinarán a un plan consistente para atenuar "la inundación que viene", la de una extrema pobreza y desocupación. No sea que lleven a los afectados a barrios recién construidos pero sin trabajo. Que esto sea una lección para todos
La tragedia de Santa Fe, el mayor desastre evitable de la historia argentina, debe servir de lección para todos. Definitivamente: no pueden librarse a su suerte a poblaciones en zonas de riesgo. Cuando una maestra recibe una alarma de bomba en su escuela, saca los chicos a la calle. Después chequea la veracidad del alerta. Es lo que aquí hizo falta. Usar el sentido común. Si hablamos de amplias zonas de riesgo hay que tomarlo en serio.

Los gobiernos de las ciudades y Estados del litoral fluvial deben comenzar a preparar con los mejores expertos los necesarios planes de contingencia y los manuales de emergencia. También un sistema de monitoreo y alerta temprana. Deben informar, educar, capacitar y entrenar a la gente y a los líderes sociales para que todos sepan exactamente qué hacer y hacerlo a tiempo.

En cada zona de riesgo hídrico, sísmico, químico o nuclear -y Argentina los tiene todos-, deben hacerse simulacros de alerta y evacuación, entrenando a la población vulnerable.
La terrible lección del Salado debe hacer también que los organismos de gobierno decidan mirar de frente al río Paraná y su cuenca. La Cuenca del Plata, la segunda en importancia en Sudamérica después del Amazonas y la cuarta a nivel mundial. Convocando a la cooperación internacional frente el riesgo que representan para el país, y especialmente para las poblaciones del litoral fluvial, sus graves amenazas. Que no sólo son el cambio climático y El Niño, sino la deforestación, monocultivos insustentables, obras públicas y planes de desarrollo mal planificados.

Si, como propone Reutemann, hay que "refundar Santa Fe", también hay que "refundar el Estado".
Crear mecanismos para que los más capaces ocupen los puestos vinculados a la seguridad y la vida de miles de personas. La generación de políticas públicas realmente eficaces frente a los desafíos sociales y ambientales es imposible sin participación social. Se debe planificar con la gente, implementar con la gente, cuidar con la gente.
 


 

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