Instituto
de Investigaciones Sociales
Más de
la mitad de la población en México es pobre. Hay razones
históricas y actuales vinculadas con el Estado, que
derivan del estilo fundamentalista con que el
neoliberalismo se impuso en nuestro país
- En México, el
desarrollo del Estado de bienestar emerge durante la
industrialización sustitutiva,
cuando se generaliza el asalariado y se crean un
conjunto de instituciones que garantizaran el acceso de
la población, en un principio de la clase trabajadora,
a bienes y servicios. Esta tarea fue asumida por el
Estado, conformándose el sistema de bienestar mexicano.
Desde entonces, la asistencia social se ha expresado de
múltiples maneras, instrumentando una serie de
programas con características distintas en las que ha
existido interés especial por incluir a los sectores
marginados al desarrollo nacional. De este modo, durante
las tres últimas décadas se han aplicado estrategias
de corte asistencial, populista o neopopulista, como se
les ha llamado a las implementadas durante al menos los
últimos veinte años, hasta políticas subsidiarias y
experiencias incipientes y aisladas de desarrollo
integral.
- Si bien las ciudades
fueron las más beneficiadas por esta idea de bienestar
-el crecimiento experimentado en la etapa de
industrialización hizo necesario que absorbieran bienes
y servicios sociales, ya sea individuales o colectivos-,
en el campo la situación era muy distinta, pues una vez
concluido dicho periodo -a finales de la década de los
años 70' la migración masiva -procedente en su mayoría
de zonas rurales- no se hizo esperar, pese a que algunos
programas sociales habían sido enfocados a este sector.
- Con el gradual
establecimiento de una buena parte de la población
rural en las principales ciudades de nuestro país, se
produjo una situación que, si no en sus causas, sí en
sus manifestaciones, era asimilable a aquella
experiencia europea de finales del siglo XIX, donde la
cuestión era: ¿cómo asegurar la reproducción y el
disciplinamiento de la población -ejes de la integración
social-, desligando al Estado de toda responsabilidad?
- Para hacer frente a esta
realidad social surgieron programas asistenciales como
el SAM, Coplamar, Solidaridad, Procampo, y actualmente
el programa Oportunidades que ha sustituido al Progresa,
para aliviar la situación social prevaleciente. Sin
embargo, a pesar de todo ese esfuerzo, los rezagos en
los niveles de bienestar y pobreza se han mantenido y se
agudizan gradualmente, constituyendo uno de los
principales desafíos que hoy por hoy enfrenta nuestro
país.
- A finales de la década
de los setenta y principios de los ochenta, también se
asiste al desmantelamiento del Estado de bienestar y a
su reemplazo por el Estado subsidiario, concepción
inherente a las estrategias de ajuste ahora dominantes.
Los subsidios connotan una visión residual de las políticas
públicas: al Estado sólo le corresponde actuar allí
donde el mercado no llega o donde no hay mercado.
- Consecuentemente, con el
cambio hacia la globalización y nuevas formas tecnológicas
se inicia un proceso de flexibilización del trabajo
cuyo principal efecto es la degradación de la condición
salarial y, por ende, de todos aquellos atributos que
garantizaban las prestaciones; aparecen entonces una
vulnerabilidad social y un empobrecimiento que se creían
superados, y se arriba así a un replanteo de la cuestión
social con consecuencias todavía imprevisibles,
especialmente en lo que respecta a la intervención del
Estado.
- No hay duda que la
sustitución de un régimen por otro se hizo a un ritmo
vertiginoso, no conocido antes aquí ni en otras
latitudes, y sin interesar el costo social que implicaba
la transición. Emerge así abruptamente una inusitada
masa de desocupados, subocupados, asalariados precarios,
en negro, ocultos, cuentapropistas marginales, etcétera:
los excluidos primero de la ciudadanía social y pronto
de la ciudadanía política (los desafiliados del
sistema, según la potente expresión de Robert Castel).
Para los todavía insertos en la producción, el salario
se situó en el mínimo indispensable para reconstituir
la capacidad de trabajo; las prestaciones relativas al
reemplazo generacional del trabajador (educación,
asignaciones familiares) agudizaron su deterioro; las
relacionadas con su mantenimiento en inactividad
(servicios de salud, haberes jubilatorios) tendieron en
la práctica a eliminarse. Asimismo, el costo de la
reproducción de la fuerza de trabajo fue transferido a
los propios trabajadores (ocupados o desocupados) a través
de la anulación de los aportes patronales y de la
agudización de la tributación indirecta. El resultado
fue una descomunal transferencia de ingresos desde los
asalariados a los no asalariados.
