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EL CASAMIENTO DE LAUCHA |
ROBERTO
J PAYRO |
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El
nombre de Laucha -apodo y no apellido- le sentaba a las mil
maravillas. Era
pequeñito, delgado, receloso, móvil; la boca parecía un hociquillo
orlado de poco y rígido bigote; los ojos negros, como cuentas de
azabache, algo saltones, sin blanco casi, añadían a la semejanza,
completada por la cara angostita, la frente fugitiva y estrecha, el
cabello descolorido, arratonado... Laucha
era, por otra parte, su único nombre posible. Laucha le llamaron
cuando niño en la provincia del interior donde nació; Laucha
comenzaron a apodarle después, allí donde lo llevó la suerte de su
vida, desde temprano aventurera; por Laucha se le conoció en Buenos
Aires, llegado apenas, sin que a nadie se pudiese atribuir la invención
del sobrenombre, y Laucha le han dicho grandes y pequeños durante un
período de treinta y un años, desde que cumplió los cinco, hasta
que murió a los treinta y seis... De
sus mismos labios oí la narración de la aventura culminante de su
vida y, en estas páginas, me he esforzado por reproducirla tal como
se la escuché. Desgraciadamente, Laucha ya no está aquí para
corregirme si incurro en error; pero puedo afirmar que no me aparto de
la verdad muchos centímetros. I Pues,
señor, después de andar unos años por Tucumán, Salta, Jujuy y
Santiago, ganándome la vida perra como Dios me daba a entender, unas
veces de bolichero, otras de mercachifle, de repente de peón, de
repente de maestro de escuela, aquí en un pueblo, allí en una
ciudad, allá en una estancia, más allá en un ingenio, siempre
pobre, siempre rotoso, algunos días con hambre, todos los días sin
plata, comencé por fin a temar con que puede ser que me fuera mejor
en Buenos Aires, en donde nunca me podría ir peor, porque esas
provincias nunca son buenas para hombres así como yo, sin un peso, ni
mucha letra menuda, ni mucha fuerza... ni muchas ganas de trabajar
tampoco... Y tanto temé, que al fin resolví largarme y principié a
hacer economías de a centavo -¡yo que nunca había juntado plata!-
hasta que reuní todo lo que necesitaba para el viaje... lo preciso y
nada más. No
he de contar los milagros y otras vivezas que tuve que hacer para
juntar la platita: ya se lo imaginarán, y de no, poco importa. El
caso es que un día me acomodé en el tren -¡claro que en segunda,
porque no había boleto de perro!-, llegué hasta Córdoba, subí al
Central Argentino, y en el Rosario me embarqué para Campana en el
vapor de la carrera, porque la cosa salía más barata... Campana era
entonces el puerto de salida y de llegada de los vapores del Paraná,
y ahí mismo se tomaba el tren para Buenos Aires. Desembarqué
con mi equipaje, que era un poncho grueso de lana, criollo, de los
tejidos a mano, muy lleno de colorinches, y que le había ganado a la
taba a un peón catamarqueño en Tucumán: se lo había hecho la mujer
qué sé yo en qué punta de años... ¡Ah!,
ya había volado hasta el último cobre en las comidas y copetines del
viaje; así es que me encontré en Campana con que para seguir a
Buenos Aires tenía que empeñar o vender alguna prenda... y a no ser
el poncho... Creerán que esto no tiene nada que ver con mi
casamiento; pero esperen un poco... La miseria, como buena vieja brava
hace con el hombre lo que se le antoja... A mí me hizo llegar hasta
el casorio; ya verán...
Bueno,
pues, anduve de tienda en tienda queriendo vender el poncho y sacar
boleto con la platita, pero sin suerte porque no encontraba ningún
aficionado. -Esos
ponchos no se usan por acá -me decía uno. -Ya
tengo demasiados ponchos -me decía otro. -No
compro ropa usada -me gritó furioso un tendero gallego que no tenía
más que clavos del tiempo de ñaupa. Por
fin un bolichero me dio por él cuatro nacionales -y digo nacionales
porque ya habían cambiado la moneda argentina (bolivianos o pesos del
carnerito), tan linda y tan rendidora-. El
boleto de segunda de Campana a Buenos Aires valía entonces alrededor
de peso y medio o dos pesos, y no como ahora que cobran cerca de
cinco. Así es que yo estaba bien, al fin y al cabo, gracias al
ponchito catamarqueño... Pero mi maldita suerte, que no me va a dejar
en la pucha vida, quiso que mientras andaba entretenido en el
cambalache del poncho, el tren se mandara mudar sin esperarme... ya
ven, no tenía reloj, y aunque tuviera no me iba a ir sin boleto y sin
plata. Lo
peor es que para ese tiempo no había más que un tren al día, y me
tuve que quedar en Campana, y comer y dormir en un bodegón y posada
en que sabían parar los reseros que llevaban hacienda para el
saladero, que después se hizo frigorífico. La historia me costó
peso y medio, así es que me quedé tecleando. ¡Miren qué polaina! A
la noche anduve ronciando la mesa de los reseros que despuntaban el
vicio al mus. Los ojos se me iban, pero jugaban muy fuerte, cinco
pesos la caja... ¡Figúrense!, yo no iba a pedir media caja, está
claro... Me quedé con las ganas y me fui a dormir. Al
otro día me clavé en la estación media hora antes que el tren... y
no lo perdí esa vez. Pero ¡vean si no me sobra razón para hablar de
mi suerte perra! Bajé en una estación para tomar una copa, y cuando
acordé el tren iba pita que te pita, ¡a cinco cuadras! No,
no se me rían: no estaba ni alegrón siquiera, aunque otro pasajero
llevaba un frasco de ginebra marca llave (que no es como la de ahora)
y de vez en cuando me convidara a pegarle un beso... ¡Bueno, bueno!;
sea como sea, el caso es que me quedé en la estación Benavídez, que
tenía, ¡qué iba a tener!, ni sombra de los pobladores que tiene
hoy. Volví bastante tristón a la pulpería de frente al tren, donde
había estado antes, y que era un boliche con cuatro botellas locas,
un queso viejo del país, un pedazo de dulce de membrillo amohosado, y
media docena de salchichones entre una pila de cajas de sardinas... Me
puse a conversar con el pulpero, y al rato éramos amigotes. Lo convidé
con una copa -porque todavía me quedaban unos centavos-, y cuando le
hablé de lo pobre y apurado que estaba, me dijo que por las chacras
de ahí cerca andaban necesitando peones para el maíz y que era fácil
que me conchabaran si no era muy mulita y no me rendía de estarme al
sol el día en peso. Yo, la verdad, no he nacido sino para trabajos de
escritorio, de ésos de no hacer nada, sentadito a la sombra; pero la
necesidad tiene cara de hereje, y ese mismo día me conchabé con un
chacarero que, del partido de las Conchas, donde está la estación
Benavídez, me llevó para el Pilar, a recoger maíz. ¡Qué
quieren! A los dos días ya no podía más, charqueado por el sol, y
trasijado por el trabajo bruto. Le cobré dos jornales al chacarero,
que me raboneó unos cuantos centavos como buen gringo, me largué a
Belén, que estaba cerquita, a buscar otro acomodo más conveniente, y
ahí fue donde empezó el baile... o donde siguió, porque ya hacía
rato que había principiado... No
hice huesos viejos en Belén. Antes de la semana ya me había ido sin
rumbo, y seguí de pueblo en pueblo y de chacra en estancia, alejándome
cada vez más de Buenos Aires, como si en mi perra vida hubiera
pensado ver a los porteños. Válgale a la suerte que juega con el
hombre como el viento con la paja voladora. III Una
mañanita que estaba en una esquina, muy lejos para el suroeste,
matando el bicho con una poca de caña paraguaya, me puse a
conversarle al patrón, porque yo era el único marchante y él se
aburría como yo, del otro lado de la reja, medio echado de barriga
sobre el mostrador y con la cara muerta de sueño entre las manos. Yo
andaba otra vez sin trabajo y con poquitos cobres en el bolsillo... Es
que no me puedo conformar con que me manden, ni con echar los bofes
como una mula... -¿Para
dónde va ese camino? -le pregunté entre otras cosas al pulpero,
mostrándole con la zurda -en la otra tenía el vaso- una huella que
agarraba para el sur. -A
Pago Chico. Esa huella sigue derechito como unas seis leguas, y va a
dar a la misma estación del ferrocarril del Pago... Yo
había oído las mentas de ese partido, y me entraron ganas de ir, por
puro gusto: al fin y al cabo, lo mismo era trabajar allí que en
cualquier otra parte, y el mismo gusto tiene una copa de ginebra legítima.
