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Rafaela
Al día -
Santa Fe
Al día
Conmovedora y lúcida carta de una docente
231006 - Fuente castellanos - Cuando esto
sea publicado ya estará viejo, porque seguramente ya habremos decidido
como docentes qué hacer en los próximos días. De todos modos, necesito
expresar lo que pienso hoy, cuando estoy cumpliendo con
un paro votado por el gremio
que me representa, y al cual adherí por convicción propia, profunda.
Cuando esto sea publicado ya estará viejo, porque seguramente ya
habremos decidido como docentes qué hacer en los próximos días. De todos
modos, necesito expresar lo que pienso hoy, cuando estoy cumpliendo con
un paro votado por el gremio que me representa, y al cual adherí por
convicción propia, profunda.
Aunque nos quieran hacer creer que los paros no sirven, lamentablemente los
hechos demuestran lo contrario. Se suspenden las clases y padres, docentes y
gobernantes tienen la presión de PENSAR qué pasa con la educación pública.
En el año 2005, los paros llevaron a la caída de una ministra inoperante, y
permitieron el sostenimiento de un “beneficio jubilatorio” que había sido
planteado sólo por unos meses, para casos especiales. En consecuencia, este
año muchos docentes se jubilaron en condiciones menos indignas, y tenemos
una Ministra de Educación con mejor presencia ante los medios.
“Las víctimas del huracán” del 2005 sobrevivimos, subidos sobre los hombros
de los gigantes que nos precedieron. Y digo esto sin ánimo triunfalista ni
mesiánico. Simplemente sobrevivimos porque, aprovechando la sabiduría y la
experiencia de los más “viejos” (directores, docentes, escritores,
intelectuales), pudimos mirar más lejos y luchar por unos ideales
igualitarios y republicanos, haciendo frente al miedo que el aparato
oficialista quiso imponer a través de los medios de comunicación.
Pero otra vez estamos en el mismo juego del Gobierno. Mientras pasaron los
meses y no se discutieron los graves problemas de financiamiento,
organización y objetivos de la educación pública en la provincia de Santa
Fe, los docentes seguimos yendo a las escuelas, todos los días, con el ánimo
firme de lograr los cambios en el sistema que los niños necesitan. Pero no
podemos solos. No podemos concentrar la atención de alumnos que no tienen
objetivos claros, que no saben qué buscan en la escuela, que se sienten un
número más en grupos o escuelas superpoblados, que salen a un patio sin
sombra, o van a un baño sin agua, o tuvieron frío y estuvieron sin luz por
cuestiones “presupuestarias” dentro de los colegios.
No podemos lograr un clima de entusiasmo y búsqueda del saber cuando las
bibliotecas no están en condiciones o no tienen personal suficiente, cuando
no hay laboratorios para observar y asombrarse, cuando las computadoras se
“tildan” o quedan obsoletas y no se instrumentan soluciones rápidas. Mucho
menos cuando no hay recursos administrativos para diferenciar entre los
alumnos que son responsables y desean aprender, y aquellos que tan sólo
buscan refugio porque en su hogar no hay adultos responsables ni preocupados
por su educación.
Es muy difícil
respetar las diferencias y equilibrar las posibilidades entre chicos de
realidades sociales tan hostiles o dispares entre sí, que sin embargo
conviven durante unas horas en nuestras escuelas. Especialmente, cuando los
mensajes sociales, especialmente los canalizados a través de la televisión,
exacerban la violencia, la burla, la intolerancia y la competencia voraz por
aniquilar al otro.
Podemos hacer lindos discursos y “hablar” de que la educación es la mejor
herramienta para el progreso de los pueblos. Pero... ¿es esto real? ¿Lo es,
la educación pública que estamos brindando en estos momentos? ¿En qué
progresa un chico que se siente “obligado” a aprender? ¿En qué progresa un
niño que no tiene patios para disfrutar de la naturaleza? ¿En qué avanzamos
si debemos estar todo el tiempo vigilando que nadie salga lastimado, porque
la costumbre general es pegarse o agredirse verbalmente?
¿Cómo accede al conocimiento, o cómo descubre su indiscutible valor, un
joven que observa con alegría que, en lugar de tener que estudiar, puede
“zafar” en tres semanas de diciembre? ¿Cómo construye una imagen positiva de
sí mismo si como alumno es uno más entre cuarenta en el aula, entre
seiscientos o setecientos en una escuela? ¿Cómo apuesta a su futuro como
estudiante si ni siquiera puede conseguir un banco en un octavo año, para
tener la oportunidad de aprender? ¿Cómo madura, si todo le está permitido,
las evaluaciones son superficiales o no existen, y los obstáculos en el
aprendizaje son eliminados y suspendidos, en lugar de ser superados?
La crisis de la educación pública argentina arrastra, en su nivelación hacia
abajo, a la educación privada. Todo es descalificado si conlleva un
esfuerzo, si exige una superación. Y las brechas entre los que saben, los
que creen saber y los ignorantes, son cada vez mayores.
¿De qué sirve
que haya un Estado si no garantiza la igualdad de acceso a la educación?
¿Para qué tantos ministros, asesores, pedagogos y docentes si las
diferencias sociales son cada vez mayores, y se hacen insalvables? ¿Tiene
sentido una educación pública sin los recursos que los chicos de clases
sociales medias o bajas no pueden encontrar en sus hogares?
Que quienes
quieran entender, entiendan: la Argentina, y nuestra provincia en
particular, necesitan educadores. Esto es, seres convencidos de que, quieran
o no, con lo que hacen, y no con lo que dicen, están dando un ejemplo.
Si el ejemplo
es solamente no faltar nunca a clase, cumplir los horarios y bajar la cabeza
para no ver lo que hay frente a nosotros, los chicos están perdidos. Y
nosotros, y el sentido de lo que hacemos.
Pero si el ejemplo es denunciar los abusos de poder, desenmascarar la
hipócrita Ley Federal de Educación, protestar por la falta de recursos y por
la denigración de docentes y alumnos en escuelas sin índices reales de
aprendizajes genuinos, plenificantes, diversificados según capacidades y
necesidades, si ése es el ejemplo, y el objetivo por el cual se lucha es la
recuperación o la regeneración del saber, entonces, los pesos más o menos en
los bolsillos de cada uno de nosotros... no podrán comprar nuestro silencio.
Para
finalizar, quisiera compartir esta poesía de Eduardo Galeano llamada
“Utopía”, que es como un cóctel para los momentos de gran desazón:
Ella está en
el horizonte.
Me acerco dos
pasos,
ella se aleja
dos pasos.
Camino diez
pasos
y el horizonte
se corre
diez pasos más
allá.
Por mucho que
yo camine,
nunca la
alcanzaré.
¿Para qué
sirve la utopía?
Para eso
sirve:
para caminar.
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