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121111
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Adán Salgado Andrade
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ARGENPRESS.info
Hace poco, presencié un estupendo
documental español llamado
“Comprar, tirar, comprar”, producido en el 2010. Comienza el
documento fílmico con un hombre que llega a su casa, prende su
computadora, y se dispone a imprimir su trabajo, pero a la
tercera copia, aparece en la pantalla un mensaje avisando que la
impresora presenta un problema en sus partes internas, no puede
seguir funcionando, y se debe de recurrir al servicio técnico
para su reparación. Eso es algo con que muchos de nosotros nos
enfrentamos frecuentemente. En el documental, el hombre acude a
varios centros de ventas y servicio y en todos le sugieren que
le sale más barato comprar una nueva impresora, a que reparar la
vieja.
(Ver:
El plan de la élite para un nuevo orden social
mundial)
Y eso es por lo que también se opta aquí, en
México, a pesar de
contar con un menor ingreso por habitante que en España o en
cualquier otro país de los llamados “ricos” (que ahora, con la
brutal hecatombe económica que enfrentamos, esa acepción queda
muy en duda, con países, como los mismos
Estados Unidos, de plano
quebrados). Esto responde simplemente a la actual tendencia que
en todo el mundo ha impuesto el
capitalismo salvaje de emplear
técnicas que nos lleven a consumir, si no compulsivamente, sí a
hacerlo porque se deba de reponer un producto que
inesperadamente falla, como es el caso de la impresora.
Y partiendo de la historia del hombre al que le falló su
impresora y la alternativa que él prefiere, en lugar de
cambiarla (que es finalmente buscar en la red un programa que la
desbloquee), es que el documental refiere un infame recurso
tecnológico, ya hace años implementado por el
capitalismo, que
es el de la llamada obsolescencia programada.
Sí, la obsolescencia programada es sencillamente el empleo de la
tecnología para deliberadamente diseñar tanto los materiales de
los que están hechos los productos que se fabrican, así como a
éstos mismos, para que en un tiempo breve (a veces incluso
semanas), fallen y dependiendo del precio que hayamos pagado por
ellos, que se deban reparar, cambiando algunas piezas o, lo más
extremo (muchas veces la única solución), reemplazarlos
completamente por otro nuevo.
(Ver:
Grupo Bilderberg)
Esa situación, diseñar los productos para que a propósito
fallen, se dio como “solución”, en vista de que durante los
albores del siglo veinte, muchas cosas se fabricaban para que
duraran digamos que para siempre. En el documental, por ejemplo,
se muestra un foco que está en una estación de bomberos en
Estados Unidos y
que lleva más de cien años prendido y aún no tiene para cuándo
se funda. Esa situación fue la causante, según las corporaciones
de la época, de la igualmente brutal crisis de 1929, que
sencillamente fue una de tantas crisis que la absurda
sobreproducción capitalista constantemente crea. Esta tendencia,
la de producir más de lo que la sociedad en conjunto puede
consumir, si no va acompañada de mecanismos que realmente logren
que dicha sociedad se vuelque al consumo, es, en efecto, la base
de las constantes crisis económicas, como precisamente
imaginaron los industriales de la época.
Por tanto, crear una estrategia que aliente el consumo frecuente
que, digamos, equilibre de alguna manera a la anárquica
sobreproducción, es siempre bienvenida.
Justamente hacia 1932, cuando aún no se recuperaba la economía
mundial del crack bursátil de 1929, Bernard London, un
mercenario del capitalismo, escribió un trabajo titulado
“Terminar con la depresión mediante la obsolescencia
programada”, una especie de libelo en el cual argüía que
mientras la economía estaba quebrada, los almacenes y fábricas
estaban llenos de mercancías, y que sólo se requería de la
“voluntad” del gobierno para que comenzaran a venderse y a
usarse y que así se reactivaría la economía y se “terminaría”
con la crisis. Planteaba London que cuando en los viejos
tiempos, principios del siglo veinte, los estadounidenses no
esperaban a que las cosas dejaran de funcionar para deshacerse
de ellas, durante la depresión las usaban hasta que realmente
dejaran de funcionar, por lo que proponía, muy dictatorialmente
que el “gobierno habría de asignar un periodo de tiempo a
zapatos, máquinas y casas, a todos los productos manufacturados,
mineros y agrícolas, desde la primera vez que se hicieran, y se
venderían y usarían sólo dentro de dicho plazo de existencia,
que el consumidor conocería de antemano. Después de que el
periodo de vida expirara, todas esas cosas estarían legalmente
muertas y serían recolectadas forzosamente por la estricta
agencia que el gobierno hubiera asignado para tal tarea y
destruidas si existiera desempleo generalizado. Nuevos productos
estarían saliendo masivamente de las fábricas hacia los mercados
para llenar el espacio de los obsoletos y los motores de la
industria seguirían funcionando, el empleo regularizado y
asegurado para todas las masas trabajadoras”. Como se ve, esta
draconiana especie de “mundo feliz” para el capitalismo era, sin
duda, una irresponsable declaración, pero a pesar de ello, la
industria, es decir, las corporaciones, se la tomaron tan en
serio, que a partir de entonces, con mucho más ahínco, se
dedicaron los departamentos de diseño de las distintas empresas
y firmas manufactureras a implementar una forma de que, en
efecto, la ley London se aplicara en la práctica, desde luego
que quitando el enfoque dictatorial y apelando, simplemente, al
desgaste inducido de los materiales empleados y las piezas de
las que constaban los distintos productos vendidos.