Pero como no tenía caballo ni de dónde sacarlo, y seis leguas a pie
son mucha música, le pregunté al pulpero si no caería alguna
carreta o algún carro que me llevara. -No,
amigo -me contestó-: esas huellas son de las tropas que pasaban antes
con lana para Buenos Aires; pero desde hace un año ya no andan,
porque todo se lo lleva el tren. -¡Caramba,
amigo, qué lástima! -¡Mire
qué casualidad! -siguió el pulpero al ratito-. ¡No me acordaba,
hombre! Tiene suerte, porque hoy mismo, y cuando más mañana, va a
venir la jardinera del almacén del pueblo que trae el surtido para
todas las esquinas del camino al Pago, y para mi casa también. -¿Y
de ahí? -El
repartidor lo llevará, si se le hace amigo. -¡Oh,
y cómo no! Lo voy a esperar no más, porque de veras que tengo muchas
ganas de conocer Pago Chico. Es un pueblo grande, ¿no? -Bastante. -¿Y
tiene escritorios y tiendas? -¡Ya
lo creo! -¡Magnífico! Y
me quedé tomando una que otra copita con el pulpero que era un buen
gallego acriollado, hasta que a eso de las diez de la mañana, apareció
sobre un albardón una manchita negra que iba agrandándose despacio
entre el verde del campo. -¿Ve
eso? -me preguntó el pulpero-. ¿Y sabe lo que es? -¡Sí,
la jardinera! La cuestión será que me quiera llevar el almacenero... -Por
eso pierda cuidado, porque es un muchacho bueno y servicial, y a más,
si usted sabe ganarle el lado de las casas, hará lo que quiera con él... Con
esta seguridad, y aunque me quedara tecleando la platita, le compré
provisiones para el viaje, salchichón, queso, galleta, cigarros, fósforos,
y... nada más... Aunque también me parece que le pedí dos cuartas
de vino carlón... Llegó
el repartidor del almacén, y después de unas cuantas copas y un poco
de jarana, no tuvo inconveniente en llevarme, como me había dicho el
pulpero. El
hombre era conversador, yo nunca he sido manco; así es que la charla
empezó en cuanto salimos de la pulpería... eso sin contar el
aperital de adentro... Volvía
de vacío, los caballos eran buenos, oscurecía tarde, y de
consiguiente podíamos llegar ese mismo día a Pago Chico. Le
conté mi vida; él me contó la suya desde que vino de España:
siempre detrás del mostrador, sin salir ni los días de su santo,
hasta que lo hicieron repartidor, y andaba como bola sin manija,
trotando en la jardinera, y tardándose dos y tres días para volver
al Pago. Cuando le hablé que buscaba conchabo, me dijo: -Si
usted quiere trabajar sin deslomarse, ya sé lo que le conviene. Lo
dejaré a una legua de Pago Chico, en la pulpería de doña Carolina,
que allí encontrará en qué pichulear algo. -¡Magnífico,
amigo! Yo para todo estoy pronto, en tratándose de trabajar, y más
cuando ya casi no me queda ni un centavo, como ahora... -Entonces,
doña Carolina anda buscando un dependiente que le convenga... Pero es
muy delicada, y una punta han tenido que volverse sin que los
tomase... Por eso ahora ya nadie va. En fin: de todos modos, usted
encontrará trabajo, porque ahí cerquita está el campo de los Torres
y siempre necesitan peones. Almorzamos,
sin dejar el trote y galope; yo pesqué un rato despertándome con los
barquinazos; volvimos a charlar, a fumar, a tomar unos traguitos; por
fin, a la tardecita llegamos al destino de que hablara el hombre, y
nos apeamos. IV La
casa era bastante grandecita, con negocio de almacén, tienda, y un
poco de ferretería. Tenía también un despacho de bebidas, con gran
reja de fierro adelante del mostradorcito, y sin mesas, ni bancos, ni
menos sillas, para que el paisanaje y el gringaje, no teniendo en qué
sentarse, se largara en cuantito tomaba la tarde o la mañana. Entramos
a la ramada, y del otro lado de la reja se nos apareció una mujer de
más de treinta años -después supe que tenía treinta y cuatro-,
bastante buena moza todavía, alta, muy blanca, de pelo negro y ojos
oscuros. Cuando nos contestó las buenas tardes, conocí que era
italiana. -Doña
Carolina -le dijo el repartidor-, aquí le traigo un forastero que
anda medio en desgracia, y como el hombre busca trabajo, yo le he
dicho que aquí puede ser que encuentre. ¿Qué le parece? -Sí
-contestó la mujer, mirándome con atención-; si se queda por acá,
luego o mañana no más, han de venir del establecimiento de Torres...
Lo pueden conchabar... -Y
usted, doña Carolina, ¿por qué no lo toma de dependiente? Es mozo
vivo y capaz de ayudarla. -¡Oh,
yo! -dijo la gringa, suspirando-; ya no pienso en eso. Se me ha ido la
idea. -No
importa -le dije-; me quedaré a esperar a los de Torres. Y, de
mientras, sírvanos dos vasos de vino que sea bueno, que estoy
galgueando de sed, y este compañero no le digo nada. Tomamos
el vino, que era bastante rico, y el repartidor se despidió porque
tenía apuro de llegar al pueblo. Yo me quedé a la espera, mirando la
casa, para matar el tiempo. El almacén
estaba regularcito de surtido, con muchas bebidas, latas de conservas
en un estante, salchichones y tocino colgados del techo, queso y dulce
de membrillo en una vidriera, junto con masas de facturería,
caramelos largos, pan viejo y galleta. Había
también cosas de ferretería, frenos, facones, cuchillos, tijeras de
esquilar, hachas, lebrillos y cacerolas y una punta de chirimbolos,
pero del otro lado de la reja, lo mismo que las cosas de tienda,
bramante, zaraza, coleta, ponchos, camisetas, pañoletas,
calzoncillos, chiripás, hilo, canutillo, pañuelos de seda celestes y
colorados, y qué sé yo qué más. La
casa era un galpón grande con techo de fierro, y al fondo tenía un
cuartito que me pareció el dormitorio de doña Carolina. Afuera, a
unas diez varas y como cuadrando la especie de patio de tierra
pisoteada, que quedaba entre la ramada y el palenque, había otro galpón
más chico, pelado, sin otra cosa que un fogón en el medio, hecho con
una llanta de carro y lleno de ceniza: no había cama, ni en qué
sentarse, pero era la comodidad de los forasteros que se
quedaban a dormir en el negocio. Eso no es nada para cualquier hombre
de campo, que arma cama con el recado; pero yo, sin más que lo
puesto, ni una pilcha para abrigo, lo iba a pasar muy mal si no
llegaban a tiempo los de Torres... Me
llamó muchísimo la atención no ver a nadie más que a doña
Carolina, ni en las casas, ni en el galpón, ni por ahí cerca. Los
animales que andaban en un pastizal medio alambrado, eran cinco o seis
guachitos y un overo rosado que, por la pinta, debía ser viejo y
manso y de la silla de doña Carolina. Afuera
de la ramada había colgado un cuarto de carne, y una nube de moscas
revoloteaban alrededor, mientras que otras, paradas, estaban acresándolo.
