El crimen de la guerra
Genocidios

Jack Fuchs

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1203 - Fuente Página 12
Jack Fuchs es escritor y docente. Sobreviviente de Auschwitz

Actualmente el tabaco ocasiona cinco millones de muertes por año en todo el mundo, y no digo esto a favor de esas estruendosas campañas que postulan una presunta “vida sana”. Tres millones mueren de sida. Es verdad que hay mayor prevención en países mejor informados, con mejores recursos, pero también ahí el sida mata. Muere más gente por accidentes de tránsito que por asesinato, sobre todo en países desarrollados. Comparativamente, se puede decir que el tabaco, el sida, los accidentes causan más muertes que los ataques de xenofobia. En Occidente se gasta mucho más en cosmética y peluquería que en salud mental. Como sea, la estadística es un discurso que me interesa muy poco, sobre todo cuando en estos cómputos que cito parece querer afirmarse la ingenuidad de que la muerte existe en el mundo. Que la muerte existe, que existen el absurdo y la estupidez son datos que no requieren estadística, pero la estadística también existe en el mundo. Como la guerra. El reconocimiento del carácter inevitable de la guerra, creo, hay que buscarlo en las pautas, las reglamentaciones y normas que vienen a regirla; se habla de un arte de la guerra, de formas de control y códigos de honorabilidad, de una ética de la guerra. Es una suerte que en la guerra haya, según parece, esas formaciones tan propias del refinamiento humano, una estética y una ética de la masacre. Durante la Segunda Guerra, por ejemplo, era obligatorio que los hospitales militares tuvieran una cruz roja pintada en el techo para advertir a la aviación enemiga que se abstuviera de bombardear a los soldados heridos, mutilados y agonizantes. Un poco más allá, en las barracas donde duerme la infantería, donde los muchachos de 18 a 20 años, todavía sanos, velan por los supremos intereses y el orgullo de la patria, ahí sí, ahí está permitido bombardear y, no sólo está permitido, es un blanco deseable, apetecido por la lógica de la guerra.
La tensión entre el deseo humano de controlar la violencia, y la naturaleza de la violencia que precisamente va más allá de las formas, los discursos y las restricciones jurídicas que el hombre se impone, la ambigüedad entre las pasiones y los mecanismos de represión de las pasiones, la voluntad de dominio, de liquidación de las fuerzas oscuras y el modo en que ellas vuelven con toda su potencia, éste, me parece, es el juego de la historia, el juego de los hombres, el enigma de las tragedias y las comedias humanas. Imaginariamente, las diversas filosofías, las teorías políticas, antropológicas, las doctrinas económicas y los dogmas morales o científicos quieren postular una solución adecuada. ¿Y si partiéramos del hecho simple, del inevitable reconocimiento de que no hay solución?
Las protestas contra la guerra tienen toda mi simpatía, y sin embargo no puedo dejar de ver los rasgos de ingenuidad que las impulsan, el candor de una creencia ideal en la bondad, en la racionalidad de los hombres. Se protesta contra la guerra como si la guerra pudiera evitarse a partir de un “entrar en razones”. Se adjudican causas a la guerra y se imagina que resolviéndolas en la arena del diálogo se avanza en el camino absoluto de la paz. Se cree en la posibilidad de apaciguar el odio racial cuando se piensa que el odio racial explica la guerra. Pero antes de que los nazis se dedicaran a matar judíos, habían asesinado con todo rigor, con el mismo espíritu maquinal, a casi cien mil alemanes que los perturbaban; en la Guerra Civil Española, en Camboya, en Bangladesh, no hubo causa racial alguna. Las masacres de la Revolución Rusa se hicieron en nombre del socialismo. El terrorismo de Estado en Argentina produjo muchos más muertos que la Guerra de Malvinas. La “solución final” ocasionó seis millones de muertos judíos, pero en la guerra hubo un total de sesenta millones de muertos.
La guerra es conceptual e históricamente anterior a la organización en naciones, o a los prejuicios de raza; la guerra es constitutiva de la cultura. El Antiguo Testamento, en Caín y Abel, ya había dado las claves de media humanidad que destruye fraternalmente a la otra. No es ninguna novedad lo que digo, no pretende serlo; ya está en Freud, en muchos otros. Y sin embargo se olvida fácilmente; no es un argumento que sirva al espectáculo de los medios, no es un argumento comunicacional. Es más sencillo creer que la memoria es un bien, un instrumento valioso para evitar la guerra, para no volver a cometer los mismo errores. Se tolera mejor la idea de una memoria eficaz, una buena memoria que impida el retorno del crimen, como creen los señores de la autoayuda, esos mercachifles del marketing de la voluntad, esos reduccionistas del deseo a estadística, “tú puedes, tú puedes”, porque lo que hay que olvidar a toda costa es la circunstancia obvia de que el hombre mata por deseo de matar, de que el deseo no se detiene en el discurso de los bienes, en la fanfarronería de la felicidad. Y este olvido sistemático, esta caída, que es una caída de lenguaje, es ahora la forma moral hegemónica. Vivimos en la época de la autoayuda y la estadística, en la época del brillo universal de la publicidad, una época en la que resulta cada vez más difícil mirar de frente el desastre. Y un tiempo así, un tiempo que se cree triunfal, es quizá el tiempo de la mayor amenaza y peligro. Es triste escribir esto hacia fin de año, y no es que quiera con ello aparecer como un pesimista incorregible, sólo quiero hacer mía la idea de que cuanta más realidad veamos, cuanto más realismo pongamos en nuestra mirada, cuanto más la despojemos de ilusión e ideal, más en condiciones estaremos de enfrentarla


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