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Si
la maquinaria militar no mata, se oxida.
El presidente del planeta
anda paseando el dedo por los mapas, a ver sobre qué país caerán
las próximas bombas. Ha sido un éxito la guerra de Afganistán,
que castigó a los castigados y mató a los muertos; y ya se
necesitan enemigos nuevos. Pero nada tienen de nuevo las banderas:
la voluntad de Dios, la amenaza terrorista y los derechos humanos.
Tengo la impresión de que
George Bush no es exactamente el tipo
de traductor que Dios elegiría, si tuviera algo que decirnos; y el
peligro terrorista resulta cada vez menos convincente como coartada
del terrorismo militar. ¿Y los derechos humanos? ¿Seguirán siendo
pretextos útiles para quienes los hacen puré?
Hace más de medio siglo que las Naciones Unidas aprobaron la
Declaración Universal de los Derechos Humanos, y no hay documento
internacional más citado y elogiado.
No es por criticar, pero a esta altura me parece evidente que a la
Declaración le falta mucho más que lo que tiene. Por ejemplo, allí
no figura el más elemental de los derechos, el derecho a respirar,
que se ha hecho impracticable en este mundo donde los pájaros
tosen. Ni figura el derecho a caminar, que ya ha pasado a la categoría
de hazaña ahora que sólo quedan dos clases de peatones, los rápidos
y los muertos. Y tampoco figura el derecho a la indignación, que es
lo menos que la dignidad humana puede exigir cuando se la condena a
ser indigna, ni el derecho a luchar por otro mundo posible cuando se
ha hecho imposible el mundo tal cual es.
Las instituciones financieras internacionales, las Chicas
Superpoderosas del mundo contemporáneo, imponen la
"flexibilidad laboral", eufemismo que designa el entierro
de dos siglos de los treinta artículos de la Declaración, la
palabra libertad es la que más se repite. La libertad de trabajar,
ganar un salario justo y fundar sindicatos, pongamos por caso, está
garantizada en el artículo 23. Pero son cada vez más los
trabajadores que no tienen, hoy por hoy, ni siquiera la libertad de
elegir la salsa con la que serán comidos. Los empleos duran menos
que un suspiro, y el miedo obliga a callar y obedecer: salarios más
bajos, horarios más largos, y a olvidarse de las vacaciones pagas,
la jubilación y la asistencia social y demás derechos que todos
tenemos, según conquistas obreras. Y las grandes empresas
multinacionales exigen acuerdos "union free", libres de
sindicatos, en los países que entre sí compiten ofreciendo mano de
obra más sumisa y barata. "Nadie será sometido a esclavitud
ni a servidumbre en cualquier forma", advierte el artículo 4.
Menos mal.
No figura en la lista el derecho humano a disfrutar de los bienes
naturales, tierra, agua, aire, y a defenderlos ante cualquier
amenaza. Tampoco figura el suicida derecho al exterminio de la
naturaleza, que por cierto ejercitan, y con entusiasmo, los países
que se han comprado el planeta y lo están devorando. Los demás países
pagan la cuenta. Los años noventa fueron bautizados por las
Naciones Unidas con un nombre dictado por el humor negro:
Década Internacional para la Reducción de los Desastres Naturales.
Nunca el mundo ha sufrido tantas calamidades, inundaciones, sequías,
huracanes, clima enloquecido, en tan poco tiempo. ¿Desastres
"naturales"? En un mundo que tiene la costumbre de
condenar a las víctimas, la naturaleza tiene la culpa de los crímenes
que contra ella se cometen.
"Todos tenemos derecho a transitar libremente", afirma el
artículo 13. Entrar, es otra cosa. Las puertas de los países ricos
se cierran en las narices de los millones de fugitivos que
peregrinan del sur al norte, y del este al oeste, huyendo de los
cultivos aniquilados, los ríos envenenados, los bosques arrasados,
los precios arruinados, los salarios enanizados. Unos cuantos mueren
en el intento, pero otros consiguen colarse por debajo de la puerta.
Una vez adentro, en el paraíso prometido, ellos son los menos
libres y los menos iguales.
"Todos los hombres nacen libres e iguales en dignidad y
derechos", dice el artículo 1. Que nacen, puede ser; pero a
los pocos minutos se hace el aparte. El artículo 28 establece que
"todos tenemos derecho a un justo orden social e
internacional". Las mismas Naciones Unidas nos informan, en sus
estadísticas, que cuanto más progresa el progreso, menos justo
resulta. El reparto de los panes y los peces es mucho más injusto
en Estados Unidos o en Gran Bretaña que en Bangladesh o Ruanda. Y
en el orden internacional, también los numeritos de las Naciones
Unidas revelan que diez personas poseen más riqueza que toda la
riqueza que producen 54 países sumados. Las dos terceras partes de
la humanidad sobreviven con menos de dos dólares diarios, y la
brecha entre los que tienen y los que necesitan se ha triplicado
desde que se firmó la Declaración Universal de los Derechos
Humanos.
Crece la desigualdad, y para salvaguardarla crecen los gastos
militares. Obscenas fortunas alimentan la fiebre guerrera y
promueven la invención de demonios destinados a justificarla. El
artículo 11 nos cuenta que "toda persona es inocente mientras
no se pruebe lo contrario". Tal como marchan las cosas, de aquí
a poco será culpable de terrorismo toda persona que no camine de
rodillas, aunque se pruebe lo contrario. La economía de guerra
multiplica la prosperidad de los prósperos y cumple funciones de
intimidación y castigo. Y a la vez irradia sobre el mundo una
cultura militar que sacraliza la violencia ejercida contra la gente
"diferente", que el racismo reduce a la categoría de
sub-gente. "Nadie podrá ser discriminado por su sexo, raza,
religión o cualquier otra condición", advierte el artículo
2, pero las nuevas superproducciones de Hollywood, dictadas por el
Pentágono para glorificar las aventuras imperiales, predican un
racismo clamoroso que hereda las peores tradiciones del cine. Y no sólo
del cine. En estos días, por pura casualidad, cayó en mis manos
una revista de las Naciones Unidas de noviembre del 86, edición en
inglés del Correo de la Unesco. Allí me enteré de que un antiguo
cosmógrafo había escrito que los indígenas de las Américas tenían
la piel azul y la cabeza cuadrada. Se llamaba, créase o no, John of
Hollywood.
La Declaración proclama, la realidad traiciona. "Nadie podrá
suprimir ninguno de estos derechos", asegura el artículo 30,
pero hay alguien que bien podría comentar: "¿No ve que
puedo?" Alguien, o sea: el sistema universal de poder, siempre
acompañado por el miedo que difunde y la resignación que impone.
Según el presidente Bush, los enemigos de la humanidad son Irak, Irán
y Corea del Norte, principales candidatos para sus próximos
ejercicios de tiro al blanco. Supongo que él ha llegado a esa
conclusión al cabo de profundas meditaciones, pero su certeza
absoluta me parece, por lo menos, digna de duda. Y el derecho a la
duda es también un derecho humano, al fin y al cabo, aunque no lo
mencione la Declaración de las Naciones Unidas
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