|
010808 -
Periódico Diagonal - EL AMOR COMO CONSTRUCCIÓN SOCIAL Y
DISPOSITIVO ECONÓMICO Y DE CONTROL
Coral Herrera Gómez, es
investigadora en Humanidades.
La autora analiza y desmonta el amor
romántico de película, fábrica de sueños y de hacer dinero,
dispositivo de control y utopía individual ante el desgaste de las
utopías políticas y colectivas.
A pesar de que siempre se ha considerado el amor pasional
un fenómeno individual, que acontece en el interior de cada ser humano
como un proceso ‘mágico’ e ‘inevitable’ que transforma la vida entera de
las personas cuando caemos enamorados (del inglés falling in love), lo
cierto es que se trata de una construcción social y simbólica que varía
según las culturas y las épocas históricas. En la
posmodernidad el amor romántico se ha erigido en una nueva utopía de
carácter emocional, una vez derrumbadas las utopías colectivas de
carácter ideológico y político.

El individualismo y la infantilización de la población han llevado a una
despolitización y un vaciamiento del espacio social, con notables
consecuencias para las democracias occidentales y para la vida de las
personas. Una de ellas es la enfermedad del siglo XXI : la soledad,
característica del modo de vida en las grandes urbes, donde las redes de
cooperación y ayuda entre los grupos se han debilitado o han
desaparecido. Ha aumentado el número de hogares monoparentales ; la
gente dispone de poco tiempo de ocio para crear redes sociales en la
calle, y el anonimato es el modus vivendi de la ciudad. Un caldo de
cultivo para las uniones de dos en dos (a ser posible monogámicas y
heterosexuales, s’il vous plaît).
La
industria del amor
El amor no sólo constituye
un dispositivo de control social, sino que también posee una dimensión
económica de gran envergadura cuyo correlato es el auge de las
industrias nupciales: inmobiliarias, agencias de viajes, agencias de
contactos, Iglesia católica, hoteles, salones de boda, bufetes de
abogados para tratar acuerdos pre y postmatrimoniales, gabinetes de
psicólogos y en los que se trata ‘el mal de amores’, etc. El amor es,
así, un mecanismo que encauza el estilo de vida consumista imperante en
nuestras sociedades actuales. Del mismo modo que ya muy poca gente acude
al zapatero a arreglar su calzado porque resulta más cómodo y barato
tirarlo a la basura y comprar otro nuevo, el amor tiene su propia oferta
y demanda, y sus productos de usar y tirar ; todos buscan a la persona
‘ideal’ con la que establecer la relación perfecta. Este mercado
sentimental constituye una especie de búsqueda compulsiva del paraíso,
edén emocional en el que las ansias de autorrealización y de felicidad
se ven colmadas y satisfechas. El amor es, en este sentido, un nexo que
se establece con otra persona y gracias al cual podemos sentir que hay
alguien que nos escucha, nos apoya incondicionalmente y lucha con
nosotros contra los obstáculos de la vida : el amor como una fuente de
felicidad absoluta y de emociones compartidas que amortiguan la soledad
a la que está condenado el ser humano ; en pareja las personas se
sienten ‘al menos’ acompañadas.
Fábrica
de sueños
El problema fundamental de
esta cultura del amor mitificado es que no casa con la realidad, ya que
las personas no somos perfectas, y las relaciones entre nosotros
tampoco. La rutina, el egoísmo, la incomunicación, la convivencia y
otros muchos factores interrelacionados acaban con la ‘magia’ del amor.
Las grandes expectativas que ponemos en que alguien nos ‘salve’ y nos
‘colme’ la existencia por completo hacen que la gente se sienta
frustrada o agobiada por la tremenda responsabilidad que depositamos en
la otra persona. El amor es una potente fábrica de sueños imposibles y
además es una forma moderna de trascendencia espiritual. Al enamorarnos,
las hormonas placenteras que se disparan hacen que la vida cobre una
intensidad inusitada. La gente al enamorarse siente las puertas del
destino abiertas a multitud de posibilidades, y se sienten creativos,
ilusionados ante un nuevo proyecto vital y amoroso. Bajo la máxima de
que el amor todo lo puede, somos capaces de realizar grandes gestas :
buscar un trabajo mejor, enfrentarnos con valentía al jefe, cambiarnos
de ciudad o país, enfrentarnos a nosotros mismos (nuestros miedos,
defectos, debilidades…).
En definitiva, el amor es una especie de religión
posmoderna individualizada que nos convierte en protagonistas de nuestra
propia novela, que nos hace sentir especiales y que logra transportarnos
a una dimensión sagrada, alejada de la gris cotidianidad de nuestra
vida. Nos sirve, de algún modo, como un dispositivo para escapar de la
realidad, una forma de evadirnos análoga a los deportes de riesgo, las
drogas y la fiesta. Enamorarnos es sentir que estamos vivos, es una
forma de segregar adrenalina que, sin embargo, suele hacernos sufrir
mucho cuando se acaba o nos abandonan. El amor es utópico porque su
idealización es irrealizable, su intensidad no es para siempre, y
además, como dijo Neruda, el amor es breve: dura más el olvido.
|