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Publicaciones |
Argentina en Crisis |
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Derechos
Humanos |
| Otros textos del autor: Recordar es Humano - ¿Quién Pone los Muertos? - Los Ninguneados - Crónica del descarte 2003 - |
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Hace algunos años mi labor diaria se enmarcaba en el contexto campero, la escuela rural como árbol solitario de las pampas, brindaba a la sombra de sus anecdóticas paredes, el saber a los pocos alumnos que aún quedaban en la zona. El símbolo abandonado de un Estado que privilegió, sacando cuentas, a la educación urbana, miraba como viejo sabio, el transitar de las 4 x 4 frente a la tranquera y a los trenes que ignoraban en su paso a la estación saqueada. El silencio quería enmudecer con su abrazo, al viento que silbaba entre los alambres. La distancia era calculada por el camino de tierra que disolvía sus paralelas en un horizonte sin límites. Un molino se proyectaba hacia las alturas, y cuando mi ansia de presencias superaba la visión horizontal en la superficie, subía por su escalera a contemplar el más allá de lo cotidiano. El techo de la escuela siempre me sorprendía con algún objeto que no encontraba, testimonio de los juegos de los alumnos. La realidad se dislocaba en mis ojos que pretendían prolongarse, extenderse mas allá del último peldaño del molino. Tomaban existencia concreta mis vecinos, podía verles cruzar al galope de su caballo los espacios llenos del color verde amarillento de las pasturas. Podía ver el revolotear de aves gozando la tierra arada, detrás del viejo tractor que escuchaba, imaginando su sonido. Desde esas alturas acercaba el distanciado entorno y regaba de esperanza mis recuerdos y cuestionamientos, acercándome imaginariamente a la ciudad, al próximo fin de semana, mi casa, mi familia. Subía vacío queriendo llenarme, pisaba tierra satisfecho, colmado; sabía que podía recoger la soga de las distancias y que la realidad no tenía una sola mirada. La visión acotada desde la superficie y la inmensidad desde las alturas se abrazaban en mi interior ampliando el entorno al que pertenecía. Siempre agradezco a mi necesidad, el haber descubierto la posibilidad que me proponía el molino, él me brindaba dos tipos de aguas que saciaban mi sed. Ese molino inmóvil era mi maestro; el saber se transmitía en el aula y la sabiduría en las alturas. Y así como conocía mi entorno en la superficie, me fui adueñando de la visión que me brindaba el molino. Lo cotidiano nos estrecha en lo rutinario o nos extiende en la profundidad del mas allá de los objetos, de los hechos, de las circunstancias. De la misma forma como me llenaba el viento cuando abría mi boca en las alturas y me atoraba la respiración, mi interior se colmaba con la inmensidad que saturaba mis ansias. Los días en las alturas eran similares, los objetos también se repetían como en la superficie, pero lo habitual me borraba lo concreto y me proyectaba el pensamiento. Lo que de allí aprendí, mucho se ha esfumado en el olvido, podría afirmar que mi memoria no recuerda más que el hecho concreto que me ofrecía el molino: saber que no hay una sola realidad, que todo puede ser visto desde otra óptica, que todo es relativo. Cuando la superficie nos agota limitando el entorno y la posibilidad de proyección, habrá que buscar un molino, que dé el agua de las alturas, que amplíe la visión única de los hechos, que genere, desde otra perspectiva, la opción de ver una realidad que se esconde, o la esconden, en espacios dificultosos, oscuros y lejanos. Desde la posición anecdótica de mi molino campero, una realidad compleja, me abraza con la necesidad de ser desentramada. Cotidianamente observamos la vida desde la superficie o desde las alturas y contrariamente con lo que sucedía en el paisaje campero la realidad se opone, se contradicen las visiones. Horizontalmente, a primera vista, los hechos teatralizan lo opuesto de lo que son o muestran una parte de la realidad que sólo se observa con la objetividad que nos da el posicionarnos sobre las cosas, agudizando la visión, rompiendo con la ingenuidad: La "tormenta" no era de la intensidad amenazante que mostraba; la "oscuridad" no era tan impenetrable, lo "inmaculado" denotaba sus débiles manchas, lo "imposible" presentaba sus ocultas grietas por donde brotaba la posibilidad, la "verdad" tenía sus indocumentados intereses personales. Un complejo entramado se presenta cotidianamente en el andar cauteloso al que nos ha conducido la evolución social, mereciendo un prudente avanzar enfrentando, dilucidando, lo circundante. Una realidad que necesita ser observada minuciosamente para no trastabillar con adulteraciones, con medias verdades, con intereses espurios de los que podemos ser actores. Un cotidiano ejercicio de búsqueda; una continua práctica de visión analítica escalando los molinos, una exploración de lo auténtico, una desnaturalización de lo corriente, nos permitirá visualizar mas allá de lo aparente, confrontando las versiones de una realidad que necesitamos legitimar, a fin de poder realizar acciones acordes que nos permitan edificar en lo auténtico, en lo completo y en lo verdadero |
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AVIZORA |