- La contrapartida
previsible de estos hechos fue un aumento sin
precedentes de la incidencia, la heterogeneidad y la
intensidad de la pobreza. Hoy por hoy, en México, el
nivel de la pobreza (60 por ciento de la población) es
incomparablemente superior a cualquier momento pasado;
su composición social es más heterogénea, ya que las
carencias recaen sobre un espectro social más amplio
(que incluye las capas medias); existe un creciente número
de indigentes que agravó su infraconsumo alimentario.
- En el límite, este
proceso de confiscación de los derechos sociales
culmina con el gradual empobrecimiento de la clase
media, destruyendo algunos ejes constitutivos de nuestra
integración social; en particular, los altos flujos de
movilidad ascendente que, en el pasado, permitían
transitar la vida en términos de un proyecto. Sin
trabajo, sin seguridad social y sin ahorros, campesinos,
clase obrera y clase media deben readaptarse al estigma
de "vivir al día".
- Tal dinámica social
conlleva la necesidad de disciplinar esa masa de población
destituida, ya sea mediante políticas de asistencia
social, ya sea por medio de la represión directa. En el
plano asistencial, el paradigma aperturista se
estructura sobre la noción de focalización en grupos
vulnerables, lo que significa que el Estado sólo ayuda
a los extremadamente carecientes. En el plano de la
represión, fue feroz y desembozada durante la década
de los sesenta y setenta, y se mantuvo como una amenaza
permanente durante los gobiernos llamados democráticos
de Miguel de la Madrid, Salinas de Gortari y de Ernesto
Zedillo.
- Por todo lo anterior, México
se ha ido constituyendo en un paradigma mundial de cómo
no debe establecerse un orden neoconservador, incluso
entre los propulsores de esta opción: la retracción pública
en materia de bienestar procedió a la restauración de
las ideas decimonónicas sobre la beneficencia,
postulando que el Estado sólo debe asegurar la
existencia de servicios sociales pobres destinados a los
pobres Se olvidó que el fin del Estado subsidiario
llegaba después de décadas de vigencia del Estado de
bienestar, o sea, cuando los despojados tienen con qué
comprar.
- Finalmente, cabe
preguntarnos por qué, en nuestro país, los procesos de
reconversión económica son tanto más fundamentalistas
que en el resto del mundo. A mi entender, hay que buscar
la respuesta en el comportamiento de algunos actores
sociales.
- En primer término, en
nuestra dirigencia económica. De acuerdo a cánones de
la cultura occidental, dos atributos definen el
comportamiento empresario: por un lado, la capacidad de
asumir riesgos (de ahí deriva parte de su legitimidad
la ganancia capitalista); por otro, la vigilante
preservación del espacio propio de acumulación (la
empresa). La clase empresarial mexicana (muy distinta de
cualquier otra en Latinoamérica o del resto del mundo)
parece carecer de ambos atributos: no asume riesgos en
los mercados cautivos o con las prebendas estatales para
asegurar su ganancia; tampoco cuida al país (el que,
como la fábrica para el industrial, constituye su coto
privado de acumulación), sino que lo depreda al buscar
maximizar sus beneficios en el más corto tiempo, sin
otra consideración.
- En segundo término, en
nuestra dirigencia política (en todos sus niveles), que
parece irremediablemente constituida con base en prácticas
corporativas y clientelares y que, en los últimos
tiempos -a pesar de toda una campaña publicitaria que
funciona como cortina de humo- exhibe niveles de
incompetencia y de corrupción inaceptables. Por otro
lado, los sindicatos, que aún sobreviven, en lugar de
liderar las reivindicaciones sociales, buscan
disciplinarlas.
- Si nos fijamos bien,
ninguno de estos actores incorpora la idea de Nación.
Paradójicamente, si algo debemos aprender de este último
cuarto de siglo es que, en las sociedades modernas, no
hay Nación sin cohesión social; que la cohesión
social tiene un costo económico que no pueden financiar
los más débiles; y que el Estado es insustituible en
la gestión de las políticas sociales que logran cohesión
- Fuente: Universidad
Nacional Autónoma de México
http://morgan.iia.unam.mx/usr/humanidades/index.html
|