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251008 - Luis Frontera - ¿Es la palabra una droga y puede actuar como si lo fuese?.

En 1978, acosados por animales de tres cabezas y seres invisibles, doce mapuches del Lago Aluminé, en Neuquén, consumaron la "Matanza de Lonco Luan". Con ganchos de carnicero asesinaron a tres niños y a una mujer. Una vez apresados, los psiquiatras buscaron en ellos las sustancias causantes del delirio. Pero encontraron que los nativos, todos fieles pentecostales, deploraban los tóxicos, incluyendo al alcohol y el tabaco. ¿Qué había sucedido con estas personas luego declaradas inimputables? Después de rezar durante varios días, sus propias palabras terminaron actuando como drogas alucinatorias.

No debería sorprender. Los psicólogos posteriores a Jean Charcot descubrieron que, las lesiones histéricas (parálisis, cegueras, sorderas selectivas) que sólo se trataban con la palabra, se comportaban como si la anatomía y lo orgánico no existieran. El mismo Sigmund Freud, en su comienzo, tuvo que abandonar la hipnosis porque los pacientes se hacían adictos a la palabra. Y recientemente, unas semanas atrás, el doctor Carlos Malvezzi Taboada, director del Instituto Gubel de Hipnosis y Medicina, narró a ?Noticias? de qué manera, a una persona hipnotizada, le apoyaron un lápiz en un brazo diciéndole que era un hierro caliente y no sólo gritó, también se le enrojeció la piel.

La intuición de que "la droga" no es el tóxico, parece corroborarse al escuchar a los experimentados cruzados de Alcohólicos Anónimos: hace muchos años dejaron de tomar, dicen, pero siguen dependientes de una sustancia ausente. O está el caso de los ?adictos? a la cocaína que, luego de un lavado de sangre para extirparla, seguían reclamando su consumo. Es que también existen ¿adicciones? sin sustancia: el juego, los corredores de fondo que no pueden parar (es discutido que la compulsión se genere en las endorfinas), o la anorexia, paradigma de todos los consumos, que consiste en no consumir alimentos y en alucinar como gordo el propio cuerpo esquelético.

El cuerpo busca por sus agujeros: mira, huele, escucha. El deseo lo remite a buscar esa completud original de absorber por vía oral a la madre (¿"mamarse"?). Y algunos consumidores, agotada esa ruta, se abren nuevos agujeros en busca de un placer que se meta en la carne a través de las venas. Culpar a la sustancia, en esos trances, parece algo así como atacar a los balcones porque los suicidas se arrojan de ellos.

Tres hombres llegan a la ciudad sagrada de Isfahán y la encuentran cerrada. El alcohólico propone romper la puerta, el opiómano esperar y el consumidor de marihuana entrar por la cerradura. Eso está en el Corán. Es antiquísimo. Y muestra algo milenario: drogas hubo siempre. Pero lo que se creó en el Siglo XX, y no termina de convencer, es la teoría del "adicto", definir a una persona por la sustancia que consume e instalar un saber sobre el alma humana en base a un objeto inerte (cualquier droga) y que sólo es previsible en el laboratorio: hay chicos que toman hipnóticos para "ponerse pilas".
Tanto se insiste en poner el carro delante de quien lo empuja (droga primero, dependencia después) que "el adicto" ya genera su propio estereotipo. No asiste a la consulta con una dolencia cuyo origen, como todo síntoma, debería resultarle oscuro. Llega y arroja su diagnóstico: "Soy adicto". Y clama para que le arranquen algo, para que le traten el psiquismo como si fuera un órgano o para que le den una droga contra la droga.

El caso es que hay adictos al sexo, al trabajo o al dulce de leche. Y eso recuerda que, cuando algo es todo, no es nada.

La teoría del "adicto", sostenida por médicos, psicólogos, policías o sacerdotes, se ha vuelto el cortaplumas de MacGyver: sirve para todo. Para responsabilizar a las sustancias de lo que hacen las personas y para ocultar, de paso, la constelación de daños sufridos dentro de una cultura que se autoproclama, justamente, como "sociedad de consumo".

¿Pero cuáles drogas atacar? ¿El floripondio que mata y es un arbolito de Palermo, el cucumelo (bosta alucinógena del ganado Zebú), la fatal dipirona que se vende en quioscos, el cigarrillo, el alcohol o los tubos de neón que en la Villa 31 de Retiro, con la boca sangrando, chupan algunos chicos. ¿O la comida y las "drogas adelgazantes", ya que se ha dicho que "Gorda" y "Droga" contienen las mismas letras aunque se escriban diferente?

No. Hay que atacar las prohibidas. Pero dice Fernando Savater: ¿No será la misma prohibición lo que las convierte en "la droga" (en singular)? ¿No será que esa misma prohibición genera la figura del drogadicto y hace que las dogras sean cada más caras, más deseadas y adulteradas?

Cada vez más gente vive de "la droga", de su venta o de su represión. Tanto que, en la encuesta realizada por el autor de esta columna, muchos entrevistados dicen que compran la droga en casas de familia, pocos afirman que le llevarían a la policía un kilo de droga encontrado en la calle y muchos menos, necesitando ayuda, son que pensarían en recurrir a la SEDRONAR. Porque, vaya paradoja, la creación de esta Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico fue impulsada por el ex presidente Eduardo Duhalde, eterno y nunca comprobado acusado de favorecer el narcotráfico.

La drogodependencia, si existiera tal cosa como estructura psíquica, sería más atribuible a una falla del sujeto humano (que no tolera la vida tal como es) que a una sustancia. La creación de esta supuesta patología parece, cada vez más, el eje de una táctica agresiva que expresa un discurso legal,
sanitario y militar.

Como teoría, por momentos, no llega más lejos que el maniqueísmo del Súper Agente 86: los malos son de Kaos y los buenos del Control.


170207

Luis Frontera
Periodista
Presentó la Encuesta Argentina sobre Hábitos Tóxicos en el Congreso Internacional de Psiquiatría ("Nuevos sufrimientos nuevos tratamientos"), el 2 y 3 de diciembre, en San Luis.

 


 

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