Pero de balde miré a todos lados a ver si había gente: no vi a
nadie. -¿Cómo
puede vivir esta pobre mujer, en tanta soledad? -pensé-. Los perros
no bastan para cuidarla, porque cualquier malevo los achura, y después
a ella, y le roba hasta la
última hilacha... ¡Se necesita ser guapa!... Sólo que la gente haya
ido al pueblo... Ya
me empezaba a interesar la gringa; así es que me volví a las casas y
le pregunté: -Perdone,
misia Carolina; pero, ¿usted está sola aquí, en esta casa? -Sí
-me contestó-; no somos más que yo y un viejito que está ahí, en
el bajo del arroyo, cuidando los chanchos. Es el que me ayuda un poco. -¡Caramba,
señora! ¿Y no tiene miedo de vivir tan retirada del pueblo, en esta
soledad? Porque el viejo poco ha de servir para compaña... -¡Así
es, el pobre está muy viejo!... Y aunque yo tengo una escopeta, y soy
capaz de usarla, a veces me da miedo... Por eso pensaba tomar alguno
para que me acompañara y me ayudara a despachar... ¡pero, qué
quiere! Al
decir esto, me miró muy seria, muy atenta, y después se quedó
callada. -¿Y
por qué no lo ha hecho? -le pregunté por fin. -¡Eh!,
¡por qué!, ¡por qué!... Porque los que querrían conchabarse no me
convenían... y como no puedo pagar más de quince pesos al mes... Por
ese sueldo hoy no se acomodan nada más que los que no sirven, aunque
se les dé la casa y la comida... Yo,
entonces, medio serio, medio riéndome, le dije: -¿Y
yo también soy de los que no sirven? -¡Oh!,
¡usted no! -me contestó mirándome a los ojos. -¿Y
entonces?, ¿no le dijo mi amigo el repartidor?... -Sí;
son cosas que se dicen, y después... -Pues
mire, señora, lo que es yo, trabajaría con usted, no digo por esa
plata... hasta por mucho menos... Estoy cansado de andar rodando... Lo
que tiene, que no traigo recomendaciones... ni tengo en el Pago más
conocido que el repartidor... Doña
Carolina me volvió a mirar un rato, sin abrir la boca, como para
verme las intenciones en la cara. Yo no soy un buen mozo, ya lo sé;
pero tengo algo, algo que me hace simpático, sobre todo a las
mujeres. ¿Se ríen? ¡Oh!... pues si yo les contara... El caso es que
a doña Carolina le debí
parecer buen muchacho, porque en seguida me dijo: -Si
fuera sólo por eso de las recomendaciones, no importaría, porque
usted no tiene laya de ser mala persona, ¡al contrario!... Pero, ¡qué
ha de querer una colocación así, cuando hasta de peón puede ganar
dos o tres pesos diarios, cuando menos! Le
conté entonces que yo era más pueblero que hombre de campo, y que no
me gustaba trabajar al viento y al sol, como tenía que hacerlo para
no morirme de hambre desde que principié a andar en la mala y perdí
lo poco mío que tenía. Le dije que me quitaron un empleíto en
Buenos Aires, por intrigas de un compañero traidor que me quería
sustituir; que después anduve por las provincias del interior,
corriendo tierras y buscando la suerte, pero que todo me salió mal
hasta que tuve que volverme con una mano atrás y otra adelante. En
fin, le hice un cuento de los que no se empardan, y ella me escuchaba
con mucho interés y atención: hasta me parece que lagrimeó un
poco... En
esto entraron unos carreros a tomar la copa y yo me salí para el
patio. Los
carreros andaban apurados y se fueron en seguida. Doña Carolina me
chistó: -Bueno
-me dijo-; si quiere, quédese aquí unos días para probar... -¡Qué
probar ni qué probar! ¡Si me quedo aquí, será para toda la vida!
-dije entusiasmado. -¡Quién
sabe!... En fin, le pagaré por ahora los quince pesos, y después...
si los negocios andan bien, veremos... Le daré un poco de ropa, tiene
la comida asegurada, y puede dormir en el galpón, que yo le prestaré
unas jergas para blandura y un ponchito para que se tape. Ahí
no más cepillé un gato de puro contento.
V Cuando
volví a salir al patio ya era casi de noche, y me encontré al viejo
de los chanchos que había vuelto al entrarse el sol. Estaba pitando
un cigarro negro, sentado en una
cabeza de vaca, a la puerta del galpón, por la que se veían
las llamaradas de una fogata de leña y un humazo terrible que no
dejaba divisar las paredes. -¿Tomando
el fresco, paisano? -le pregunté, para entrar en conversación. -Ansina
mismo es, don -me contestó-; demientras se calienta l'agua y medio si
asa el churrasco. ¿Quiere dentrar a prenderle a un verde? -Con
mucho gusto, amigo don... -Cipriano,
p'a servirlo -añadió el viejo, que se sacó el pucho negro de la
boca, mirándolo y remirándolo, como con pena de que se le acabara
tan pronto. Entramos
en el galpón. Al lado del fuego, que ardía con grandes llamas y
chisporroteo de leña verde, echando un humo espeso y agrio que hacía
lagrimear, hervía una inmensa pava, negra de hollín; al lado estaba
la enorme yerbera cuadrada, de palo, mediada de yerba parnanguá,
entre la que se asentaba el mate, una galleta muy bien retobada con
miga. Al calor de la llama se iba asando un pedazo de carne de la que
vi colgada, y ahí no más, cerquita, el porrón de la salmuera. El
viejo era amigo de su comodidad. Entró la cabeza de vaca, yo me senté
en otra, y comenzamos a matear y a menearle taba. -¿Y
p'ande va, amigo? -me preguntó don Cipriano, mandándome un amargo-.
Porque usted no es del Pago, ¿no? -No;
no soy del Pago, pero voy a ser -le dije. -¡Ajá,
está bueno! ¿Y ande piensa trabajar?... si me permite la pregunta. -Aquí
mismo. Me quedo a ayudar a la patrona. -¡Bien
haiga! Falta le hacía a la pobrecita, dende que murió el finao, aura
hará un año p'a la yerra... La mujer no ha di andar sola, dispués
de haber tirao en yunta... solita, se hace mañera, y no sirve ni p'a
noria. Al
principio no entendí bien lo que me quería decir el viejo, pero la
agachada era demasiado clara, para que al fin no cayese en cuenta.