(Ver:
Una elite secreta de
9 banqueros domina las finanzas globales)
Sin embargo, eso se ha logrado desde entonces de distintas
maneras, no sólo haciendo que a propósito fallen las cosas, sino
induciendo otro tipo de factores, como los psicológicos, muy
efectivos, por cierto, pues mediante estrategias
mercadotécnicas, que involucran el estatus, así como la
categoría y, sobre todo, “estar a la moda”, a la gente se le
induce que debe de cambiar constantemente sus cosas, como autos,
aparatos electrónicos (celulares, computadoras, dvd’s, etc.),
ropa… lo que sea, pues el no hacerlo, implica el riesgo de
quedar como una especie de inadaptado social, de renegado del
consumo, con lo que la sociedad estigmatizará a ese sujeto,
dándole la penosa categoría de paria, de perdedor, incapaz de
cumplir con los estándares impuestos.
Puede resultar absurdo, pero ha resultado el factor psicológico
tan efectivo para cumplir con la ley de la obsolescencia
programada, que la gente olvida o pasa por alto la función
primaria que tiene un producto al ser adquirido. Por ejemplo,
uno de los directores de la empresa automotriz General Motors,
Alfred P. Sloan, declaró ya en 1941, acerca de los autos que la
empresa fabricaba que “Hoy en día, la apariencia de un automóvil
es uno de los aspectos más importantes al ser vendidos, quizá el
más importante, pues todo mundo da por sentado que ese auto
funcionará”. Y, en efecto, basta ver que desde entonces, los
autos se venden por su apariencia, por su diseño, que guste,
resulte atractivo, agresivo, deportivo, rudo, femenino… según
sea el gusto del consumidor. Por esa razón, las firmas
automotrices cuentan con varios modelos, los cuales apelan al
gusto de los compradores para ser ofrecidos, y lo de menos son
sus especificaciones técnicas, que digamos que sí importan, pero
una vez que logran “enamorar” al potencial comprador. Entonces,
ya luego se le informa, como algo adicional al diseño, por
ejemplo, el “potente motor con que cuenta, sus seguros frenos,
su equipo deportivo, su economía en el combustible…”, lo que
sea, que ya se presenta, como dije, adicional al enamorador
diseño.
Eso sucede también, por ejemplo, con otros productos, tales como
los teléfonos celulares, los que, es lo de menos, se da por
sentado, sirven para hablar, eso ya no es lo importante entre
los consumidores, sino que estén equipados con cámara, juegos,
Internet o modem para conectarse al
facebook… se usan muchos ya
incluso como pequeñas computadoras más que, propiamente, como
teléfonos para llamar.
(Ver:
Trucos de Wall Street)
Y así, se podrían citar tantos ejemplos en donde, gracias a la
manipulación psicológica mencionada antes, se logra que los
productos no sólo pasen de moda, sino que vayan evolucionando
sus características.
Y no deja de acompañarse, por supuesto, lo psicológico, con la
limitada durabilidad de los productos, que muchos de plano
llegan al nivel de ser simples baratijas que, cínicamente, se
reconoce que se descompondrán muy pronto debido a eso, que son
productos sumamente baratos que servirán para un muy limitado
empleo (por ejemplo, los productos chinos, la mayoría son
emblemáticos de dicha característica, tanto por los materiales
empleados, así como por las partes que los forman. ¡Quien no ha
experimentado enojo al usar un desarmador que se despunta al
tratar de girar un tornillo medianamente apretado o una llave
española que se rompe al primer intento de aflojar una tuerca!
