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011211 -
Manuel de la Herrán Gascón
- Universidad de Deusto, Okté
Las universidades han sido tradicionalmente
templos del saber, centros donde se acumula el valioso
conocimiento, almacenado en gigantescas bibliotecas, y
especialmente en las mentes de los profesores. Pero este saber
ahora se encuentra disperso, replicado, y totalmente accesible
por cualquier interesado. Sin duda alguna, las bibliotecas van
camino de convertirse en museos, si no lo son ya.
Afortunadamente para ellas, las universidades
tienen una segunda misión: la certificación del conocimiento.
Pero esta también ha sido desvirtuada. Las diferencias entre los
licenciados de una misma promoción son altísimas, y el título o
la "venta de títulos" es un negocio, sí, pero con fecha de
caducidad.
¿Ejemplos? El ingeniero informático trabaja como diseñador
gráfico, el licenciado en bellas artes tiene éxito como blogger,
es decir, como periodista, y el licenciado en ciencias de la
comunicación monta una empresa de distribución de vino, mientras
que el licenciado en económicas es programador en punto net.
Los títulos pierden sentido porque no representan ni significan
apenas nada. Se valora, si acaso, la dificultad de haberlos
obtenido, la auto-disciplina, la flexibilidad en el trabajo en
equipo, la inteligencia, y en definitiva, la capacidad de
ofrecer resultados.
(Ver:
Los alumnos de Introducción a la Economía de la Universidad de
Harvard abandonan el aula)
¿Que opción les queda a las universidades? Por un lado,
incrementar el valor de sus títulos, aumentando gradualmente la
exigencia a sus alumnos, recorriendo el camino inverso al de los
últimos diez años. No tiene mucho sentido que en un examen
aprueben el 100% de los alumnos. Lo esperable debería ser un
porcentaje como máximo del 90%. Tanto un 50% de suspensos, o
más, como un 100% de aprobados son resultados extraños.
Por otro lado, existe un tercer papel, el de canalizar los
intereses de los adolescentes y transformarlos en el desarrollo
de una profesión, al mismo tiempo que se forja una personalidad.
Esta es la otra gran oportunidad. Las universidades transmiten
valores, los cuales se definen no en los idearios, sino en los
procesos de selección, formación y valoración del profesorado.
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