Refregándome los ojos que me ardían con el humo, le dije con retintín... -¡Sola!...
tan sola no vivía, desde que estaba con usted. -Se
mi hace que l'incomoda la humadera, amigo, y que ya no ve lo maceta
que mi han puesto los años... Y cómo será cuando tuavía no gastábamos
más leña que la de oveja, ni pitábamos más que naco o cuerda, y yo
era viejón y duro de coyunturas... No friegue, pues, mocito. Yo
me eché a reír. El viejo, después de estarse callado un rato, siguió
con los cuentos de la patrona. -Dende
que murió el finau, que Dios tenga en gloria, doña Carolina anda
como pan que no se vende. A esa moza -porqu'es moza tuavía- le falta
algo, ¡claro está! Y la verdá, que anqu'es trabajadora y se levanta
al alba, la esquina suele ser de mucho trajín p'a ella sola,
pobrecita... Chupó
tranquilamente el mate, y después siguió: -Y
es buenaza la patroncita... Cuando vivía el finau, todo era mimos y
comiditas... Aura rejunta cuanto guacho encuentra y los trata como a
hijos... A mí, a su lau no me falta nada, y eso que soy un viejo
deslomao que no vale ni una sé di auga... Y hace mucha caridá, y no
hay rancho de pobre por ahí cerca, en que no la quieran como al pan
bendito... -Me
alegro de tener una patrona así -le dije-; de ese modo me voy a
quedar aquí toda la vida. Me
miró con risita fregona, y después de un rato agregó, mientras
encendía un candil de sebo de carnero: -¡Mire!...
usté, lo que debe hacer, mocito, es indilgársele derecho viejo, y
ronciarla de lo lindo, pero sin faltarle, eso sí... Usté no me
parece lerdo, más que para lo que sea cosa'e sudar, y ella, la pobre,
necesita compaña... Óigale a este viejo que no ha visto al ñudo
tanta madrugada, y siga su mal consejo, que le ha d'ir bien... Y aura,
vamos a tender el asador y a echarle la salmuera p'a que acabe di
asarse al recoldito... ¡Ya verá qué churrasco! También ya no sirvo
p'a otra cosa. Saqué
el cuchillo y busqué dónde afilarlo, pensando en lo que me había
dicho el viejo ño Cipriano, que no dejó de interesarme mucho. La
verdad que allí podían acabar mis penurias, sin hacer mal a nadie, y
principiar una vida tranquila y honrada, con una buena mujer, unos
pesos siempre listos en el bolsillo, trabajo descansado y divertido,
una copita cuando se me antojara, comida abundante, cama
blanda... -A
naides ha querido conchabar de todos los que han venido a ofrecerse
-dijo ño Cipriano-. Y si lo ha tomado a usté, es porque ya tiene más
de la mitá del camino andau. ¡Arriejesé sin miedo, mozo! Le
iba a contestar, cuando oí que doña Carolina me llamaba desde la
ramada: -¡Eh!,
joven, ¡eh! Venga aquí, haga el favor. Todavía
no le había dicho mi nombre. Salí
y fui a la ramada. -¡No!
-gritó doña Carolina-. Entre nomás por el patio, que los dos vamos
a comer aquí adentro, en esta mesa. Había
puesto un mantel limpito, dos cubiertos, una pila de platos, pan con
grasa, queso fresco, una caja de sardinas abierta, y un gran platazo
de nueces y pasas. -Aquí
se come a lo pobre, y usté dispensará porque no hay cómo hacer
muchas cosas. -¡No
diga, señora! -le contesté-. Si viera los gofios que he comido todo
este tiempo, y el maíz cocido de las provincias del norte, no pensaría
eso. Muchos días me lo he pasado con una galleta y un traguito de
aguardiente, y otros, sin galleta... -¡Pobre
mozo! -dijo doña Carolina, que se había puesto tristona, y medio
lagrimeaba, como yo en el galpón con el humo-. Pero ahora, siempre
tendrá lo más preciso; porque aquí, gracias a Dios, nunca falta qué
comer... Y
aquella noche, al menos, era verdad, porque comimos sopa de fideos,
las sardinas, una ensalada de carne, asado, el queso, las pasas y
nueces, y qué sé yo, hasta que tuve que decir que no quería más,
al servirme la segunda botella del vino que habíamos probado con el
repartidor... ¿A
qué contarles la conversación mientras cenamos, ni lo alegre que me
acosté, ni lo bien que dormí esa noche en un montón de bajeras y
cueros de carnero bien lavados y blandísimos... ¡y hasta con sábanas!
VI Me
levanté al alba, agarré una escoba y me puse a barrer la ramada y el
corredor de la casa, porque misia Carolina todavía estaba durmiendo
encerrada adentro. De
repente se me apareció, me quitó la escoba de las manos, como si
estuviese muy enojada, y me dijo: -¡No
quiero que haga eso! Más bien entre al negocio; arrégleme las
bebidas y después... ¿Sabe escribir? -¿Cómo
no, señora? Y tengo bastante linda letra. -Bueno,
me alegro. Entonces, me va a poner en limpio la libreta de cuentas. -Perfectamente,
señora: yo haré todo lo que me mande. Pero tampoco me incomoda lo de
barrer; así es que si usted quiere, puedo hacer las tres cosas,
porque las mañanas son muy largas todavía. -¡No,
no! Vaya al negocio nomás; yo le iré a ayudar en seguida. ¿Eh?,
¿qué tal?, ¿qué me dicen? Me parece que los primeros golpes
estaban bien dados, ¿eh? Entré
al almacén, tomé mi mañana, más abundante y mejor que de
costumbre, y me puse a arreglar las botellas, que en su mayor parte
eran falsificadas en la licorería de Pago Chico y unas mixturas
asquerosas. Al ver esto, se me ocurrió una invención que debía dar
muy buenos resultados. Cuando acabé con las botellas busqué una
libreta nueva, y principié a copiar la vieja toda ajada y mugrienta
de tanto manoseo, llena de garabatos, rayas y borrones. Escribí que
era un primor, y ya estaba acabando cuando entró misia Carolina, que
se quedó embobada al ver mi trabajo y me miró con admiración, casi
con susto de que me le fuera a ir. Para admirarla todavía más, le
dije sobre el pucho: -¿Sabe,
señora, lo que se me ha ocurrido? Que, como yo sé fabricar coñá,
hacer dos cuarterolas de vino de una sola, falsificar el bíter, el
ajenjo, el anís, y todo lo demás, lo mismo que mixturar la yerba
buena con la mala sin que se conozca, podemos hacer aquí todas esas
cosas. Usté ganaría muchísimo
más que ahora, que está regalando la platita al licorero
falsificador de Pago Chico. Misia
Carolina abrió tamaños ojos, se rió un poquito, pero no consintió
en seguida. -¡Eso
es tan difícil! ¡Se necesitan tantas cosas! -No
crea, señora; con poco se hace. -No
importa; por ahora, no; después veremos. ¡Hay tiempo! Pero
yo ya le había ganado la voluntad, y medio se me recostó en el
hombro, para volver a ver la primorosa libreta. Tan
bien iban las cosas, que esa mañana el almuerzo fue mejor todavía
que la cena de la noche antes, porque además de puchero, hubo gallina
con arroz, tortilla, mazamorra con leche y dulce de membrillo. La
patrona echaba el resto o poco menos. Entonces
principié la vida gorda, las grandes charlas y beberaje con los
marchantes, las jugadas al mus, al truco y a la taba, las payadas y
guitarreos, los viajes de todo un día, hasta el Pago, en el overo
maceta. -Diviértase,
diviértase nomás -decía misia Carolina-, que para eso es joven; y
mientras no me falte al trabajo... La
verdad es que la gringa no hablaba del todo así, como he dicho. Se
conocía que era italiana, y decía coven, trabaco... Pero
eso no le hace. Al fin yo me divertía y gozaba sin tener que pensar
en nada. ¿Qué importa la habla entonces? Yo también suelo ser fino
cuando quiero -¡oh!, ¿y de no?-, pero me gusta que todos me
entiendan... Bueno,
pues: como las cosas iban tan bien, me le animé a la gringa. Ya hacía
tiempo que la andaba pastoreando para eso, pero no hallaba cómo
principiar la declaración y me daba miedo de pegar una rodada... En
fin, aquella tardecita me dije: «Amigo Laucha» (yo también me he
acostumbrado a lo de Laucha), «amigo Laucha, lo que es de esta hecha,
que no se te escape». Y así fue nomás... Cuando
ya estábamos acabando de comer, le busqué la vuelta y le dije: -Conque
desde que enviudó, misia Carolina, ha estado solita... ¿solita y su
alma? Le
hablé con la voz tembleque y mirándola medio al soslayo. -¡Hace
más de un año! -y suspiró la gringa. Yo
aproveché la bolada: -¡Qué
lástima, tan joven! -y en seguida le soplé más despacito: -¡Y tan
hermosa! A
la verdad, doña Carolina no tenía entonces nada de fea, y era grande
y gorda, como a mí me gustan, puede ser por lo que soy así flacón y
bajito. -¡Qué
quiere!, ¡así son las cosas de la vida! -dijo suspirando otra vez, y
como si no hubiese oído el piropo-. Y sola y mi alma me he de morir,
porque ¿quién me va a querer a mí, vieja y fea como soy?... La
gringa había esperado para retrucarme el cumplimiento, pero con toda
baquía me dejaba un juego lindazo para mis intenciones... y las de
ella. -¡Señora!
