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El debate político y el miedo de los Kirchner
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150509 -
 Hace poco más de tres meses el mundo pudo observar el magnífico ejemplo de civismo y comportamiento democrático en los comicios presidenciales de los EE. UU.

No caben dudas que la democracia genuina va de mano con la libertad de expresión. En el año 1978, la Corte Europea de Derechos Humanos resolvió que  el núcleo del concepto de una sociedad democrática, es la libertad de debate político.

Ello consiste en informar al electorado de las propuestas de cada candidato,  en forma tal que el elector pueda adoptar la elección política que más le satisfaga. Permite que cada individuo concrete su opinión independiente, en base a informaciones que luego de  evaluadas intervienen en su proceso de la toma de su decisión para una etapa tan  crucial del proceso democrático como es la de los comicios.

La confrontación de las propuestas de los candidatos en debates transmitidos por los medios de comunicación, particularmente por la televisión, constituye hoy la forma más efectiva de llegar al electorado y proporcionar las bases para la concreción de su voto. Lamentablemente no es una práctica común ni arraigada en nuestro país, pero que debería exigirse a los diferentes candidatos, para lograr mejorar el nivel de calidad institucional de nuestro sistema democrático.

El gobierno de Kirchner se ha caracterizado por una absoluta falta de diálogo en todo sentido y en su más amplio y completo significado.

Acostumbró a los argentinos y nosotros se lo permitimos, a los soliloquios en la Casa Rosada o en otros lugares en los cuales los discursos eran pronunciados ante un público adicto y complaciente en las cuales la comunicación política iba en un solo sentido, sin posibilidades de “...que el pueblo sepa de que se trata...”, como dice la historia del nacimiento de la Patria, el 25 de Mayo de 1810.

El monarca decía lo que se le venía en gana, sin dar lugar ni espacio para la rendición de cuentas, para la exposición de argumentos ni para la contraposición de opiniones.

No se recuerda una sola conferencia de prensa a lo largo de estos seis años de gobierno en donde la comunicación fluya en los dos sentidos y permita evacuar dudas e informarse adecuadamente. Hubo una sola excepción: fue la lamentable conferencia de prensa que dio la presidente en la Quinta de Olivos, como consecuencia del conflicto con el campo.

Tan lamentable, que nunca más realizó alguna.  Ello obviamente constituye una causa más, para la enorme pérdida de legitimidad de la monarquía reinante.

¿Pero cual puede ser la causa de esta grave y evidente falencia del gobierno?

Hay un motivo que salta rápidamente a la vista. La pareja imperial no tiene respuestas, ni para la pregunta más elemental, sobre su gestión de gobierno.

Y objetivamente no las pueden tener, porque no tienen planes, previsiones, prioridades, propuestas de mediano o largo plazo, políticas ni objetivos definidos. Todo se soluciona sobre la marcha cuando ya el problema los ha sobrepasado. No se piensa en el día de mañana. Todo es para hoy y aún peor, para ayer.

Cualquier estudiante recién iniciado en la carrera de periodismo, podría destrozar con sus inquietudes y preguntas a este par de inconcebibles “gobernantes”.

Pero hay otro factor más que hace que los Kirchner rehúyen todo tipo de debate o requisitoria periodística: la personalidad de la pareja real, muy en particular la del ex presidente.

La reina Cristina muestra una imagen de soberbia, altanera, autoritaria y un trato que parece despreciativo y despectivo con las personas con las cuales difiere o no comulga. También muestra una personalidad conflictuada y conflictiva y con profundos odios y resentimientos. En los primeros meses de su gestión su lenguaje corporal puso de manifiesto aspectos ocultos de su personalidad. Su cara de enojo con sus puños crispados reflejó sin duda, una enorme carga de disconformismo consigo misma. También son visibles sus raptos de alegría y euforia y momentos de irritación y profunda depresión. Alguien la tildó como una mujer “frívola y populista”.

El ex presidente por su parte, también dueño de la verdad como su consorte, posee un estilo, propio de un inmaduro, sobrador y burlesco, pero incapaz de mantener un diálogo con seriedad. En su defecto, un lenguaje agresivo, descalificador y ofensivo. Ello evidencia su falta de equilibrio emocional y psíquico. Su figura desgarbada, sus gestos chaplinescos, su voz seseante y su comportamiento chabacano, no dan la imagen de seriedad  y circunspección de un ex gobernante y mucho menos de un estadista.

En definitiva, ambos tienen una personalidad y una forma de ser no agradable, un estilo irritativo y presentan una imagen que no los favorece precisamente para una presentación televisiva, en donde todos estos detalles son atentamente seguidos por la audiencia.

Los Kirchner conocen estas graves falencias y limitaciones. Esa es seguramente la causa por la cual ya anunciaron por sus voceros, que no se prestarán a un debate con los candidatos de los otros partidos y agrupaciones políticas.

La falta de debate constituye una clara y grave falta en nuestros procesos electorales e impide que los electores conozcamos la imagen, personalidad e información directa  de los candidatos, para adoptar la decisión que nos parezca más acertada.
 


 

 

 

 

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