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La
guerra anunciada y deseada por el presidente
Bush se ha
desatado. No se quiso escuchar las miles de millones de voces
que se alzaron en el mundo para reclamar el derecho a la paz.
La ONU fue ignorada y el derecho internacional pisoteado. La
soberbia del poder no le permite escucharse más que a sí
mismo.
¿Cuántas muertes necesitan
Bush, Blair y Aznar para saciar
sus apetitos? ¿Cuántas mentiras y desinformación de los
grandes medios periodísticos, que buscan ocultar los muertos
y heridos, necesitan para continuar engañando a los pueblos,
queriendo mostrar la guerra como un videojuego, ocultando la
crueldad y los horrores?
La realidad es dolorosa viendo la imposibilidad de frenar
tanta locura y tantas mentiras. Estamos frente al pensamiento
sin sentimiento, que es una tragedia, es el vaciamiento de
valores éticos y espirituales que han llevado a la humanidad
a este punto sin retorno, provocado por los responsables que
desataron esta guerra, buscando justificativos para apropiarse
de los recursos de Irak y continuar sus políticas de expansión
mundial.
La hipocresía llega a límites insospechados. Han hecho
abstracción del ser humano y de los pueblos, y para lograr
sus objetivos no les importa ser genocidas; han vaciado sus
palabras, sus discursos, de contenido, y los cubren de
mentiras para ocultar el horror y las muertes. La ONU tiene
que reaccionar y sancionar severamente a quienes han violado
la Carta Orgánica del organismo, han violado el derecho
internacional y han llevado a la humanidad a esta situación
crítica. Deben ser llevados ante la Corte Penal Internacional
para ser juzgados por su responsabilidad de criminales de lesa
humanidad, aun cuando Estados Unidos haya rechazado la
competencia de dicha Corte.
La ONU ha sancionado a otros países y debe hacerlo también
con los poderosos. La fuerza de las armas no les dan la razón
ni el derecho a actuar con total impunidad, ya que comportarse
así es un grave peligro para todos los países. Los pueblos
continúan sus reclamos para poner fin a la guerra y que se
respete el derecho de autodeterminación de los pueblos a la
vida y la paz. Los gobernantes que no saben escuchar o no
quieren escuchar a sus pueblos no son dignos de gobernarlos.
Es necesario repensar las democracias y los organismos
internacionales, así como encontrar nuevos caminos de vida y
convivencia entre los pueblos.
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Adolfo Pérez Esquivel
Premio Nobel de la
Paz 1980 y director del Servicio de Paz y Justicia (Serpaj) en
la Argentina |