-le contesté, sobre el pucho y muy estirado-, usted está en una
posición mejor que la mía, que si no, y perdone el atrevimiento, yo
me comprometería a hacerla feliz, y que se olvidara del finadito. Y
¿sabe por qué?... porque a gatas la vi, me fue muy simpática, y hoy
ya la quiero de alma... Doña
Carolina se agachó al plato, como para seguir comiendo; pero no comió,
y al rato me dijo despacio, como con miedo de que le hiciera caso a lo
que me decía: -No
hablemos más de esas cosas. Yo
me quedé callado, porque no había para qué estirar mucho la prima,
y era mejor pasar por corto de genio... Ella fue la que habló
primero, mientras estaba sirviendo el postre... -Cuénteme
algo de lo suyo... de su vida -me dijo-. Ya sabe que me gusta mucho oírlo
hablar. -¡Mi
vida ha sido tan triste hasta ahora, misia Carolina!... Puras penas
nomás... He sufrido mucho y no quisiera molestarla con mis
recuerdos... -Bueno
-contestó medio afligida-. No quiero que se vuelva a entristecer -y
entusiasmándose, siguió-: Ya no ha de pasar más penurias, porque no
va a estar toda la vida conmigo como un dependiente... Usté es
trabajador, aunque le
gusta divertirse a veces... Lo voy a hacer entrar como socio: ya sabe
que en este boliche se gana platita. ¡Ya ve que todas las noches saco
treinta o treinta y cinco pesos del cajón, y hay, también, que
contar los fiados y las libretas... Pero, si usté mismo hace las
bebidas, que son lo más caro, tenemos que ganar mucho más. -¡Así
es, señora! -le dije con los ojos como patacón. -Dígame
entonces lo que necesita -siguió ella-, y yo le daré la plata para
que se vaya a Chivilcoy, o al mismo Buenos Aires, si es mejor, y se
traiga todo... -¡Mire,
doña Carolina, me hace llorar de buena que es! ¡Y créame que no
favorece a un desagradecido! E
hice la farsa de limpiarme los ojos con un pañuelo de seda celeste -¡ah
criollo!- que ella me había regalado en los primeros días y que tenía
limpito y muy planchado. Después seguí: -¡Bueno,
señora!, me iré mañana mismo, si le parece, y con doscientos pesos
haré el viaje y compraré las cosas y las mixturas que me hacen
falta. Y en un año, no habrá que comprarle al indino del licorero más
que la soda y la cerveza... -¡Está
bueno! Mañana mismo irá. Pensé
acercármele al ver que le brillaban los ojos, pero en seguida me
pareció que quién sabe si no corcoveaba... Yo,
al fin, soy un poco corto de genio... ¡aunque no tanto!... VII Esa
noche quedó arreglado y convenido todo lo de la fabricación, y en
buen camino las otras cosas, que por lo visto no le habían disgustado
mucho a la gringa. ¡Ah!, ¡me olvidaba! También me dijo: -Usté
no tiene capital, y aquí en el boliche hay un capitalito de unos
pocos miles de pesos. Pero haremos cuenta que la mitá es de usté,
para no andar con embrollos. Yo
me largué contentísimo al galpón, donde tenía mi cama; pero aunque
era blandita, casi me pasé toda la noche revolviéndome, sin poder
pegar los ojos. Pues
en cuantito principió a clarear, ya estaba con los huesos de punta y
con todo aprontado para el viaje... Tomé
unos cimarrones con ño Cipriano, que dormía en la otra punta del
galpón sobre unas pilchas viejas, y con quien nos habíamos hecho
amigazos. Cuando le conté lo de la sociedad y el viaje, bailando de
gusto, me dijo muy serio: -Tenga
mucho cuidau, paisano, con lo qui hac'en la ciudá; no vay'a dejar
qu'el asau si arda antes de qu'esté en su punto. Usté va lejos, pero
más lejos van las mujeres... De puro desconfiadas y ladinas,
cuand'uno va, ya están de güelta. No se me descuide, y se me quede
di a pie cuando ya está estribando. Me
hice el desentendido y me reí, brindándole el mate que cebábamos
una vez cada uno, a lo resero. Después me levanté para irme. -Bueno,
hasta la vuelta, amigo don Cipriano. -Que
le vaya bien y hasta la güelta, mozo: no se tarde, que al güey
lerdo... sabe... Me
fui a despedir de la gringa que me dio tres o cuatro sacudones de
manos, con los ojos aguachentos, monté el sotreta overo que ya había
ensillado, y con su galope de ratón seguí hasta un almacén de al
lado de la estación de Pago Chico. Ahí dejé el mancarrón, muy
recomendado, y me entretuve tomando unas cañitas, porque todavía
faltaba rato para el tren... En
Buenos Aires compré etiquetas con todos los nombres y todas las
marcas de las bebidas, corchos, lacre, cápsulas de lata, esencias de
todo, y unas damajuanas de aguardiente muy fuerte, que es lo principal
para los licores. No me olvidé tampoco de los polvitos de anilina
para dar color, ni de una punta de yerbas y palos de droguería que
necesitaba. Compré también por si acaso un «Manual del Licorista»,
y sin perder tiempo, acordándome del buen consejo de ño Cipriano, me
volví a Pago Chico, y enderecé en seguida para la esquina «La
Polvadera», como le sabían decir a la casa de negocio. No
se me da la gana de decirles cómo me recibió doña Carolina, pero
les aseguro que no fue mal... ¡No!, lo que es eso, ¡no!; hasta ahí
no llegaba la broma todavía... Bueno,
pues, al otro día mismo, ya me puse a hacer mis menjunjes, y de ahí
salió anís, coñá, ginebra, guindado, hasta vermú; rebajé todo el
vino que había (dejando unas damajuanas aparte para nuestro uso), le
eché mucho aguardiente, un poco de anilina, y de cada cuarterola
alcancé a hacer más de dos, como se lo había prometido a mi gringa.