Hace poco adquirí una motobicicleta, ensamblada con un motor
chino que, en menos de un año de uso esporádico, ¡ya comenzó a
fallar!).
Varios supuestos “defectos de fabricación”, que han implicado
graves peligros en autos, por ejemplo, se deben a que en el
deliberado acto de hacerlos fallar en determinado tiempo, a los
fabricantes se les ha, digamos, “pasado la mano”. Hace poco
ciertos vehículos de Toyota tuvieron que ser llamados
masivamente debido a que tenían un grave defecto en los sistemas
de frenado, que ya había provocado incluso varios accidentes. En
un foro sobre los famosos autos Jeep, un quejoso escribió:
“Tengo un Jeep Wrangler Sahara 2008 y es un auto que me ha
decepcionado bastante, pues con sólo tres años de uso, tiene un
grave problema de $500 dólares, pues el módulo de control
integral falló, el auto simplemente se rehusó a arrancar. Ha
estado en la agencia durante una semana. Aparentemente esa pieza
fue pobremente diseñada y necesita cambiarse toda la caja de
fusibles por una nueva, con diferente y mejor diseño. He hablado
con personal de Chrysler, el fabricante del auto, señalándoles
que deben de hacer un llamado urgente a todos los propietarios
del modelo, pero me han respondido que no hay demasiados dueños
que se quejen de dicho problema, como para que se deba de hacer
un llamado de emergencia. Sin embargo, mi parte para cambiar
está en lista de espera y mi orden es ¡la número 220! Y para
empeorar las cosas, me han dicho que ¡puede ser que pasen
semanas o meses antes de que la pieza llegue! ¡Así que convoco a
todos los propietarios de esos malos vehículos a que si tienen
problemas similares, que se comuniquen con Chrysler e insistan
en que se debe de hacer un llamado urgente a todos los dueños de
ese modelo pero ya!”.
Como este testimonio hay miles, no sólo de autos, sino de
productos tales como laptops. Existe varios foros en donde los
dueños de laptops fabricadas por Apple que han resultado
defectuosas, suben sus quejas acerca de las constantes fallas
que esas computadoras tienen, desde calentarse demasiado y dejar
de funcionar súbitamente, hasta pantallas que se apagan,
circuitos que se funden, discos duros que fallan. En efecto, las
prácticas de esa empresa, de fabricar casi la totalidad de sus
productos fuera de EU, sobre todo en
China, además de usar
componentes mal diseñados o de material muy pobre, son parte de
los problemas (sólo hay que ver por dentro una laptop o
computadora de dicha marca, como he hecho algunas veces, y se
ven partes, como cables, pegadas con simple tela adhesiva). Pero
aquí también la empresa del ya fallecido
Steve Jobs, es un buen
ejemplo de cómo sus artículos son dignos representantes de la
obsolescencia programada, ya que combinan, como dije,
cuestionables diseños y pobres materiales con el manejo
mercadotécnico, pues cada dos años, digamos, se lanza un upgrade,
una versión “mejorada” del iPod, del iPhone, del iPad… y así,
con tal de que los fans de dicha marca desechen la vieja
versión, acudan en tropel a las tiendas y compren el artículo
mejorado con tal de no quedarse atrás y estar up to date, es
decir, a la vanguardia tecnológica (sin embargo, no siempre ha
sucedido, pues hace unos días que fue presentado el nuevo iPhone,
el iPhone 4, no resultó tan innovador entre los fans, pues
además de costoso, tiene problemas técnicos, como la baja vida
de la batería, no sirve para captar señales wifi, caros
accesorios… incluso que el modelo anterior era mucho mejor en
muchos aspectos. Algunos usuarios que han probado el nuevo
celular, de plano declararon “no pierdan su tiempo y ni
malgasten su dinero en adquirirlo”. También, es muy conocida la
práctica de Apple de cerrar sus productos a adelantos
tecnológicos y de software, con tal de evitar que sus gadgets
digamos que se democraticen y hasta puedan abaratarse, como, por
ejemplo, usar software libre, accesorios genéricos y así.
Incluso, alguna vez la empresa pensó en no ofrecer baterías de
reemplazo, con tal de que los consumidores de sus productos
tuvieran que comprar uno nuevo forzosamente).
