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Continúa la polémica entre el Diario Castellanos y el Concejal justicialista Héctor Sierra

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Rafaela Al día - Santa Fe Al día

El texto que sigue aparece como respuesta al del Concejal Héctor Sierra: Castellanos miente


Sierra: un edil propenso al ridículo

Fuente Castellanos - Edgardo De Luca


211205 - En ocasiones, la actividad periodística obliga a una especie de inmersión en ciertos bajíos de la degradación política. Es una labor fastidiosa que distrae la atención de asuntos trascendentes para la vida social civilizada. Pero en la Argentina saturada de impunidad, avasallada por infinitas prepotencias, territorio propicio para autocracias y mediocracias, cualquier desatención lleva el riesgo de envanecer a los déspotas, consumados o en curso, siempre rodeados de una cortesanía escuálida en ideas aunque dispuesta a sumar preceas "feroces" a la efímera carpa de los caciques. El concejal justicialista Héctor Sierra pertenece devotamente a dicha especie y tiene una versátil capacidad para quedar en ridículo.

Todo comenzó en una reunión del Concejo Municipal con el jefe de policía. Más protocolar que efectivo, el cónclave languidecía bajo el peso abúlico de lugares comunes, generalizaciones obvias y frases de ocasión. Sierra creyó oportuno introducir su profesión de fe cuando los participantes glosaban -no trataban- el arduo tema de la prostitución. El funcionario público y director de la carrera de psicología de la UCES espetó lo que cito, textual: "A mí me preocupa la prostitución de las chicas que vienen de buena familia, tienen educación universitaria, incluso hablan dos idiomas y que tienen un buen pasar pero que se inclinan a la prostitución para tratar de ascender más rápido, eso es preocupante porque no tienen necesidad de prostituirse". Y digo textual porque la prohibición de grabar en las reuniones obliga a los periodistas responsables a una vertiginosa tomas de notas manuscritas. Así lo informó Castellanos en su edición del 15 de diciembre, palabra por palabra y lo escucharon los asistentes, incluido el comisario López. Vale apuntar que discurrían sobre la prostitución en Rafaela, no en el mundo, ni en ciertas galaxias.

De la monserga del impar "analista" se desprenden algunas conclusiones: Sierra ignora que la causa liminar de la prostitución es la exclusión social, según consta en miríadas de testimonios, desde las "porné" -de allí pornografía: literalmente historia de prostitutas- que acompañaban a los ejércitos griegos en la guerra de Troya hasta las recientes estadísticas de la Organización Mundial de la Salud. Que en sus afanes férvidos para despegar la indudable asociación pobreza - prostitución, acaso para absolver las responsabilidades de su partido en la mudanza femenina al comercio carnal, el avezado psicólogo apeló a un brulote difamatorio sin la debidas pruebas numerales y casuísticas, huérfanas de "respaldo académico" y de responsabilidad civil elemental.

No es difícil imaginar las reacciones de algunas autoridades universitarias y de otros miembros de la bancada peronista que con visible malhumor eludieron comentarios o ratificaron lo publicado por nuestro diario, a veces apelando a excusas triviales de "contexto". Y no hubo contexto, Sierra, grosero y vulgar, estampó sus lindezas sin rubores.

Anoticiado de las molestias, puesto en evidencia por María Eugenia Emmert -que se limitó a transcribir lo voceado con engolada fatuidad- Sierra echó mano al recurso habitual de los politiscastros minorados: negó sus aseveraciones y acusó a la periodista de "tergiversación". Con paciencia tibetana, Mage -así le decimos- recabó testimonios confirmatorios y Sierra pergeñó un lacrimógeno correo electrónico "exclusivo para los amigos", un infantil autoelogio viscoso que incluye la cantidad de volúmenes de su biblioteca, como si el acopio fuera credencial de sabiduría y probidad intelectual. Nosotros publicamos el correo de marras, pero Sierra lo remitió a La Opinión como "carta de lectores": volvió a mentir, violó su compromiso proclamado: ¿o acaso el summun amarillo adulteró la finalidad de origen?. En ese trance, procedería que el atribulado oficiante justicialista denunciara el "mal uso" perpetrado por Actis y sus trebejos. No lo hará porque todo fue pactado.

En el delicioso "Don Juan", Byron recuerda que "el hombre hace grandes las cosas que le empequeñecen" e ironiza al "amor propio, por medio del cual el hombre forma de sí mismo una idea ventajosísima" (Canto V, LIX. Editorial Cronos, Buenos Aires, 1944, págs. 149 y 248). Ignoro si Sierra leyó la obra del poeta, pero me atrevo a conjeturar que de haberse detenido en los versos, no entendió el significado.