Y todavía me acuerdo que, entusiasmado con el trabajo, hasta inventé
licores, o más bien dicho, el color y así hice caña de duraznos
azul, ginebra amarilla como el oro, bíter de naranja verde y
colorado, y un licorcito muy dulce de vainilla, color violeta claro,
que los reseros sabían llevarle a la novia de regalo, por lo rico, y
sobre todo por lo lindo que era. La
cosa resultó magnífica, y a los marchantes les gustaban más algunas
bebidas hechas por mí que las legítimas, puede ser que porque eran más
fuertes. Y decían al pedirlas: -¡Eh,
mozo!, una caña... de la que toma el patrón, ¡eh! Carolina
estaba muerta de contenta, y un día me dijo: -Usté
tiene unas manos de ángel (decía ánquel) y estamos ganando
mucha plata. Y... ¿quiere que le diga? Lo que yo necesitaba era un
joven (coven) como usté... Y ahora que lo conozco bien... ya
le puedo prometer que... que vamos a ser felices en todo sentido... Yo
no había vuelto a hablarle del asunto serio, pero en todo aquel
tiempo la miraba con ojos de carnero degollado, ronciándola y
pensando: «¡Ya has de caer!, ¡ya has de caer, mi vida!», seguro de
que no se me iba a escapar. Y todavía, haciéndome el sonso, le salí
con esta agachada: -¿Qué
quiere decirme, señora, con felices en todo sentido? La
gringa se desentendió, contestándome colorada: -Conversaremos
esta noche, después de cerrar el negocio... Entonces le diré la
contestación... Yo
hubiera bailado en una pata, de puro contento. Y
efectivamente... Cuando acabamos de comer, cerré la puerta de la
ramada -que se cerraba por afuera-, entré al negocio por la del
patio, y me encontré a Carolina que me estaba esperando. -Ahora
puede decirme -principié despacito, para quitarle los últimos
recelos. Pero
ya no había necesidad de tantas historias. -Bueno,
conversemos -dijo muy seria-. Pero antes digamé la verdad... ¿Usted
se casaría conmigo?... Le
iba a contestar, pero no me dejó. -Soy
un poco vieja y fea -siguió con una especie de coqueteo que hoy me da
risa-, pero lo quiero mucho; y, como le dije hoy, podemos ser felices
en todo sentido... La cosa es, que hay que casarse, si no, ninte! Yo
nunca había pensado en semejante cosa, pero comprendí que la gringa
no iba a aflojar ni por un queso, y conseguí ponerle buena cara. -¡Oh,
misia Carolina! Nunca creí otra cosa, y casarme con usted será mi
felicidad -le dije. Se
rió muy contenta, y me dio la mano que me apretó mucho, con los ojos
medio llorosos. -¡Bueno,
bueno! -siguió-. Entonces yo le daré lo que quiera, y si no tiene
inconveniente, mañana mismo se va a Pago Chico, a comprar todo lo que
haga falta para casarnos en cuanto pasen las amonestaciones... Y
como para ensartarme más de lo que estaba, dijo que el negocio no era
más que una parte de su fortunita, porque tenía un campito ahí
cerca, arrendado a unos vascos, unos pesitos puestos en Buenos Aires,
en el Banco de Italia, y algunas cositas más que yo vería después. -¡Aunque
no tuviera en qué caerse muerta, misia Carolina! -le dije contentísimo-.
¡Sería lo mismo para mí, y me casaría con usté inmediatamente!...
¡Sí! Mañana mismo me voy al Pago, a hacer las compras, a ver al
cura, a buscar los padrinos, y mandarme hacer una ropita decente,
porque no me he de casar como un zaparrastroso. Y
agarrándola por la cintura, como para bailar, le grité: -¡Ya
verás, m'hijita, qué felices vamos a ser!... Pero
aunque el negocio me conviniera mucho, yo no dejaba de tener un poco
de vergüenza, por las relaciones y la familia, que no iban a dejar de
saber mi casamiento, porque al fin y al cabo yo no soy un cualquiera,
aunque anduviese más
pobre que las ratas... ¡Y se me ocurrió una idea macanuda! -Mirá,
hijita -le dije sobre el pucho-: como vos sos viuda y yo soy un
poquito más joven, como no tengo un real ni para remedio, fuera de lo
que vos me das, será mejor que tratemos de no dar que hablar a las
lenguas largas: ya sabés lo mala y enredadora que es la gente, sobre
todo en Pago Chico. Casémonos, pero sin fiesta, que para fiesta
bastantes somos los dos... -¿Y
de ahí? -me preguntó medio alarmada. -¡Mirá!
Arreglamos con el cura Papagna la dispensa de las amonestaciones;
viene aquí mismo, nos casa, con algún vecino, o el mismo ño
Cipriano, y una amiga de confianza, de padrinos, y después, cuando
todo el mundo sepa y se haya acostumbrado, si se nos antoja podemos
dar cuanta farra se nos dé la gana, sin que nadie se ría de
nosotros, ni ande con habladurías, ni levantadas... -¡Hacé
lo que querás! -me dijo por fin la gringa, que estaba más contenta
que cuzco recién desatado-. Con tal de que nos case el cura, y nos
eche la bendición delante de los padrinos, a mí no me importa nada.
¡Hacé lo que querás!... VIII ¡Pues,
señor! Echo en saco roto una punta de menudencias para contarles lo
del cura, que es realmente divertido, como que a mí mismo me dejó
pasmado, y medio sonso, aunque haya visto tantas cosas raras en la
vida. Este
cura, que era un napolitano cerrado de lo que no hay, hacía poco que
estaba en el Pago, pero por las mentas ya se había puesto riquísimo
y pensaba irse pronto a su tierra. ¡Rico! Díganme, háganme el
favor, ¿cómo puede ponerse rico un cura en un pueblo de campo,
aunque le lluevan las limosnas y le goteen las velas para los santos y
haga como el sacristán de Nuestra Señora de la Estrella: «la mitá
p'a mí, la mitá p'a ella»? Yo no creía, ni muchos creían tampoco,
que el cura Papagna estuviese regularón
siquiera; pero es que era un verdadero pillo, un gran canalla,
un fraile como no he visto otro en todas mis recorridas por esta
tierra, en que he hallado unos muy buenos, otros regular no más, y
otros muy malos... ¡No, lo que es como aquél!... El
cura Papagna era bajito, gordinflón, muy narigueta, bastante canoso,
con unas manos peludas y como patas de carancho, pero más gruesas, ¡natural!
