La nueva lista de Monseñor nos facilita un poco las
cosas porque en vez del tortuoso examen de conciencia de la
confesión y la sinceridad del arrepentimiento que debían hacer
nuestros antepasados, basta con consultar la revista Forbes para
encontrar quienes van a poblar el infierno.
De acuerdo con el ranking de super millonarios
publicado a principios de marzo por la revista, se puede anticipar
que allí se dirigen el inversionista Warren Buffet, campeón
indiscutido hoy en día en el rubro de las fortunas obscenas, el
mexicano Carlos Slim, número dos, y ese tercerón de Bill Gates.
Con el pecado mortal de la contaminación ambiental
habría que deslindar responsabilidades o directamente enviar al
infierno a la mayoría de los estadounidenses, los grandes
contaminadores del planeta, y también a los chinos, que si siguen
así no se van a salvar de las llamas.
Con los científicos es más fácil: si se dedica a
la manipulación genética, derecho al infierno.
Creo que los narcotraficantes nunca se hicieron
ilusiones respecto a su destino, pero el caso de los drogadictos me
parece más complejo: ¿sería justo que terminen en el infierno
después de haberlo vivido en la tierra?
¿No deberían tener una conmutación de la pena?
En fin, la doctrina eclesiástica está hecha de
vaivenes y puntos oscuros, como el sexo de los ángeles.
Ni siquiera el infierno es un lugar seguro.
En 1999 el entonces papa Juan Pablo segundo había
aclarado que no era un lugar sino una situación: el alejamiento de
Dios.
El año pasado, el actual papa Benedicto XVI dijo
que el infierno existe.
Y, por
lo que se ve, en estos tiempos de la globalización estará tan lleno
que pronto tendrán que construirle una sucursal para albergar a sus
nuevos reclusos.