(Ver:
Gigantesco basural de plástico en el Pacífico)
Una consecuencia de la obsolescencia programada, quizá la peor,
es que tanto consumo compulsivo genera brutales cantidades de
desechos cada año, sobre todo de productos electrónicos, lo que
se ha dado en llamar “basura electrónica” (e-waste). Los países
ricos, son los que más contribuyen a las montañas de cuanto
producto obsoleto se va desechando. En enormes pilas se
acumulan, muchos de ellos aún funcionando, y son
irresponsablemente exportados a países pobres, de África o de
Asia, por ejemplo, que son más vistos como tiraderos que,
irónicamente, compran toda esa peligrosa basura (aunque algunos
países suelen hacer donaciones, con tal de que se vea qué tan
filantrópicos son, pero en realidad se deshacen de su chatarra
electrónica). El argumento de los países exportadores es que son
productos que pueden reciclarse, pero sólo una fracción de todos
esos desechos, realmente funcionan, un 30%, cuando mucho. En el
documental que comento antes, hay escenas de barcos con
muchísimos contenedores que cargan exclusivamente tales
desechos, y a la hora de descargarlos, se forman cerros y cerros
de computadoras, laptops, celulares, impresoras, monitores…
Las empresas exportadoras, muy mañosamente, ponen los productos
que aún funcionan al principio de los cargamentos, para que las
compañías que los importan vean que todavía pueden usarse, pero
luego ya viene realmente la chatarra. Así, los compradores
adquieren todo por bulto, digamos, a precio de ganga,
seleccionan lo mejor, que a su vez lo revenden, y que es de
donde sacan su inversión y su ganancia, y ya lo peor lo venden
más barato y así, eso va pasando de comprador a comprador, hasta
que ya lo que realmente no puede repararse o que es inútil, la
mayor parte, se tira.
En el sitio de la organización pbs.org/frontlineworld, se exhibe
el video:
http://www.pbs.org/frontlineworld/stories/ghana804/video/video_index.html
que muestra las infames, brutales consecuencias que el desecho
de la basura tecnológica está provocando en países muy pobres,
como en este caso, Ghana, nación africana a donde llegan cada
año miles de toneladas de tales desperdicios (de por sí que
África, un pobre continente con vastos recursos, siempre se ha
usado como el basurero mundial, a donde llegan todo tipo de
desechos, de cosas que ya no sirven o ya no son permitidas en
sus países de origen, como maquinaria, vehículos, ropa, medicina
y alimentos caducos… y más desechos). Lo que ya no puede
“reciclarse” se tira en lugares baldíos en donde niños y
adolescentes acuden para recoger, apilar y quemar esa chatarra,
cuyo contenido plástico genera densas y negras columnas de
negro, venenosísimo humo, que van a dar a la ya muy contaminada
atmósfera y, claro, a los pulmones de esos jovencitos, quienes
ya apagadas las peligrosas fogatas, recogen los restos de
alambres y de metales con magnetos, que van acumulando en
cubetas, para luego venderlos y ganarse un miserable ingreso. Un
chico que se acomide a acompañar a los reporteros, les enfatiza
a que sientan cómo ya todo el tiradero huele permanentemente a
plástico quemado y a otros incinerados desperdicios, siendo
difícil respirar (lo peor es que ese tóxico humo y otros
peligrosos desperdicios generados por la combustión, no se
quedan sólo en Ghana, sería ingenuo pensar eso, sino que se
esparcen por todo el planeta, siendo su efecto persistente y
bioacumulativo en el ecosistema mundial, o sea, no se degradan y
terminan integrándose a la cadena alimenticia).
Un reportero local, Mike Anane, ha estado haciendo reportajes
sobre el problema que eso ha generado, pues con tristeza señala
que esos tiraderos, cercanos a la laguna Korle – uno de los
cuerpos de agua más contaminados del planeta –¬, eran antes
sitios prístinos, con tierras fértiles y ríos limpios, en los
que él, de niño, solía jugar pelota con sus amigos. Pero ahora
se han transformado en infectos basureros, corrientes de aguas
negras, contaminada atmósfera… los locales le llaman al sitio
Sodoma y Gomorra, en clara alusión al apocalíptico fin del
mundo.
“Es triste e irresponsable lo que países como EU, Inglaterra o
Alemania, están haciendo aquí”, comenta, mientras muestra que
uno de los monitores desechados pertenecía a una escuela
elemental de Filadelfia. Ha estado tratando de reunir cuanta
evidencia pueda, para tratar de demostrar el grave problema
causado tanto a la salud de la población, así como al medio
ambiente de su país – y de otros –, con tal de que se tomen
medidas verdaderamente enérgicas para detener dicha situación.