El peronismo nunca lució como recinto propicio para el desarrollo intelectual, una inclinación que tiene requisitos de independencia para el abordaje de temas y demanda un pensamiento crítico activo, despojado de mitos animistas tan frecuentes en la teología populista. En general, los representantes del neofascismo no incursionan en asuntos teóricos o interpretativos intrincados, fundamentan sus iniciativas con escasez argumental y oratoria gruesa. Luego votan, a cuenta de una mayoría inapelable cosechada en comicios que cumplen a rajatabla con aquel aserto de André Malraux: "los pueblos tienen gobiernos que se le parecen".

Pero Sierra porta veleidades y pulsiones por incorporar "reflexiones científicas (nos gustaría recibir esas publicaciones) filosóficas, históricas, religiosas y politológicas". Alguien debió convencerlo de sus quilates culturales y el hombre aceptó esa "misión" en el Concejo. Tal vez el ignoto descubridor de talentos fue un socarrón de afilado sarcasmo, pero hay un tipo de fatuidad que siquiera reconoce una broma.

Y en este punto recuerdo "El hombre mediocre" un trabajo inmemorial de José Ingenieros". La glosa de un ensayo es complicada y puede resultar mezquina en los hirsutos límites de una nota periodística pero el riesgo de la conclusión siempre acecha al que escribe, y lo asumo. Una de las enseñanzas que palpita en el libro del maestro podría sintetizarse como sigue: la mediocridad en general provoca un tipo de pena humanista y cierto sonrojo compartido por la especie. El mediocre de fila, raso, emergente estadístico de la muchedumbre entristece, como "el hermano en desgracia", y tiene cierta virtud referencial de espejo comparativo acechante, es , al cabo, lo que el pensamiento crítico llamaría -con perdón de Kant- el imperativo categórico del "no querer ser así". La mediocridad anónima es cafilesca, pueril aunque puede adquirir envergadura de flagelo cuando vota. Pero el mediocre con poder, directo o delegado, deviene peligroso porque transmuta su invalidez estructural en ferocidades, desplantes y abusos "compensatorios" de su insignificancia individual. Determinado encumbramiento en las estructuras políticas opera como alivio de la medianía y despierta conductas miserables. Desde la planicie civil, el mediocre catalogado aburre; instalado en alguna cima transitoria agravia. Es la metamorfosis habitual del cobarde "coronado", del pelmazo encumbrado.

Sierra tiene el síndrome de la obsecuencia, un síntoma que en las esquinas suele describirse con la expresión "más papista que el papa". No importa la materia bajo examen, si es propulsada por el oficialismo, él asentirá hasta entumecer la vértebra, Atlas en trance extático de genuflexión. Es incontinente en anuencias.

La hipótesis cardinal de Sierra es que "Castellanos siempre miente". Nunca aportó pruebas, ni afrontó debates y cuando se plantearon, simplemente replegó su voz de matrona sonrojada por la "pecaminosidad social" y la "barbarie infantil". Le proponemos algo sencillo: demuestre con documentación una mentira y le prometemos la debida autocrítica.

Y como mencionamos a Ingenieros nos complace recordar un párrafo de "El hombre mediocre": "El poder que se maneja, los favores que se mendigan, el dinero que se amasa, las dignidades que se consiguen, tienen cierto valor efímero que puede satisfacer los apetitos del que no lleva en sí mismo, en sus virtudes intrísecas, las fuerzas morales que embellecen y califican la vida…" (Ob. cit. Losada, Buenos Aires, 1985, pág. 41)

Como Sierra es un prototipo de la decadencia, me permito citar a un especialista en paradigmas inversos. En "La cabeza de Goliat", Ezequiel Martínez Estrada escudriña al "tilingo": "Si de un día para otro cambia de opinión, lo hace con un antiguo convencimiento, que persuade como si por fin hubiera encontrado las ideas que le quedan a medida". Tres párrafos después rubrica: "Sería un hombre interesenta en un mudo que no valiera la pena ser habitado, ciudadano de un pueblo donde la gente se saludara quitándose el sombrero, animador de un club de convalecientes" (Ob.cit. Centro Editor de América Latina, Buenos Aires 1981, Tomo I, pág.151).

En un fragmento de su precaria melopea Sierra alude a "esta época de imposturas y travestismos morales". ¿A qué se refiere?: a la cooptación de Fassi al peronismo; ¿a la mudanza de Borocotó al califato kirchnerista? o a su propia maleabilidad oportunista, como el intento de colectar firmas en favor del titular de la Unidad Regional V por las críticas publicadas por Castellanos.

La sierra es un instrumento de porte: abate grandes árboles, troza bloques suculentos de madera, en realidad este hombrecillo nunca pasó de serrucho, útil para la fragmentación doméstica de tablitas menudas. Hay una ley inexorable en las proporciones entre capacidad y responsabilidad que los necios desproporcionan.

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