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La ley de educación: Con la misma piedra...
María Alejandra Colsani

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Rafaela Al día - Santa Fe Al día

050107 -  Conocido por todos es el efímero encanto producido por la Ley Federal de Educación. Los legisladores se rasgan las vestiduras ahora, ponderando los cambios propuestos por Filmus y su equipo, como si no hubieran sido ellos quienes aprobaran, en la era de Menem, esa ley que condujo al fracaso a la escuela argentina, pública y privada.

Se sostiene desde hace años un sistema con parches, sin presupuesto y lleno de contrasentidos: inclusión y atención de la diversidad con treinta o cuarenta alumnos por aula, y prácticamente con la misma cantidad de escuelas que en el siglo pasado; aprendizajes acordes con la tecnología moderna sin computadoras, cargos ni recursos para sostener equipos de computación; nuevos contenidos diversificados y especializados, que exigieron mayor capacitación de los docentes, sin garantizar primero que la alfabetización primaria no se perdiera (esto es: cuidando que los chicos de las nuevas generaciones siguieran aprendiendo a leer y a escribir en nuestra lengua materna, el castellano). Se eliminaron las sanciones disciplinarias para no segregar ni discriminar a las personas, y en consecuencia la escuela debe hacerse responsable de la enseñanza de modales, costumbres y valores elementales, tales como reconocer lo adecuado para cada lugar y rol, o el respeto por el otro, su integridad física y su trabajo. Inclusive, el respeto de cada alumno por sí mismo. Frente a una sociedad con adultos y padres muchas veces ausentes, el Estado cree que el sistema educativo es capaz de absorber y "solucionar" cualquier dificultad de integración, personalidad, expectativa de vida o incapacidad.

Elevando la edad o el tiempo de escolaridad obligatoria, la Ley Federal de Educación cortó las piernas de los jóvenes con deseos de superación, porque deben soportar en las aulas a otros jóvenes que van a la escuela a no hacer nada, seguros de tener un lugar donde pasarlo mejor que en un trabajo. Si el objetivo es que los adolescentes no crezcan en la calle... ¿No debería fortalecerse la familia, como principal educadora de sus miembros? ¿No debería ser variada, plural, diferenciada, la oferta educativa? ¿Puede la escuela darle la capacidad intelectual o la madurez psicológica a todos, incluso a quienes tienen el ejemplo contrario en su propia casa? ¿Con el 6 % del PBI, porque sólo es una cuestión de dinero?

Ahora, cuando aún las cifras que se invierten en educación son exiguas, los resultados son pésimos. Basta con observar los desastres colectivos en los exámenes de ingreso a la Universidad. También podemos recorrer las plazas y los boliches para constatar qué proyecto de sí mismos construyen los jóvenes, ayudados por los estímulos de nuestra sociedad adulta. Cuando el Polimodal o el Secundario se establezcan definitivamente como obligatorios... ¿Qué podrá aprenderse dentro de sus aulas?

La adolescencia es un período de cambios, rebeldías, disenso. Pero también de definiciones transitorias. ¡Para cuántos chicos el octavo y noveno años fueron o son una cárcel, para la cual no están preparados! Los padres muestran una tesitura que seguramente no tuvieron antes, buscando que a sus hijos les gustara saber, aprender, madurar. Y pretenden ahora "obligarlos" a terminar noveno año, como si ello fuera posible con sólo un poco o casi nada de voluntad, preparación y ejemplo.

Llegando tarde, faltando a las clases de manera abusiva, durmiendo en el banco, sin sanciones para quienes no quieren convivir en armonía, sin respeto por la escuela como institución, sin vergüenza por repetir de año o luciendo con desparpajo una ignorancia que asombra... ¿Así será también el secundario obligatorio? ¿Ésa es la educación que necesitamos los argentinos? ¿Seguir diciendo que hacemos lo que en realidad no podemos hacer? ¿Encerrando contra su voluntad a jóvenes cada vez menos responsables, para que "aprendan" lo que no les interesa? ¿No estaremos generando, desde la escuela misma, el rechazo hacia el conocimiento y el progreso, puesto que se les impone sin otra alternativa una escuela única, disfrazada en “definiciones institucionales” difusas?

Si se busca que los adolescentes transiten esa etapa de sus vidas contenidos por la institución escolar, ¿no sería más razonable dotar a las escuelas de recursos que las hagan más atrayentes y, en primer lugar, creando más escuelas, para evitar la terrible despersonalización actual? ¿No sería más beneficioso enseñar oficios a quienes necesiten trabajar, de modo que puedan colaborar con sus padres, creciendo en responsabilidad y sin sentirse fuera del sistema? ¿No se sobredimensiona a la escuela, en detrimento de la familia y del mundo laboral? ¿Es que puede ser obligatorio aprender lo que no nos gusta, o lo que no entendemos, durante tantos años? El Estado cuenta con otros ámbitos desde los cuales promover una cultura para la inclusión social. ¿Los usa?

Hemos llenado a la educación de luces de colores, guirnaldas y bolitas doradas. Pero el árbol que la sostiene, la alfabetización indispensable para una sociedad pluralista e inclusiva, se está secando. Los lectores escasean. Los medios de comunicación, especialmente la televisión, no muestran que leer y escribir, dialogar, pensar, debatir o aprender sean un vehículo hacia mejores oportunidades de vida. La distribución de esa riqueza llamada cultura, historia, geografía, arte, matemática, no parece preocupar a los funcionarios públicos, quienes carecen de una ética de la austeridad que haga creíble su discurso social. Si realmente la educación fuera una preocupación para ellos, no confiarían en una ley para solucionar el problema.

Emparcharán una ruta llena de baches, con brea que se quedará pegada en los neumáticos, sin bajar por ello el índice de accidentes o la tasa de mortalidad. Con más años de obligatoriedad la segregación social será mayor, y la marginación de quienes no pueden sostener tanto tiempo sin trabajar, o de quienes no acceden a los contenidos de nuestra escuela única, será total.

Nadie aprende si no quiere o no puede hacerlo. Menos aún si vive esa experiencia como una amenaza, o no le encuentra sentido. Socialmente, no es necesario saber, sino mostrar. Y esperar el milagro del premio (del jurado, del docente, del gobierno...).

Sólo los seres humanos nos damos el lujo de tropezar dos veces con la misma piedra. Porque somos libres... Y porque somos necios.

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