China, muestra también ese excelente testimonio fílmico, es otro
muy demandado sitio para exportar basura electrónica. Al puerto
de Hong Kong, llegan a diario decenas de barcos con cientos de
toneladas de esa basura, “importados legalmente”. Cerca de allí
está la ciudad sureña de Guiyu, en donde al recorrerla, durante
kilómetros y kilómetros, lo único que se ve es basura y más
basura electrónica. El activista Jim Puckett es a quien se le
acredita haber descubierto esta ruta del e-waste, que sigue
floreciendo, debido a que es un excelente negocio, sobre todo
porque pueden obtenerse materias primas para la industria
electrónica china de forma mucho más barata. Claro, barata
porque se gasta menos dinero, pero muy cara porque se daña
irreversiblemente al medio ambiente y a la salud de los pobres
chinos que se dedican a “reciclar” tan contaminantes, venenosos
residuos. Declara Puckett en una parte del documental que “la
primera vez que vine aquí, en 2001, esto estaba mal. ¡Ha ido de
peor a verdaderamente horrible!
Realmente lo que está sucediendo aquí es más bien apocalíptico”.
Claro, si por apocalíptico, Puckett se refiere a que, en efecto,
estamos preparando nuestro pronto exterminio, así es. Si ven el
documental, se darán cuenta cómo las calles de Guiyu, las
banquetas, las casas… todo está lleno de esa basura, y gente que
está desarmando las viejas computadoras, las consolas de
videojuegos, quebrando los monitores… para sacar los componentes
electrónicos, como las tarjetas madres, los procesadores, los
circuitos. Y luego, en una muestra del poco respeto que tienen
los dueños de los locales en donde eso se recicla a la salud de
sus necesitados trabajadores, se ve a pobres jóvenes mujeres
“cocinando” todos esos componentes para que se funda todo el
metal – oro y cobre, principalmente –, que contienen, teniendo
que respirar el nocivo humo blanco que despide la fundición. Lo
peor es que se hace en sitios cerrados, empeorando el daño a la
salud de por sí provocado.
Un peligro adicional, se señala en el documental, que más tiene
que ver con problemas de seguridad, que ambientales y de salud,
es que mucha de la basura electrónica contiene discos duros, la
mayoría de los cuales se desechan así, sin haberse borrado su
información, y para los llamados cybercriminales eso es oro
molido, ya que pueden enterarse de jugosos secretos de la gente
o incluso de compañías, de sus estados financieros, de los
códigos de sus tarjetas de crédito o débito, de su intimidad. De
hecho, Ghana está clasificado como uno de los países en donde
más ha florecido el cybercrimen. Pues cómo no, se puede
concluir, con tantos millones de computadoras desechadas, sin el
menor cuidado, cómo no habría de darse ese digamos “daño
colateral”. Hay una escena en que se muestran archivos muy
delicados de millonarias compras de armamento del gobierno a la
empresa armamentista Northrop Grumman, que podrían haber
provocado “serios problemas” al caer en “malas manos”. En ese
mismo disco duro, había secretos de la N
ASA e incluso del Departamento de Seguridad Doméstica. Pues vaya
que si son descuidados los estadounidenses, pero, dirán, pues
algo hay que sacrificar, con tal de deshacernos de tanta
chatarra que generamos, ¿no?
Y se muestran también los intentos digamos que responsables que
se hacen en países como India, que también recibe desperdicios
electrónicos, y está generando los suyos propios (debido a una
incipiente clase media que se ha occidentalizado y ya está
siendo dada también a tirar sus chatarra, al más puro estilo
estadounidense).
Hay una planta que recicla el e-waste, esa sí, de manera
responsable y tecnológica, y con el oro que obtiene, por
ejemplo, hace relojes y joyería, a los que se etiqueta de
ecológicos por estar hechos con materiales reciclados. Pero como
se señala, ese es un muy limitado intento, porque cuesta mucho y
es más barato hacerlo de forma irresponsable y dañina al medio
ambiente y a la salud.
En efecto, la última escena muestra a un joven hindú, de 19 años
de edad, que se ve mucho mayor, y que trabaja en un lugar
precariamente construido, de piso de tierra y tabiques mal
pegados y sin aplanar. Se le ve echando en barriles con ácido
tabletas electrónicas para que se deshaga el plástico y obtener
los pocos gramos de oro o cobre que contienen. Se le pregunta si
no le hace daño estar respirando tanto tóxico humo. Y responde
“sí, yo sé que estoy terminando aquí con mi vida, pero no tengo
otra cosa qué hacer para ganarme un salario, y no deseo que mis
hijos terminen con su propia vida, y por eso estoy aquí,
matándome día a día”.
Sí, matándose día a día, como el capitalismo salvaje está
matando al planeta y la humanidad entera a diario.
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