Andaba siempre con la sotana perdida de lamparones, y la barba sin
afeitar de muchos días; así es que parecía -y era- ¡un sucio! Yo
no sé si han notado que hay gente que se diría que no se afeita
nunca; pero entonces, ¿cómo es que siempre tienen cortos los pelitos
de la barba?... Bueno,
pues, cuando salía al campo, a casar y bautizar, iba en un bayo tan
peludo y tan sucio como él. Por el pueblo poco se le veía, sino en
la misma iglesia y a la hora de la misa, o cuando había rosario,
novenas, o qué sé yo. Según decían los comerciantes del Pago,
nunca gastaba un cobre, y hasta vendía las gallinitas y pollitos que
le llevaban de regalo las beatas. Siempre andaba llorando miseria
aunque el cuerpo le destilara grasa por todos lados. ¡Corrían unos
cuentos de él!... Muchos vecinos se habían quejado varias veces al
arzobispo, no me acuerdo bien por qué, pero el arzobispo se hizo la
chancha renga, y el cura Papagna siguió tan suelto de cuerpo en la
parroquia, casando, bautizando, diciendo misa y predicando... ¡Vieran
los sermones!... Eran cosa de perecer de risa. No se oían más que
las mentas de las barbaridades y bolazos que largaba medio en
napolitano, porque ni el italiano sabía bien. Cuando fui a hablar con
él, estaba en la sacristía, sentado cerca de una mesa mugrienta, con
las manos cruzadas sobre la barriga, redonda como un tremendo queso de
bola. -¿Qué
vulite? -me preguntó. -Yo,
señor cura... venía... venía porque me voy a casar... -Va
bene!, va bene! Songo diechi nachonale... E un qui se ne casa?... Bisoña
pagá antichipate pei publicazione... amonestazione... A mushás é de
acá?... ¡Eh!... vedite... diechi nachonale é poca roba! -¡Espere
un poco, señor cura!... Es que yo quisiera la, ¿cómo se dice?, ¡ah!,
¡sí!, la despensa de las amonestaciones... -Allora
so tranta! -Y
que nos casara en casa de la novia... -Allora
so sesanta... Un pozo fá de meno. -¡Oh!,
por eso no importa, señor cura: se le pagarán los sesenta pesos...
Pero ¿cuándo nos podrá casar? -Cuanne
vulite... ¿E qui é á compromesa? -¿La
qué dice? -La
mushás... -¡Ah!
¡Sí! Doña Carolina, la viuda, ¿sabe? la de la pulpería de la
Polvadera... -Va
bene, va bene. Y
el cura se quedó un rato callado, como pensando. Después, medio riéndose,
se levantó de la silla, se me acercó, y agarrándome la solapa de la
chapona, me dijo despacito, como para que nadie lo pudiese oír,
aunque no hubiese nadie en la sacristía... ¡Ah!
Como me parece que alguno de ustedes no entiende el nápoli, lo voy a
hacer hablar en Castilla. -¿Pero
usté quiere casarse de veras?... ¿en el libro de la parroquia? -me
dijo. Al
principio no entendí lo que quería decirme y lo miré azorado. -¿Por
qué me dice eso? -le pregunté por fin. -¿Eh?
-me contestó el muy sinvergüenza-. Porque hay algunos que quieren
casarse, sí, pero que no les pongan el casamiento en el libro...
Entonces, yo les hago un certificado en un papel suelto, y se lo doy
para que lo guarden. Entonces... pero no va a decir nada, ¿eh? -¡Qué
esperanza, padre! -¿De
veras? -¡Mire:
por éstas! -Entonces,
si la mujer es buena, ellos lo guardan; pero si no es buena, lo rompen
y se mandan mudar si quieren y la mujer no puede hacer nada, ¡eh!...
Yo tengo permiso para casar así, pero nadie tiene que saberlo, porque
es un secreto de la
Iglesia... y también es mucho más caro que el otro casamiento... ¡Qué
iba a tener permiso el cura picarón! Era una historia que había
inventado para far l'América, y llenar pronto el bolsillo
aunque se fuera al infierno derechito; tantas ganas tenía de volverse
a su tierra a comer pulenta y macarrones. Pero,
después de un rato... la verdá... pensé que no sería malo casarse
así, como él decía, aunque nunca, ni menos entonces, se me había
pasado por la cabeza engañar a la gringa, tan buena y cariñosa... El
diablo del cura me tentó, yo no tenía la culpa, al fin y al cabo, y
como lo que era por plata no había que echarse atrás, porque
Carolina tenía bastante, pisé el palito, me pareció que ésa era
una gran seguridad para mí, y le dije al cura: -¿Y
cuánto sería el gasto de ese modo, padre Papagna? -Trechento
pesi. -¿No
puede ser algo menos? -le pregunté, porque para rebajar siempre hay
tiempo. -¡Ni
un chentavo!... Y además, usté me va a jurar, por el santo Dios y la
Santísima Virgen, que no le va a decir nada a nadie, de mientras yo
esté en cuest'América!... -¡Qué
quiere, padre! ¡No puedo darle tanto! Y ni le pago, ni juro -añadí,
para obligarlo a rebajar. Él
medio se me asustó, y palmeándome el hombro, comenzó a ver si me
amansaba. Pero no aflojé, ni él tampoco, y así estuvimos un rato
largo regateando. ¡Miren qué negocio para regatear! ¡Hoy mismo me
estoy haciendo cruces!... En fin, cuando me dejó la cosa en ciento
cincuenta pesos, le dije: -Bueno,
le pagaré y juraré -pegándole una palmadita en la panza, porque ya
le había perdido el respeto. ¡Y de no! Saqué
el rollo que me había dado Carolina y me puse a contar. ¡Le vieran
los ojos al fraile! ¡Parecía que se quería tragar la plata! Cuando
le di los ciento cincuenta, los agarró con sus uñas de carancho, de
medio luto por la mugre, los contó él también, y los volvió a
contar. Se alzó la sotana y se los metió
bien al fondo del bolsillo del pantalón que tenía debajo,
como para que no se le escapasen. ¡Y
qué agarrado! Mientras estaba guardándolos, temblaba todo, como si
fuera perlático. ¡Nunca he visto cosa igual!... Después se sosegó
un poco y me dijo: -Bueno,
ahora vamos a jurar. Me
llevó a la iglesia por la puerta de la sacristía, me hizo hincar
enfrente del altar mayor, y con mucha seriedad, principió: -¿Jura
por Dios y por el Santísimo Sacramento y por la Santa Virgen, no
decir nunca a nadie cómo lo he casado, mientras yo esté en Pago
Chico y en América? -¡Sí,
juro! -contesté fuerte. -¡Ponga
la mano sobre este libro, que es el Evangelio, y de esta cruz, y jure
otra vez!... Y si falta al juramento, ¡los diablos lo perseguirán en
esta vida, y lo harán arder en la otra!... Puse
la mano como él decía, y volví a jurar. -¡Bueno!,
ahora levántese, dígame cuándo quiere casarse, y se puede ir no más. -Hoy
es jueves. El lunes a la noche, ¿no le parece? -¡Beníssimo!;
a la nove, ¿no? -Muy
bien... y ¿no tendremos que confesamos? -¡Eh!,
¡qué confesarnos, ni confesarnos!... ¡para esta clase de casamiento
no se prechisa!... IX Figúrense
lo contento que me iría a comprar los muebles, aunque hubiesen
mermado tanto los pesitos que me dio la gringa Carolina. Los gasté
todos y todavía quedé debiendo a nombre de la gringa, para pagar a
los dos o tres meses; el mueblero no tuvo inconveniente en fiarme,
porque ya se sabía en el Pago que yo era socio de la pulpería y
algunos me la achacaban de querida a la gringa. ¡La gente es tan
mala!... Bueno,
pues, nos casamos el lunes que habíamos dicho con el cura, y salieron
de padrinos el viejo ño Cipriano y una parda medio adivina que vivía
en un ranchito cerca del negocio, y siempre andaba descalza y de pañuelo
colorado en la cabeza. Carolina
se había encajado un gran traje de seda negra, con pollera de volados
y bata de cadera, y se había puesto una manteleta en la cabeza, que
le pasaba por detrás de las orejas y se ataba debajo de la barba,
unas caravanas larguísimas de oro que le zangoloteaban a los lados de
la cara redonda y colorada, y un tremendo medallón con el retrato del
finadito, de medio cuerpo. Después se puso el mío... El
cura, que fue en su bayo peludo, sin sacristán ni nada, nos echó sus
jerigonzas, en dos minutos, hizo firmar la partida de casamiento, la
firmó él también, salió al patio conmigo, me dio el papel sin que
nadie lo viera, montó el sotreta, y se largó al trotecito para el
pueblo, gritando: -¡Eh!
¡que siano feliche!... No
se quedó a comer como lo había invitado Carolina -y eso que era un
gran tragaldabas-, seguramente porque en el Pago no se fuera a
maliciar la cosa del casorio falluto. Pero
se llevó un pollo asado, una botella de Chianti y otras cositas más... Carolina,
que se pintaba sola para esas cosas, había hecho una cenita de
regular arriba, y los cuatro -yo, ella, ño Cipriano y la parda- nos
sentamos a comer y a chupar en grande. ¡No, si era chacota!... El
viejo se le prendió al vino como guacho hambriento a leche recién
ordeñada. La parda, de consiguiente. Carolina se puso medio alegrona,
y yo... ¡no les digo nada!... A los postres, ño Cipriano, para
rematar la fiesta, se le prendió a la caña de durazno y soltando
refranes y dando consejos, se mamó tan fiero, que tuvimos que
llevarlo al galpón entre los tres... -¡Cosas
de la vida! ¡Cosas de la vida! -decía la parda, trastabillando,
lagrimeando y babosa con la tranca. Al
rato se enloqueció del todo, y como ni podía estarse parada, se tuvo
que quedar aquella noche. Al otro día le dijo a Carolina que había
soñado que un ángel bajaba del cielo para venir a bendecirla a ella
y a mí, y que ésa era seña
segura de que íbamos a ser lo más felices. Que también soñó que
le regalaban unas gallinitas y un corte de vestido... ¡Miren la parda
ladina! La
gringa, de puro contenta, porque yo no le había mezquinado aquella
noche -y si no ¡juéguenle risa no más! ¡después de andar
galgueando tanto tiempo!-, le regaló efectivamente las gallinas y el
generito y hasta me parece que un par de pesos de yapa, con lo que la
parda se fue contentísima, blanqueándole los dientes y relampagueándole
los ojos. Yo
la atajé cerca del palenque, para decirle que no fuera a decir nada
del casamiento, que tenía que ser cosa muy secreta. -¿Y
a quién l'he d'ecir -me contestó-, si pronto voy a dirme del
Pago!... Y
era verdad, porque a los dos meses se fue. Pero
¡miren lo que son las cosas! Habíamos empezado tan bien cuando ¡zás-trás!,
no faltó quien viniera a descomponer el baile. En esta vida no hay
fiesta completa. Ño
Cipriano, que dejamos tumbado en el galpón, no aparecía aunque el
sol ya estuviese alto. Al
principio no nos fijamos, pero Carolina me preguntó de repente: -¿Ché,
lo has visto al viejo? -No,
¿y vos? -le contesté. -Yo
tampoco. -Se
habrá ido p'al arroyo con los chanchos. -¿Qué,
no ves los chanchos encerrados en el chiquero? ¡quién sabe si no le
ha pasado algo!... -Estará
durmiendo la mona; pero, no le hace, vamos a ver. Fuimos
al galpón ¡y qué les cuento!, nos encontramos al viejo ño Cipriano
tendido panza arriba, todo como acalambrado, con la cara color
violeta, y frío, helao. Carolina, asustada, comenzó a darle fletaciones,
pero ¡qué caray! al divino botón: el pobre viejo con la mamúa, había
cantado para el carnero. La gringa se me puso a llorar como una
Magdalena. -Pero
¿qué te da, hijita, para llorar de ese modo? -le pregunté. -Es
que... ¡es que ño Cipriano era tan bueno! Y además... -Además,
¿qué? -¡Que
me parece que tenemos que ser muy desgraciados! ¡Miren qué
casamiento, con un difunto en la casa, desde el primer día!... -¡Bah!,
¡no seas pava! -le dije, enojado-. Ño Cipriano estaba muy viejo, y
cualquier día tenía que estirar la pata... ¡Eso no quiere decir
nada; ya sabés... muertos no hablan!... ¡Y, fuera de eso, acordate
de lo del ángel y no llorés, sonsa! Medio
se calmó con lo que le dije, pero ya quedó sentida para siempre, y
asustadiza y tristona. ¡Así son las mujeres, compañeros: llenas de
agüerías! Yo
tuve que costearme al pueblo, a avisar a la autoridad. A la tarde se
presentaron el comisario Barraba, el doctor Calvo, que era médico de
policía, y dos milicos. Después de mucho registrar y molernos a
preguntas, de cómo había sido, y cómo no, se llevaron a ño
Cipriano en un carrito, para abrirlo y ver de qué espichó, y me quedé
solo con Carolina, todavía más triste y asustada. -¡Lo
van a achurar al pobre!... ¡Qué desgracia!... ¡Maledetta sorte! Y
volvió a llorar a sollozos. -¡Miren,
la mujer tan grande y tan pazguata!... Déjese de llanto, misia
Carolina, que eso es de criaturas -le dije en broma-. ¡Para lo que va
a sufrir ño Cipriano con que le anden adentro a estas horas! ¡Vaya!,
vamos a tratar de divertirnos un poco. Los muertos no quieren andar
estorbando a los vivos, sino que los dejen quietos. Récele si gusta,
pero vamos a ver si comemos, ¡y bien! ¿No
les parece natural? ¡Natural! Carolina
se sosegó un poco, fue a cocinar, comimos después de cerrar la
pulpería, yo traté de alegrarla con una punta de dichos y hasta
milongas, y tempranito no más nos acostamos... Desde el otro día,
principió la vidorria y farra, después de enterrar a ño Cipriano,
que resultó bien muerto y sin culpa de nadie. Los
amigos -y ya tenía una punta- caían como moscas
a La Polvadera, y yo los obsequiaba lo mejor que podía. Carolina
se pasaba la vida con las ollas y acomodando la casa. Nosotros, para
matar el tiempo, y menudeándole a las copas, armábamos jugarretas de
truco y taba; después hicimos riñas de gallos, y hasta dimos
bailongos en el patio, entre el palenque y la ramada. En
la taba y en las riñas, el comisario -que me había dado permiso,
aunque el juego estuviera prohibido en toda la provincia- no se
llevaba más que la mitad de la coima; así es que todo me hubiera
salido perfectamente, si no me da la loca por jugar fuerte a mí también. Como
siempre perdía, Carolina principió a rezongar. -¡Ya
decía yo, cuando encontramos al pobre ño Cipriano, que eso había de
traer desgracia! ¡Ya todo empieza a andar mal! ¡Oh, Madona, Madona mía! Y
estos lloriqueos y rezongos fueron empeorando, empeorando. La gringa
echó un genio de la gran perra. Se me quería imponer y teníamos un
sinfín de peloteras; pero, ¡qué había de poder conmigo, ni qué se
iba a poner mis pantalones, que tengo tan bien puestos!... ¡A cada
zafarrancho yo, de gusto, lo hacía peor, cataba una mona, y el vino
de reserva era el que pagaba el pato! Por
consejo de un amigote, y aunque rabiara la gringa, hice arreglar bien
el camino real, en el retazo que estaba frente a la Polvadera, que
quedó parejito como un billar. Y ahí no más armé carreras los
domingos, también con permiso del comisario Barraba, que sabía a
veces presentarse a cobrar la coima en persona, para que no hubiese
barullo, ni peleas, decía. |